VETERANOS DE MALVINAS EN UN BARCO LEGENDARIO

 

Mayo de 2006

Por Carlos del Señor Hidalgo Garzón


Cuando el ex combatiente de Malvinas Guillermo Ni Coló se sentó en el mástil recostado en la cubierta de la goleta "Feuerland", los ojos se le nublaron. Al subir a la cabina de comando, se dobló y rompió en llanto. Sus lágrimas encerraban tristes historias de una guerra. Con otros tres marinos que la usaron en 1982, volvieron ayer a navegar la histórica nave antes de que regrese al puerto alemán donde fue botada en 1927.

La "Feuerland" perteneció a Gunther Plüschow, ex aviador alemán, explorador y pionero, a quien le gustaba definirse como periodista. Plüschow llegó al Atlántico Sur enamorado de Tierra del Fuego desde que la vio por primera vez en una foto, cuando era chico. "Un país misterioso, un país que muy pocos hombres han tenido la fortuna de visitar", la describió en su libro Sobre la Tierra del Fuego.

Plüschow también fue pionero en el arte de conseguir esponsors. Logró que le donaran un avión y los elementos de filmación necesarios para documentar su travesía marina y sus vuelos en Tierra del Fuego, los primeros que un hombre haya dado en esa región. Parte de esta historia está presente en el DVD documental de más de dos horas y en el libro Gunther Plüschow (Edit. Patagonia Sur), del historiador Roberto Litvachkes.

El navegante alemán se desprendió de la "Feuerland" en 1927. Desde entonces estuvo en las islas Malvinas. Hasta hace pocos días, cuando otro alemán, Bernd Buchner, conocedor del valor de esta reliquia, la compró y la navegó hasta el Yacht Club Argentino, donde está fondeada ahora. Volverá a Alemania para ser restaurada, montada en un barco de carga. Ayer Buchner permitió que los argentinos que se hicieron de la nave en 1982 la navegaran otra vez. El calor de otoño, el río manso, el ronroneo del motor de la "Feuerland", todo confluyó para que los veteranos tuvieran un reencuentro inolvidable.

"Es un regalo de Dios. Creo que ningún ex combatiente pudo volver a pisar el lugar donde estuvo en la guerra", decía el ex cabo Eduardo Rivero. El jefe, el ex teniente de navío Horacio González Llanos, recordaba cómo los argentinos tomaron la nave que pertenecía a las Faklands Island Company. Estaba al sur de la isla Soledad. "Había pocos barcos chicos, y lo necesitábamos para trasladar personal, patrullar, buscar náufragos...", contaba, al timón del barco que en las Malvinas fue conocido como "Penélope".

En la cubierta, otro que la pisó como cabo, maquinista y cocinero, Oscar Luna ("el Tío"), andaba como de inspección, estudiando el mástil. ¿Qué buscaba? "Rastros de una esquirla que recibimos cuando una bomba nos explotó encima, en la bahía Fox. Debe estar ahí, en la parte enchapada de la madera."

Guillermo Ni Coló retrató las vivencias de estos hombres en un libro. El título lo dice todo sobre su experiencia: 64 días muerto. Relatos de un veterano de guerra (Editorial Dunken). Ahí relata sus días a bordo. Entre otras cosas, la recorrida por el Estrecho de San Carlos buscando sobrevivientes del ataque al buque mercante "Isla de los Estados" y el ataque del 26 de mayo de 1982, el que dejó las esquirlas que buscaba Luna.

Esa noche la muerte cruzó de cerca la bahía Fox. El único conscripto a bordo era Roberto Herrscher. Roberto, periodista, vive ahora en Barcelona. Pero su padre participaba ayer del viaje, junto con otras personalidades de la náutica argentina: Carlos Biscioni (Amigos de la Tradición Náutica Argentina), Carlos Mey (del portal www.histarmar.com.ar), Guillermo Seidel (cuyo abuelo recibió a Plüschow) y el escritor y artista Hernán Alvarez Forn ("Hormiga Negra"). Todos por cortesía del capitán Buchner. "Para mí también es un día muy especial —decía Buchner—. Soy consciente de que para estos hombres el barco tiene mucha historia." Como muestra de su buena disposición, el capitán invitaba a timonear el barco.

Entre los recuerdos, Ni Coló desgranó uno simbólico: "Dormía con las botas puestas" Ayer el miedo estaba lejos. De cara al perfil espejado de la ciudad vista desde el río, había alegría. Alegría de poder contarla, de poder vivirla.

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