Junio de 2006
por Gerardo José González
Ya que suelo pecar por exceso, hoy haré preguntas.
¿Fue la guerrilla de los 70 buena, idealista, heroica, ejemplo
reivindicable, o fue un trágico error generacional?
Si Hebe de Bonafini tuviera razón, ¿qué debemos hacer hoy?
Ella dice que la revolución socialista, ¿pero qué significa esto hoy, en qué
consistiría?
¿Acaso el castrismo?
Si los guerilleros y su semidiós Guevara fueron derrotados
cuando sostuvieron que jamás lo serían, no habrá que buscar otros caminos?
Bernstein y Kautzky, dos eminentes dirigentes alemanes, sostuvieron una
famosa polémica sobre la viabilidad del socialismo en la Europa de comienzos
de 1900.
Rosa Luxemburgo, los espartaquitas y Lenín los cocinaron, pero Rosa
fue muerta y Lenín terminó con sus estatuas fundidas.
Fukuyama, al ver al comunismo muerto y al socialismo domesticado, dictó no
solo el fin de las ideologías, sino el fin de la historia misma, con un dejo
hegeliamo.
Fue un exceso japonés, como tantos otros, que dio origen a
millones de bromas.
Pero los hechos le dieron razón a Kautzky y Bernstein, cuyo riquísimo
pensamiento solo es visitado hoy por arqueólogos.
Occidente tiene dos tradiciones gloriosas, que le dieron su identidad
característica: la romana y la católica.
Son unos 600 años de cultura grecoromana, con pensadores
ultrasofisticados, tanto que nuestra vida no alcanzaría para siquiera tener
una idea de su
filosofía completa,
y unos -diría yo- 1700 años de cultura católica.
Saber lo suficiente de la patrística lleva otra vida entera.
Agustín, Anselmo, Tomás y otros treinta recogieron (Aufhoben hegeliano,
absorber y superar) las cumbres del paganismo, Cuando Roma habla, lo hace
desde el centro histórico del pensamiento occidental. Son unos tres mil
años, porque los griegos fueron tributarios de Egipto y la mesopotamia.
Dado que la Iglesia es eterna como su Fundador está en el tiempo siempre,
pero espera la Parusía.
Es una paradoja desde que nació.
Está antes que la caída de Roma, sostuvo la unidad de Occidente cuando se
disolvía en comarcas, mantuvo la sabiduría clásica en un mundo de campesinos
y guerreros vueltos casi a la animalidad, asistió y acompañó el nacimiento
de las naciones, supo llevar su mensaje con los aventureros que salieron a
conquistar el mundo, abandonó sus teorías físicas cuando advirtió que la
razón científica las refutó, atacó al capitalismo y al socialismo nacientes
con plena razón.
Sobrevivió. Tuvo que claudicar muchas veces. Pero siempre recuperó el
terreno perdido.
Si hoy Occidente aparece débil y podrido frente a otras civilizaciones más o
menos antiguas no es culpa de ella, por cierto.
En definitiva, el mundo sigue habitado por antiquísimas civilizaciones que
se han renovado.
Occidente nada pudo con China, India, ni siquiera Japón. Ahí están hoy.
Creo que el más grave error histórico fue el desprecio a la Mesopotámia.
Viéndolos decadentes y paupérrimos, pensaron, con una simpleza imperdonable,
que bastaba dividirlos y corromperlos para dominarlos.
Olvidaron, ni más ni menos, que allí nació la humanidad actual. Fue allá por
el 6000 a.c., tres siglos antes que Egipto.
De allí viene todo saber.
En lugar de hacer de ese interregno entre el Tigris y el Eufrates el Gran
Santuario de la Raza Humana, lo conquistaron con ojos imperialistas.
Pero esto se termina, como dice Huntington.
Bueno, si Osama les toma Arabia y Pakistán, construirán usinas
nucleares y murallas.
El signo profundo de este siglo es que todo imperio resulta
imposible.
Las civilizaciones han ocupado todas las tierras, mares y hielos del
planeta.
Todo arreglo es preferible a una guerra, dado que nadie es ya débil.
Nigeria, Venezuela, escapan del control.
Otro énfasis acertado de Huntington fue Rusia. Mírenla hoy.
El último sueño hegemónico fue el de Hitler.
El mundo es un tejido, una malla de fuerzas sin precedentes. Está todo atado
por nudos inextricables. El futuro es todo previsible.
El único tema a tratar es qué haremos los argentinos.
