Es la guerra

 

Junio de 2006

por Mark Steyn *


He aquí cuatro noticias de la semana pasada:

Bagdad: Abú Musab al-Zarqawi se encontró siendo el receptor final de 500 libras de servicio americano de reparto.

Londres: Scotland Yard detenía una célula de musulmanes del East End que presuntamente planeaban un ataque con sarín en Gran Bretaña.

Toronto: La Policía Montada desarticulaba una célula de musulmanes de Ontario que planeaban un atentado del triple de la potencia del de Oklahoma City.

Mogadiscio: Una filial de al-Qaida, el "Tribunal Islámico Conjunto" se hacía con el control de la capital somalí, desplazando a "los señores en la guerra respaldados por Estados Unidos".

El mundo se divide entre aquellos que creen que todo lo de arriba forma parte de la misma noticia y aquellos que se imaginan que son estrictamente noticias locales de significado derivado no más allá de diversos factores regionales:

En Bagdad y Londres, furia por el belicismo Bush-Blair
neocon-sionista-Halliburtoniano;

En Toronto, furia por el belicismo canadiense multiculti-liberal-panty en la cabeza -- no, espere, eso no puede estar bien. Tiene que ser la frustración entre determinadas, ah, comunidades etno-culturales con
niveles deficientemente paupérrimos de programas sociales masivos del gobierno, a juzgar por la surrealista conversación en la "Morning Edition"  de la NPR entre Renee Montagne y el alcalde de la ciudad;

Y en Mogadiscio, bien, es simplemente un puñado de africanos locos matando a otro puñado de africanos locos -- ¿quién demonios lo puede descifrar? Si Bono celebra una gala de celebridades recaudando fondos, nos encantará soltar 20 pavos.

Si usted elije creer eso, en las palabras que utilizaría Tip bin Neill, "toda jihad es local", de modo que adelante. Si usted escucha los debates de la NPR acerca de si los programas de seguridad social jihadista de Canadá están financiados inadecuadamente, estoy seguro de que será
muy feliz. Pero de vuelta al mundo real, parece que el verdadero éxito de globalización de la historia de los años 90 fue la exportación de la ideología procedente de una parte relativamente oscura del planeta al corazón de toda ciudad occidental.

Coja el tema de, por ejemplo, la decapitación. En el mundo musulmán hay montones. Estos islamistas somalíes, en el transcurso de su captura de Mogadiscio, capturaron tropas del bando de los señores de la guerra y las decapitaron. Zarqawi convirtió la decapitación en su firma personal, rebanando las gargantas del rehén americano Nick Berg y del rehén británico Ken Bigley, y después difundiendo la grabación como videos caseros
snuff por Internet.


Pero las guerrillas y los insurgentes no son los únicos a los que la decapitación les pone. Los saudíes, que son célebremente "nuestros amigos", decapitan gente ordinaria a diario. El año pasado, el reino decapitaba a seis somalíes por robar un coche. Habrían sido condenados y cumplido penas de cinco años, pero en el último momento, los tribunales saudíes decidieron elevar su crimen a ofensa capital. Alrededor de dos tercios de los decapitados en Arabia Saudí son nacionales extranjeros, lo que sería un perfil criminal improbable en cualquier estado civilizado y sugiere que "el sistema" de justicia está encabezado por el desprecio de los saudíes hacia los no saudíes tanto como todo lo demás.

Lo que nos lleva a Toronto. La semana pasada, ante el tribunal, se afirmaba que los conspiradores planeaban irrumpir en el Parlamento canadiense y decapitar al primer ministro. A priori, eso suena ridículo. Tan ridículo como le habría parecido a Ken Bigley, un contratista británico en Irak sin ilusión por el mundo: había pasado la mayor parte de su vida adulta dando tumbos por las ubicaciones más escuálidas del imperio y pensaba conocer el modo en el que hacían las cosas los colegas locales.


Nunca se imaginó que el último sonido que escucharía iba a ser delirantes gritos de "Alá Ajbar" y el hombre de detrás afilando su machete. Y nunca se imaginó que de vuelta a su patria natal, sus conciudadanos británicos -- jóvenes varones musulmanes -- se jactarían en el London Times de bajarse el vídeo de su ejecución y contemplarlo en sus teléfonos móviles.

Escribiendo acerca del colapso de naciones tales como Somalia, Robert D. Kaplan, del Atlantic Monthly, aludía a "los ciudadanos" de tales "estados" como "el hombre re-primitivizado". Cuando a torontonianos de toda la vida les pone la decapitación, cuando gente de Yorkshire nacida y crecida y alimentada con el fish ´n´ chips y el cricket y la música pop inglesa alta se inmola en el Metro de Londres, se diría que el fenómeno de "el hombre re-primitivizado" ha sido exportado exitosamente a todo
el mundo. Es globalización inversa: las patologías de los vertederos más remotos ahora disponen de franquicia en toda ciudad occidental. Usted no tiene que ser un perdedor receptor de la seguridad social en Ontario
como Steven Chand, el converso musulmán de 25 años de edad involucrado en la decapitación primer ministerial frustrada. Omar Sheikh, el hombre detrás de la decapitación del periodista del Wall Street Journal Daniel
Pearl, era un escolar inglés "público" (léase de escuela privada) y licenciado en la Escuela de Económicas de Londres.

Cinco años después del 11 de Septiembre, algunos estrategas afirman que no podemos ganar esto "militarmente", lo que es cierto en el sentido de
que no puedes enviar a la Tercera División de Infantería a Brampton, Ontario. Pero no es algo que vayamos a poder ganar a través de "las fuerzas de la ley" -- dejando a la Real Policía Montada de Canadá y al FBI y
al MI5 y a cada gendarmerie sobre el planeta tratar cada pequeño complot del mapa como investigación criminal auto-contenida. Necesitamos arrasar la ideología y seguir las redes. Estos colegas apenas se clasifican
como "quinta columnistas". Sus infecciones se extienden hasta Main Street. E, incluso si la cifra de personas de Ontario dispuestas a participar activamente en la decapitación del primer ministro es indudablemente reducida, el apoyo informal a los objetivos de la jihad por parte de muchos musulmanes occidentales y la pasividad por parte de demasiados de los restantes y la pusilanimidad del estado multicultural moderno
suponen un amplio margen de confort.

Esta semana, la jihad perdía a su principal comandante de campo, pero en Somalia puede haber ganado una nación -- un nuevo estado base tras la pérdida de Afganistán. Y en Toronto y Londres, la imagen no está tan clara. Los éxitos forenses y de vigilancia fueron instantáneamente reducidos por el repaso multicultural de las autoridades. Si usted cree que la idea de algún criminal decapitando a primeros ministros en vídeo es
una locura, tal vez esté mirando las cosas del presente hacia el pasado.

 

Lo que es una locura es que, media década después del 11 de Septiembre, todavía se permita a los saudíes financiar escuelas y mezquitas e instituciones y programas de formación de imanes religiosos a distancia en las cárceles y las fuerzas armadas de todo el mundo.

El petróleo no es la principal exportación saudí, la ideología sí; el petróleo simplemente la sustenta económicamente. En Gran Bretaña, Canadá, Francia, Holanda, Escandinavia y en todas partes, los musulmanes de segunda y tercera generación reconocen lo insípido del estado multicultural moderno por lo que es -- una nulidad, una no-identidad nacional -- y por tanto,
buscando su propia identidad, miran a todo lo demás. Continuar dejando que el islamismo llene esto es invitar a la re-primitivización del mundo.


* Mark Steyn es periodista canadiense, columnista y crítico literario natural de Toronto. Trabajó para la BBC presentando un programa desde Nueva York y haciendo diversos documentales


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