LAVAGNA: ¿EL CAVALLO DE KIRCHNER?

 

Junio de 2006

por María Zaldívar *


No tenemos cura. Si el hombre es el único animal que comete el mismo error dos veces, el argentino es la variedad más obstinada de la especie porque exhibe un postgrado en repetición de fallidos.

Por otra parte, si admitimos como válida la sabiduría popular cuando sostiene que “Nadie aprende de la experiencia ajena”, los argentinos volvemos a sentar precedente, porque tampoco aprendemos de la propia.

Los controles de precios se aplicaron afuera y no funcionaron; se aplicaron en el país, y tampoco. El cerrojo a la prensa libre se intentó en todas las dictaduras de la historia; también lo hicieron las locales y en ningún caso lograron tapar el sol las manos. La información o sea la realidad, tarde o temprano, se impone y barre la producción escenográfica con una contundencia proporcionalmente equivalente a la mordaza padecida.

Se probaron el autoritarismo, el populismo, la arbitrariedad y como no funcionaron en el mundo, tampoco acá. Hay, es verdad, una excepción comprobada empíricamente que merece la pena destacar: existen recetas universalmente exitosas que han fracasado únicamente en la Argentina pero no hemos logrado lo contrario, esto es, hacer exitoso un fracaso y eso, atento a nuestros insólitos records, ya es un alivio.

Pues ahora, en los albores del siglo de las comunicaciones, en la era del conocimiento los argentinos vuelven a entusiasmarse con otro espejismo. La figura reciclada de un ex ministro de economía devenido crítico de la administración que le dio vida, lustre y muerte civil, los hace soñar con la ilusión del futuro resuelto.

El surgimiento de Roberto Lavagna como esperanza política de la oposición en diáspora es el plagio kirchnerista del patético ensayo filo dramático del noventismo: Domingo Cavallo. Cuando la sombra de Carlos Menem cobijaba a algunos cuantos y asustaba a otros, el ex ministro de economía de su propia invención, emergió para alivio de los pronosticadores del cercano derrumbe menemista. Es exactamente el mismo libreto con los mismos ingredientes, condimentos y, muy probablemente, idéntico desenlace. Desoladoramente patético.

Pero como los estilos de los Doctores Jekyll del subdesarrollo son en esencia muy diferentes, los mismos serán trasladados al tratamiento del tema. Menem, con esa perversa calma musulmano-peronista que caracterizó siempre su felino desplazamiento político, dejó ir a su ex aliado hasta que sólo incurrió en su propia torpeza, en sus contradicciones genéticas, en su ambivalente moral de circunstancia, avivadas todas por los rasgos salientes de su compleja personalidad: un narcisismo a prueba de varios regimientos de psiquiatras; desconocimiento supino de la noción de escrúpulos y una profunda inestabilidad emocional que lo hacía inexorablemente vulnerable a, quizá la virtud sobresaliente del Carlos Menem estadista: su infinita parsimonia para asumir la táctica de la pasividad. “El hombre que está solo y espera” titularía Raúl Scalabrini Ortiz a aquel capítulo de nuestra historia chica.

“La política no es para calientes, es para perversos” solía repetir Jorge Asís en las reuniones de café donde sólo los que entienden captaron tempranamente que en esos círculos se concentra siempre el pensamiento crítico mucho más que en la Casa de Gobierno.

Y Cavallo, como era de prever, se estrelló contra sus propios defectos, probablemente obnubilado por la imagen de sí mismo que el espejo reflejaba y a la que nunca pudo dejar de venerar. Fin de Cavallo opositor; Cavallo esperanza; Cavallo salvador. Resultó que tampoco era el Mesías.

El estilo que Kirchner con el que ya ha empezado a manejarse frente a su Mr Hyde es el de la confrontación, lo que en el barrio los pibes llaman “inventar giles” pero eso a él no le importa, porque nuestro primer mandatario es como aquella mítica momia de “Titanes en el Ring” que, cual luchador sordomudo azotaba al mismo aire en la posibilidad de tener suerte y que la ley de probabilidades hiciera chocar su puño contra algo más consistente que el medio ambiente, ese que hoy defiende con la típica ferocidad del ecologista flamantemente converso.

Kirchner y sus ecos ya se pusieron los guantes: su desdibujada Lita de Lazzari que, a diferencia de aquella, defiende el monedero de doña Rosa desde el lujoso despacho de Ministro de Economía, adornado de empleados, teléfonos, autos, asesores y toda la batería de inutilidades bien pagas que hacen a la administración central.

Me arriesgo a sospechar que el dúo dinámico (Fernández y Fernández) ya esté movilizado hasta las oficinas centrales de Control, en la calle 25 de mayo, hablando con el Súper Agente 86 o hasta con el mismo Icazuriaga, revisando viejos expedientes en busca de ciertas perlitas que mansillen el nombre del último traidor al régimen.

Cierre los ojos y siga imaginando: de más está suponer que nuestro Ted Turner vernáculo, el señor de la palomita con su sonrisa de Patán y sus característicos dientes inferiores asomando de manera contraria al común de los humanos, esto es, por encima de los de arriba, ya tomó los debidos recaudos y, vía su zapatófono, tocó para sus esbirros los acordes de “Atención, preparados… listos” no bien recibió la indicación de “Fuego” desde el cuartel central, listo para difundir el oscuro pasado del malquerido Robereto.

En el fondo… ¡cuánta energía puesta en tan pobre objetivo! Como cuando Cavallo se puso loquito con Yabrán y lo apuró a Menem con esa feminoide estrategia del ultimátum: él o yo. El resultado es conocido: cayó Cavallo. Idéntico final que le tocó vivir al Mingo de Kirchner cuando lo apretó con la cartelización de los empresarios de la construcción.

Ambos debieran haber sabido que, tras años de matrimonio, es mejor no blanquear ciertas picardías extra conyugales, hacer la vista gorda y repetir, como se hace desde el inicio de los tiempos… “dejá, pues a la oficial soy yo”. Ellas han aprendido que es mucho más redituable ser una esposa engañada que una separada digna.

En esta sociedad, que sólo se inclina frente poder, hay infinidad de chicos malos capaces de entrometerse en una relación bilateral pero el análisis de sus tortuosas conductas suele pasar por alto que ninguno es emergente de un repollo. Las “otras” que desestabilizan una entente siempre frágil, convengamos, son producto de una sociedad que las produce, apaña y disculpa. Aplauden la valentía del que levanta la voz, hasta hay quienes le palmean el hombro pero la fascinación por el éxito y las corporaciones es más fuerte; y a la hora de elegir, no lo dudan; van por más de lo mismo. No se engañe. Mientras la sociedad mantenga esa escala de valores, seguirán teniendo éxito los Menem, los Duhalde, los Kirchner, y siguen las firmas.


*Licenciada en Ciencias Políticas, UCA.
 


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