Junio de 2006
Por Gabriela Pousa (*)
Las polémicas ya hicieron su trabajo y el tiempo simplemente se agota.
No da para mas .
Esta nota tiene tras de sí una historia, posiblemente una más entre tantas
otras. Quedó en mi computadora por alguna de esas razones que nunca se llegan a
saber pero quedó, previo compromiso de hacerla pública cuando lo ameritara el
momento. Fueron muchas las horas compartidas con el General Ricardo Brinzoni
tratando de escudriñar el futuro de una Fuerza que el Gobierno Nacional desdeña
desde su asunción. Muchas horas tratando de dejar testimonio de un sinfín de
avances en la educación de un Ejército grande. De aquellas nacieron estas líneas
que hoy recreo como el pensamiento de un ex Jefe del Ejército que se fue soñando
que su obra no quedara a medio camino.
Posiblemente debamos suponer que el Ejército al mando del General Ricardo
Brinzoni era otro Ejército. Pero esto es válido solamente si tenemos en cuenta
que quien dirige, es o debiera ser, imagen de quien le sigue el paso.
Lo cierto es que, en este presente, se está cargando con munición gruesa la
mochila del soldado. Pero, como escribía el ex Jefe del Ejército, la mochila de
campaña de un soldado argentino, tiene un peso de 15 kilogramos. No puede tener
más que eso.
Hoy quiere agregársele una carga innecesaria de resentimiento, responsabilidades
ajenas y eufemismos que lleva a quién debe cargarlos al agotamiento extremo. La
pregunta que surge es: ¿Quién cargará luego con las consecuencias?
La mochila, o la placa base de mortero -aún más pesada-, es cargada por el
infante en prolongadas marchas por la selva, la llanura o la montaña, junto a su
armamento y otros elementos del uniforme de combate.
Otros soldados empujan en trayectos menores pesadas piezas de artillería, o
trasladan pontones o equipos de comunicaciones. La exigencia no es desmedida:
para eso se forma durante años el temple y el físico del soldado argentino.
Cualquier ciudadano, que aporta con el pago de impuestos al mantenimiento del
Ejército, tiene derecho a comprobar esa capacidad adquirida a través de la
vocación de servicio.
Después de esa comprobación, difícilmente podría esperarse que el más exigente
de los dirigentes demande al soldado cargar dos mochilas.
O que, dado el caso, se exigiera al soldado cargar durante el resto de una
campaña, la mochila de quienes combatieron batallas antes que él. El riesgo es
agotar rápidamente al soldado y así, al Ejército. Si es ese el deseo, conviene
pues que nos sinceremos y libremos a la ciudadanía de falsas intrigas.
Así como sería impensando requerir al soldado –o a cualquier hombre-, que cargue
el doble de lo acostumbrado durante un tiempo excesivo, también resultaría
ilógico cargar a los soldados –o a cualquier ciudadano- responsabilidades
ajenas, además de las propias.
Es lo que creemos cargar desde hace mucho tiempo los soldados del Ejército
Argentino: no solamente la mochila que por vocación hemos elegido llevar -y para
la que hemos sido formados y entrenados-, sino también la de los que nos
antecedieron y aquella que dejaron con bombas y granadas enemigos no de la
Fuerza sino de la Patria.
Es cierto que la mochila de todo soldado es portadora de la historia, la
herencia, los laureles y los fracasos –en forma equilibrada- de quienes nos
precedieron desde hace 191 años. Es cierto que el pasado no se olvida ni se
borra con voluntarismo.
Pero también es cierto que ninguna Nación madura, sobrecarga a su brazo armado
con historias sesgadas, condenándolo para el resto de su existencia.
Esa mochila adicional de hoy, la más agotadora, contiene pesadas historias
contadas a medias y transcurridas hace treinta años pero que, a pesar del tiempo
transcurrido, permanecen en vano, despellejando los hombros del Ejército de hoy.
La misma mochila cuya carga derrama dudas sobre la totalidad de la Institución y
sus integrantes, injustamente.
Porque derrama sospechas sobre la totalidad de un Ejército que es continuidad
del que nació con la Patria en 1810, pero que, por una cuestión natural de
recambio generacional, sólo mantiene en actividad a uno de cada tres oficiales y
suboficiales testigos de aquella guerra vivida en los años ‘70.
Porque derrama dudas sobre un Ejército que desterró la intolerancia y la
soberbia, que derramó sangre propia por este suelo en pro de una paz que
entonces se extinguía. Un Ejército que se reestructuró orgánica y
educativamente; que asumió roles adicionales en apoyo de la comunidad nacional e
internacional.
Porque a pesar de esa marcha de 30 años cargando mochilas propias y ajenas, y a
pesar del desgaste sufrido, el Ejército que dejó, en mayo del 2003 el General
Ricardo Brinzoni, no se ha agotado todavía.
En cambio, se ha transformado, hasta convertirse -como actor ya plenamente
insertado en esta renovada sociedad, en un sólido defensor de las instituciones
republicanas aún cuando en el 2001 muchos quisieron que se hiciera cargo de un
país a la deriva.
No obstante aquella demostración de apego a la Constitución Nacional y la
democracia, algunos grupos insisten, equivocadamente, en que aún está pendiente
la reconciliación entre el Ejército y la ciudadanía argentina. Mientras esa
situación se mantenga, la mochila de un pasado tergiversado permanecerá sobre
los hombros de los soldados de hoy.
En todo caso, puede que haya una reconciliación pendiente entre el Gobierno y el
Ejército, en primer lugar porque está comandado por quién no posee autoridad y,
en segundo, por una visión sesgada de lo que pasó en nuestro suelo.
Como “prueba” de la reconciliación que algunos todavía piden a la Institución,
aparece una demanda de hacerse cargo de lo que ni siquiera se ha vivido.
Se insiste en exigir a un Ejército renovado, que cargue con una antigua y pesada
mochila conteniendo rencores de una historia que no se completa y hasta la
búsqueda del destino de los desaparecidos. Se le exige lo que no está a su
alcance proporcionar, con el riesgo de agotarlo. Y se le exige calumniándolo y
rebajándolo a marchar detrás de un jefe procesado por la Justicia.
El Ejército que Ricardo Brinzoni dejó en mayo del 2003 es heredero de las
tradiciones sanmartinianas y se sostuvo en la creencia de que una educación de
franca, hermanada y deseada convivencia, había servido para alcanzar una
definitiva reconciliación como la define el diccionario: “atraer y ajustar los
ánimos de quienes estaban opuestos entre sí”.
Parece mentira que 30 años después y sin estar agotado, el Ejército sobreviva
como protagonistas de intrigas y mezquindades políticas que no merece. 30 años
después, parece que se hace indispensable pedir a la dirigencia que se dispense
a sus soldados de cargar por el resto de la campaña, las mochilas que
pertenecieron a otros bandos involucrados en lo que fue una batalla donde ha
dejado vidas.
En fin, 30 años después, uno de los brazos armados de la Nación tiene que pedir
alivio, para que sus integrantes se dediquen a cargar la mochila que les
corresponde -y que desean cargar-, y poder así contribuir a construir, entre
todos, el mejor proyecto de vida en común para la República que estamos
perdiendo día tras día.
Copyright by EDICIÓN i, 2006.
(*) Analista Política. Lic. en Comunicación Social (Universidad del Salvador) Master en Economía y Ciencias Políticas (ESEADE) Queda prohibida su reproducción total o parcial sin mención de la fuente.
