ESTE VATTIMO ES UN TIMO

 

Junio de 2006

por Luis María Bandieri

 

 

No tengo una afección especial por Gianni Vattimo. Hace unos cuantos años compré en Italia la recopilación de artículos de diversos autores, además de él mismo, reunidos bajo el título de Il pensiero Debole, que habría de tener larga fortuna. Un buen titulista, sin duda. Hojeé después otra compra de ese viaje, Al di là del Soggetto, donde borda algunas puntillas alrededor de Federico Nietzsche -pobre Fritz, en manos de este peluquero de señoras- y, finalmente, me aburrí un poco con La Sociedad Transparente. Fue allí, sin embargo, donde encontré el mayor número de coincidencias con el escritor turinés. Pero, justamente, porque dice sobre la modernidad y la posmodernidad lo que otros han dicho antes y mejor. Lo bueno en él no es nuevo y lo nuevo, si lo hay, no alcanza siquiera a regular. Lyotard o Baudrillard son más ricos e incisivos (y anteriores), Clément Rosset más profundo y Zygmunt Bauman más certero, etc., etc. Vattimo es un Derrida en italiano, que se escuda en las sombras venerables de Nietzsche y Heidegger para convertirlos en prepizza para estudiantes que preparan monografías recurriendo a "El Rincón del Vago". La modernidad se terminó. Bien. La posmodernidad se recuesta entonces en la hermenéutica, que aquí no está planteada siquiera a lo Gadamer, sino, simplemente, como una celebración del desnorteo ambiental y del revoltijo donde todo se iguala, lodo discepoliano en el cual chapaleamos todos revolcaos. La modernidad entra en coma -dice- cuando ya no es posible una historia unitaria, esto es, ordenada respecto de un centro único, llámese nacimiento de Cristo u Occidente céntrico. No estoy tan seguro de esto, ya que todo relato histórico remite no a un único centro, pero si a un pasado ordenado y dispuesto -"centrado"- de alguna manera. Lo que nos falta hoy, en la impasse posmo, es la proyección al futuro, la tierra prometida que fue la última oferta de las ideologías. Estas religiones sustitutas de las postrimerías de la modernidad, nos juraban que el final del camino, la tierra de la promesa, era el paraíso perdido que dejamos atrás, ahora recobrado en la historia, a fuerza de violencia. Tal fue la última versión del progreso. Y la idea de progreso es la que hemos perdido. Vattimo cree que la crisis de la idea de progreso es consecuencia de la fragmentación de la historia.


Me parece, en cambio, que es el hundimiento de la idea (racional) del progreso, la convicción sombría de nuestro tiempo de que podemos morir de progreso, la que produce la ruptura del sentido y fin (racionales, ideológicos) de la historia. El sustituto es un intento de retornar al mito. Pero el mito ha sido retorcido por la modernidad, que nos devuelve su propia racionalidad crepuscular mitificada, y así nuestro opio de los pueblos pasa de Karl Marx a Harry Potter. Volvamos a Vattimo.
El hombre nos dice que, en este berenjenal, hay sin embargo una posibilidad de emanciparnos. ¿Asoma su oreja la esperanza? ¿Revive la primera ideología, la que inventó Manolo Kant, de la emancipación y el sapere aude? No, la via regia hacia la emancipación es...la sociedad de la comunicación, los media. En su manifestación caótica, dice el hombre de Turín, es "donde reside nuestra esperanza de emancipación". Emancipadores actuales: Pergolini y Tinelli, Pavolini y Tontelli.


Como debole, esta conclusión, francamente, lo es bastante. Nuestro hombre de Turín, coherente con sus análisis, frecuenta los medios, de donde va desalojando paulatinamente -en buena hora- a don Umberto Eco. Suelo leer La Stampa porque allí aparecen, de vez en cuando, las colaboraciones de un provocador formidable, Guido Ceronetti.


El 28 de mayo me llamó la atención, en ese diario, un largo artículo de Vattimo, "Habla Fidel", donde cuenta una entrevista de tres horas con Fidel Castro. El turinés viajó invitado a la Bienal de Arte de la Habana, en un vuelo charter algo incómodo, confiesa, ya que salía la bicoca de seiscientos euros, aunque, claro, él viajaba de balde, como invitado. Nuestro hombre en la Habana corre a entrevistarse con Fidel, su inolvidable primer amor, su recuerdo de los sesenta, de las canciones de la sierra y del poster del Che. "No debí fingir nada de mis sentimientos de admiración, devoción, verdadero y propio afecto amoroso, que pudieron expresarse libremente".


Castro, de uniforme verde oliva, lo abrazó. "Le tomé el rostro entre las manos, con algunas lágrimas en mis ojos".


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