REQUISITORIA CONTRA EL JUEZ CAPUCHA

 

Julio de 2006


En una nueva requisitoria contra los jueces del Sistema que no dan la cara conformando virtuales grupos de tareas jurídicos mas o menos encapuchados, Perren apunta contra la desinformación, sobre el mito, sobre la lectura foucoltiana y absurda de perseguir, vigilar y castigar, sobre la cual se basa rudimentariamente la democracia argentina y sobre todo el actual gobierno. Armando Rivas, creo,  definió el proceso como buscando a los nuevos judíos y algo de eso hay ya que en el fondo el sistema es imperfecto. Es tan frágil como lo fue la democracia alemana entre 1946 y 1950 pero carece de similar entidad geopolítica. En general los políticos argentinos son una pandilla de ladrones-hay excepciones como en toda corporación, desde luego - pero ese latrocinio de manos ligeras e inseguras esconde el profundo temor de gente que en los 70 miraba hacia los dos polos. Apuntaba políticamente a ganador y nada mas.


Conozco mucha gente combatiente-de uno y otro lado - que sostiene que Perren es un preso político. Conozco otra, que esta aterrorizada por el análisis de la guerra contrarrevolucionaria de esa década, porque su profundización la despolariza.


Ocurre que la atrofia del Verbo es la clave de esta historia. Por eso Cristina Catita puede hablar en el Congreso en términos de una cronología histórica sesgada cuando simplemente carece de argumentos jurídicos para encarar las mesuradas criticas de los opositores.


El místico ingenuo inventa al adversario. El seudomístico vivo cobra primero en votos,  luego en cuentas secretas.


Pero el objetivo siempre apunta a cercenar nuestras raíces y convertirnos en extranjeros dentro de nuestro propio país.


Perren da la cara, el Juez kafkiano se parapeta detrás de sus antifaces de latex.



Señor Juez:

Jorge Enrique PERREN, capitán de navío (R.E) de la Armada Argentina y alojado en una unidad naval por orden del Tribunal, manteniendo el domicilio procesal constituido en Tucumán 1438 piso 6º Escritorio 602, donde también lo tiene el letrado defensor que me patrocina, doctor Fernando GOLDARACENA (Corte Suprema, tomo 9 folio 539), en la causa número 14.217/03 del registro de la Secretaría 23, a V.S. digo:

1 Consta en autos mi preocupación por participar del trámite de la causa, en uso del derecho que me pertenece como sujeto de una imputación penal, no en el papel de objeto o paria a que de hecho se me reduce en los expedientes penales a los que fui siendo vinculado desde que se liberó la política del ajuste de cuentas judicial treinta años después de los hechos pertinentes.

2 V.S. no me conoce, jamás me ha visto la cara. Y no encuentro que averiguara tampoco algo al respecto, según la abrumadora cantidad de papel amontonada en expedientes caóticos, anárquicos, donde abundan el epíteto denostativo y la clara proclividad a recoger lo que se le antoje decir a un hato de montoneros, o sea a algunos miembros del grupo terrorista que me tocó combatir durante el enfrentamiento de los ’70.

V.S. no me conoce y yo tampoco conozco a V.S., sólo de nombre. No sé qué edad tiene, cómo y dónde se formó, cuáles son sus antecedentes en la justicia y qué es lo que piensa o siente en relación con el derecho, la justicia, los hombres de armas y el fenómeno sobre el cual viene tomando posturas dogmáticas, completamente desconectadas de los hechos reales y objetivos de la historia conocida por quien haya vivido en el país y tenga más de cuarenta años cumplidos.


3 Esa realidad peculiar de las causas llevadas en mi contra y el hecho de haber comparecido dos veces a los estrados por este expediente en particular, confiando que se me permitiría usar un derecho que resultó frustrado, prolijamente vaciado de sentido y significación por las extrañas maneras adoptadas por el Tribunal, me sugieren estas líneas complementarias que traen una reflexión válida sobre la problemática entre manos.

Para la sencilla formación del hombre de armas el juez es el juez y punto. Sin matices ni preciosismos, uno cree en abstracto que la palabra evoca la función estatal de aplicar la ley, objetiva e imparcialmente. Los años y la vida muestran luego varios errores fatales causados por ingenuas creencias y falsos conceptos, pero entonces ya no hay remedio. Aunque el tránsito me llevó a mi, que por la edad y prolongada detención debo pocos compromisos y dispongo de bastante tiempo libre, a leer más que antes.

Leo por cierto un montón de cosas. Mucho de lo que escriben los montoneros de la guerra pasada, a pesar de los tonos falsetes que hacen pasar por héroes a los desertores que dejaron las filas contrarias para combatir en las nuestras o, igualmente,  fugaron del frente abandonando a su suerte a quienes, más convencidos, comprometidos y honestos, llevaron la lucha hasta el final y pagaron los enormes costes. Bastante leo también sobre la actualidad, la política y la historia reciente, curioso por observar ese tipo de individuo que cambia un disfraz por otro con inusitada facilidad, sin ponerse colorado. Y finalmente leo un poco de derecho penal, pues trato de entender algo de ciertas formas de pensar y obrar que descubrí completamente distintas de lo que mi intuición creía de ellas.

4 De casualidad se juntaron las dos cosas. La segunda indagatoria a que asistí a raíz del reclamo formalizado por mi defensa señalando las enormes carencias de la primera, y una lectura específica del autor que, por lo que se me dice, está hoy de moda en el ambiente penal. La reflexión resultó concretamente de un párrafo de Günther Jakobs con la idea de que el derecho puede pedir incluso “el sacrificio de la propia vida” dentro de lo que sería el “rol del guerrero” referido por Hobbes en el Leviathan.

Jakobs trae a cuento el asunto mientras analiza los modos usados en el derecho para excluir de la sociedad a algunos de sus miembros. Es la línea de pensamiento que explica lo que habrá de pasarme a mí en tiempo futuro, pues su preocupación intelectual apunta a justificar la pena penal por la cual, quien faltó sus deberes para con la sociedad que integra, paga con la exclusión y consiguiente pérdida de bienes, cargo para él como la vida, la libertad o el patrimonio.

Tal pasaje disparó la inquietud que me tiene aquí escribiendo. Porque me pregunto si existe alguna conexión entre el palabrerío que habla de la sociedad y la sociedad misma, realidad concreta que pasa problemas concretos y, en ocasiones como la que debería desvelar a V.S., topa con fenómenos de violencia intestina y absurda que la ponen en peligro, y amenazan disolverla. La torpeza de formatear la realidad en recetas o teorías sirvió para saldar cosas que vengo leyendo en estos procesos, concretamente la desconcertante abundancia de juicios de valor que dogmatizan y sermonean para pintar un cuadro artificial sobre el lienzo de otro verdadero.

La figura del guerrero que debe la vida por pedido estatal me parece ruin, diría estúpida. Pero se lleva aparentemente con el diseño de las cosas entre nosotros, pues si finalmente no perdí la vida durante el conflicto de los ’70 fue por que así lo quiso Dios, la casualidad o la suerte. Pero acepté no obstante la orden que, en palabras de Jakobs, recoge el sentido último del dilema: “hasta entonces solamente ha vivido con seguridad bajo esa condición y su vida ya no es únicamente un favor de la naturaleza sino una dádiva del Estado sujeta a condición”, esto es que no falte esa seguridad que contuvo y protegió la vida de la comunidad.

Aclaro que el párrafo me parece absurdo, tanto como muchas de las cosas que me toca pasar y debo esperar de estas causas políticas disfrazadas apenas de judiciales. Pero no puedo evitar la vuelta a los ´70, cuando el Estado dejó sus deberes principales, la seguridad se perdió o hizo pedazos, la violencia terrorista logró niveles demenciales para cualquier sensatez, la vida perdió valor y la muerte del prójimo se convirtió en el dato menor que arrancaba aplausos o alimentaba rencores según fuera el grupo con el que se identificara a la pobre víctima.

En ese entonces yo era un joven oficial de la Armada Argentina, formado como tantos otros en la guerra naval y entrenado para servir como artillero de los buques de superficie. Tenía por supuesto la sensación de que me tocaba en suerte una época tremenda, absurda e irracional, que se había perdido el rumbo, abandonado cualquier postura de valor y caído en la lógica estúpida de rencores y resentimientos yendo a la zaga de quienes, por motivaciones que por supuesto no compartía y todavía me cuesta entender, estaban decididos a llevarse todo por delante.

Pero aprecié la realidad desde la posición del espectador neutral. A pesar de darme cuenta de que la agresión terrorista elegía preferentemente sus blancos entre el personal de las Fuerzas Armadas, supe que ello obedecía a la deliberada provocación propia de quien está determinado a desatar un conflicto. La guerra como necesidad, modo de acción elegido por una minoría que quiere tomar el poder por esos métodos porque sabe que no tiene chance con otros. No es por tanto que sus enemigos sean los hombres de armas sino que ellos son el camino o instrumento de ocasión, pues la escalada guerrera hostiga por los flancos útiles para mostrar que la cosa va en serio.

Así es la lógica de la guerra terrorista. Y no lo digo yo, ya que el tema fue agotado y explicado por sus principales cultores del siglo XX, al igual que entró de lleno en el XXI. Un bando pequeño, desenfadado y aguerrido, numéricamente irrelevante en el marco de una población de millones, aunque presto a soltar los hechos notables que hacen patético el reto a duelo. Como la sociedad civil tiene estructuras armadas regulares, sobre ellas se concentra el ataque para que el común de la gente ponga barbas en remojo y se someta a los nuevos vientos.

Si V.S. quiere saber cómo funciona la guerra terrorista puede ir a la numerosísima bibliografía que teoriza sobre sus términos, de Mao para acá. Y si quiere ver el funcionamiento en la realidad puede revisar la historia de los casi cien conflictos de alta intensidad que vivió el mundo después de la segunda guerra mundial. Pero, porque ese es el problema que tiene por delante en la causas criminales en las que se arrogó inexistente jurisdicción, le es inevitable estudiar la experiencia argentina, destacada y peculiar por sus formas y los altísimos niveles que alcanzó el enfrentamiento en nuestro medio.

5 Yo era entonces un teniente de navío. Con una jerarquía francamente menor en la estructura de la Armada Argentina, estaba muy lejos de los niveles de comando y conducción, ajeno a las otras fuerzas regulares, distante de los centros de poder que dirigían el país y totalmente ajeno a los partidos políticos, intereses económicos y centros de poder donde supongo anidaban los grupos de consulta, influencia y presión.

Destaco así que no tuve ningún trato, conocimiento o relación con el hecho de que el Poder Ejecutivo Nacional ordenara formalmente la entrada en combate de las Fuerzas Armadas en las operaciones militares necesarias para “aniquilar” al oponente terrorista. Tengo que pensar no obstante que todos sabían de qué hablaban; que si para un oficial de baja graduación como yo la acción de fuerza estaba perfectamente definida, mal podía escapar su significado a quienes habían decidido.

Que no fueron por supuesto los que fueron a la guerra. Ahí me mandaron a mí y a tantos otros oficiales como yo a quienes se pidió el “sacrificio de su propia vida” de que habla Jakobs. Lo que sin duda no fue literalmente así, que el Estado no me pidió la vida pues sólo me exigió arriesgarla hasta donde fuera menester para vencer el peligro que se debía aniquilar. Aunque la pérdida de la propia vida era una contingencia cierta y probable, así como que el aporte personal se pedía para devolver al país tiempos de paz y tolerancia de los que no quedaban rastros.

Tengo opinión formada sobre esa historia. En particular acerca de cómo fue que la Argentina llegó hasta ahí. Sé por tanto que la agresión –y el concepto de agresor es central para el derecho de guerra, según me enseñó la Escuela Naval y dicen todos los tratados- no provino de las Fuerzas Armadas; como sé que las Fuerzas Armadas no tuvieron mayormente que ver con la insólita cadena de errores que escalaron la violencia hasta el punto crítico del más completo descontrol.

Para mí los temas de esa índole competían a la policía y a la justicia. Los decretos del Poder Ejecutivo que pusieron las Fuerzas Armadas en operaciones dieron cuenta a la sociedad de las dificultades insuperables que complicaban la respuesta policial; y los diarios informaban, a su término, el grado de improvisación, indecisión y parálisis que se verificaba en los tribunales de justicia. Y aunque hoy día sé bien que los gobiernos y los medios suelen ser poco afectos a la verdad, yo tenía dos cosas claras: i) el Poder Ejecutivo Nacional había impartido una orden formal, lo que se traducía en la directiva del Comandante a las estructuras militares constitucionalmente subordinadas; y ii) como oficial de la Armada Argentina había sido formado para la guerra, esto es para integrar las estructuras de acción directa de que disponía el Estado para enfrentar los hechos de agresión violenta de que fuera objeto.

Eso desmiente a Jackobs. El derecho me exigía tomar parte en las operaciones militares dirigidas a aniquilar las estructuras irregulares terroristas, pero no a cambio de una paz inexistente ni como retribución de algún beneficio recibido con anterioridad. La exigencia venía dada por mi pertenencia, deber funcional específico correlativo al derecho de la comunidad a vivir en paz; lo que yo fuera a hacer en la guerra -incluyendo la eventualidad de perder la vida o tener que segar la de mi prójimo- formaba parte de la misión reservada a las Fuerzas Armadas de cualquier país del mundo. Suerte de deber o compromiso que es correlato de la prerrogativa, derecho o privilegio de la población civil: si bien el reto terrorista afectó gravemente a la civilidad, la orden de entrar en operaciones se impartió a las estructuras regulares a las que compete recuperar la paz para quienes, por asignación de roles en la estructura social, no deben correr con esas penurias y riesgos.

6 Prefiero no extenderme ahora sobre el hecho de la guerra, aun cuando soy conciente del montón de maquillaje invertido solapada e interesadamente en disimularla. La guerra como realidad está en todos los documentos de las milicias irregulares, se pavonea francamente en la literatura afín a ese bando, quedó escrita en varios decretos del Poder Ejecutivo que ejercía la señora de Peron y su gente, carga los debates parlamentarios y se sienta por fin en la sentencia de la Cámara Federal en la causa 13 que finalmente admite el fenómeno por su naturaleza peculiar, sin eufemismos ni vueltas.

Advierto por lo demás que nadie lo discute. Según se presentan las condiciones, quien simplemente ignora el dato o sale con otra cosa, elude el debate, se esconde en el poder o la autoridad y, en fin, lo admite. Es que nadie en su sano juicio y mínima honestidad intelectual dirá otra cosa, por lo mismo que sólo el descontrol propio de la escalada de violencia entre grupos enfrentados capta el cuadro vivo que signa y caracteriza la época.

El maquillaje de actualidad obedece a razones especulativas prácticas. Hay grupos claramente preocupados por esconder sus servicios a la milicia terrorista y deseosos de irla de víctimas, ya que de otro modo tendrían que contar lo que hicieron primero para una estructura y luego para la contraria. Otros, políticamente ajustados, se afanan en el disfraz dialéctico que creen útil para hacer pasar gato por liebre, justificando con palabras esta campaña de venganza, defraudación y distracción encubierta bajo giros de valor como memoria, verdad y justicia, siendo que no quieren ninguna de las tres cosas.

Yo en cambio no tengo duda ninguna justamente porque estuve ahí, no me lo contaron ni lo leí, traté con el enemigo cara a cara, conocí sus modos de administrar violencia y aprendí en el terreno esas formas de guerra irregular que hacen preferible la guerra en el mar. Y no tengo dudas pues jamás habría tenido yo que ver con el fenómeno si las cosas hubieran sido distintas, por lo mismo que no conocí un solo miembro de las fuerzas legales que luchara por un gobierno equis, la dictadura de fulano, el plan económico de mengano, la opresión de zutano o sandeces de ese tipo.

El 24 de marzo de 1976 el país estaba hundido en el conflicto, el cual de ninguna manera había para entonces amainado como algunos pretenden hoy vender, estaba en máximo desarrollo, más allá de algunas decenas de terroristas caidos en ataques frontales a guarniciones militares y la ya incipiente derrota puntual en el frente de Tucumán. Y si más o menos por entonces el suscripto pasó a formar parte de una orgánica específica, ello no fue así por circunstancia política alguna; la Armada Argentina armó sus grupos de tareas para combatir el terrorismo después de elaborar los planes contribuyentes a la Directiva del Ministerio de Defensa, precisamente para dar organicidad a una respuesta militar que no quiso librarse al azar, la voluntad o la improvisación.

7 Visto de otra perspectiva, el tiempo de la guerra no fue diferente de los anteriores y posteriores. Mi carrera naval había empezado antes del conflicto, me tuvo alistado para los otros dos que se dieron por entonces -el fronterizo con Chile y el de Malvinas que me encontró navegando en la nave insignia de la Flota de Mar como parte del Estado Mayor de su Almirante Comandante- y continuó con posterioridad, pues serví muchos años en los escalones mayores de la graduación naval, ya reinstalado el gobierno republicano constitucional. Cumplí el servicio naval como me fue ordenado, en las circunstancias, misiones y destinos dispuestos por la Superioridad, sin recibir admonición, crítica o postergación por mis actos.

Fui condecorado por mi desempeño en combate, reconocido por más de un cuadro enemigo después de terminar las hostilidades, promovido en tiempo y forma en las sucesivas jerarquías, cumplí los comandos propios de cada grado y, después de servir para dos presidentes distintos –los comandantes en jefe de que habla la Constitución- me retiré del servicio activo.

No soy un héroe. Tampoco villano. No fui formado para esas categorías estentóreas y comúnmente huecas, tan gratas entre los montoneros que hacían las peores canalladas como si fueran gestas y se pavoneaban tontamente como protagonistas de grandes hazañas. La guerra no trae esas cosas ni se resume en un anecdotario de grandezas y pequeñeces, sencillamente porque al fin todo en ella es violencia, destrucción, humano dolor y muerte. Para un marino la guerra tiene mucho de paradoja: se forma para el combate en el mar pero confía en no tener que soportarlo porque sabe que en el mar no hay matices: el que no mata muere, y es preferible evitar ambas cosas.

Fui yo quien eligió la carrera naval y el servicio de armas. Lo hice sabiendo que la elección me exponía a situaciones de violencia y con esa conciencia cumplí, llegado el momento, las órdenes que me destinaron a operaciones concretas contra las formaciones terroristas. Confieso sí que no pensé en esto de hoy. Que pude sospechar riesgos personales, pasarlos más de una vez y verlos en el pellejo de mis semejantes; pero no imaginé que al fin del camino, retirado del servicio, muchos años después de terminado el conflicto y tras una carrera sin tropiezos, tendría que vérmelas con V.S. en otra forma de exclusión y castigo social, hecha, a lo que parece, para que otros se sientan buenos, absueltos, distintos y correctos en sus papeles.

Pues bien. Destaco a V.S. que yo cumplí cabalmente mis deberes y que no entiendo este pedir cuentas sin cumplir las exigencias que la ley pide observar aun con el peor de los delincuentes. No atino a entender cómo es que V.S. habla de mis deberes sin decir nada de ellos ni cuidar los propios; y cómo se siente en aptitud de juzgar y valorar sin una sola pregunta, curiosidad, cargo o reproche medianamente vinculado con los hechos sabidos de la historia verdadera, con lo que es pertinente a mi caso particular. Que es lo que cabe y corresponde, lo que indica cualquier norma ética, lo que hicieron conmigo mis superiores y lo que yo a mi vez observé con mis subordinados, al margen de que también lo exigen las leyes.

Uno podría decir que este escrito mío es inconveniente, que estos gestos de franqueza sólo traen problemas, que conviene lisonjear al juez que va a decidir sobre uno. Yo soy marino de guerra y prefiero lo mío: remitirme al contexto que todos conocen tanto como niegan, a como de lugar y porque es verdad, que al fin y al cabo ya tengo experiencia directa enseñándome que no debo esperar de V.S. nada más que complicaciones y problemas. La marina me formó para manejarme con la verdad y decir lo que pienso con lealtad, pues esa es la mejor manera de cooperar con quien tiene la responsabilidad de tomar las decisiones., que así no habrá espacio para errores y confusiones.

8 El trámite regular de la causa exige atender mínimamente las formas estructurales propias del juicio. Y V.S. como juez del caso debe asegurarse que las cosas se hagan como es debido; por que de lo contrario, bajo la forma de pensar y obrar que se viene practicando en estos procesos, las irregularidades son tan serias y graves ahora como, desde la postura del Tribunal, lo fueron en la guerra civil pasada.

A mí se me encargó obrar en el terreno según la dinámica de una función estatal concreta y determinada, marco definidor del deber que me fue discernido y que cumplí en debida forma. A V.S. se le encarga exactamente lo mismo, ya que la distinta dinámica de la acción directa sobre el otro y la distinta función estatal no cambia el fondo de las cosas. Yo hice lo mío, no como hombre de derecho sino en el servicio de armas; y V.S. debe ahora lo suyo, no como hombre de armas ni mucho menos un pólitico sino en términos de ley y justicia.

El lenguaje sirve para entenderse, aunque muchas veces se use en sentido contrario. Yo me valgo de las palabras para poner los temas en claro pues temo que, instalada una profunda confusión en los actores, el proceso se haga herramienta de acción directa sobre el oponente, forma novedosa de violencia oculta tras una máscara de legalidad que no tapa gran cosa. El plano judicial usado como modo de continuar el conflicto por medios que, siendo otros, también emplean la fuerza.

Para decir que yo falté mis deberes V.S. tiene que sacar las cosas de contexto, manipular los hechos históricos y confinarse en esa suerte de sociedad que arma con los miembros combatientes de un bando haciendo una parodia de “testigos víctimas”, mentirosos y falsos. La historia como vulgar cuento, marginado el narrador del mundo real, pobre el lenguaje, sin enunciados descriptivos y con mucho adjetivo de denostación, cayendo al infantilismo de pintar terroristas como personajes buenos en contraste con el rol de pésimos malos asignado a los que cumplieron sus deberes combatiendolos.

Insisto: mis deberes en el servicio naval, como oficial de la Armada Argentina designado en operaciones militares para aniquilar las milicias terroristas no son por parte de V.S. definidos en sus términos ni enmarcados en la violencia del conflicto en el que estuve inmerso por orden de la Superioridad, para enfrentar al oponente en armas. Que V.S. tome las cosas con total liviandad y sin ningún rigor histórico sirve para eliminar el deber principal; lo que me pone, por el artificio de tachar la agresión y la existencia misma del bando terrorista que practicaba la violencia organizada contra sus semejantes, en el ridículo papel de quien actúa por sí y porque sí, en una forma irracional o loca de comportarse en sociedad.

Y entonces, como cualquiera advierte el absurdo, viene el invento siguiente, la burda madre de todas las patrañas: que todo fue por eliminar opositores políticos, disidentes, trabajadores sociales, curas, abogados, periodistas, obreros o lo que fuere. Pero esto también es ridículo pues no existe apetencia, desviación, pertenencia o motivación capaz de llevar a nadie –y digo nadie porque no conocí ni uno en las fuerzas armadas, de seguridad o policiales- a desplegar violencia contra sus semejantes por estupideces de esa índole.

Que prédica así abunde en los miembros del bando oponente, que por lo general sus cultores provengan de los grupos estigmatizados que practicaron sin pudor la violencia en los dos bandos, que las actitudes fundamentalistas típicas de la milicia irregular obnubilen a ese extremo el juicio, es cosa vista, trillada en la experiencia cotidiana de los años ’70. Pero que un Juez de la Nación -encargado de fallar los procesos que se le someten, que juró cumplir la ley y la Constitución y que para serlo no puede haber formado en las filas de ninguno de los bandos en armas- adopte el discurso, fije esa posición y haga suya la bandera, ratifica que no es el hábito lo que hace al monje.

9 Las reflexiones precedentes resultaron como dije de la frustración en que terminó mi último comparendo a prestar indagatoria, pues por segunda vez me encontré dando explicaciones en el vacío. Y si bien me puse a escribir esto con las complicaciones consiguientes, la asistencia de mi abogado a distancia y la fuerte gripe contraída por el viaje, al terminar la tarea tropiezo con que V.S. ya resolvió la cuestión, dispuso mi procesamiento con prisión preventiva y cerró el tema. Lo que por cierto no me sorprende, que esa es la secuencia de todos los antecedentes; pero como esta vez observa mejor los tiempos de la ley fracasa mi intento de intercalar este escrito entre una cosa y la otra, como era el propósito.

10 Agregue V.S. el presente a los autos, tome lo expuesto como parte integrante de la declaración indagatoria y del derecho del imputado a puntualizar lo que estime apropiado y fije en su caso audiencia para ratificar la firma y el contenido, que

ES JUSTICIA


 

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