Julio de 2006
En una nueva requisitoria contra los jueces del Sistema que no dan la cara
conformando virtuales grupos de tareas jurídicos mas o menos encapuchados,
Perren apunta contra la desinformación, sobre el mito, sobre la lectura
foucoltiana y absurda de perseguir, vigilar y castigar, sobre la cual se
basa rudimentariamente la democracia argentina y sobre todo el actual
gobierno. Armando Rivas, creo, definió el proceso como buscando a los
nuevos judíos y algo de eso hay ya que en el fondo el sistema es imperfecto.
Es tan frágil como lo fue la democracia alemana entre 1946 y 1950 pero
carece de similar entidad geopolítica. En general los políticos argentinos
son una pandilla de ladrones-hay excepciones como en toda corporación, desde
luego - pero ese latrocinio de manos ligeras e inseguras esconde el profundo
temor de gente que en los 70 miraba hacia los dos polos. Apuntaba
políticamente a ganador y nada mas.
Conozco mucha gente combatiente-de uno y otro lado - que sostiene que Perren es
un preso político. Conozco otra, que esta aterrorizada por el análisis de la
guerra contrarrevolucionaria de esa década, porque su profundización la
despolariza.
Ocurre que la atrofia del Verbo es la clave de esta historia. Por eso Cristina
Catita puede hablar en el Congreso en términos de una cronología histórica
sesgada cuando simplemente carece de argumentos jurídicos para encarar las
mesuradas criticas de los opositores.
El místico ingenuo inventa al adversario. El seudomístico vivo cobra primero en
votos, luego en cuentas secretas.
Pero el objetivo siempre apunta a cercenar nuestras raíces y convertirnos en
extranjeros dentro de nuestro propio país.
Perren da la cara, el Juez kafkiano se parapeta detrás de sus antifaces de latex.
Señor Juez:
Jorge Enrique PERREN, capitán de navío (R.E) de la Armada Argentina y alojado en
una unidad naval por orden del Tribunal, manteniendo el domicilio procesal
constituido en Tucumán 1438 piso 6º Escritorio 602, donde también lo tiene el
letrado defensor que me patrocina, doctor Fernando GOLDARACENA (Corte Suprema,
tomo 9 folio 539), en la causa número 14.217/03 del registro de la Secretaría
23, a V.S. digo:
1 Consta en autos mi preocupación por participar del trámite de la causa, en uso
del derecho que me pertenece como sujeto de una imputación penal, no en el papel
de objeto o paria a que de hecho se me reduce en los expedientes penales a los
que fui siendo vinculado desde que se liberó la política del ajuste de cuentas
judicial treinta años después de los hechos pertinentes.
2 V.S. no me conoce, jamás me ha visto la cara. Y no encuentro que
averiguara tampoco algo al respecto, según la abrumadora cantidad de papel
amontonada en expedientes caóticos, anárquicos, donde abundan el epíteto
denostativo y la clara proclividad a recoger lo que se le antoje decir a un hato
de montoneros, o sea a algunos miembros del grupo terrorista que me tocó
combatir durante el enfrentamiento de los ’70.
V.S. no me conoce y yo tampoco conozco a V.S., sólo de nombre. No sé qué edad
tiene, cómo y dónde se formó, cuáles son sus antecedentes en la justicia y
qué es lo que piensa o siente en relación con el derecho, la justicia, los
hombres de armas y el fenómeno sobre el cual viene tomando posturas dogmáticas,
completamente desconectadas de los hechos reales y objetivos de la historia
conocida por quien haya vivido en el país y tenga más de cuarenta años
cumplidos.
3 Esa realidad peculiar de las causas llevadas en mi contra y el hecho de haber
comparecido dos veces a los estrados por este expediente en particular,
confiando que se me permitiría usar un derecho que resultó frustrado,
prolijamente vaciado de sentido y significación por las extrañas maneras
adoptadas por el Tribunal, me sugieren estas líneas complementarias que traen
una reflexión válida sobre la problemática entre manos.
Para la sencilla formación del hombre de armas el juez es el juez y punto. Sin
matices ni preciosismos, uno cree en abstracto que la palabra evoca la función
estatal de aplicar la ley, objetiva e imparcialmente. Los años y la vida
muestran luego varios errores fatales causados por ingenuas creencias y falsos
conceptos, pero entonces ya no hay remedio. Aunque el tránsito me llevó a mi,
que por la edad y prolongada detención debo pocos compromisos y dispongo de
bastante tiempo libre, a leer más que antes.
Leo por cierto un montón de cosas. Mucho de lo que escriben los montoneros de la
guerra pasada, a pesar de los tonos falsetes que hacen pasar por héroes a los
desertores que dejaron las filas contrarias para combatir en las nuestras o,
igualmente, fugaron del frente abandonando a su suerte a quienes, más
convencidos, comprometidos y honestos, llevaron la lucha hasta el final y
pagaron los enormes costes. Bastante leo también sobre la actualidad, la
política y la historia reciente, curioso por observar ese tipo de individuo que
cambia un disfraz por otro con inusitada facilidad, sin ponerse colorado. Y
finalmente leo un poco de derecho penal, pues trato de entender algo de ciertas
formas de pensar y obrar que descubrí completamente distintas de lo que mi
intuición creía de ellas.
4 De casualidad se juntaron las dos cosas. La segunda indagatoria a que asistí a
raíz del reclamo formalizado por mi defensa señalando las enormes carencias de
la primera, y una lectura específica del autor que, por lo que se me dice, está
hoy de moda en el ambiente penal. La reflexión resultó concretamente de un
párrafo de Günther Jakobs con la idea de que el derecho puede pedir incluso
“el sacrificio de la propia vida” dentro de lo que sería el “rol del guerrero”
referido por Hobbes en el Leviathan.
Jakobs trae a cuento el asunto mientras analiza los modos usados en el derecho
para excluir de la sociedad a algunos de sus miembros. Es la línea de
pensamiento que explica lo que habrá de pasarme a mí en tiempo futuro, pues su
preocupación intelectual apunta a justificar la pena penal por la cual, quien
faltó sus deberes para con la sociedad que integra, paga con la exclusión y
consiguiente pérdida de bienes, cargo para él como la vida, la libertad o el
patrimonio.
Tal pasaje disparó la inquietud que me tiene aquí escribiendo. Porque me
pregunto si existe alguna conexión entre el palabrerío que habla de la sociedad
y la sociedad misma, realidad concreta que pasa problemas concretos y, en
ocasiones como la que debería desvelar a V.S., topa con fenómenos de violencia
intestina y absurda que la ponen en peligro, y amenazan disolverla. La torpeza
de formatear la realidad en recetas o teorías sirvió para saldar cosas que vengo
leyendo en estos procesos, concretamente la desconcertante abundancia de juicios
de valor que dogmatizan y sermonean para pintar un cuadro artificial sobre el
lienzo de otro verdadero.
La figura del guerrero que debe la vida por pedido estatal me parece ruin,
diría estúpida. Pero se lleva aparentemente con el diseño de las cosas entre
nosotros, pues si finalmente no perdí la vida durante el conflicto de los ’70
fue por que así lo quiso Dios, la casualidad o la suerte. Pero acepté no
obstante la orden que, en palabras de Jakobs, recoge el sentido último del
dilema: “hasta entonces solamente ha vivido con seguridad bajo esa condición y
su vida ya no es únicamente un favor de la naturaleza sino una dádiva del Estado
sujeta a condición”, esto es que no falte esa seguridad que contuvo y protegió
la vida de la comunidad.
Aclaro que el párrafo me parece absurdo, tanto como muchas de las cosas que me
toca pasar y debo esperar de estas causas políticas disfrazadas apenas de
judiciales. Pero no puedo evitar la vuelta a los ´70, cuando el Estado dejó sus
deberes principales, la seguridad se perdió o hizo pedazos, la violencia
terrorista logró niveles demenciales para cualquier sensatez, la vida perdió
valor y la muerte del prójimo se convirtió en el dato menor que arrancaba
aplausos o alimentaba rencores según fuera el grupo con el que se identificara a
la pobre víctima.
En ese entonces yo era un joven oficial de la Armada Argentina, formado como
tantos otros en la guerra naval y entrenado para servir como artillero de los
buques de superficie. Tenía por supuesto la sensación de que me tocaba en
suerte una época tremenda, absurda e irracional, que se había perdido el rumbo,
abandonado cualquier postura de valor y caído en la lógica estúpida de rencores
y resentimientos yendo a la zaga de quienes, por motivaciones que por supuesto
no compartía y todavía me cuesta entender, estaban decididos a llevarse todo por
delante.
Pero aprecié la realidad desde la posición del espectador neutral. A pesar de
darme cuenta de que la agresión terrorista elegía preferentemente sus blancos
entre el personal de las Fuerzas Armadas, supe que ello obedecía a la deliberada
provocación propia de quien está determinado a desatar un conflicto. La
guerra como necesidad, modo de acción elegido por una minoría que quiere tomar
el poder por esos métodos porque sabe que no tiene chance con otros. No es
por tanto que sus enemigos sean los hombres de armas sino que ellos son el
camino o instrumento de ocasión, pues la escalada guerrera hostiga por los
flancos útiles para mostrar que la cosa va en serio.
Así es la lógica de la guerra terrorista. Y no lo digo yo, ya que el tema
fue agotado y explicado por sus principales cultores del siglo XX, al igual que
entró de lleno en el XXI. Un bando pequeño, desenfadado y aguerrido,
numéricamente irrelevante en el marco de una población de millones, aunque
presto a soltar los hechos notables que hacen patético el reto a duelo. Como la
sociedad civil tiene estructuras armadas regulares, sobre ellas se concentra el
ataque para que el común de la gente ponga barbas en remojo y se someta a los
nuevos vientos.
Si V.S. quiere saber cómo funciona la guerra terrorista puede ir a la
numerosísima bibliografía que teoriza sobre sus términos, de Mao para acá. Y si
quiere ver el funcionamiento en la realidad puede revisar la historia de los
casi cien conflictos de alta intensidad que vivió el mundo después de la
segunda guerra mundial. Pero, porque ese es el problema que tiene por delante en
la causas criminales en las que se arrogó inexistente jurisdicción, le es
inevitable estudiar la experiencia argentina, destacada y peculiar por sus
formas y los altísimos niveles que alcanzó el enfrentamiento en nuestro medio.
5 Yo era entonces un teniente de navío. Con una jerarquía francamente menor en
la estructura de la Armada Argentina, estaba muy lejos de los niveles de comando
y conducción, ajeno a las otras fuerzas regulares, distante de los centros de
poder que dirigían el país y totalmente ajeno a los partidos políticos,
intereses económicos y centros de poder donde supongo anidaban los grupos de
consulta, influencia y presión.
Destaco así que no tuve ningún trato, conocimiento o relación con el hecho de
que el Poder Ejecutivo Nacional ordenara formalmente la entrada en combate de
las Fuerzas Armadas en las operaciones militares necesarias para “aniquilar” al
oponente terrorista. Tengo que pensar no obstante que todos sabían de qué
hablaban; que si para un oficial de baja graduación como yo la acción de fuerza
estaba perfectamente definida, mal podía escapar su significado a quienes
habían decidido.
Que no fueron por supuesto los que fueron a la guerra. Ahí me mandaron a
mí y a tantos otros oficiales como yo a quienes se pidió el “sacrificio de su
propia vida” de que habla Jakobs. Lo que sin duda no fue literalmente así, que
el Estado no me pidió la vida pues sólo me exigió arriesgarla hasta donde fuera
menester para vencer el peligro que se debía aniquilar. Aunque la pérdida de la
propia vida era una contingencia cierta y probable, así como que el aporte
personal se pedía para devolver al país tiempos de paz y tolerancia de los que
no quedaban rastros.
Tengo opinión formada sobre esa historia. En particular acerca de cómo fue que
la Argentina llegó hasta ahí. Sé por tanto que la agresión –y el concepto de
agresor es central para el derecho de guerra, según me enseñó la Escuela Naval y
dicen todos los tratados- no provino de las Fuerzas Armadas; como sé que las
Fuerzas Armadas no tuvieron mayormente que ver con la insólita cadena de errores
que escalaron la violencia hasta el punto crítico del más completo descontrol.
Para mí los temas de esa índole competían a la policía y a la justicia. Los
decretos del Poder Ejecutivo que pusieron las Fuerzas Armadas en operaciones
dieron cuenta a la sociedad de las dificultades insuperables que complicaban la
respuesta policial; y los diarios informaban, a su término, el grado de
improvisación, indecisión y parálisis que se verificaba en los tribunales de
justicia. Y aunque hoy día sé bien que los gobiernos y los medios suelen ser
poco afectos a la verdad, yo tenía dos cosas claras: i) el Poder Ejecutivo
Nacional había impartido una orden formal, lo que se traducía en la
directiva del Comandante a las estructuras militares constitucionalmente
subordinadas; y ii) como oficial de la Armada Argentina había sido formado para
la guerra, esto es para integrar las estructuras de acción directa de que
disponía el Estado para enfrentar los hechos de agresión violenta de que
fuera objeto.
Eso desmiente a Jackobs. El derecho me exigía tomar parte en las operaciones
militares dirigidas a aniquilar las estructuras irregulares terroristas,
pero no a cambio de una paz inexistente ni como retribución de algún beneficio
recibido con anterioridad. La exigencia venía dada por mi pertenencia, deber
funcional específico correlativo al derecho de la comunidad a vivir en paz; lo
que yo fuera a hacer en la guerra -incluyendo la eventualidad de perder la vida
o tener que segar la de mi prójimo- formaba parte de la misión reservada a las
Fuerzas Armadas de cualquier país del mundo. Suerte de deber o compromiso que es
correlato de la prerrogativa, derecho o privilegio de la población civil: si
bien el reto terrorista afectó gravemente a la civilidad, la orden de entrar en
operaciones se impartió a las estructuras regulares a las que compete recuperar
la paz para quienes, por asignación de roles en la estructura social, no deben
correr con esas penurias y riesgos.
6 Prefiero no extenderme ahora sobre el hecho de la guerra, aun cuando soy
conciente del montón de maquillaje invertido solapada e interesadamente en
disimularla. La guerra como realidad está en todos los documentos de las
milicias irregulares, se pavonea francamente en la literatura afín a ese bando,
quedó escrita en varios decretos del Poder Ejecutivo que ejercía la señora de
Peron y su gente, carga los debates parlamentarios y se sienta por fin en la
sentencia de la Cámara Federal en la causa 13 que finalmente admite el fenómeno
por su naturaleza peculiar, sin eufemismos ni vueltas.
Advierto por lo demás que nadie lo discute. Según se presentan las condiciones,
quien simplemente ignora el dato o sale con otra cosa, elude el debate, se
esconde en el poder o la autoridad y, en fin, lo admite. Es que nadie en su sano
juicio y mínima honestidad intelectual dirá otra cosa, por lo mismo que sólo el
descontrol propio de la escalada de violencia entre grupos enfrentados capta el
cuadro vivo que signa y caracteriza la época.
El maquillaje de actualidad obedece a razones especulativas prácticas. Hay
grupos claramente preocupados por esconder sus servicios a la milicia
terrorista y deseosos de irla de víctimas, ya que de otro modo
tendrían que contar lo que hicieron primero para una estructura y luego para
la contraria. Otros, políticamente ajustados, se afanan en el disfraz
dialéctico que creen útil para hacer pasar gato por liebre, justificando con
palabras esta campaña de venganza, defraudación y distracción encubierta bajo
giros de valor como memoria, verdad y justicia, siendo que no quieren ninguna de
las tres cosas.
Yo en cambio no tengo duda ninguna justamente porque estuve ahí, no me lo
contaron ni lo leí, traté con el enemigo cara a cara, conocí sus modos de
administrar violencia y aprendí en el terreno esas formas de guerra irregular
que hacen preferible la guerra en el mar. Y no tengo dudas pues jamás
habría tenido yo que ver con el fenómeno si las cosas hubieran sido distintas,
por lo mismo que no conocí un solo miembro de las fuerzas legales que luchara
por un gobierno equis, la dictadura de fulano, el plan económico de mengano, la
opresión de zutano o sandeces de ese tipo.
El 24 de marzo de 1976 el país estaba hundido en el conflicto, el cual de
ninguna manera había para entonces amainado como algunos pretenden hoy vender,
estaba en máximo desarrollo, más allá de algunas decenas de terroristas caidos
en ataques frontales a guarniciones militares y la ya incipiente derrota puntual
en el frente de Tucumán. Y si más o menos por entonces el suscripto pasó a
formar parte de una orgánica específica, ello no fue así por circunstancia
política alguna; la Armada Argentina armó sus grupos de tareas para combatir el
terrorismo después de elaborar los planes contribuyentes a la Directiva del
Ministerio de Defensa, precisamente para dar organicidad a una respuesta
militar que no quiso librarse al azar, la voluntad o la improvisación.
7 Visto de otra perspectiva, el tiempo de la guerra no fue diferente de los
anteriores y posteriores. Mi carrera naval había empezado antes del conflicto,
me tuvo alistado para los otros dos que se dieron por entonces -el fronterizo
con Chile y el de Malvinas que me encontró navegando en la nave insignia de
la Flota de Mar como parte del Estado Mayor de su Almirante Comandante- y
continuó con posterioridad, pues serví muchos años en los escalones mayores de
la graduación naval, ya reinstalado el gobierno republicano constitucional.
Cumplí el servicio naval como me fue ordenado, en las circunstancias, misiones y
destinos dispuestos por la Superioridad, sin recibir admonición, crítica o
postergación por mis actos.
Fui condecorado por mi desempeño en combate, reconocido por más de un cuadro
enemigo después de terminar las hostilidades, promovido en tiempo y forma en
las sucesivas jerarquías, cumplí los comandos propios de cada grado y, después
de servir para dos presidentes distintos –los comandantes en jefe de que
habla la Constitución- me retiré del servicio activo.
No soy un héroe. Tampoco villano. No fui formado para esas categorías
estentóreas y comúnmente huecas, tan gratas entre los montoneros que hacían las
peores canalladas como si fueran gestas y se pavoneaban tontamente como
protagonistas de grandes hazañas. La guerra no trae esas cosas ni se resume en
un anecdotario de grandezas y pequeñeces, sencillamente porque al fin todo en
ella es violencia, destrucción, humano dolor y muerte. Para un marino la guerra
tiene mucho de paradoja: se forma para el combate en el mar pero confía en no
tener que soportarlo porque sabe que en el mar no hay matices: el que no mata
muere, y es preferible evitar ambas cosas.
Fui yo quien eligió la carrera naval y el servicio de armas. Lo hice sabiendo
que la elección me exponía a situaciones de violencia y con esa conciencia
cumplí, llegado el momento, las órdenes que me destinaron a operaciones
concretas contra las formaciones terroristas. Confieso sí que no pensé en esto
de hoy. Que pude sospechar riesgos personales, pasarlos más de una vez y verlos
en el pellejo de mis semejantes; pero no imaginé que al fin del camino, retirado
del servicio, muchos años después de terminado el conflicto y tras una carrera
sin tropiezos, tendría que vérmelas con V.S. en otra forma de exclusión y
castigo social, hecha, a lo que parece, para que otros se sientan buenos,
absueltos, distintos y correctos en sus papeles.
Pues bien. Destaco a V.S. que yo cumplí cabalmente mis deberes y que no entiendo
este pedir cuentas sin cumplir las exigencias que la ley pide observar aun con
el peor de los delincuentes. No atino a entender cómo es que V.S. habla de mis
deberes sin decir nada de ellos ni cuidar los propios; y cómo se siente en
aptitud de juzgar y valorar sin una sola pregunta, curiosidad, cargo o reproche
medianamente vinculado con los hechos sabidos de la historia verdadera, con lo
que es pertinente a mi caso particular. Que es lo que cabe y corresponde, lo que
indica cualquier norma ética, lo que hicieron conmigo mis superiores y lo que yo
a mi vez observé con mis subordinados, al margen de que también lo exigen las
leyes.
Uno podría decir que este escrito mío es inconveniente, que estos gestos de
franqueza sólo traen problemas, que conviene lisonjear al juez que va a decidir
sobre uno. Yo soy marino de guerra y prefiero lo mío: remitirme al contexto que
todos conocen tanto como niegan, a como de lugar y porque es verdad, que al fin
y al cabo ya tengo experiencia directa enseñándome que no debo esperar de V.S.
nada más que complicaciones y problemas. La marina me formó para manejarme con
la verdad y decir lo que pienso con lealtad, pues esa es la mejor manera de
cooperar con quien tiene la responsabilidad de tomar las decisiones., que así no
habrá espacio para errores y confusiones.
8 El trámite regular de la causa exige atender mínimamente las formas
estructurales propias del juicio. Y V.S. como juez del caso debe asegurarse que
las cosas se hagan como es debido; por que de lo contrario, bajo la forma de
pensar y obrar que se viene practicando en estos procesos, las irregularidades
son tan serias y graves ahora como, desde la postura del Tribunal, lo fueron en
la guerra civil pasada.
A mí se me encargó obrar en el terreno según la dinámica de una función estatal
concreta y determinada, marco definidor del deber que me fue discernido y que
cumplí en debida forma. A V.S. se le encarga exactamente lo mismo, ya que la
distinta dinámica de la acción directa sobre el otro y la distinta función
estatal no cambia el fondo de las cosas. Yo hice lo mío, no como hombre de
derecho sino en el servicio de armas; y V.S. debe ahora lo suyo, no como hombre
de armas ni mucho menos un pólitico sino en términos de ley y justicia.
El lenguaje sirve para entenderse, aunque muchas veces se use en sentido
contrario. Yo me valgo de las palabras para poner los temas en claro pues temo
que, instalada una profunda confusión en los actores, el proceso se haga
herramienta de acción directa sobre el oponente, forma novedosa de violencia
oculta tras una máscara de legalidad que no tapa gran cosa. El plano judicial
usado como modo de continuar el conflicto por medios que, siendo otros, también
emplean la fuerza.
Para decir que yo falté mis deberes V.S. tiene que sacar las cosas de contexto,
manipular los hechos históricos y confinarse en esa suerte de sociedad que arma
con los miembros combatientes de un bando haciendo una parodia de “testigos
víctimas”, mentirosos y falsos. La historia como vulgar cuento, marginado el
narrador del mundo real, pobre el lenguaje, sin enunciados descriptivos y con
mucho adjetivo de denostación, cayendo al infantilismo de pintar terroristas
como personajes buenos en contraste con el rol de pésimos malos asignado a los
que cumplieron sus deberes combatiendolos.
Insisto: mis deberes en el servicio naval, como oficial de la Armada Argentina
designado en operaciones militares para aniquilar las milicias terroristas no
son por parte de V.S. definidos en sus términos ni enmarcados en la violencia
del conflicto en el que estuve inmerso por orden de la Superioridad, para
enfrentar al oponente en armas. Que V.S. tome las cosas con total liviandad y
sin ningún rigor histórico sirve para eliminar el deber principal; lo que me
pone, por el artificio de tachar la agresión y la existencia misma del bando
terrorista que practicaba la violencia organizada contra sus semejantes, en el
ridículo papel de quien actúa por sí y porque sí, en una forma irracional o loca
de comportarse en sociedad.
Y entonces, como cualquiera advierte el absurdo, viene el invento siguiente, la
burda madre de todas las patrañas: que todo fue por eliminar opositores
políticos, disidentes, trabajadores sociales, curas, abogados, periodistas,
obreros o lo que fuere. Pero esto también es ridículo pues no existe apetencia,
desviación, pertenencia o motivación capaz de llevar a nadie –y digo nadie
porque no conocí ni uno en las fuerzas armadas, de seguridad o policiales- a
desplegar violencia contra sus semejantes por estupideces de esa índole.
Que prédica así abunde en los miembros del bando oponente, que por lo
general sus cultores provengan de los grupos estigmatizados que practicaron
sin pudor la violencia en los dos bandos, que las actitudes fundamentalistas
típicas de la milicia irregular obnubilen a ese extremo el juicio, es cosa
vista, trillada en la experiencia cotidiana de los años ’70. Pero que un Juez de
la Nación -encargado de fallar los procesos que se le someten, que juró cumplir
la ley y la Constitución y que para serlo no puede haber formado en las filas de
ninguno de los bandos en armas- adopte el discurso, fije esa posición y haga
suya la bandera, ratifica que no es el hábito lo que hace al monje.
9 Las reflexiones precedentes resultaron como dije de la frustración en que
terminó mi último comparendo a prestar indagatoria, pues por segunda vez me
encontré dando explicaciones en el vacío. Y si bien me puse a escribir esto con
las complicaciones consiguientes, la asistencia de mi abogado a distancia y la
fuerte gripe contraída por el viaje, al terminar la tarea tropiezo con que V.S.
ya resolvió la cuestión, dispuso mi procesamiento con prisión preventiva y cerró
el tema. Lo que por cierto no me sorprende, que esa es la secuencia de todos los
antecedentes; pero como esta vez observa mejor los tiempos de la ley fracasa mi
intento de intercalar este escrito entre una cosa y la otra, como era el
propósito.
10 Agregue V.S. el presente a los autos, tome lo expuesto como parte integrante
de la declaración indagatoria y del derecho del imputado a puntualizar lo que
estime apropiado y fije en su caso audiencia para ratificar la firma y el
contenido, que
ES JUSTICIA
