MERCOSUR EN DISNEYLANDIA

 

Julio de 2006

Por Maria Cristina Montenegro


Córdoba de la Nueva Andalucía.... Promedia la tarde de julio 20 y al filo de la hora indicada el protocolo oficial agoniza. Sin demasiadas expectativas, después de tanto gesto, palabrería y derroche de seguridad, por supuesto según dispone la onda en curso, se desconcentran las delegaciones mercosurianas y las que no lo son pero que están. El supérstite conventillo regional no ha logrado derribar sus inquinas apenas cubiertas con la retórica voluntarista y papeles firmados para la ocasión.

Los días dirán si el dibujo geopolítico diseñado en Córdoba marca la hora de la integración: Brasil, Paraguay, Uruguay y Chile seguirán buscando mejores vientos en otros escenarios. Venezuela y Bolivia harán su telaraña propia con ventaja relativa: el precio de los hidrocarburos. Mientras Argentina queda atrapada en las cuestiones domésticas de una dirigencia incapaz de dar un rumbo cierto en medio de tanta incertidumbre internacional y regional

Pero, mientras muere la Cumbre de MERCOSUR, tumultuosa muchedumbre invade el campus de la Universidad Nacional de Córdoba. De ella dicen, con orgullo, la segunda universidad de América fue en otro tiempo el faro de luz que iluminó inteligencia creadora que, derramada sobre el mundo, dio que hablar con exponentes en sus más diversas ramas del saber. Esa Universidad es hoy marco de la convocatoria de una masa variopinta de nostálgicos setentistas, jóvenes movilizados por la fantasía de los utopías libertarias, trabajadores adoradores de los gestos altisonantes, algunos curiosos y turistas completan en cuadro.

Muchedumbre en busca de algún prometiendo el paraíso. deslumbrados, se acercan a rendir culto a los mitos vivientes de una América del Sur insistentemente retrógrada, entrañablemente perturbada por una inclinación insana a reproducir su imagen victimizada por los demonios pasados y presentes. Condenada al infortunio de ser el permanente territorio de la depredación de otros. Alma de víctima negocio de victimarios surgidos de su mismísima entraña y por beneficio de una democracia autoritaria. que da qué pensar y hablar a los cientistas políticos de la hora.

América del Sur, hasta cuándo atada a mitos, hasta cuándo mirando por el retrovisor, hasta cuándo adormecida por los cantos de sirena y las promesas vanas. América del Sur, hasta cuándo acunando dictadores, prestidigitadores de la vida, la libertad y fortuna de sus pueblos. Vendedores de slogans, de frases vacías. Compradores de la voluntad ciudadana con el uso y abuso de la res pública.

La masa adora a sus dictadores, tendencia destructiva que torna las cosas haciéndola girar sobre sí misma. Algo de patológico se advierte en esta manera decadente de creer que es posible, bajo estas pautas, soñar con el futuro, construir un futuro, asumir el destino propio sin tutelaje. Algo patológico surge del pasado y nos arrastra hacia atrás mientras los discursos huecos resuenan una y otra vez invocando a la justicia, la equidad y la solidaridad. Palabras que nunca llegarán a ser hechos, y lo saben, pero es el acicate para la cooptación, la manipulación de los caudillos emergentes. Chávez y Castro convocan muchedumbres. Sus discursos antiimperialistas y sus gestos bravucones tienen una suerte de imán sobre el auditorio. Ellos son la historia y en nombre de ella gobiernan y proyectan su sombra más allá de sus fronteras, hacia un conglomerado de países cuyos gobernantes acogen con beneplácito la hegemonía de la izquierda caribeña bajo el nuevo signo de los tiempos: la era progre en Sudamérica.

En esta tarde de julio, la retórica populista y estridente se ha adueñado del campus y, si bien es cierto que no hay concesión a la originalidad, las mentes absorberán hipnotizadas las largas letanías de los dictadores. El realismo mágico se actualiza por obra y gracia de esos revolucionarios enriquecidos hasta el hartazgo en medio de pueblos sumergidos en la pobreza y con sus libertades recortadas.

Escribía Fernando García de Cortazar, hace algunos días:
Cierta izquierda que dota a la figura de Hugo Chávez del contenido positivo que sigue concediéndole a Fidel Castro, un típico caudillo latinoamericano que dice gobernar en nombre de la historia y al que algunos todavía ven como el heredero de una gran tradición ilustrada: la independencia y la unidad de la América hispana, el antiimperialismo, un programa de reformas sociales radicales y necesarias...

La historia resulta grotesca, pero no es nueva. El mal del siglo XX se disfrazó, muchas veces, de una intención de reformar el mundo, de idealismo, de la necesidad de reeducar a las masas o «abrirles los ojos» frente a la injusticia o el error. El hechizo latinoamericano tampoco es un producto original del siglo XXI ni de una nueva izquierda posmoderna, cuya retórica de la culpa colonial y discurso en aras del respeto a la diversidad incurre habitualmente en un curioso fundamentalismo del folclore. Desde los viajeros de Chateaubriand el exotismo ha existido para satisfacer la mirada ajena, y Latinoamérica, vivero de color local y tierra de El Dorado, siempre ha permitido sacar lustre a biografías o visiones políticas perfeccionadas por el capricho.[1]

Mucha retórica, poca información, se constituye en la piedra angular de la destreza mediática que pretende ser trasgresora hasta la ordinariez, haciendo gala de un léxico populachero que enaltece lo vulgar. Aún frente a un dócil anfitrión, aunque resentido por lo que acaba de escuchar, el “mito” es capaz de zamarrearlo con la flecha en una frase: si tu quieres las puedes bajar a la mitad, le dijo al presidente Kirchner cuando replicaba a las cifras de la mortalidad infantil en Argentina aportadas por Fidel Castro, explicando que habían bajado.

O cuando un periodista cubano, ante la pregunta sobre la situación de la Dra. Hilda Molina, se vio acusado bruscamente por el barbado dictador: tú eres un mercenario contratado por la CIA.

El día 21 de julio va tornando noche y aún monologa un dictador. Pero claro está, Córdoba tiene un costado insidioso que busca en los mitos la renovación del Cordobazo del 69, olvidando lo que ello fue en la realidad de la destrucción y de la muerte de conciudadanos. Esa realidad que la memoria selectiva de la izquierda mediterránea ha sumido en el olvido para adornarla con los atributos de una gesta heroica.

Recuerdo nuevamente al escritor español cuando observa la tendencia de la izquierda europea que le exige a América Latina dictadores que vivan ciento sesenta y ocho años, guerrilleros que encarnen «la primera rebelión postsocialista» o presidentes que desafíen el racionalismo colonial conjurando el viejo lenguaje del chamán. Hace ya tiempo que las numerosas y románticas visitas a Chiapas demostraron que uno de los negocios más seguros del momento sería la construcción de una Disneylandia del rezago y la utopía iberoamericana donde los visitantes conocieran caudillos cargados de petrodólares, dictadores seniles de oratoria jurásica, sindicalistas cocaleros dispuestos a encarnar la dignidad de los oprimidos, mujeres que se infartan al hacer el amor y resucitan con el aroma del sándalo, niños que duermen en alcantarillas o adivinas que entran en trance para descubrir los números de misteriosas cuentas en Suiza. Con todos los matices, la actitud de estos grupos y personas que han decidido no ver lo que sucede en Cuba o Venezuela no difiere demasiado de los estalinistas de hace medio siglo; algunos, un día, se avergonzarán como aquellos de lo que dijeron y lo que callaron.

García de Cortazar recuerda la pregunta de Anne Applebaum acerca de qué tipo de crímenes e injusticias toleramos y cuáles condenamos. Pregunta que surgía, en su visita a Praga, cuando descubrió que se podían adquirir objetos soviéticos, las imágenes de Lenin y Brezhnev, luciéndolos como recuerdos preciados sin reparo alguno. Olvidando lo que ellos representaron para la historia de millones de personas sojuzgadas bajo regímenes tiránicos.

Del mismo modo me pregunto frente a las imágenes del Che Guevara y a la admiración de la masa, sin disimulo, hacia los dictadores de este continente: qué tipo de crímenes e injusticias toleramos y cuáles condenamos?

Por qué nos estremece las svásticas mientras aceptamos alegremente los iconos del otro extremo. No hemos sufrido en nuestra propia tierra el artero ataque de las bandas guerrilleras, de los ataques terroristas. No hubo una página dolorosa en nuestra historia que olvidemos tan rápidamente y aplaudimos frenéticamente a quienes gestionaron desde el exterior semejante empresas.

Podemos aceptar sin más que la parafernalia progre, empeñada en enfrentar al mundo desde su espíritu de campanario, siga manipulando la historia, imponiendo su versión de los santos y los demonios. Seguiré, entonces preguntando por qué condenamos a unos y aplaudimos a otros que, a su tiempo, cometieron crímenes e injusticias similares?

Qué diferencia habría entre la svástica y la hoz y el martillo y su herederos americanos para que, sin inhibición alguna, desgranen la demagógica letanía progre tardía, mezcla vulgar de seudociencia y mentira, Chaves y Castro?

Ya es noche cerrada en el campus universitario y sigue monologando un dictador. El diagnóstico convoca al pesimismo pero...



[1] Fernando Garcìa de Cortazar: Sus queridos tiranos, diario ABC. España julio de 2006
 

 


 

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