CRIMENES LARGAMENTE SILENCIADOS (cont)

 

Julio de 2006

Por Carmen Verlichak(*)

 

El juicio

Sí protestó Toby Low. Lo hizo por medio de una demanda fenomenal por difamación, con lo que se desencadenó un caso judicial con innumerables avatares, rico en golpes de teatro y desprolijidades en los diversos niveles de la justicia inglesa. El juicio duró 41 días y el juez Michael Davies considero “irrelevantes” los testimonios desgarradores de los sobrevivientes y agregó que sería “lindo” que el jurado enterrara esta cuestión para siempre. Así fue que se le aplicó a Tolstoy la pena más alta que se conoce por difamación, por otra parte jamás aplicada antes: un millón y medio de libras esterlinas. La sociedad inglesa se indignó por este tratamiento y mucho más al conocerse detalles la actuación de los jueces. No sólo Tolstoy fue perjudicado con la condena sino que los defensores de Low, de una manera privada que contraria fuertemente la libertad de expresión, obligaron al editor londinense Century Hutchinson a retirar del mercado inglés y galés el estudio (que actualmente está disponible en croata y ruso) y a destruir las copias restantes. Por otra parte, en lugar de la importantísima obra de Tolstoy se realizó un informe en versión oficial con conclusiones completamente diferentes redactado por Anthony Cowgill, Lord Thomas Brimelow y Christopher Booker.


Las traiciones que hubo durante el proceso son semejantes a la que sufrieron las víctimas de las repatriaciones. Entre los cambios de camiseta se destaca el de Booker, ex defensor de Tolstoy, quien finalmente fue co-autor del informe oficial.


Por su parte, el historiador fue fuertemente apoyado por la opinión pública, por muchos medios de comunicación y por personalidades de la política y la cultura, entre ellos el parlamentario conservador inglés Lord Bernard Braine de Wheatley, Hans Adam II de Liechtenstein y Solzenicyn.


En 1995, la Corte de Derechos Humanos de Estrasburgo admitió que la pena infligida a Tolstoy y las otras medidas restrictivas de que había sido objeto — como la prohibición de hablar y escribir acerca de las repatriaciones forzadas de Austria — violaban la libertad de expresión y representaban una condena exagerada.


Sin acceso a la defensa

Recientemente, el historiador inglés Ian Mitchell, en su libro El precio de la reputación, hizo un llamado a rever el proceso mientras afirmaba que un sinnúmero de archivos clave del Foreign Office que hubieran apoyado los argumentos de Tolstoy fueron escamoteados al público entre 1987 y 1989 y repuestos recién después del juicio; aunque el más significativo, el que lleva el número 1020/42 no se pudo ver hasta noviembre de 1991. A través de las 400 páginas del libro se puede seguir estos movimientos y ocultamientos de carpetas y documentos.


La cadena de amiguismo

Mitchell, quien dijo además que estaba preparado para responder a una demanda, demostró que Tolstoy estuvo a merced la old boy network, esto es, la red de ex alumnos de las escuelas británicas de élite. Lord Aldington, alumno del prestigiado Wincester College, pidió y contó con la ayuda de quienes fueron sus compañeros; así, el entonces ministro de Relaciones Exteriores Geoffrey Howe y lord Younger, que fuera ministro de Defensa, y Douglas Hurd. Fueron ellos quienes colaboraron en ocultar a Tolstoy los archivos que necesitaba. El libro afirma también que el entonces viceministro de defensa, lord Trefgarne, posibilitó a Aldington la inspección de documentos confidenciales, bajo la condición de que no dar a conocer su fuente.
Ian Mitchell reveló además que Aldington no pagó él mismo los costos del juicio, sino que corrieron a cargo de la aseguradora Sun Alliance, de la que había sido presidente, en un arreglo secreto efectuado sin el conocimiento de los accionistas; se trató de un monto de cerca de medio millón de libras.


Mientras tanto, hay un cruce de cartas por todo el mundo pidiendo develar si ocurrió lo que el Foreign Office dice que no ocurrió.


Ya que todos piden disculpas

Si, como recuerda el historiador Andrew Roberts, el gobierno laborista pidió disculpas a los irlandeses por la hambruna mortífera que sufrieron en el siglo XIX, así como la reina Isabel II expresó su pesar por el derramamiento de sangre que en 1919 provocó el ejército británico en Amritsar en la India y consideran disculparse por las víctimas del llamado “domingo sangriento” en Londonderry de mediados de los años sesenta, quizás esta nueva investigación encuentre razones para una disculpa a las familias de tantas personas que fueron repatriadas y arrojadas a Tito y a Stalin.
 

(*)Es directora del Centro de Estudios Danubianos

 

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