Julio de 2006
Los cristianos libaneses tuvieron su momento de esplendor político entre
1980 y 1982 bajo la conducción de los hermanos Gemayel. Lideraban las
falanges cristianas que combatieron junto a Israel en la invasión al Líbano
de 1982.Eran víctimas del crecimiento demográfico musulmán que hizo saltar
los equilibrios constitucionales del Líbano, cuyo equilibrio de poderes
estaba basado en la representación proporcional parlamentaria de las
religiones. Este fracaso constitucional forzó al país a una larga guerra
interna, dirimida en general a golpes de gelatina
explosiva. Gemayel, el mas combativo de los dos hermanos, cayó victima de
una de esas bombas.
Que voló un edificio entero.
Los cristianos árabes habían pasado a ser para el pensamiento algo
fantasmagórico de los intelectuales de la época un símbolo de cipayismo
colonial y nada mas. Habían perdido su identidad árabe simplemente por el
hecho de ser cristianos. Esta coartada intelectual era heredera de la guerra
de Vietnam en donde toda fuerza política mayoritaria era en si mismo
revolucionaria y toda minoría un claroscuro colonial al cual había que
extirpar. Este pensamiento disciplinado ya esta pasado de moda -salvo en
ciertos países sudamericanos - como toda construcción abstracta.
Por eso, los cristianos musulmanes.
Su reaparición ahora es lógica. Solo encontraron en Israel y en la derecha
francesa cierta posibilidad de supervivencia. Para los americanos cuentan
poco simplemente porque su incidencia electoral dentro de los Estados Unidos
es escasa.
Para Israel -que ganara tácticamente esta guerra y en muy corto tiempo, lo
podemos anticipar - el testimonio de las falanges cristianas es
ejemplificador.
Con un millón de ciudadanos árabes con documentos israelíes dentro de su
territorio, pero con identidad cultural árabe, Israel como los países
europeos tiene por delante el desafió de la integración.
Ese es el verdadero problema de Israel y no el desafío militar propuesto por
los piketeros del Medioriente, las eternas apetencias de la Gran Siria o de
la Gran Persia o una inadvertida carga nuclear que obligaría a utilizar
rápidamente el polígono de Dimona convirtiendo toda el área en una zona
neutra y mortal.
El Líbano es un claro ejemplo de lo que se debe evitar.
Los principales en perder la partida fueron los libaneses poseedores de un
centro cultural y financiero resplandeciente en Medio Oriente. Pero con
escasa potencia militar. Para tener en cuenta.
Texto de la carta que ha enviado la Fundación Libanesa por la Paz al primer ministro de Israel, Ehud Olmert. La versión en inglés ha corrido a cargo de Walid Phares, de la Fundación por un Líbano Libre.
Te animamos a golpearles duro y a destruir su infraestructura terrorista. No
es sólo Israel quien está harto de esta situación, sino la mayoría
silenciosa de los libaneses, harta de Hezbolá pero incapaz de hacer algo por
miedo a las represalias de los terroristas.
En representación de miles de libaneses, te pedimos que abras las puertas
del Aeropuerto Internacional Ben Gurión de Tel Aviv a los miles de
voluntarios de la diáspora que están dispuestos a coger las armas y liberar
su patria del fundamentalismo islámico.
Te pedimos apoyo, facilidades y logística para ganar esta batalla y lograr
juntos los mismos objetivos: la paz y la seguridad para el Líbano, para
Israel y para las generaciones futuras.
Los una vez predominantes libaneses cristianos, responsables de brindar al
mundo "el París de Oriente Medio", como solía ser conocido el Líbano, han
sido asesinados, masacrados, expulsados de sus hogares y dispersados por el
mundo, mientras el Islam radical declaraba la guerra santa y tomaba el
control del país, en los años 70. Los cristianos libaneses manifiestan la
opinión de que ellos e Israel han aprendido de la experiencia, que ahora
descubre a regañadientes el resto del mundo.
Mientras el mundo protegía a aquella OLP que se retiraba del Líbano en 1983,
con Israel pisándole los talones, nacía otra organización con una ideología
más volátil y religiosa: Hezbolá, "el Partido de Alá", fundado por el
ayatolá Jomeini y financiado por Irán. Fue Hezbolá quien voló por los aires
los barracones de los marines norteamericanos en el Líbano, en octubre de
1983, matando a 241 americanos y a 67 paracaidistas franceses. El presidente
Reagan ordenó en febrero de 1984 la retirada de las unidades de la Fuerza
Multilateral de EEUU, y pasó página tanto a la matanza de los marines como a
la implicación norteamericana en el Líbano.
El mundo civilizado, que erróneamente vilipendió entonces a los cristianos y
a Israel y que hoy sigue vilipendiando a Israel, no prestaba atención a los
acontecimientos. Mientras Estados Unidos y el resto del mundo andaban
preocupados por el conflicto Israel-OLP, los regímenes terroristas de Siria
e Irán alimentaron el fundamentalismo islámico en el Líbano y en todo el
planeta.
Los extremistas chiíes de Hezbolá comenzaron a reproducirse como conejos,
desbordando a los cristianos y a los sunníes moderados. Veinticinco años
después, han producido el suficiente número de gente como para hacerse
electoralmente con 24 escaños del Parlamento libanés. Desde la retirada
israelí, en el año 2000, el Líbano se ha convertido en una base terrorista
gestionada y controlada por Siria, con su presidente local marioneta, Lahoud,
y el "Estado dentro del Estado" de Hezbolá.
El Ejército libanés dispone de menos de 10.000 efectivos. Hezbolá cuenta con
más de 4.000 milicianos entrenados, y en el sur del Líbano y el Valle de la
Bekaa hay alrededor de 700 miembros de la Guardia Revolucionaria iraní. ¿Por
qué, pues, no se ocupa de solventar la situación el Ejército? Porque una
mayoría de libaneses musulmanes supone que se dividirá y que una parte se
unirá, siguiendo patrones religiosos, con las fuerzas islámicas, tal y como
ocurrió en 1976, al inicio de la guerra civil libanesa.
Todo se reduce a una guerra que enfrenta a la ideología yihadista con el
occidentalismo judeocristiano. Los musulmanes, que hoy son mayoritarios en
el Líbano, apoyan a Hezbolá porque forman parte de la Umma, la nación
islámica. He aquí el tabú que todo el mundo pretende pasar por alto.
Los recientes ataques contra Israel han sido orquestados por Irán y Siria,
si bien ambos países tienen intereses distintos. Damasco considera el Líbano
parte de la "Gran Siria". El joven presidente sirio, Bachar Asad, y sus
lugartenientes en la Inteligencia militar baazista se sirven de este último
estallido de violencia para demostrar a los libaneses que necesitan de la
presencia siria para protegerse de la agresión israelí y estabilizar el
país. Irán utiliza convenientemente a su ejército títere libanés, Hezbolá,
para distraer la atención de los líderes mundiales en la cumbre del G-8 de
sus intentos de hacerse con armamento nuclear. El apocalíptico presidente
iraní, Mahmud Ahmadineyad, y los mulás de Teherán pretenden hacerse con el
dominio hegemónico del mundo islámico bajo el demencial estandarte del
chiísmo mahdista. Ahmadineyad quiere consolidar su posición como principal
yihadista de Alá cumpliendo con su promesa de "borrar a Israel del mapa".
Por mucho que quiera evitar hacer frente a la realidad del extremismo
islámico en Oriente Medio, Occidente no puede ocultar que Hamás y Hezbolá,
contra los cuales lucha Israel, comparten la misma ideología islámica
radical que ha fomentado el terrorismo contra el que luchan América y el
mundo. Es el mismo Hezbolá con el que Irán amenaza a América, en forma de
atentados suicidas, si ésta le impide desarrollar armamento nuclear.
Mantiene células en más de diez ciudades de Estados Unidos. Hamás, por su
parte, cuenta con la mayor infraestructura terrorista en suelo americano.
Esto es lo que pasa cuando cierras los ojos ante el mal durante décadas, con
la esperanza de que desaparezca.
El jeque Nasralá, líder de Hezbolá, es un agente iraní. No es un actor
independiente en esta pantomima. Lleva implicado en el terrorismo más de 25
años. Irán, con su visión islámica de un Oriente Medio chií, tiene agentes,
tropas y dinero en Gaza, los territorios palestinos, el Líbano, Siria e
Irak. Detrás de esto se encuentra la concepción que impulsa al presidente
iraní, que se cree "el instrumento y el catalizador" de Alá para poner fin
al mundo tal y como lo conocemos y abrir el camino a la era del Mahdi.
Ahmadineyad tiene una fe ciega (y mesiánica) en la tradición chií del
duodécimo, u "oculto", salvador islámico, que emergerá de un pozo de la
ciudad sagrada de Qum (Irán), después del caos, las catástrofes y las
matanzas globales, y establecerá la era de la Justicia Islámica y la paz
duradera.
El presidente Ahmadineyad ha declinado responder a las propuestas de Estados
Unidos, la UE, Rusia y China en el Consejo de Seguridad de la ONU para que
Irán detenga su programa de armamento y enriquecimiento de uranio hasta el
22 de agosto. ¿Por qué esta fecha? Porque el 22 de agosto coincide con el
28 de Rajab del calendario islámico, el día en que el gran Saladino
conquistó Jerusalén.
Existe una enorme preocupación en la comunidad de Inteligencia por el
Armagedón que podría desencadenar la ideología extremista de Ahmadineyad.
El mundo civilizado debe unirse en la lucha contra quienes anegan Israel y
el mundo en terrorismo. Tenemos que dejar de analizar lo que distingue al
Hamás sunní del Hezbolá chií y comenzar a poner el énfasis en lo que los une
en su lucha contra nosotros: el Islam radical.
