Julio de 2006
Por Horacio Calderon*
En el marco de una increíble declaración en la que el presidente de los EE.UU.,
George W. Bush, aprecia que el presente baño de sangre en el Líbano servirá para
diseñar un “nuevo Medio Oriente”, la evolución de los acontecimientos políticos
y militares en esta región permite asegurar sin ambages que Hizballah -con el
respaldo de Irán y en menor medida de la Siria secular y laicista del presidente
Bashar Al-Assad- mantiene en sus manos la iniciativa estratégica de la guerra,
situación que Israel tratará de revertir seguramente con una ampliación del
conflicto en el curso de las próximas horas o tal vez muy pocos días.
Tal parece que el presidente norteamericano renueva las aspiraciones de repartir
los estratégicos territorios mesorientales -con el respaldo del poder bélico de
la superpotencia hegemónica bajo su comando y el de sus aliados inmediatos, tal
como lo hicieron las grandes potencias coloniales a la finalización de la II
Guerra Mundial y sucesivamente en las décadas posteriores, terminando con la
natural integración geopolítica de algunas regiones, separando países con
poblaciones que convivían armónicamente, y encerrando dentro de las mismas
fronteras a etnias y tribus que eran enemigos irreconciliables.
La consigna maquiavélica de “dividir para reinar” -que llevaron a la práctica
las potencias coloniales del pasado- se hace carne también en el presente, donde
se intenta modificar nuevamente el mapa mundial, según el antojo de la
superpotencia hegemónica y de los poderes reales -visibles o no- que la
sustentan.
Demostrando desconocer la historia del Medio Oriente, George W. Bush acaba de
manifestar que aunque la lucha en Líbano es “dolorosa y trágica”, también
presenta una oportunidad para cambios en el Medio Oriente, una región que ha
“sufrido décadas de tiranía y violencia”; como si la “democracia” que intenta
imponer EE.UU. -con el costo de decenas de miles de vidas en el caso de Irak-,
debiera ser aceptada cueste lo que cueste, a todo trance y sin contemplaciones,
cual mandato de signo “celestial”, por Estados soberanos e independientes que
tienen derecho a ser sujetos y no objetos de la Historia y artífices de su
propio bienestar y destino, preservando sus raíces religiosas, sus culturas, sus
tradiciones y su mismo honor nacional.
Los sangrientos sucesos que enlutan toda la región mesoriental no son sino la
proyección sangrienta de aquellos “crujidos” que podían escucharse en la
estructura del poder mundial a partir del derrumbe del imperio soviético
comunista mundial, del surgimiento a posteriori del “nuevo orden internacional”
y más tarde del proyecto unilateral y hegemónico cuyo centro político,
estratégico y militar son los Estados Unidos de Norteamérica.
Siguiendo el precepto alquimista “solve et coagula” (“disuelve y concentra”) y
en el marco de un proceso globalizador y globalizante bajo su control, los EE.UU.
y sus aliados buscan pulverizar el concepto y las instituciones propias del
Estado-Nación, a efectos de concentrar en las menores manos posibles el control
mundial.
No se trata lo arriba indicado de un producto de denuncias paridas desde centros
de irradiación del pensamiento nacionalista surgidas en diferentes países, sino
de manifestaciones taxativas surgidas de documentos producidos por los mismos
centros del poder mundial.
Ya este analista ha abordado en informes y ensayos anteriores, el hecho objetivo
de que muchos de los grandes conflictos y amenazas surgidos en las estratégicas
regiones del Medio Oriente y sus respectivas “esferas de influencia”, se deben
sin duda alguna al nacimiento, desarrollo y expansión de procesos violentos de
oposición a la superpotencia hegemónica -es decir EE.UU. y sus aliados-,
capitalizados por minorías musulmanas extremistas que hacen uso del terrorismo
como parte de una guerra asimétrica basada en un agenda política que no tiene
otro objetivo que luchar también por el dominio global, en el marco del
reverdecer mundial del Islam.
Resulta imposible comprender sin esta larga introducción, las delicadas aristas
de la guerra actual desatada en territorio libanés y los objetivos que animan a
los principales actores enfrentados: el Estado de Israel respaldado por EE.UU. y
el movimiento terrorista Hizballah, surgido en Líbano con el objeto de fundar en
dicho país un Estado musulmán extremista de la secta chiíta, inspirado a su vez
en la revolución iraní alumbrada por el ayatolá Ruhollah Jomeini.
Hizballah ha elaborado durante años una muy bien elaborada estrategia para
enfrentarse a Israel tal cuál lo está haciendo en este momento, poniendo en
jaque a uno de los Estados con las fuerzas armadas y de seguridad y servicios de
inteligencia más poderosos y sofisticados del planeta.
Israel ha sido tomada por sorpresa en cuanto a la capacidad del enemigo se
refiere, sea por fallas en el sistema de reunión de información, sea vez por
fallas cometidas en todo el proceso de inteligencia, sea finalmente por graves
errores de juicio de sus gobernantes.
La respuesta bélica de Israel, proporcional a su verdadero objetivo -destruir al
Hizballah-, está plagada desde el comienzo del presente conflicto de violaciones
a las normas más elementales del Derecho Internacional, del Derecho de Gentes,
de las convenciones y protocolos internacionales que ordenan resguardar de
ataques a la infraestructura civil y también de todo aquello que concierne al
Derecho Humanitario.
Un capítulo aparte merece el Hizballah, que ha secuestrado de hecho a la
población del Líbano, de cuyo parlamento y gobierno forma parte con numerosos
legisladores y dos miembros de su gabinete de ministros. Además, con el
agravante de no representar más que una porción minoritaria aunque sumamente
combativa de ese país, en los que los musulmanes de la rama sunnita del Islam,
los cristianos maronitas y de otros ritos y los drusos (65 por ciento de la
población entre todos estos últimos, aproximadamente) se han convertido en meros
espectadores, sino también en víctimas principales del presente conflicto.
Hizballah ha construido a lo largo de los últimos años sus refugios en zonas
pobladas, desplegado y escondido columnas enteras de milicianos armados con
miles de misiles, dentro de poblaciones atestadas de civiles y que se desplazan
desde el inicio del conflicto transportando material bélico por líneas
interiores del territorio libanés, provocando los ataques indiscriminados de
Israel y con ellos la muerte de cientos de civiles inocentes, incluyendo mujeres
y niños. También, desde luego, el desplazamiento de ciudadanos nativos y
extranjeros a países vecinos, mientras otros tantos han quedado aislados y a
merced de las bombas en sitios inaccesibles, de los cuales resulta imposible
escapar luego de la destrucción sistemática de la red de carreteras y autopistas
por parte de la aviación y artillería israelíes.
Los responsables de los ataques con miles de misiles lanzados por el Hizballah
contra poblaciones civiles inocentes de Israel, provocando la respuesta
indiscriminada a su vez por parte de este país, merecen asimismo ser juzgados
por tribunales militares de excepción y sus principales dirigentes erradicados
de la vida política del Líbano, desarmados sin condiciones y obligados a cumplir
a rajatabla la Resolución 1559 del año 2004 del Consejo de Seguridad de la
Organización de las Naciones Unidas, que ordena el desbande de todas las
milicias activas en este azotado país.
Los sucesos acaecidos en el Líbano no sólo no disminuyen de intensidad, sino que
amenazan expandirse a toda la región como consecuencia de acciones que se
presume puedan desarrollar alguna o todas las partes en conflicto:
En el caso de Israel, lanzando una invasión masiva del Líbano para acabar con el
hasta ahora victorioso Hizballah -revertiendo los efectos políticos,
psicológicos y militares de la catástrofe en que se encuentra actualmente- y los
ataques de esta fuerza con misiles a blancos de su país, que prometen incluso
alcanzar ciudades como Tel Aviv, planteando en ese caso un grave desafío
geopolítico al Estado judío. Las acciones actuales y la concentración de
blindados hacen presumir que utilizará las zonas bajo su control en el sur
libanés para lanzar un asalto a gran escala contra el valle de la Bekaa y tal
vez fortificaciones a lo largo del río Litani, como se ha adelantado días
pasados en escritos de este analista.
Por parte del Hizballah, con el objeto de provocar esas acciones y llevar a
Israel a una situación similar a la que se encuentran EE.UU., Gran Bretaña y sus
aliados luego de la inaudita y catastrófica invasión y posterior ocupación de
Irak, expandiendo el teatro de operaciones libanés y comprometiendo la
estabilidad del gobierno sirio, que el primer ministro Ehud Olmert y sus
principales asesores no tienen interés en derrocar, salvo circunstancias
excepcionales. Una prueba de esto es que la destrucción de las carreteras que
unen Líbano con Siria en recientes bombardeos israelíes, apuntan a defenderse de
un potencial ataque sirio, pero asimismo son una demostración de que las fuerzas
judías no abrigan intenciones -al menos que sean atacadas- de intentar un avance
hacia Damasco.
La irrupción de Al-Qaeda en el conflicto entre Israel y el Líbano -hasta el
momento limitada al plano de las palabras-, no constituye de manera alguna un
dato menor, ya que este movimiento terrorista perteneciente a la rama sunnita
del Islam está violentamente enfrentado a los sectores chiítas y a sus
principales líderes, como el guía espiritual iraní, el gran ayatolá Alí Jamenei
y el presidente de ese país, Mahmoud Ahmadinejad. Asimismo, siente que su
liderazgo a nivel global está siendo eclipsado por Irán y su principal válido,
el Hizballah libanés; es por ello que intentará a cualquier costo reconquistar
la iniciativa perdida durante los últimos tiempos, situación que se ha
profundizado a partir del protagonismo de líderes islamistas emergentes a escala
ya mundial como el jeque Hassan Nasrallah.
El reciente y amenazador mensaje del lugarteniente de Osama Bin Laden, Ayman Al-Zahuahiri,
debe ser incluso interpretado como una orden destinada a activar células de la
organización Al-Qaeda o de otros movimientos o grupos terroristas asociados
alrededor del mundo, para que estos lancen nuevos ataques contra blancos
previamente designados o dejados a criterio de los comandantes operacionales en
el terreno.
La probable evolución de la situación durante las próximas semanas en todo Medio
Oriente, sumadas a acontecimientos que en prospectiva se conocen como hechos
portadores de futuro, permite ya imaginar escenarios que no sólo pueden alterar
la paz regional, sino derramarse globalmente y hacia territorios tan lejanos
como Ibero América.
Los efectos de la actual visita del presidente Hugo Chávez a Irán y su reiterada
y confirmada alianza estratégica con este país, amenazan trasladarse -tal vez no
de jure pero sí de facto- a países con gobiernos como el de la Argentina, que
mantiene una estrecha relación política y también estratégica con Venezuela y
podría verse comprometida por años con los efectos de los conflictos de alta
intensidad que se avizoran a escala global y regional.
El aislamiento en que se encuentra el gobierno argentino de la realidad mundial
-en este aspecto acompañado por gran parte de la dirigencia política- llega al
punto de alcanzar un grado notable de alienación, que a su vez le impide
visualizar las soluciones necesarias para defender el interés nacional en esta
etapa tan difícil que atraviesa el gran escenario global.
Dicho panorama se agrava en el caso argentino, en virtud de las amenazas
regionales existentes: terrorismo, narcotráfico, crimen organizado trasnacional
y los procesos de convergencia existentes entre ellos, como también por algunas
otras emergentes, tal el caso del etno-nacionalismo, del neoindigenismo, y muy
especialmente de la intersección de agendas entre Venezuela e Irán, que incluyen
el interés de desarrollar proyectos altamente sensibles, como los que conciernen
al sector de la energía nuclear.
*Experto en Medio Oriente y Africa del Norte
Especialista en Contraterrorismo
