MATAR O MORIR

 

Julio de 2006

Por Gerardo José González

 


EEUU se construyó sobre la mano propia de sus ciudadanos.


Padres de familia o ladrones empuñaron los Colt y los Winchester en su conquista del Oeste.


La legitimidad del uso de las armas se basó simplemente en la necesidad de defensa ante el indio, el delincuente o el loco.


Si un hombre honesto se veía obligado a matar en su defensa, no solo no era penado, sino que se reconocía como forma individual y sumaria de justicia.


El homicidio merecía pena de muerte, por elemental ley de igualdad.


La libertad de tener un arma está ligada a la responsabilidad de su uso.


Hollywood nos dió diez mil ejemplos de esta cultura de la violencia legal y legítima.

En nuestro país, en cambio, quién toma justicia por mano propia es en principio, encarcelado y frecuentemente condenado.


Quién ostensible y evidentemente se defiende de un ataque delictivo resulta, a priori, sospechoso de gatillo fácil.


El metamensaje es que debemos dejarnos robar.


Una extraña escuela jurídica penal, llamada garantismo, dio en ocuparse de los derechos de los delincuentes. Sustenta su defensa en razones sociales.


Pero en ningún país del centro de Occidente se llegó a semejante extremos de protección del delincuente y abandono del ciudadano honesto.

Es también llamativo que en Argentina no hayan surgido "escuadrones de la muerte", como en Brasil.


Más inquietante resulta que nadie mate, por justa venganza, al asesino libre de un familiar.


Lo que vendría a demostrar que la vida no es sagrada y máxima, ni siquiera la de un hijo, padre o esposa.


En Venezuela o Colombia estas cosas se cuidan a fondo, porque allí si se vengan. Y durante generaciones.

Hay una paradoja de castración en Argentina: si el hijo de Blumberg es asesinado monstruosamente, hay que joderse, pedir justicia a un sistema legal que está armado para proteger a los asesinos.

El meollo de la reforma de la ley penal pasa por el legítimo uso de las armas y demás medios de defensa por parte de la población civil.


Y, simétricamente, por una severísima condena al delito armado

 

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