CUADRO DE SITUACIÓN MICRO-ECONÓMICO

 

Julio de 2006

Producido por PERSPECTIVAS*


Algo se rompió

Aunque no lo percibamos con claridad, la coalición “kirchnerista” de octubre último parece haberse resquebrajado. No hay, aparentemente, otro argumento que explique el repliegue del Presidente, apoyándose ahora en el tradicional aparato peronista y hasta en sus miembros considerados como “impresentables” o “todo terreno”. Tal vez, Kirchner imaginó -o más bien comprendió- que el Frente para la Victoria no alcanzaría para su eventual reelección en el año próximo, visto el magro resultado electoral obtenido tanto en Santa Fe como en la Capital Federal.

Si nuestro punto de vista se confirmara, todos los coqueteos oficialistas mantenidos con el radicalismo y el socialismo constituirían nada más que fuegos artificiales, de similar factura a los que era tan afecto Perón: las reuniones –con sellos de goma- en el restaurant “Nino”. Claro que, como la política es una de las actividades sociales más fluidas, Alfonsín y Duhalde también habrían percibido estas fisuras, y se aliaron para hurgar la posibilidad inmediata de debilitar a esta renovada alianza “kirchnerista”. Para ello, esperan valerse de aquellos peronistas e izquierdistas que ya están desencantados con el gobierno. O sea, saldos y retazos. Y así, lograron instalar -en pocos días- la vigencia de Roberto Lavagna, como eventual candidato presidencial.

Que éste se presente o no como postulante, es una decisión muy difícil de estimar, dada la alta probabilidad de que hasta el mismo Lavagna la ignore. Tal vez, este economista moderado y de cara siempre agria, se malogre al pincharse lo que creemos un nuevo globo de ensayo, de la misma manera que ocurriera con el padre de Axel Blumberg, el año anterior. Pero hasta ahora, por lo menos, el lanzamiento parece haber producido una fisura en la coalición electoral oficialista vencedora en octubre pasado.

Una buena parte del interior del país parece estar bastante desencantado con el gobierno. Así como el florecimiento agroganadero post-devaluación repercutió beneficiosamente sobre la industria, el comercio y los servicios de sus zonas urbanas de influencia, así también la menor rentabilidad presente repercute negativamente en ellas. Valga como ejemplo, la menor venta de maquinaria agrícola que -estimamos- se verá acompañada por una reducción de la de autos y la de vehículos utilitarios en las provincias. Esto no puede ser una novedad para nadie. Guste o no, los únicos generadores de riqueza son los empresarios. Si ellos no prosperan, el Estado no podrá sustituirlos. Podrá crear entidades parecidas a las empresas privadas dentro de la actividad económica, pero sólo servirán para aumentar gasto público y para acomodar amigos ideológicamente afines que –algunos con buena fe, otros con hambre atrasado en el bolsillo- intentarán gestionarlas.

Las retenciones la comercio exportador, la misma veda exportadora de carnes, los congelamientos y presiones en materia de precios, los proyectos de legislación laboral tipo Moyano-Recalde -todo aderezado con la vulgaridad siciliana del “taita” Moreno-, están arrinconando la rentabilidad de muchos sectores, algunos de los cuáles se enrolaron detrás de Kirchner para lograr el tan mentado 44% de los votos de octubre pasado, porcentaje nunca definitivamente aclarado por la Junta Electoral, ni por el inconteniblemente verborrágico Ministro del Interior.


Lealtades y traiciones

El peronismo es un movimiento paradójico. Celebra como ningún otro grupo político la “lealtad” partidaria, pero también acumula como ningún otro, innumerables traiciones de todo tipo y calibre, desde que tuvo lugar la muerte de Perón, su fundador. Todos sus líderes menores declaman siempre un apoyo indeleble al gobernante de turno, pero ellos -en su gran mayoría- son tan volubles e inconstantes como suele ocurrir en cualquier relación que se sustancia sólo sobre la base de intereses económicos –la famosa billetera que mata galanes- y no en ideas, proyectos comunes o meras conveniencias políticas compartidas. Hasta los símbolos más tradicionales son traicionados cuando la especulación interesada surge: con su habitual ordinariez, Aníbal Fernández amenazó con que “la marchita se la pueden meter en el culo”.

Pero el gran problema de fondo del oficialismo radica en que aunque los dirigentes sean transferibles -en su mayoría están en venta al mejor postor, desde 1983, en que el peronismo inició una suerte de interminable metamorfosis para conservar el poder, aunque casi siempre descuidando el contenido-, los votos no lo son. Y es por eso que, oportunamente, perdió hasta la mismísima Hilda Duhalde dos veces en su provincia, pese a la fama de imbatible del aparato “duhaldista” y a la supuestamente invencible estrategia ajedrecística de su marido. Cabe entonces preguntarse, ¿por qué compra Kirchner un aparato que ha demostrado ser falible? Porque –creemos- no tiene otro modo de penetrar políticamente en el gran Buenos Aires, debido al pobre resultado de los otros aliados del Frente para la Victoria (es del caso recordar, que los seguidores electorales de D´Elía o de Bonasso, caben en una caja de bombones).

La calculada maniobra política “kirchnerista” de regreso al “aparato” se completaría con incentivar la división del ya siempre intrascendente radicalismo; promover la destrucción política de Patti y de López Murphy; y finalmente reforzar ese verdadero bluff político que significa la mujer del primer mandatario, Cristina Kirchner. Parecen hacer “bingo”. Pero, la reciente pre-candidatura de Roberto Lavagna, se transformó en una piedra en el zapato para el gobierno porque puede minar ese supuesto plan, dado que podría dar lugar a un impensado ballotage en la elección presidencial.

“Kirchner no enamora”, sentenció en 2003, el “zar” de la obras sociales y actual socio del Presidente, el sindicalista Luis Barrionuevo (“sólo por intereses comunes”, aclara). Ello, a pesar de haber sido detestado desde siempre por Cristina Kirchner (y, desde luego, por todos sus ahora aburguesados “compañeros” montoneros). Aunque claro, a ella no le produce tanto asco como para poner en riesgo la reelección de nuestro irascible Presidente y ex-partiquino de la vieja “jotapé”. Y lo mismo les sucede a aquellos ya viejos pero hasta ahora siempre oportunistas “jóvenes idealistas”, que de asesinar o mandar matar en nombre de los principios éticos y del “nuevo hombre”, hoy se conforman con las migajas del gobierno o con algunos subsidios más o menos jugosos; incapaces de apartarse del humillante, claudicante y rastrero “sí, Néstor”. Porque –en nuestra opinión- la “borocotización” o la “bancalarización” de pobres infelices sin categoría, resultaría comprensible entre gente cuyo mayor timbre distintivo es su capacidad de lamida. Pero aceptarlo entre quienes provocaron un baño de sangre en nombre de sentimientos morales, debe desilusionar hasta a sus propios hijos.


El reino de los “encantadores de serpientes”

Desde los comienzos de nuestra historia como país, los argentinos nos hemos caracterizado –entre otros defectos- por ser extremadamente sensibles a: 1) considerar la violencia como un mecanismo idóneo de aceleración de los procesos sociales, y 2) ser fácilmente seducidos por líderes cuyo discurso de basa en lo que “el pueblo quiere escuchar”. Por eso, un Presidente que hace de la controversia y el conflicto un alimento cotidiano, es visto con simpatía por una importante porción de la población, que hasta suele idealizar ese “macho” accionar. Sin embargo, es bueno recordar que los “encantadores de serpientes” sólo pueden subsistir popularmente por un tiempo limitado, en tanto y en cuanto se renueve el público auditorio.

Nadie que lo haya vivido podrá olvidar jamás la popularidad inicial con que contaron Alfonsín, Menem, de la Rúa y hasta el mismo Duhalde. Tampoco, de la forma en que terminaron. Sus estilos fueron distintos, pero los unió su pretensión –y su fracaso- de conformar una base de poder que se prolongue indefinidamente. Los tres primeros, a partir del cuarto año de gobierno, tuvieron más un apoyo basado en el temor al pasado que les antecedió, que por las bondades del proyecto que ofrecían al porvenir. Y todos ellos estuvieron unidos –al igual que Kirchner- por una herramienta común, que el historiador Tulio Halperin Donghi[1] llamó “el carisma de la coparticipación federal”.


La venganza externa

“La costumbre de Kirchner de actuar como si el resto del mundo le importara un rábano, parece caerles bien a los argentinos, cuya histórica sospecha sobre el resto del mundo se exacerbó con la crisis que hizo colapsar la economía a fines del 2001”, decía un editorial del The New York Times[2], del 27-12-2004. Las baladronadas, las compadradas o las amenazas pueden costar poco o mucho en el ámbito local, pero las que afectan al mundo diplomático y a las relaciones internacionales siempre tienen altísimo precio, tal como lo demostró Carlos Escudé, al probar documentadamente las represalias que sufrimos frente a nuestra ambigua y mercantilista neutralidad en la 2da. guerra mundial.

Todos los desplantes internacionales del Presidente –se trate de complejo de inferioridad, error estratégico o, simplemente, falta de roce social-, se recordarán en el exterior por muchos años. La indiferencia entre cumplir o no con la palabra empeñada, asumiendo una actitud “victimizada” con la que muchos argentinos creen que se nos justificará nuestro irreverente comportamiento, nos será enrostrada en el futuro cuando, por cualquier situación accidental, necesitemos del apoyo de otros países. Es una actitud grave, porque nuestro desprecio por los demás, nos aislará aún más de lo que la naturaleza ya lo ha hecho en la parte sur del continente americano.

Será por eso que, entre otros factores, un informe del Consejo Nacional de Inteligencia (el Departamento de Estudios a Largo Plazo, de la CIA), considera a la Argentina de 2020 dentro del despreciado grupo de “países fallidos” (junto a Ecuador, Perú y Cuba)[3]. Ya en los distintos foros internacionales no somos muy tenidos en cuenta y hasta en algunos casos ni se nos respeta. Tampoco despertamos la curiosidad del primitivismo de ciertas etnias culturales. Se considera, en general, que somos muy buenos para muchas cosas, pero que -dado que nos falla la inteligencia colectiva emocional-, hemos ido transformándonos en muy malos para casi todo. Algunos observadores y políticos extranjeros, reconocen nuestras cualidades de ser un pueblo sensible y sentimental, y eso es para enorgullecerse. Pero, como ocurre en el célebre anagrama que la leyenda atribuye a Ortega y Gasset, con las mismas letras de “pueblo argentino”, se puede escribir “pueblo ignorante”.


La inflación reprimida

Si el matonismo pudiera alterar los precios, no hubiera existido la “fiebre del oro” en California, ni el contrabando con la Alemania nazi. Casi 4.000 años de historia nos enseñan que los precios no pueden reprimirse, ni pueden ser manejados por gobernantes o monopolios, por más poder del que dispongan. Tarde o temprano, el sistema económico recupera su marcha inexorable de estímulos y castigos, o la producción desaparece. En Argentina -hace relativamente poco tiempo-, vimos estallar la “inflación cero” de José Gelbard o, posteriormente, el congelamiento de precios dispuesto por el Plan Austral, del economista Sorrouille. Es que se olvidaron que el único congelamiento de precios que puede resultar exitoso en el tiempo, es el del tipo que aplicó en EE.UU. Richard Nixon: por 30 días se congelaron los precios de casi todos los productos; por 60 días los de otro grupo más pequeño; y un máximo de 90 días, para el conjunto de unos pocos bienes. La excepcional intervención estatal de entonces, surgió como mecanismo necesario para poder romper, nada más ni nada menos, que con el patrón oro que respaldaba en esa época la emisión de dólares.

Como sucediera en nuestro país entre 1948-1950; entre 1964-1965; ó entre 1985 y 1989, el intervencionismo estatal en materia de precios, solamente enmascara y siempre distorsiona la realidad económica. Se produce entonces como consecuencia la inflación “larvada”, que se llama así porque va penetrando poco a poco en todo el cuerpo económico. Es que las prohibiciones o los congelamientos precios no hacen más que disimular, retrasar o simplemente derivar sus efectos. Comienza a partir de ellos, la escasez de oferta; la demora en las entregas; el cambio constante de marcas de similares productos, las variaciones de los tamaños ofrecidos; o bien, la merma de su calidad. La política de precios congelados se termina en realidad, cuando el kilo comienza a tener sólo 900 gramos, o la docena nada más que 10 u 11 unidades.

Cuando José A. Martínez de Hoz fue Ministro de Economía –quien llegó a decretar que los aumentos de salarios voluntarios no se considerarían contablemente gastos y, por lo tanto, estaban sujetos al impuesto a las ganancias, a la par que ideó el índice de precios “descarnado”-, se intentaron todos estos artilugios y se efectivizó en varios casos la amenaza de importar bienes competitivos para contener las subas de precios[4]. No se logró moderarlos. Es que finalmente, en algún momento – ya sea por causas provocadoras externas o internas- el artificial dique de contención de precios sufre fisuras o rupturas, las que, casi siempre, devienen en aludes incontrolables. Entonces, los temibles “comisarios” encargados de los controles de precios pasan a la neblina de la historia, por más “machos” que hayan sido o se jactasen de serlo.


La oposición política

La casi totalidad de los analistas políticos coinciden: no se trata tanto del poder que ostenta Kirchner, como de la ausencia de una oposición articulada. Pero –a nuestro modo de ver- lo que hay que articular no es a los dirigentes opositores, sino a sus intereses, proyectos intenciones. En sus 60 años de historia, el peronismo ha sabido enhebrar esos intereses, al menos los de corto plazo. Sus opositores, en cambio, sólo lo lograron en un par de oportunidades, aunque luego resultarían frustradas (1983 y 1999). Primero, por la impericia de Raúl Alfonsín, un hombre preparado para la lucha política pero con una inteligencia demasiado básica para lo que necesita tener un gobernante. Luego, por la hibridez de una Alianza que no supo vertebrar un programa mínimo de acuerdos. Ambas, terminaron en un fracaso ostentoso que fortificó –por descarte- al peronismo. Y sólo estando éste dividido en tres –y gracias a la ayuda de último momento que le brindara la renuncia al balltage de Menem- pudo dar lugar al triunfo de un personaje prácticamente desconocido en el país, hasta un quinquenio antes.

Pero la globalización y ese prodigio tecnológico que es Internet, han producido cambios económicos y culturales de gran magnitud, con influencias significativas hasta en un país bastante cerrado como el nuestro, y habitado por una sociedad tan egocéntrica y culpógena como la nuestra. Los acontecimientos recientes demuestran que los intereses de la “pampa húmeda” ya no están representados por dirigentes de la Capital ni pueden ser administrados desde aquí. Por eso, han aparecido fisuras no menores en sus cuadros -en lo que hace a la defensa de sus intereses sectoriales-, tanto en el frente dirigente industrial como en el agropecuario. Irónicamente, no fue el Congreso de la Nación –el ámbito de los representantes del pueblo, sobre todo del que vive más allá de la avenida Gral. Paz- el defensor de los intereses del sector exportador de carnes –por el contrario, dicha Cámara de Diputados actuó con una obsecuencia memorable, en la expulsión de la diputada Alarcón-, sino la seriedad y amplitud potencial creciente de las protestas de los productores. Porque una cosa es amedrentar desde el poder a dos docenas de dirigentes empresarios o a algunos industriales poderosos, y otra muy distinta acallar o reprimir a decenas de miles de productores del campo y de las fuerzas vivas de su zona de influencia.

La oposición al gobierno sigue acumulando adeptos, aunque fuera del ámbito político: periodistas, religiosos, militares, funcionarios públicos, jubilados, empresarios, trabajadores y cualquier tipo de gente humillada por el poder. En cualquier momento, esos elementos aislados se pueden transformar en “masa crítica”, lo que será aprovechado por algún dirigente perspicaz –llámese Lavagna, o cualquier otro-. Es que un factor impensado, puede actuar como detonante para homogeneizar y disparar una coalición. ¿Acaso hubieran podido acusar exitosamente al jefe de Gobierno Ibarra los “padres de Cromagnon”, si aquel hubiera contado con una imagen moral inmaculada? La oleada que puede provocar una crisis económica externa; algún hecho de violencia espeluznante; un accidente de la naturaleza; o un simple traspié de gestión del primer mandatario, pueden terminar de la misma manera que cuando se produjo el “cordobazo” o “cacerolazo”. O como con las consecuencias de la muerte de dos manifestantes, en manos de la policía de la provincia de Buenos Aires.

Pero ¿por qué la oposición no ha logrado articularse? En nuestra opinión ello obedece a dos causas: 1) la falta de un plan mínimo de acuerdos y 2) la incapacidad de sus líderes de resignar protagonismo o cartelera. Con respecto a este último punto, se trata de una característica común vigente en la mayoría de los argentinos, para los que “figurar o parecer” es casi más importante que “ser”. En principio, ello no tiene solución. Porque los actores parecen olvidar que las epopeyas o las grandes hazañas sólo pudieron ser posibles porque hubo muchos partiquinos y héroes hoy ignotos que aportaron lo suyo. Pero, mal que nos pese, es la clase dirigente que tenemos.

Con respecto al primer punto, ¿no sería posible ponerse de acuerdo, por ejemplo, en algunas medidas concretas que se comprometería a aplicar el primero que llegue al gobierno o pudiera influir a través de una coalición legislativa resultante? Un plan nacional de seguridad; el re-empadronamiento de los partidos políticos: la instauración de una auténtica libertad sindical; la exención tributaria de los sueldos inferiores a los $ 600; la reglamentación de los DNU; el plan nacional de atención hospitalaria; o la reglamentación del uso de espacios públicos para manifestaciones y boicots; son todas materias en las que tanto Carrió como Sobisch, Macri, Terragno, Bullrich, Binner o López Murphy, podrían coincidir y acordar si se despojasen de su sentimiento paternal y lo transformaran en una acción esencialmente fraternal.


La situación económica

Muchos -si no casi todos los analistas políticos y económicos- sostienen que mientras dure el “viento de cola” que impulsa la economía argentina, Kirchner no corre riesgos políticos y su reelección estaría asegurada. Pero creemos que se olvidan de un dato: cuando la economía, por cualquier causa, se enfría y esa bonanza se aletarga -o directamente ésta “no derrama”-, surgen efectos no pensados. Porque siguen creciendo inercialmente tanto las erogaciones públicas como las privadas y, a su vez en el mismo momento, disminuyen los ingresos de muchos de los actores económicos, tanto públicos como privados. Aparece entonces el “lamento de la cigarra”, y es cuando las sociedades suelen buscar culpables de la imprevisión verificada.

Debe reconocerse que –más allá de la buena, mala o mediocre calidad de la gestión económica- la situación se ha recuperado con respecto a 1998: “El PBI per cápita ya alcanzó su máximo histórico”[5]. Es cierto que ello tiene lugar con una distribución social distinta, que el progresismo económico llama “más regresiva”, o sea, con mayor número de pobres y con una mayor distancia entre los más pudientes y los que menos tienen. Porque una cosa es que crezca el nivel de actividad económica y otra, muy distinta, es que ese crecimiento genere riqueza. Un gobierno –si tiene recursos- podría duplicar el número de empleados públicos, pero serán siempre trabajadores muy pobres, dado que su nombramiento no satisface una necesidad económica. Es lo que acontece en Cuba, por ejemplo.

Según el Estimador Mensual de la Actividad Económica, el crecimiento fue de sólo el 0,1% en mayo. Desde principios de año –tal como revela la corrección a la baja que hizo el INDEC de los datos del primer trimestre del año-, se viene produciendo un cierto enfriamiento en algunos sectores de la economía, que los titulares de prensa enmascaran, por aquello de que al Presidente no le gusta que los medios titulen malas noticias. No obstante, la situación dista de verse amenazada antes de las elecciones.

Por ello, salvo una recesión externa y las consecuentemente probables devaluaciones del Euro, el Real y los pesos chileno y mexicano, entre otros, Kirchner parece tener asegurada su reelección (dado que, como decía “el general”, “la víscera más sensible del hombre es el bolsillo”). Pero no por eso se debe desconocer la fisura producida en la coalición electoral que –como dijimos- el mismo Presidente parece haber detectado y algunos oportunistas dirigentes opositores también, buscando colarse en el hueco producido. Recordemos que en el año 2003, casi un 40% de los votantes de Kirchner lo hicieron “por su experiencia de gobierno en su provincia”; casi un 30% “por ser creíble”, y otro tanto “por ser honesto”. Hoy, seguramente, estos porcentajes deben haber raleado, aunque no tanto hasta el momento, como para poder perder la primera minoría.


El generoso “viento de cola”

Ningún exponente económico del populismo o del progresismo –ni aquí ni en el exterior- salió a dar explicación alguna acerca del pinchazo de uno de los globos más extendidos y más nocivos de la segunda mitad del siglo XX: el “deterioro de los términos del intercambio” que, como explicara Raúl Prebisch en “Capitalismo Periférico”, constituyó “un arma de dominio de los países centrales”. El petróleo, el cobre, la soja o el café se han valorizado en las últimas dos décadas muy por encima de las manufacturas. Más aún, la extraordinaria innovación tecnológica, que ha permitido un crecimiento notable de la productividad industrial, por un lado, y la revolución de las comunicaciones que ha posibilitado –entre otros factores- el surgimiento de abundante crédito barato instantáneo, ha reducido sideralmente el costo y, por lo tanto, el precio de los bienes manufacturados.

Pero ninguno de sus sostenedores de aquella nociva tesis –que forzaron en su nombre una industrialización a ultranza y no competitiva- ha hablado hasta ahora de la “revaluación de los términos del intercambio”. Aclaremos de paso, que solamente en el bienio 2002-2003, los términos del intercambio tuvieron un alza del 19,2%, y ella alcanzó el 17,6% en el año 2004[6]. Este factor, unido a una de las devaluaciones más significativas del mundo -hecha con la mayor impericia e improvisación, y produciendo en consecuencia efectos tremendamente injustos, socialmente hablando-, confundió a no pocos economistas que pronosticaron o un éxito total o bien, auguraron una descomunal catástrofe luego de la improvisación “duhaldista”. La realidad es que hemos sido influidos benéficamente por una tendencia mundial –que, desde luego, no provocamos- y por los efectos positivos de esa torpe devaluación, que fuera alentada por dos pequeños pero interesados y decisivos grupos económicos (Clarín y Techint), la que dejó muchísimas más víctimas que beneficiarios (basta ver los índices de pobreza e indigencia posteriores).

Pero en economía, nada es gratis ni permanente. Un enfriamiento (algunos prefieren llamarlo soft landing) de la economía norteamericana –el motor de esta onda larga de crecimiento económico- puede generar una caída de precios internacionales que perjudicaría nuestras exportaciones (ello, sin considerar que en un par de años dejaremos de exportar petróleo). Recordemos, por otro lado, que el volumen físico de las exportaciones en el último quinquenio sólo creció el 5% anual (contra el 8% anual registrado en la década del 90) y el de las manufacturas de origen industrial lo hicieron algo menos: un 4,7% (contra el 10,1%, en promedio, de los años 90). Los influyentes -aunque nocivos- empresarios “productivistas” reclamarán entonces como necesaria una nueva devaluación en un futuro no tan lejano –empobreciendo aun más a los menos pudientes-, y sugerirán que sea acompañada de una moratoria “amplia y generosa”, así como de un cerramiento aún mayor de la economía, ante “la invasión industrial chino-brasilera-mexicana”. Aducirán entonces, que así “protegeremos el trabajo argentino”.

Hasta seguidores de la actual política económica están cuestionando la falta de una agenda que resuelva de una buena vez la situación de las empresas de servicios públicos, o que contemple apurar el diseño de una política de mediano y largo plazo en materia energética. Sin estas precisiones, poco estimularemos a inversores internacionales que, por otra parte, conservan en su memoria cómo violamos las normas protectoras de los depósitos, cómo desconocimos nuestras deudas, cómo eludimos nuestras obligaciones contractuales y cómo nos olvidamos de nuestras garantías a los inversores[7]. Viene a cuento la declaración de un bodeguero francés que invirtió en Mendoza, en 1996: “Si hubiéramos invertido el mismo volumen de dinero en España en el mismo momento, ahora estaríamos duplicando el volumen de vinos, con un sistema de distribución mundial”. Y agregó: “Los argentinos son muy difíciles, primero se quejan y después hacen”[8].


Epílogo para empresarios y ejecutivos

Este debilitamiento de la coalición gobernante, sin embargo, no parece hacer correr riesgos al proyecto de reelección, salvo inestimables o sorpresivos factores ajenos al gobierno. Pero no alcanzar un 44% de los votos, sí podría incrementar las dudas, el resentimiento y las inseguridades del Presidente, quien –de acuerdo a su manera de ser- redoblaría en ese caso su parlanchina prédica anticapitalista e intensificaría aún más las medidas intervencionistas en la microeconomía. Máxime, ya sin la responsabilidad del más equilibrado Lavagna en el ministerio, y sin la presencia de otros funcionarios que podrían actuar de fusibles. Porque el Ministro, es ahora el Presidente.

Debemos reconocer que el cuadro que presentamos es ciertamente desesperanzado: menor crecimiento general debido a una menor demanda internacional; consecuentes dificultades con las cuentas fiscales nacionales y provinciales; menor imagen del gobierno en la opinión pública y, por lo tanto, una mayor dosis de fastidio y de iracundia presidencial. No se presienten buenos augurios para los empresarios poco amigos del poder y, sobre todo, para quienes la pérdida de rentabilidad los coloque en una situación de virtual enfrentamiento con éste.

Para quienes tienen suficiente estómago como para digerir sus propias obsecuencias o, al menos, se comporten complacientemente como para agradar al oficialismo, existe la posibilidad de adherir a uno de los más inmorales consejos del “Viejo Vizcacha”: Hacete amigo del juez y no le des de que quejarse. Caso contrario, deberían a nuestro juicio proyectar un conjunto de medidas destinado a atenuar, neutralizar o amortiguar aquel prepotente intervencionismo. Tratándose de productos tangibles, convendría considerar políticas alternativas de cambios de tamaños, calidades o cantidades, de manera de poder eludir las restricciones de precios, sin perjudicar la bandera del gobierno en torno a una inflación del 10 ó 12%, y así evitar acciones vengativas y boycots. En el caso de los intangibles, el problema es más complejo porque cualquier cambio suele traer aparejado una pérdida de calidad que el usuario percibirá rápidamente (por ejemplo, ya ha comenzado a suspenderse el delivery sin cargo, en algunas entregas).

Pero la probable vuelta de tuerca populista tiene un costado positivo: terminará acelerando el deterioro -que ya ha comenzado- del actual modelo de gobierno, con su verba fácil y halagadora pero con resultados cada vez más mediocres y menos ostensibles, pese al indiscutible manejo tendencioso de la prensa en general y de sus títulos en particular. Año a año, nuestro país parece que está por tocar fondo, y hasta en ciertas cuestiones de Estado creemos que ya no soportaremos más el fracaso y nos rebelaremos. Sin embargo, transcurre el tiempo y –como en el Síndrome de Estocolmo- nos acostumbramos, cada vez más, a la inmovilidad social y nos conformamos con no empeorar en lo personal y familiar. Y, por lo tanto, seguimos votando para que todo siga como hasta ahora. Pero a nosotros, la mayoría de los votantes, nada nos sigue ocurriendo igual que hasta ahora. Nuestros hijos estarán peor -o pensamos que ya lo están-, y en general, ellos ven cada vez más lejos el sueño de de progreso de nuestros abuelos[1].

 


[1] Reportaje en el diario “Perfil”, suplemento “El Observador”, 07-05-2006, pg.12.

[2] “Cuentos chinos”, por Andrés Oppenheimer, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2005, pg.163.

[3] “Cuentos chinos”, ob.cit., pg.137.

[4] Aunque no hubo congelamiento de precios, como ahora.

[5] “El Cronista”, 19-05-2006, pg.6.

[6] “Cambios esenciales para afianzar tres años rutilantes”, por Juan José LLach, en El Cronista, 23-05-2006, pg.16.

[7] ¿No habrá llegado el tiempo de fijar una agenda? Por Ricardo delgado, Coordinador General de Ecolatina, en El Cronista, 05-06-2006, pg.14.

[8] “Tribulaciones, lamentos y éxitos d un bodeguero”, por Juan Giovanelli, diario Perfil, 04-06-2006, pg.25.

*Informe sobre economía, management y negocios

N° 85 – Julio de 2006
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