Julio de 2006
Producido por PERSPECTIVAS*
Aunque no lo percibamos con claridad, la coalición “kirchnerista” de octubre
último parece haberse resquebrajado. No hay, aparentemente, otro argumento que
explique el repliegue del Presidente, apoyándose ahora en el tradicional aparato
peronista y hasta en sus miembros considerados como “impresentables” o “todo
terreno”. Tal vez, Kirchner imaginó -o más bien comprendió- que el Frente para
la Victoria no alcanzaría para su eventual reelección en el año próximo, visto
el magro resultado electoral obtenido tanto en Santa Fe como en la Capital
Federal.
Si nuestro punto de vista se confirmara, todos los coqueteos oficialistas
mantenidos con el radicalismo y el socialismo constituirían nada más que fuegos
artificiales, de similar factura a los que era tan afecto Perón: las reuniones
–con sellos de goma- en el restaurant “Nino”. Claro que, como la política es una
de las actividades sociales más fluidas, Alfonsín y Duhalde también habrían
percibido estas fisuras, y se aliaron para hurgar la posibilidad inmediata de
debilitar a esta renovada alianza “kirchnerista”. Para ello, esperan valerse de
aquellos peronistas e izquierdistas que ya están desencantados con el gobierno.
O sea, saldos y retazos. Y así, lograron instalar -en pocos días- la vigencia de
Roberto Lavagna, como eventual candidato presidencial.
Que éste se presente o no como postulante, es una decisión muy difícil de
estimar, dada la alta probabilidad de que hasta el mismo Lavagna la ignore. Tal
vez, este economista moderado y de cara siempre agria, se malogre al pincharse
lo que creemos un nuevo globo de ensayo, de la misma manera que ocurriera con el
padre de Axel Blumberg, el año anterior. Pero hasta ahora, por lo menos, el
lanzamiento parece haber producido una fisura en la coalición electoral
oficialista vencedora en octubre pasado.
Una buena parte del interior del país parece estar bastante desencantado con el
gobierno. Así como el florecimiento agroganadero post-devaluación repercutió
beneficiosamente sobre la industria, el comercio y los servicios de sus zonas
urbanas de influencia, así también la menor rentabilidad presente repercute
negativamente en ellas. Valga como ejemplo, la menor venta de maquinaria
agrícola que -estimamos- se verá acompañada por una reducción de la de autos y
la de vehículos utilitarios en las provincias. Esto no puede ser una novedad
para nadie. Guste o no, los únicos generadores de riqueza son los empresarios.
Si ellos no prosperan, el Estado no podrá sustituirlos. Podrá crear entidades
parecidas a las empresas privadas dentro de la actividad económica, pero sólo
servirán para aumentar gasto público y para acomodar amigos ideológicamente
afines que –algunos con buena fe, otros con hambre atrasado en el bolsillo-
intentarán gestionarlas.
Las retenciones la comercio exportador, la misma veda exportadora de carnes, los
congelamientos y presiones en materia de precios, los proyectos de legislación
laboral tipo Moyano-Recalde -todo aderezado con la vulgaridad siciliana del
“taita” Moreno-, están arrinconando la rentabilidad de muchos sectores, algunos
de los cuáles se enrolaron detrás de Kirchner para lograr el tan mentado 44% de
los votos de octubre pasado, porcentaje nunca definitivamente aclarado por la
Junta Electoral, ni por el inconteniblemente verborrágico Ministro del Interior.
El peronismo es un movimiento paradójico. Celebra como ningún otro grupo
político la “lealtad” partidaria, pero también acumula como ningún otro,
innumerables traiciones de todo tipo y calibre, desde que tuvo lugar la muerte
de Perón, su fundador. Todos sus líderes menores declaman siempre un apoyo
indeleble al gobernante de turno, pero ellos -en su gran mayoría- son tan
volubles e inconstantes como suele ocurrir en cualquier relación que se
sustancia sólo sobre la base de intereses económicos –la famosa billetera que
mata galanes- y no en ideas, proyectos comunes o meras conveniencias políticas
compartidas. Hasta los símbolos más tradicionales son traicionados cuando la
especulación interesada surge: con su habitual ordinariez, Aníbal Fernández
amenazó con que “la marchita se la pueden meter en el culo”.
Pero el gran problema de fondo del oficialismo radica en que aunque los
dirigentes sean transferibles -en su mayoría están en venta al mejor postor,
desde 1983, en que el peronismo inició una suerte de interminable metamorfosis
para conservar el poder, aunque casi siempre descuidando el contenido-, los
votos no lo son. Y es por eso que, oportunamente, perdió hasta la mismísima
Hilda Duhalde dos veces en su provincia, pese a la fama de imbatible del aparato
“duhaldista” y a la supuestamente invencible estrategia ajedrecística de su
marido. Cabe entonces preguntarse, ¿por qué compra Kirchner un aparato que ha
demostrado ser falible? Porque –creemos- no tiene otro modo de penetrar
políticamente en el gran Buenos Aires, debido al pobre resultado de los otros
aliados del Frente para la Victoria (es del caso recordar, que los seguidores
electorales de D´Elía o de Bonasso, caben en una caja de bombones).
La calculada maniobra política “kirchnerista” de regreso al “aparato” se
completaría con incentivar la división del ya siempre intrascendente
radicalismo; promover la destrucción política de Patti y de López Murphy; y
finalmente reforzar ese verdadero bluff político que significa la mujer del
primer mandatario, Cristina Kirchner. Parecen hacer “bingo”. Pero, la reciente
pre-candidatura de Roberto Lavagna, se transformó en una piedra en el zapato
para el gobierno porque puede minar ese supuesto plan, dado que podría dar lugar
a un impensado ballotage en la elección presidencial.
“Kirchner no enamora”, sentenció en 2003, el “zar” de la obras sociales y actual
socio del Presidente, el sindicalista Luis Barrionuevo (“sólo por intereses
comunes”, aclara). Ello, a pesar de haber sido detestado desde siempre por
Cristina Kirchner (y, desde luego, por todos sus ahora aburguesados “compañeros”
montoneros). Aunque claro, a ella no le produce tanto asco como para poner en
riesgo la reelección de nuestro irascible Presidente y ex-partiquino de la vieja
“jotapé”. Y lo mismo les sucede a aquellos ya viejos pero hasta ahora siempre
oportunistas “jóvenes idealistas”, que de asesinar o mandar matar en nombre de
los principios éticos y del “nuevo hombre”, hoy se conforman con las migajas del
gobierno o con algunos subsidios más o menos jugosos; incapaces de apartarse del
humillante, claudicante y rastrero “sí, Néstor”. Porque –en nuestra opinión- la
“borocotización” o la “bancalarización” de pobres infelices sin categoría,
resultaría comprensible entre gente cuyo mayor timbre distintivo es su capacidad
de lamida. Pero aceptarlo entre quienes provocaron un baño de sangre en nombre
de sentimientos morales, debe desilusionar hasta a sus propios hijos.
Desde los comienzos de nuestra historia como país, los argentinos nos hemos
caracterizado –entre otros defectos- por ser extremadamente sensibles a: 1)
considerar la violencia como un mecanismo idóneo de aceleración de los procesos
sociales, y 2) ser fácilmente seducidos por líderes cuyo discurso de basa en lo
que “el pueblo quiere escuchar”. Por eso, un Presidente que hace de la
controversia y el conflicto un alimento cotidiano, es visto con simpatía por una
importante porción de la población, que hasta suele idealizar ese “macho”
accionar. Sin embargo, es bueno recordar que los “encantadores de serpientes”
sólo pueden subsistir popularmente por un tiempo limitado, en tanto y en cuanto
se renueve el público auditorio.
Nadie que lo haya vivido podrá olvidar jamás la popularidad inicial con que
contaron Alfonsín, Menem, de la Rúa y hasta el mismo Duhalde. Tampoco, de la
forma en que terminaron. Sus estilos fueron distintos, pero los unió su
pretensión –y su fracaso- de conformar una base de poder que se prolongue
indefinidamente. Los tres primeros, a partir del cuarto año de gobierno,
tuvieron más un apoyo basado en el temor al pasado que les antecedió, que por
las bondades del proyecto que ofrecían al porvenir. Y todos ellos estuvieron
unidos –al igual que Kirchner- por una herramienta común, que el historiador
Tulio Halperin Donghi[1] llamó “el carisma de la coparticipación federal”.
“La costumbre de Kirchner de actuar como si el resto del mundo le importara un
rábano, parece caerles bien a los argentinos, cuya histórica sospecha sobre el
resto del mundo se exacerbó con la crisis que hizo colapsar la economía a fines
del 2001”, decía un editorial del The New York Times[2], del 27-12-2004. Las
baladronadas, las compadradas o las amenazas pueden costar poco o mucho en el
ámbito local, pero las que afectan al mundo diplomático y a las relaciones
internacionales siempre tienen altísimo precio, tal como lo demostró Carlos
Escudé, al probar documentadamente las represalias que sufrimos frente a nuestra
ambigua y mercantilista neutralidad en la 2da. guerra mundial.
Todos los desplantes internacionales del Presidente –se trate de complejo de
inferioridad, error estratégico o, simplemente, falta de roce social-, se
recordarán en el exterior por muchos años. La indiferencia entre cumplir o no
con la palabra empeñada, asumiendo una actitud “victimizada” con la que muchos
argentinos creen que se nos justificará nuestro irreverente comportamiento, nos
será enrostrada en el futuro cuando, por cualquier situación accidental,
necesitemos del apoyo de otros países. Es una actitud grave, porque nuestro
desprecio por los demás, nos aislará aún más de lo que la naturaleza ya lo ha
hecho en la parte sur del continente americano.
Será por eso que, entre otros factores, un informe del Consejo Nacional de
Inteligencia (el Departamento de Estudios a Largo Plazo, de la CIA), considera a
la Argentina de 2020 dentro del despreciado grupo de “países fallidos” (junto a
Ecuador, Perú y Cuba)[3]. Ya en los distintos foros internacionales no somos muy
tenidos en cuenta y hasta en algunos casos ni se nos respeta. Tampoco
despertamos la curiosidad del primitivismo de ciertas etnias culturales. Se
considera, en general, que somos muy buenos para muchas cosas, pero que -dado
que nos falla la inteligencia colectiva emocional-, hemos ido transformándonos
en muy malos para casi todo. Algunos observadores y políticos extranjeros,
reconocen nuestras cualidades de ser un pueblo sensible y sentimental, y eso es
para enorgullecerse. Pero, como ocurre en el célebre anagrama que la leyenda
atribuye a Ortega y Gasset, con las mismas letras de “pueblo argentino”, se
puede escribir “pueblo ignorante”.
Si el matonismo pudiera alterar los precios, no hubiera existido la “fiebre del
oro” en California, ni el contrabando con la Alemania nazi. Casi 4.000 años de
historia nos enseñan que los precios no pueden reprimirse, ni pueden ser
manejados por gobernantes o monopolios, por más poder del que dispongan. Tarde o
temprano, el sistema económico recupera su marcha inexorable de estímulos y
castigos, o la producción desaparece. En Argentina -hace relativamente poco
tiempo-, vimos estallar la “inflación cero” de José Gelbard o, posteriormente,
el congelamiento de precios dispuesto por el Plan Austral, del economista
Sorrouille. Es que se olvidaron que el único congelamiento de precios que puede
resultar exitoso en el tiempo, es el del tipo que aplicó en EE.UU. Richard Nixon:
por 30 días se congelaron los precios de casi todos los productos; por 60 días
los de otro grupo más pequeño; y un máximo de 90 días, para el conjunto de unos
pocos bienes. La excepcional intervención estatal de entonces, surgió como
mecanismo necesario para poder romper, nada más ni nada menos, que con el patrón
oro que respaldaba en esa época la emisión de dólares.
Como sucediera en nuestro país entre 1948-1950; entre 1964-1965; ó entre 1985 y
1989, el intervencionismo estatal en materia de precios, solamente enmascara y
siempre distorsiona la realidad económica. Se produce entonces como consecuencia
la inflación “larvada”, que se llama así porque va penetrando poco a poco en
todo el cuerpo económico. Es que las prohibiciones o los congelamientos precios
no hacen más que disimular, retrasar o simplemente derivar sus efectos. Comienza
a partir de ellos, la escasez de oferta; la demora en las entregas; el cambio
constante de marcas de similares productos, las variaciones de los tamaños
ofrecidos; o bien, la merma de su calidad. La política de precios congelados se
termina en realidad, cuando el kilo comienza a tener sólo 900 gramos, o la
docena nada más que 10 u 11 unidades.
Cuando José A. Martínez de Hoz fue Ministro de Economía –quien llegó a decretar
que los aumentos de salarios voluntarios no se considerarían contablemente
gastos y, por lo tanto, estaban sujetos al impuesto a las ganancias, a la par
que ideó el índice de precios “descarnado”-, se intentaron todos estos
artilugios y se efectivizó en varios casos la amenaza de importar bienes
competitivos para contener las subas de precios[4]. No se logró moderarlos. Es
que finalmente, en algún momento – ya sea por causas provocadoras externas o
internas- el artificial dique de contención de precios sufre fisuras o rupturas,
las que, casi siempre, devienen en aludes incontrolables. Entonces, los temibles
“comisarios” encargados de los controles de precios pasan a la neblina de la
historia, por más “machos” que hayan sido o se jactasen de serlo.
La casi totalidad de los analistas políticos coinciden: no se trata tanto del
poder que ostenta Kirchner, como de la ausencia de una oposición articulada.
Pero –a nuestro modo de ver- lo que hay que articular no es a los dirigentes
opositores, sino a sus intereses, proyectos intenciones. En sus 60 años de
historia, el peronismo ha sabido enhebrar esos intereses, al menos los de corto
plazo. Sus opositores, en cambio, sólo lo lograron en un par de oportunidades,
aunque luego resultarían frustradas (1983 y 1999). Primero, por la impericia de
Raúl Alfonsín, un hombre preparado para la lucha política pero con una
inteligencia demasiado básica para lo que necesita tener un gobernante. Luego,
por la hibridez de una Alianza que no supo vertebrar un programa mínimo de
acuerdos. Ambas, terminaron en un fracaso ostentoso que fortificó –por descarte-
al peronismo. Y sólo estando éste dividido en tres –y gracias a la ayuda de
último momento que le brindara la renuncia al balltage de Menem- pudo dar lugar
al triunfo de un personaje prácticamente desconocido en el país, hasta un
quinquenio antes.
Pero la globalización y ese prodigio tecnológico que es Internet, han producido
cambios económicos y culturales de gran magnitud, con influencias significativas
hasta en un país bastante cerrado como el nuestro, y habitado por una sociedad
tan egocéntrica y culpógena como la nuestra. Los acontecimientos recientes
demuestran que los intereses de la “pampa húmeda” ya no están representados por
dirigentes de la Capital ni pueden ser administrados desde aquí. Por eso, han
aparecido fisuras no menores en sus cuadros -en lo que hace a la defensa de sus
intereses sectoriales-, tanto en el frente dirigente industrial como en el
agropecuario. Irónicamente, no fue el Congreso de la Nación –el ámbito de los
representantes del pueblo, sobre todo del que vive más allá de la avenida Gral.
Paz- el defensor de los intereses del sector exportador de carnes –por el
contrario, dicha Cámara de Diputados actuó con una obsecuencia memorable, en la
expulsión de la diputada Alarcón-, sino la seriedad y amplitud potencial
creciente de las protestas de los productores. Porque una cosa es amedrentar
desde el poder a dos docenas de dirigentes empresarios o a algunos industriales
poderosos, y otra muy distinta acallar o reprimir a decenas de miles de
productores del campo y de las fuerzas vivas de su zona de influencia.
La oposición al gobierno sigue acumulando adeptos, aunque fuera del ámbito
político: periodistas, religiosos, militares, funcionarios públicos, jubilados,
empresarios, trabajadores y cualquier tipo de gente humillada por el poder. En
cualquier momento, esos elementos aislados se pueden transformar en “masa
crítica”, lo que será aprovechado por algún dirigente perspicaz –llámese Lavagna,
o cualquier otro-. Es que un factor impensado, puede actuar como detonante para
homogeneizar y disparar una coalición. ¿Acaso hubieran podido acusar
exitosamente al jefe de Gobierno Ibarra los “padres de Cromagnon”, si aquel
hubiera contado con una imagen moral inmaculada? La oleada que puede provocar
una crisis económica externa; algún hecho de violencia espeluznante; un
accidente de la naturaleza; o un simple traspié de gestión del primer
mandatario, pueden terminar de la misma manera que cuando se produjo el
“cordobazo” o “cacerolazo”. O como con las consecuencias de la muerte de dos
manifestantes, en manos de la policía de la provincia de Buenos Aires.
Pero ¿por qué la oposición no ha logrado articularse? En nuestra opinión ello
obedece a dos causas: 1) la falta de un plan mínimo de acuerdos y 2) la
incapacidad de sus líderes de resignar protagonismo o cartelera. Con respecto a
este último punto, se trata de una característica común vigente en la mayoría de
los argentinos, para los que “figurar o parecer” es casi más importante que
“ser”. En principio, ello no tiene solución. Porque los actores parecen olvidar
que las epopeyas o las grandes hazañas sólo pudieron ser posibles porque hubo
muchos partiquinos y héroes hoy ignotos que aportaron lo suyo. Pero, mal que nos
pese, es la clase dirigente que tenemos.
Con respecto al primer punto, ¿no sería posible ponerse de acuerdo, por ejemplo,
en algunas medidas concretas que se comprometería a aplicar el primero que
llegue al gobierno o pudiera influir a través de una coalición legislativa
resultante? Un plan nacional de seguridad; el re-empadronamiento de los partidos
políticos: la instauración de una auténtica libertad sindical; la exención
tributaria de los sueldos inferiores a los $ 600; la reglamentación de los DNU;
el plan nacional de atención hospitalaria; o la reglamentación del uso de
espacios públicos para manifestaciones y boicots; son todas materias en las que
tanto Carrió como Sobisch, Macri, Terragno, Bullrich, Binner o López Murphy,
podrían coincidir y acordar si se despojasen de su sentimiento paternal y lo
transformaran en una acción esencialmente fraternal.
Muchos -si no casi todos los analistas políticos y económicos- sostienen que
mientras dure el “viento de cola” que impulsa la economía argentina, Kirchner no
corre riesgos políticos y su reelección estaría asegurada. Pero creemos que se
olvidan de un dato: cuando la economía, por cualquier causa, se enfría y esa
bonanza se aletarga -o directamente ésta “no derrama”-, surgen efectos no
pensados. Porque siguen creciendo inercialmente tanto las erogaciones públicas
como las privadas y, a su vez en el mismo momento, disminuyen los ingresos de
muchos de los actores económicos, tanto públicos como privados. Aparece entonces
el “lamento de la cigarra”, y es cuando las sociedades suelen buscar culpables
de la imprevisión verificada.
Debe reconocerse que –más allá de la buena, mala o mediocre calidad de la
gestión económica- la situación se ha recuperado con respecto a 1998: “El PBI
per cápita ya alcanzó su máximo histórico”[5]. Es cierto que ello tiene lugar
con una distribución social distinta, que el progresismo económico llama “más
regresiva”, o sea, con mayor número de pobres y con una mayor distancia entre
los más pudientes y los que menos tienen. Porque una cosa es que crezca el nivel
de actividad económica y otra, muy distinta, es que ese crecimiento genere
riqueza. Un gobierno –si tiene recursos- podría duplicar el número de empleados
públicos, pero serán siempre trabajadores muy pobres, dado que su nombramiento
no satisface una necesidad económica. Es lo que acontece en Cuba, por ejemplo.
Según el Estimador Mensual de la Actividad Económica, el crecimiento fue de sólo
el 0,1% en mayo. Desde principios de año –tal como revela la corrección a la
baja que hizo el INDEC de los datos del primer trimestre del año-, se viene
produciendo un cierto enfriamiento en algunos sectores de la economía, que los
titulares de prensa enmascaran, por aquello de que al Presidente no le gusta que
los medios titulen malas noticias. No obstante, la situación dista de verse
amenazada antes de las elecciones.
Por ello, salvo una recesión externa y las consecuentemente probables
devaluaciones del Euro, el Real y los pesos chileno y mexicano, entre otros,
Kirchner parece tener asegurada su reelección (dado que, como decía “el
general”, “la víscera más sensible del hombre es el bolsillo”). Pero no por eso
se debe desconocer la fisura producida en la coalición electoral que –como
dijimos- el mismo Presidente parece haber detectado y algunos oportunistas
dirigentes opositores también, buscando colarse en el hueco producido.
Recordemos que en el año 2003, casi un 40% de los votantes de Kirchner lo
hicieron “por su experiencia de gobierno en su provincia”; casi un 30% “por ser
creíble”, y otro tanto “por ser honesto”. Hoy, seguramente, estos porcentajes
deben haber raleado, aunque no tanto hasta el momento, como para poder perder la
primera minoría.
Ningún exponente económico del populismo o del progresismo –ni aquí ni en el
exterior- salió a dar explicación alguna acerca del pinchazo de uno de los
globos más extendidos y más nocivos de la segunda mitad del siglo XX: el
“deterioro de los términos del intercambio” que, como explicara Raúl Prebisch en
“Capitalismo Periférico”, constituyó “un arma de dominio de los países
centrales”. El petróleo, el cobre, la soja o el café se han valorizado en las
últimas dos décadas muy por encima de las manufacturas. Más aún, la
extraordinaria innovación tecnológica, que ha permitido un crecimiento notable
de la productividad industrial, por un lado, y la revolución de las
comunicaciones que ha posibilitado –entre otros factores- el surgimiento de
abundante crédito barato instantáneo, ha reducido sideralmente el costo y, por
lo tanto, el precio de los bienes manufacturados.
Pero ninguno de sus sostenedores de aquella nociva tesis –que forzaron en su
nombre una industrialización a ultranza y no competitiva- ha hablado hasta ahora
de la “revaluación de los términos del intercambio”. Aclaremos de paso, que
solamente en el bienio 2002-2003, los términos del intercambio tuvieron un alza
del 19,2%, y ella alcanzó el 17,6% en el año 2004[6]. Este factor, unido a una
de las devaluaciones más significativas del mundo -hecha con la mayor impericia
e improvisación, y produciendo en consecuencia efectos tremendamente injustos,
socialmente hablando-, confundió a no pocos economistas que pronosticaron o un
éxito total o bien, auguraron una descomunal catástrofe luego de la
improvisación “duhaldista”. La realidad es que hemos sido influidos
benéficamente por una tendencia mundial –que, desde luego, no provocamos- y por
los efectos positivos de esa torpe devaluación, que fuera alentada por dos
pequeños pero interesados y decisivos grupos económicos (Clarín y Techint), la
que dejó muchísimas más víctimas que beneficiarios (basta ver los índices de
pobreza e indigencia posteriores).
Pero en economía, nada es gratis ni permanente. Un enfriamiento (algunos
prefieren llamarlo soft landing) de la economía norteamericana –el motor de esta
onda larga de crecimiento económico- puede generar una caída de precios
internacionales que perjudicaría nuestras exportaciones (ello, sin considerar
que en un par de años dejaremos de exportar petróleo). Recordemos, por otro
lado, que el volumen físico de las exportaciones en el último quinquenio sólo
creció el 5% anual (contra el 8% anual registrado en la década del 90) y el de
las manufacturas de origen industrial lo hicieron algo menos: un 4,7% (contra el
10,1%, en promedio, de los años 90). Los influyentes -aunque nocivos-
empresarios “productivistas” reclamarán entonces como necesaria una nueva
devaluación en un futuro no tan lejano –empobreciendo aun más a los menos
pudientes-, y sugerirán que sea acompañada de una moratoria “amplia y generosa”,
así como de un cerramiento aún mayor de la economía, ante “la invasión
industrial chino-brasilera-mexicana”. Aducirán entonces, que así “protegeremos
el trabajo argentino”.
Hasta seguidores de la actual política económica están cuestionando la falta de
una agenda que resuelva de una buena vez la situación de las empresas de
servicios públicos, o que contemple apurar el diseño de una política de mediano
y largo plazo en materia energética. Sin estas precisiones, poco estimularemos a
inversores internacionales que, por otra parte, conservan en su memoria cómo
violamos las normas protectoras de los depósitos, cómo desconocimos nuestras
deudas, cómo eludimos nuestras obligaciones contractuales y cómo nos olvidamos
de nuestras garantías a los inversores[7]. Viene a cuento la declaración de un
bodeguero francés que invirtió en Mendoza, en 1996: “Si hubiéramos invertido el
mismo volumen de dinero en España en el mismo momento, ahora estaríamos
duplicando el volumen de vinos, con un sistema de distribución mundial”. Y
agregó: “Los argentinos son muy difíciles, primero se quejan y después
hacen”[8].
Este debilitamiento de la coalición gobernante, sin embargo, no parece hacer
correr riesgos al proyecto de reelección, salvo inestimables o sorpresivos
factores ajenos al gobierno. Pero no alcanzar un 44% de los votos, sí podría
incrementar las dudas, el resentimiento y las inseguridades del Presidente,
quien –de acuerdo a su manera de ser- redoblaría en ese caso su parlanchina
prédica anticapitalista e intensificaría aún más las medidas intervencionistas
en la microeconomía. Máxime, ya sin la responsabilidad del más equilibrado
Lavagna en el ministerio, y sin la presencia de otros funcionarios que podrían
actuar de fusibles. Porque el Ministro, es ahora el Presidente.
Debemos reconocer que el cuadro que presentamos es ciertamente desesperanzado:
menor crecimiento general debido a una menor demanda internacional; consecuentes
dificultades con las cuentas fiscales nacionales y provinciales; menor imagen
del gobierno en la opinión pública y, por lo tanto, una mayor dosis de fastidio
y de iracundia presidencial. No se presienten buenos augurios para los
empresarios poco amigos del poder y, sobre todo, para quienes la pérdida de
rentabilidad los coloque en una situación de virtual enfrentamiento con éste.
Para quienes tienen suficiente estómago como para digerir sus propias
obsecuencias o, al menos, se comporten complacientemente como para agradar al
oficialismo, existe la posibilidad de adherir a uno de los más inmorales
consejos del “Viejo Vizcacha”: Hacete amigo del juez y no le des de que
quejarse. Caso contrario, deberían a nuestro juicio proyectar un conjunto de
medidas destinado a atenuar, neutralizar o amortiguar aquel prepotente
intervencionismo. Tratándose de productos tangibles, convendría considerar
políticas alternativas de cambios de tamaños, calidades o cantidades, de manera
de poder eludir las restricciones de precios, sin perjudicar la bandera del
gobierno en torno a una inflación del 10 ó 12%, y así evitar acciones vengativas
y boycots. En el caso de los intangibles, el problema es más complejo porque
cualquier cambio suele traer aparejado una pérdida de calidad que el usuario
percibirá rápidamente (por ejemplo, ya ha comenzado a suspenderse el delivery
sin cargo, en algunas entregas).
Pero la probable vuelta de tuerca populista tiene un costado positivo: terminará
acelerando el deterioro -que ya ha comenzado- del actual modelo de gobierno, con
su verba fácil y halagadora pero con resultados cada vez más mediocres y menos
ostensibles, pese al indiscutible manejo tendencioso de la prensa en general y
de sus títulos en particular. Año a año, nuestro país parece que está por tocar
fondo, y hasta en ciertas cuestiones de Estado creemos que ya no soportaremos
más el fracaso y nos rebelaremos. Sin embargo, transcurre el tiempo y –como en
el Síndrome de Estocolmo- nos acostumbramos, cada vez más, a la inmovilidad
social y nos conformamos con no empeorar en lo personal y familiar. Y, por lo
tanto, seguimos votando para que todo siga como hasta ahora. Pero a nosotros, la
mayoría de los votantes, nada nos sigue ocurriendo igual que hasta ahora.
Nuestros hijos estarán peor -o pensamos que ya lo están-, y en general, ellos
ven cada vez más lejos el sueño de de progreso de nuestros abuelos[1].
[1] Reportaje en el diario “Perfil”, suplemento “El Observador”, 07-05-2006, pg.12.
[2] “Cuentos chinos”, por Andrés Oppenheimer, Editorial Sudamericana, Buenos
Aires, 2005, pg.163.
[3] “Cuentos chinos”, ob.cit., pg.137.
[4] Aunque no hubo congelamiento de precios, como ahora.
[5] “El Cronista”, 19-05-2006, pg.6.
[6] “Cambios esenciales para afianzar tres años rutilantes”, por Juan José LLach,
en El Cronista, 23-05-2006, pg.16.
[7] ¿No habrá llegado el tiempo de fijar una agenda? Por Ricardo delgado,
Coordinador General de Ecolatina, en El Cronista, 05-06-2006, pg.14.
[8] “Tribulaciones, lamentos y éxitos d un bodeguero”, por Juan Giovanelli,
diario Perfil, 04-06-2006, pg.25.
*Informe sobre economía, management y negocios
N° 85 – Julio de 2006
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