Julio de 2006
Mientras la cancillería argentina y el aparato cultural local preparan un
Congreso en el cual los problemas de los Derechos Humanos argentinos del
siglo pasado se asimilan automáticamente al apartheid en Sudáfrica-
informaremos sobre el asunto - es interesante y refrescante ver una
polémica en la cual gente independiente-hoy Vargas Llosa es genuinamente
independiente, cosa que no podemos decir de Eduardo Sigal y su grupo de
kultur-colaboracionistas-rompe una lanza a favor de los palestinos desde
posiciones liberales cuando ya el rol de la entidad esta feneciendo. El
problema a futuro deberá ser planteado en otros términos pero esta claro que
la montonerización de la política palestina los ha llevado al
suicidio político y ha generado su propio aislamiento dentro del mundo
árabe. Hoy por hoy Palestina interesa mas a Juan Gelman y a las movidas de
Pagina 12 para acentuar su impresentable politica interna de secuestros,
confiscación, ejecución y disciplinamiento de los periodistas disidentes de
la línea política interna en Buenos Aires, que a las cancillerías egipcia y
siria- y resulta claro que lo que sobrevendrá después de este avance
final del nacionalismo militar israelí sobre los nomades piketeros
palestinos del medioriente será absolutamente diferente a lo que hemos
conocido hasta ahora.
Peor o mejor, no se sabe.
Pero sin duda diferente.
Del lado de la política exterior argentina rige el principio de Beaufre,
uno de los teóricos de la escuela francesa mas admirados por los montoneros
en los setenta. Su estrategia de la acción continua siendo clave para la
lucha en el plano de la apropiación de las ideas abstractas que se traducen
en visiones ficcionales de una política de poder. Esa visión ficcional se
revelo extraordinariamente maniquea.
No pudo prever que China en su larga guerra de unificación mantendría un
desacuerdo sustancial con las sugerencias de Stalin y sus seguidores, que la
haría llegar al capitalismo de partido único y a la alianza con Estados
Unidos.
No pudo anticipar que tanto la ex Yugoeslavia como Rumania serian enclaves
con relativa autonomía nacional - fascismos de izquierda con pulsiones
autonómicas - dentro del esquema varsoviano y tampoco pudo prever que países
como Francia o Japón mantendrían relativa independencia de fines dentro de
la panoplia antitotalitaria Occidental.
Menos aun pudieron anticipar la guerra entre los comunismos chino y
vietnamita sobre la cual escribí hace ya mas de treinta años. Primera guerra
intracomunista de la historia.
Para estupefacción y estremecimiento de las almas bellas e
internacionalistas que en ese año de peligro no sabían exactamente donde
colocar su munición. Cual era la posición políticamente correcta en el salón
coqueto y con termostato bien regulado de la revolución mundial.
Mandel reproduce las criticas de Vargas Llosa y se reserva su espacio
dialéctico para la inevitable contramaniobra.
Pero el problema central es que luego de 60 años la sublevación palestina
no demuestra proporción alguna entre su hostigamiento militar y su escasa
incidencia en materia de consecuencias políticas y sociales.
Y Al Quaeda paradójicamente esta preparando las exequias del movimiento.
Desde un no lugar. Desde un sistema de creencias vivencialmente sacralizadas
para la muerte, desde la tecnología diversificada que hace a menos del
territorio. Desde la acción psicológica de Beaufre pero recuperada desde la
dislocación posmoderna.
Bin Ladem llego para enterrar la causa Palestina y eso es algo que ni Mandel
ni Vargas LLosa terminan de poner en foco. Simplemente le pasó por encima.
Y eso refuerza a Israel, no la debilita.
Veamos, por ahora, los argumentos.
Mario Vargas Llosa contesta mi carta abierta a través de su último artículo
Israel y los matices en el siguiente párrafo:
"Mi amigo israelí David Mandel (¿o debo decir ahora ex amigo, ya que me he
vendido a los palestinos?) me conmina en una carta abierta a que devuelva el
premio Jerusalén que recibí en 1995. Se trata de un premio más bien
simbólico, pero que a mí me llena de orgullo, y no voy a renunciar a él,
porque, aunque David no pueda entenderlo, lo que yo hago y escribo sobre
Israel no tiene otro objetivo que seguir siendo digno de esa hermosa
distinción, que me fue concedida por mi compromiso con la democracia y la
libertad. Para mí, mi adhesión a Israel es inseparable de aquel compromiso,
como es el caso de tantos israelíes que, a la manera de Illan Pappe, Gideon
Levy, Amira Hass o Meir Margalit, pero sin duda de manera más radical,
denuncian las políticas de su gobierno con los palestinos y plantean
alterativas".
Leer abajo el artículo completo que apareció en el periódico El País el
domingo 15 de julio:
Por Mario VARGAS LLOSA
Illan Pappe, historiador revisionista israelí, procede de una familia de
judíos alemanes de sólidas credenciales liberales, y él mismo fue educado
dentro de esta corriente de pensamiento que defiende la sociedad abierta, el
mercado, al individuo contra el Estado y opone al colectivismo –la
definición del ciudadano por su pertenencia a una clase social, una raza,
una cultura o una religión- la soberanía individual. Hace unos días le oí
contar que, cuando empezó a tomar distancias contra el sionismo, doctrina
que sustenta la creación y la naturaleza del Estado de Israel, pensó que su
evolución política estaba dentro de la ortodoxia liberal y que cuestionar la
ideología sionista era, además de otras cosas, dar una batalla contra el
colectivismo. Pero no encontró en su país partido o movimiento político
liberal donde encajaran sus ideas, pues la inmensa mayoría de los liberales
israelíes eran sionistas. Esto lo fue acercando a quienes, por doctrina,
eran sus naturales adversarios políticos, los comunistas, con quienes
discrepaba en todo lo demás, pero coincidía en su posición crítica del
sionismo. Y eso hace que desde entonces, se quejaba, los amantes de la
simplificación y enemigos de los matices, lo cataloguen de “comunista”.
La abolición de los matices facilita mucho las cosas a la hora de juzgar a
un ser humano, analizar una situación política, un problema social, un hecho
de cultura, y permite dar rienda suelta a las filias y a las fobias
personales sin censuras y sin el menor remordimiento. Pero es, también, la
mejor manera de reemplazar las ideas por los estereotipos, el conocimiento
racional por la pasión y el instinto, y de malentender trágicamente el mundo
en que vivimos. Hay ciertos conflictos que, por la violencia y los
antagonismos que suscitan, conducen casi irresistiblemente a quienes los
viven o siguen de cerca a liquidar los matices a fin de promover mejor sus
tesis y, sobre todo, desbaratar las de sus adversarios.
Quiero ilustrar con un ejemplo personal lo que trato de decir. La Fundación
Internacional para la Libertad organizó hace unos días, en Madrid, un
encuentro entre intelectuales judíos y árabes, en el cual, en una de sus
intervenciones, el periodista Gideon Levy, crítico severo del gobierno de su
país, dijo que él militaba contra la ocupación de Cisjordania porque no
quería “sentirse avergonzado de ser israelí”. Yo, por mi parte, al clausurar
el evento, parafraseando a Levy, dije que mis críticas a la política con los
palestinos de los dos últimos gobiernos de ese país se debían a que tampoco
quería sentirme avergonzado de ser amigo de Israel. Dos días después, el
diario israelí Haaretz publicaba una crónica del propio Gidean Levy sobre el
encuentro madrileño, bastante exacta, pero con un título que, al cambiar el
matiz, me hacía decir algo que yo no había dicho: “Vargas Llosa tiene
vergüenza de ser amigo de Israel”.
El diario recibió 199 cartas de lectores israelíes indignados, que publicó
en su blog. Las he ojeado con cierta estupefacción, pese a que ellas no
hacen más que confirmar algo que, desde que empecé a pensar por mi propia
cuenta en cuestiones políticas hace cuarenta años, ya sé de sobra: lo fácil
que es tergiversar, caricaturizar o desacreditar a quien disiente, o parece
disentir, de nuestras convicciones dogmáticas. Lo curioso es que casi todas
las cartas me llaman “comunista”, “ultra izquierdista”, “castrista”, “otro
Saramago”, “antisemita”, y, una de ellas, la más imaginativa, se pregunta:
“¿Qué se puede esperar de alguien que sube a los escenarios con la conocida
actriz estalinista Aitana Sánchez Gijón y que escribe en El País, el
periódico más izquierdista de toda Europa?”. Bueno, bueno. Mis vociferantes
objetores no parecen sospechar siquiera que de lo que yo suelo ser acusado
más bien, en España y en América Latina, es de neo-con, de ultra liberal, de
pro americano y otras lindezas por el estilo por atacar a Fidel Castro, a
Hugo Chávez y criticar con frecuencia el fariseísmo y el oportunismo de los
intelectuales de izquierda.
En realidad, una de las cosas que soy, o, mejor dicho, trato de ser en la
vida, es un leal amigo de Israel. Muchas veces he escrito que visitar ese
país hace treinta y pico de años fue una de las experiencias más
emocionantes que he tenido y que sigo creyendo que construir un país
moderno, en medio del desierto, de lineamientos democráticos, con gentes
provenientes de culturas, lenguas, costumbres tan distintas, y rodeado de
enemigos, fue una gesta extraordinaria, de enorme idealismo y sacrificio, un
modelo para los países como el mío, o los demás países latinoamericanos o
africanos, que, con muchos más recursos que Israel, no consiguen todavía
salir del subdesarrollo. Es verdad que Israel en el curso de su breve
historia ha recibido mucha ayuda exterior. Pero ¿no la han recibido también
muchos otros, que la han desaprovechado, derrochado o simplemente saqueado?
Para mí, el derecho a existir de Israel no se sustenta en la Biblia, ni en
una historia que se interrumpió hace miles de años, sino en la gestación del
Israel moderno por pioneros y refugiados que, luchando por la supervivencia,
demostraron que no son las leyes de la historia las que hacen a los hombres,
sino éstos, con su voluntad, su trabajo y sus sueños los que le marcan a
aquélla unas pautas y una dirección. Ningún país existía allí, en esa
miserable provincia del imperio otomano, cuando nació Israel, cuya
existencia fue luego legitimada por las Naciones Unidas y la mayoría de
países del mundo.
Ahora bien, para que Israel tenga un porvenir seguro y sea por fin un país
“normal”, aceptado por sus vecinos, debe encontrar un modo de coexistencia
con los palestinos. Y contra esta coexistencia conspira esa ocupación de
Cisjordania que se prolonga indefinidamente y que ha convertido a Israel en
un país colonial, lo que ha crispado de manera indecible sus relaciones con
los palestinos. Las condiciones en que éstos han vivido, en Gaza, y viven
todavía dentro de los territorios ocupados, sobre todo en los campos de
refugiados, son inaceptables, indignos de un país civilizado y democrático.
Lo afirmo porque lo he visto con mis ojos. Los amigos de Israel tenemos la
obligación de decirlo en alta voz y censurar a sus gobernantes por practicar
en esos territorios una política de intimidación, de acoso y de asfixia que
ofende las más elementales nociones de humanidad y de moral.
Esto no significa, en modo alguno, justificar las acciones criminales de los
terroristas de Hamás o la Jihad Islámica o de los otros grupúsculos armados
que operan por la libre. Pero sí reconocer que detrás de estas acciones
injustificables y crueles –las bombas de los suicidas, los ataques ciegos a
la población civil, los secuestros, etcétera- hay un pueblo desesperado al
que la desesperación empuja cada vez más a escuchar no la voz de los
moderados y razonables sino la de los fanáticos y a creer, estúpidamente,
que el fin del conflicto no está en la negociación sino en la punta del
fusil o la mecha de la bomba.
La superioridad de Israel sobre sus enemigos en el Medio Oriente fue
política y moral antes que la de sus cañones, sus aviones y su modernísimo
Ejército. Pero, debido a su extraordinario poderío, algo que suele volver a
los países arrogantes, la está perdiendo, y eso lleva a algunos de sus
dirigentes, como creía Ariel Sharon, a pensar que la solución del conflicto
con los palestinos puede ser un diktat, una fórmula unilateral impuesta por
la fuerza. Eso es una ingenuidad que sólo prolongará indefinidamente el
sufrimiento y la guerra en toda la región.
Mi amigo israelí David Mandel (¿o debo decir ahora ex amigo, ya que me he
vendido a los palestinos?) me conmina en una carta abierta a que devuelva el
premio Jerusalén que recibí en 1995. Se trata de un premio más bien
simbólico, pero que a mí me llena de orgullo, y no voy a renunciar a él,
porque, aunque David no pueda entenderlo, lo que yo hago y escribo sobre
Israel no tiene otro objetivo que seguir siendo digno de esa hermosa
distinción, que me fue concedida por mi compromiso con la democracia y la
libertad. Para mí, mi adhesión a Israel es inseparable de aquel compromiso,
como es el caso de tantos israelíes que, a la manera de Illan Pappe, Gideon
Levy, Amira Hass o Meir Margalit, pero sin duda de manera más radical,
denuncian las políticas de su gobierno con los palestinos y plantean
alterativas.
Es verdad que ellos representan una minoría, ese matiz que los adoradores de
verdades dogmáticas desprecian. Ni siquiera sé si yo estoy de acuerdo en
todas las posiciones que ellos defienden. Probablemente, no. Creo, por
ejemplo, que el sionismo tiene unas razones que no pueden descartarse de
manera abstracta, prescindiendo de un contexto histórico preciso. Pero
que ellos, y otros muchos como ellos, vayan contra la corriente y sean
capaces de oponerse de manera tan resuelta a lo que les parecen políticas
equivocadas, contraproducentes o brutales, y que puedan hacerlo sin ser
perseguidos, encarcelados, o liquidados, como ocurriría –ay- entre casi
todos los otros países de la región, es una de las realidades que todavía
mantiene viva mi esperanza de que haya un cambio en Israel, y, otra vez, la
negociación sea posible, y pueda llegarse a un acuerdo razonable que ponga
fin a esa infinita hemorragia de dolor y de sangre.
El encuentro madrileño de judíos y árabes fue asimétrico, porque cerca de
diez palestinos que habían aceptado nuestra invitación no pudieron venir, y
porque algunos israelíes, como Amos Oz, cuyas voces queríamos escuchar,
tampoco lo hicieron. Pero no fue inútil: una gota de agua en el desierto es
mejor que ninguna. Hubo, por ejemplo, exposiciones magníficas y no del todo
irreconciliables, de Shlomo Ben Ami y de Yasser Abed Rabbo, que participaron
en las negociaciones de Camp David. Trataré de seguir convocando estos
diálogos, invitando no sólo a quienes hablan por la mayoría, sino también
por las pequeñas minorías, esos matices olvidables en los que muy a menudo
se agazapa la verdad.
Marbella, 13 de julio de 2006.
