Agosto de 2006
Por Jorge Raventos-Edgardo Arrivillaga.
Raventos es una de las cabezas mas lucidas de lo que en su momentos bauticé el peronismo de Winston Churchill. Me refería exactamente al peronismo pragmático, inteligente, que buscaba desprenderse de los meandros tautológicos y de las ideologías que lo arrasaron en los últimos años del siglo pasado para plantearse como lo que el peronismo fue entre 1943 y 1951, una conjunción de sectores nacionalistas modelo FORJA-es decir radicales - y una gran cantidad de intelectuales de origen judío y socialista - Borlenghi y Bramuglia fueron los mas destacados pero no los únicos, que plasmaron desde dos centros de acción: la Cámara de Comercio de la época y la Unión Ferroviaria la modernización de las leyes laborales argentinas en línea con lo que estaba ocurriendo en Paris y Francia y no en Berlín.
Esta corriente tuvo dificultades para sobrevivir al golpe de 1955 pero sobre
todo a las maniobras del Bebe Cooke, que hizo lo humanamente posible para
traspasar al peronismo a la orbita revolucionaria cubana sin convencer siquiera
al mismo Perón.
Todos los intentos de cristalizar esta corriente fueron torpedeadas por los
cubanistas y al tiempo por sectores de la Revolución Libertadora que no pudieron
impedir la llegada de Frondizi, del mismo Illia, un antecesor ineficaz por
izquierda de Delarruina y que terminaron luego de consumar una incesante
antropofagia militar por entregar el poder a Campora, detrás de quienes
revistaban disciplinadamente Taiana y sus amigos con el cuchillo afilado entre
los dientes.
El fenómeno Lavagna no solo apunta al pacto Perón -Balbín, como disecciona
inteligentemente Raventos. Señala esa línea del peronismo democrático que dio
origen a gente como Tecera del Franco o Paladino o el propio Borlenghi, carrera
política frustrada prematuramente por una enfermedad fulminante. Del lado
antiperonista muchos se expresaron en la olvidada revista Contorno.
Lavagna no sale de la no historia. Surge del silencio de la historia peronista
silenciada por los montoneros, que ha oscurecido el archivo peronista porque
esas características de clase media sustraían al peronismo de ser un movimiento
anticolonialista modelo tercermundo. La Argentina no era Argelia, ni Vietnam ni
Kuala Lumpur para desgracia de los teóricos locales. Estaba económicamente,
socialmente y hasta democráticamente muy por encima de esas realidades.T enía
mucho que nacionalizar porque mucho ya estaba hecho y el IAPI fué creado por
Justo y no por Perón.
El encuentro entre Perón y Balbín se parece simbólicamente al encuentro entre
Menem y Rojas o al pacto peronista con el alfonsinismo, independientemente de
los juicios de valor que cada uno tenga sobre los personajes
En los dos casos surgía el histórico acuerdismo de la Vieja Patria que se logró
después de las batallas y sangrías de Caseros y Pavón, respectivamente.
Cuando los herederos de Lincoln derrotaron a los Confederados su primer objetivo
fue incorporar a la masa negra al sistema de producción y a la vez darles
derechos civiles a los plantadores sureños abatidos. El norte, ejecutor de la
primera guerra moderna de la historia, sabía que para hacer un país, volcarse
hacia el Oeste y crear las bases democráticas de una nación pujante tenía que
reconciliarse en primer termino con el enemigo al cual acababa de derrotar .Con
su realidad nacional interior.
La clase política argentina esta muy lejos de todo eso para mal del país, de los
objetivos nacionales y hasta del futuro de la modernidad en la Argentina.
Oscila entre el candombe piketero y la imagen de un proletariado a imagen y
semejanza del poder que no existe mas. Basta ver la cara de Moyano para entender
que Marlon Brando murió pero Al Pacino y el Padrino no.
A la inversa, el problema de Lavagna consiste en no querer expresar simplemente
a sectores de clase media con sed de seguridad y valores republicanos
exclusivamente.
Blumberg lo hace mejor.
Edgardo Arrivillaga
El gobierno de Néstor Kirchner consagró, nomás, legislativamente los
superpoderes que procuraba, es decir: la capacidad de sortear las decisiones del
Congreso en materia presupuestaria y modificar a gusto el destino y el monto de
los gastos y la inversión del Estado nacional. La aprobación de la nueva norma
por parte de la mayoría oficialista y sus fuerzas satélites implica una nueva
cesión de atribuciones del Legislativo al Ejecutivo y tal vez –deberá
pronunciarse la Corte Suprema- un paso contrario a la Constitución Nacional. En
términos políticos, y a juzgar por la experiencia de los últimos tres años, el
manejo (sin plazo de vencimiento) de este mecanismo para usar los recursos
nacionales se traducirá en mayor discrecionalidad en el empleo del sistema de
premios y castigos con que el oficialismo acumula fuerzas con vistas a los
comicios de 2007. El Gobierno es débil cuando se trata de afrontar la acción
directa de sectores que se le animan (trátese de vecinos ambientalistas,
productores del campo, gremios movilizados o ciudadanos que reclaman seguridad)
pero ha demostrado invariablemente su capacidad para acumular (hasta el exceso)
poder institucional, cooptar gobernadores o alcaldes de otras fuerzas y hacerse
de herramientas que le permiten manejar poderes ajenos o vigilar a líderes de la
oposición. Así, el Gobierno ha conseguido hasta el momento avanzar en el terreno
en el que se siente (y es) más fuerte, aún cuando haya debido recular, conceder,
replegarse y esperar una oportunidad mejor donde no duda de su propia debilidad.
Hasta ahora se ha beneficiado de la desarticulación de las fuerzas que enfrenta,
de su falta de coordinación e inteligencia común, de la distancia ( y a menudo
el divorcio) que existe entre los movimientos de reclamos específicos y los
partidos y corrientes que se postulan como alternativa, así como de las brechas
que se abren entre éstas (y que el Gobierno probablemente alienta y ensancha).
El surgimiento de la candidatura virtual de Roberto Lavagna reveló una fisura en
el bloque de poder sobre el que se apoyó Néstor Kirchner desde su entronización,
en 2003. Ese bloque ya estaba fisurado por la ruptura entre el Presidente y su
principal sostén en aquellos comicios de tres años atrás, Eduardo Duhalde. La
emergencia de Lavagna como desafiante del poder de Kirchner testimonió que
importantes sectores, que en su momento se alinearon bajo el modelo surgido de
la devaluación del año 2002, están preparados para apartarse de la
administración actual, de su estilo de gobierno y sus amistades externas
(empezando por el venezolano Hugo Chávez). Sin el oxígeno que surge de esa
predisposición, los movimientos de Lavagna serían inexplicables.
Así, la lectura de esas señales, debería haber sido interpretada por las fuerzas
opositoras como el surgimiento de una oportunidad. Y, como advirtió Juan Perón,
"la oportunidad suele pasar muy ligero. ¡Guay de los que carecen de sensibilidad
e imaginación para percibirla!".
Por ahora no se observa que la oposición haya tomado nota de la oportunidad. Sus
diferentes expresiones se muestran empeñadas tan sólo en consolidar su propia
identidad, pero no en establecer necesarios puentes y coordinaciones entre sí.
Actúan como si para cada una de ellas tuviera idéntica importancia la rivalidad
recíproca que la puja común con el oficialismo. Todas actúan, de ese modo, como
cómplices funcionales de la estrategia del Gobierno, que se apoya en el clásico
divide et impera.
Es probable que las catástrofes políticas que destruyen periódicamente la
continuidad institucional y la transmisión intergeneracional de las experiencias
incidan en la falta de agudeza para adquirir "la sensibilidad e imaginación" que
permite identificar las oportunidades. Por ejemplo, es posible que se haya
extraviado el sentido de una experiencia que, más de tres décadas atrás,
impulsaron dos grandes jefes políticos, Juan Perón y Ricardo Balbín; dos hombres
que tenían muchísimos motivos para desconfiarse mutuamente pero que decidieron
esas suspicacias porque eran inoportunas para lo que dictaba el momento: la
enemistad absoluta con un régimen tiránico.
En 1970, cuando ya el General Roberto Marcelo Levingston había sucedido al
General Juan Carlos Onganía a la cabeza del gobierno militar de la época, Balbín
y Perón (éste, a través de su delegado personal, Jorge Daniel Paladino) junto a
líderes políticos de otras fuerzas (la Democracia Progresista, el
conservadurismo, el Partido Socialista, el bloquismo sanjuanino) emitieron una
declaración que fue el punto de partida de un amplio movimiento de
reivindicación institucional: La Hora del Pueblo. Allí exigían el respeto de la
soberanía popular y formulaban las bases de un sistema político equilibrado,
respetuoso de la Constitución y del principio republicano de convivencia de
mayorías y minorías. No se trataba de un frente electoral (de hecho, el
peronismo se agruparía electoralmente en el Frente Justicialista de Liberación y
Balbín sería candidato competidor con la boleta de la UCR). Era un acuerdo de
toda la oposición a la tiranía; un gesto levantado de todas las fuerzas que
estaban dispuestas a trabajar en común para recuperar la república democrática.
La Hora del Pueblo jugó un papel de enorme importancia en la búsqueda de
reconciliación de los argentinos y de la canalización pacífica de los
enfrentamientos entre peronismo y antiperonismo. El abrazo entre Perón y Balbín
sería un símbolo de ese momento político virtuoso.
La oposición a Kirchner no consigue, ahora, elevarse por encima de la lógica
cerradamente electoral que determina el gobierno. Cada candidato o caudillo de
la oposición (Mauricio Macri, Roberto Lavagna, Jorge Sobisch, Margarita
Stolbizer, Raúl Alfonsín, Patricia Bullrich, Elisa Carrió, Ricardo López Murphy,
Hermes Binner, por citar sólo a algunos) parece jugar al Don Pirulero,
atendiendo su propio juego o el de la fuerza o coalición que integra, antes que
a la situación político-institucional de conjunto. Esa conducta sin duda
beneficia al oficialismo y se perfila como una contribución al éxito electoral
de Néstor Kirchner o del candidato que él disponga.
Perón y Balbín, 36 años atrás, pusieron los caballos delante del carro: antes de
disputarse recíprocamente una victoria, sabían que debían crear las condiciones
para que alguno ganara en elecciones libres y que eso implicaba una enemistad
absoluta y compartida y un trabajo en común. La enemistad con la tiranía, el
trabajo por restablecer la República democrática.
