
Septiembre de 2006
Por Horacio Calderón (*)
El Papa Benedicto XVI dio el pasado 12 de septiembre una clase magistral en el
Aula Magna de la Universidad de Ratisbona, Alemania, de la que había sido
catedrático y vicerrector, y que tuvo como título: “Fe, razón y universidad.
Recuerdos y reflexiones”.
La lectio magistralis del Santo Padre dada a conocimiento público y que fue
causa de una durísima polémica con sectores musulmanes es -cabe aclarar- una
redacción provisional, que Benedicto XVI podría convertir en un texto
definitivo, incluyendo tal vez notas al pie de página.
El sitio de la Santa Sede acaba de publicar la versión oficial completa en
lengua castellana, que puede consultarse en:
Archivos del Vaticano
Las partes más importantes de la clase magistral del Papa, incluyen un diálogo
entre el basileus -emperador romano de Oriente- Manuel II Paleólogo y un hombre
culto, de origen persa, musulmán, de nombre Mouterises.
Aclara en su escrito Benedicto XVI que fue probablemente Manuel II quien anotó
dicho diálogo, y que por eso se explica el que sus razonamientos hayan sido
reportados con mucho más detalle que las respuestas del erudito persa.
Como afirma el mismo Papa en su lectio, el diálogo entre el emperador y
Mouterises afronta el ámbito de las estructuras de la fe contenidas en la Biblia
y en el Corán, deteniéndose especialmente en la imagen de Dios y del hombre,
como asimismo en la relación entre el Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento y
El Corán.
Dice asimismo que quisiera tocar en la clase magistral un solo argumento
-aclarando su condición de marginal en la estructura del diálogo- y que, en el
contexto del tema “fe y razón” le había fascinado y que serviría como “punto de
partida” para sus reflexiones sobre el tema.
“En el séptimo coloquio (controversia) editado por el profesor Theodore Khoury,
el emperador toca el tema de la «yihad» (guerra santa). Seguramente el emperador
sabía que en la sura 2, 256 está escrito: «Ninguna constricción en las cosas de
la fe». Es una de las suras del periodo inicial en el que Mahoma mismo aún no
tenía poder y estaba amenazado”.
Ese párrafo del escrito del Papa hace alusión a la “guerra santa”, que no forma
parte de los “pilares” o “columnas” del Islam (arkan al Islam), equivalentes a
los Mandamientos para los cristianos. Dichos pilares son la profesión de fe, la
oración, la limosna, el ayuno y la
peregrinación, pero hay sectores extremistas -como los harigíes, entre otros-
que desde hace mucho tiempo alientan la inclusión de la “guerra santa” -en su
versión más violenta- como una sexta columna del Islam.
La palabra “yihad” tiene para los musulmanes una doble significación, que se
expresa de manera contundente en un jadiz (aforismo) de Mahoma que dice: “Hemos
vuelto de la pequeña guerra santa a la gran guerra santa” (Radjâna min
el-djihâdi-l-ásgar ila-l-djihâdi-l-ákbar). La guerra exterior (la militar) es la
“pequeña guerra santa” mientras que la guerra interior (la conversión) es la
“gran guerra santa”, siendo de importancia primaria con respecto a la primera.
Para los musulmanes no contaminados con la versión extremista de la “yihad”, la
verdadera “gran guerra santa” es alabar a Dios, para alcanzar la claridad y la
sabiduría, comprendiendo que los enemigos de la verdad están dentro de sus
corazones.
Si bien es irrefutable que existe en el Islam y en la “yihad” un aspecto
guerrero, es decir la “pequeña guerra santa”, la “gran guerra santa” equivale a
conversión y a búsqueda de la paz interior.
Dice M. R. Bawa Muhaiyaddeen en “Islam & World Peace”, que “las «guerras santas»
que los hijos de Adán están librando hoy en día, no son la verdadera guerra
santa. El tomar las vidas de otros, no es el verdadero yihad. Tendremos que
responder por esa clase de guerra cuando seamos cuestionados en la tumba”. Claro
está que el pensamiento citado se encuadra en la espiritualidad de los sufíes y
no en la doctrina de los asesinos de inocentes, de los decapitadores de Al-Qaeda
y sus secuaces, formados en las escuelas más extremistas de Medio Oriente y
algunos países asiáticos como Pakistán.
Es que los grandes ideólogos islamistas han tergiversando el sentido tradicional
de la “guerra santa” definido por Mahoma, para adulterarlo y adecuarlo a sus
propósitos, mediante la utilización de técnicas exegéticas que intentan
justificar el asesinato de inocentes en nombre de una versión degenerada de lo
que es el verdadero Islam.
El Santo Padre, en el contestado pasaje de su lectio magistralis sobre la razón
y la fe, no ha procurado seguramente otro propósito que dirigirse a los
instigadores y autores de asesinatos masivos, secuestros y crímenes de todo
tipo, que incluyen a seres inocentes que profesan su misma religión. Un Islam
que organizaciones como Al-Qaeda pretenden exaltar mediante el llamado a una
supuesta “guerra santa”, que nada tiene que ver con los principios coránicos ni
con las mismas enseñanzas y comportamientos de Mahoma. De ninguna manera quiso
Benedicto XVI ofender a los fieles musulmanes amantes de la paz, que han sido
manipulados mediante la tergiversación o errónea interpretación de sus dichos.
La lectio del Papa denuncia también el ateísmo o la descristianización
occidental, que convierte a Occidente en un sujeto incapaz de diálogo.
Luego, afirma Benedicto XVI en cuanto al diálogo entre el basileus Manuel II y
Mouterises:
“Sin detenerse en los particulares, como la diferencia de trato entre los que
poseen el «Libro» y los «incrédulos», de manera sorprendentemente brusca se
dirige a su interlocutor simplemente con la pregunta central sobre la relación
entre religión y violencia, en general, diciendo:
«Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás
solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de
la espada la fe que él predicaba».”
“De manera sorprendentemente brusca”, dice el Santo Padre -es importante
recalcar esto- en un párrafo de la lectio y no en las explicaciones posteriores
publicadas como respuesta al rechazo violento de sectores musulmanes. Debe
sobreentenderse que si califica así el modo de expresarse del emperador es
porque el Santo Padre no hace suyas esas palabras.
Benedicto XVI se refiere al emperador Manuel II Paleólogo sobre lo que sí es
actual y acuciante, vinculado a la relación simbiótica entre religión y
violencia, que tiene como protagonistas principales a organizaciones terroristas
como la Red Al-Qaeda, el Hizballah libanés e incluso a actores como el guía
espiritual de Irán, ayatolá Alí Jamenei.
Obviamente el Papa no deseaba con sus palabras agredir o provocar al Islam,
porque de lo contrario jamás hubiera dicho posteriormente que estaba vivamente
sentido por sus efectos, provocados por la manipulación mediática y la forma en
que los islamistas explotaron cibernéticamente los párrafos sacados de contexto.
El deseo de Benedicto XVI fue llamar al diálogo sincero, rechazado de plano por
sectores extremistas chiítas y sunnitas, que usaron las tergiversadas palabras
del Papa para justificar futuros ataques terroristas en Italia. Esas amenazas no
son nuevas, ya que la posibilidad de atentados en ese país -e incluso contra la
Santa Sede- se anticipan desde hace años en escritos adscriptos a la
apocalíptica subversiva islamista. Es notable el caso de “Al-Masih al-Dajjal” de
Said Ayyub, publicado en 1987 -para citar solo un ejemplo- en el que adelanta
momentos de triunfo para cuando “los cantos de batalla resuenen en Roma”.
Se han publicado numerosos comentarios y preguntas sobre si el Papa había hecho
o no revisar su clase, que casi seguramente preparó en persona; nuevamente, se
especuló con que Benedicto XVI carecía de un asesoramiento idóneo sobre teología
islámica e incluso de no tener algún especialista cercano que atinara a
advertirle sobre las repercusiones que podrían tener sus palabras en las
comunidades islámicas.
Lo primero que debe tenerse en cuenta es que esto sucede en un momento de cambio
en las relaciones entre la Santa Sede y el Islam y la "Umma" (comunidad islámica
mundial), consideradas como laxas por quienes creen que la Iglesia Católica
debería asumir una posición más firme frente al desafío y amenazas del
terrorismo islamista contra las comunidades cristianas en todo el mundo, pero
muy especialmente en Europa, donde incluyen planes que apuntan a la
“reconquista” de España.
Están equivocados quienes han querido insinuar hasta de manera insultante y con
caricaturas, que existe un ruptura brusca entre el largo pontificado de Juan
Pablo II y el de su sucesor Benedicto XVI.
De hecho el actual Papa ha centrado su lectio magistralis partiendo nada menos
que de la Encíclica de Juan Pablo II, “Fides et Ratio”.
El cambio de destino de un arzobispo como Michael Christopher -antes encargado
de revisar y en ciertos casos corregir documentos y discursos que tuvieran que
ver con el Islam- es una simple anécdota en la vida de la Iglesia. Un capítulo
aparte es que ciertos detractores de este arzobispo, piensen que su tarea
desdibujaba a veces los límites teológicos y filosóficos que separan a la
Iglesia Católica de la religión islámica.
Benedicto XVI habría podido recurrir a otros ejemplos -y no involucrar al Islam-
para referirse a los problemas entre razón y fe, si la clase de Ratisbona no
hubiera tenido como uno de sus principales objetos la condenación de la
violencia que ejercen los movimientos y grupos terroristas -que se dicen
profesos musulmanes- cuyos efectos son los crímenes aberrantes que los mismos
cometen a diario en nombre de la religión.
Los párrafos vinculados al Islam abarcaron una parte importante de la lectio e
incluso tuvieron un carácter introductorio al resto del escrito.
Benedicto XVI sabía lo que decía, cómo lo decía y qué podría suceder -al menos a
corto plazo- en cuanto a las reacciones de los sectores extremistas y moderados
del Islam. No en vano la Santa Sede cuenta con el mejor servicio de inteligencia
del mundo.
Otro tema aparte fue la manipulación de sus dichos -como se dijo anteriormente-,
pero jamás efectuó retractación alguna sobre las palabras cuidadosamente
elaboradas de su lectio, las que mantienen rigurosamente su validez.
También resulta posible arriesgar que, luego de las primeras reacciones, los
sectores musulmanes inclinados al diálogo, e incluso amenazados por movimientos
terroristas como Al-Qaeda y el Hizballah y actores estatales como Irán,
procurarán un acercamiento con el Santo Padre.
Afirmar que con el Islam no se puede dialogar no sólo es distorsionar la
realidad sino una burda mentira. En todo caso la imposibilidad de diálogo está
con los violentos, que se encuentran en todas las religiones, incluyendo el
cristianismo.
De hecho y antes del resurgimiento del islamismo, impulsado en su versión más
extremista a partir del advenimiento en Irán de la etapa histórica iniciada por
el ayatolá Ruhollah Jomeini, el autor de estas líneas fue observador ante un
seminario de diálogo islamo-cristiano desarrollado en Trípoli, capital de Libia.
Participaron en ese evento no sólo decenas de imanes, muftíes y pensadores
musulmanes, sino también el entonces Subsecretario de Estado de la Santa Sede,
cardenal Sergio Pignedoli -ya fallecido-, acompañado de una importante comitiva
de arzobispos, obispos y teólogos de la Iglesia Católica.
Una pregunta importante a hacerse es si un musulmán profundamente devoto, para
quien la religión es muy importante en su vida personal, se sentaría a dialogar
con un occidental que niega a Dios o es indiferente. Ciertamente no y resulta
obvio que este es el mayor obstáculo que se presenta a Occidente en el diálogo
con los sectores moderados de otras culturas profundamente religiosas; ni hablar
desde ya con los más violentos.
Es muy difícil que un musulmán comprenda las explicaciones del Papa sobre el
ateísmo occidental, pero en la práctica ellos perciben muy bien que al Occidente
actual poco le interesa el tema de Dios. Es lo que Occidente mismo hace
propaganda de sí; un mundo secularizado al que poco o nada importa lo religioso.
La lectio habla de la crisis de la Universidad -fruto del Medioevo cristiano que
surgió con el Trivium y el Quadrivium- que es también la crisis del Occidente
actual, sumergido en la nihilidad, cualidad de no ser nada.
La Cristiandad universal y europea impregnada del sello indeleble de una
religiosidad tajante, inconmovible, hidalga, militante y combativa ha quedado
sin dudas reducida a cenizas.
Cristiandad que supo librar una guerra de ocho siglos, cuando el catolicismo en
armas fue sinónimo de Lepanto y una de las formas de llegar a Dios por la
milicia, como ocurrió recorriendo el camino heroico de la tradición de la Madre
Patria. Esa España a la que el extremismo islámico desea “reconquistar” para
sumarla como una perla más a la corona de su soñado califato global.
Miremos y comparemos la enorme decadencia moral de este Occidente al borde del
suicidio, con aquellos reyes que supieron defender la Cristiandad y legarnos a
los hijos de la Hispanidad el espíritu de esos lejanos tiempos en que el Imperio
era un pedazo de Occidente, ese Occidente que debemos reconstruir y restaurar,
no sólo espiritual sino también materialmente.
¿Qué frutos puede uno esperar por parte de una dirigencia que ha renunciado, por
temor o conveniencia, al reconocimiento de las raíces cristianas de Europa,
fundiendo con desprecio de la Historia, las soldaduras que con tanta sangre y
sacrificio se lograron en incontables batallas libradas bajo el signo de la
Cruz?
Esperar frutos de un árbol seco y carcomido hasta sus raíces, es como pretender
que un edificio pueda sostenerse sin basas ni pilares. Poco o nada podrá en
consecuencia lograrse, sin la restauración de la Cristiandad, que no es otra
cosa que el imperio de la Realeza Social de Jesucristo y la impregnación
evangélica del orden temporal.
A conmover lo que queda de nuestra destruida Cristiandad ha apuntado,
certeramente, la lectio magistralis de Benedicto XVI.
En cuanto a los musulmanes, lo importante de su mensaje es sumar al diálogo a
los moderados y aislar a los violentos, premisa fundamental para sentarse a la
mesa de conversaciones con representantes del Islam.
Dice el Santo Padre: “En el diálogo de las culturas invitamos a nuestros
interlocutores a encontrar este gran «logos», esta amplitud de la razón. Es la
gran tarea de la universidad redescubrirlo constantemente”.
Resulta sin embargo importante señalar que para los musulmanes, el “logos” es El
Corán y no Mahoma, quien para su fe es “El Mensajero” de Alá.
También, que para los musulmanes no existe separación entre fe y razón, y que
algunas de las escuelas jurídicas (madhabs) del Islam sunnita no admiten la
analogía ni la interpretación lógica (ichtihad).
La invitación de Benedicto XVI a encontrar en su contraparte islámica ese gran
«logos», habrá de enfrentar numerosos escollos en algunos sectores del Islam,
pero será aceptada por otros; aquellos cuyos máximos teólogos posean la misma
amplitud de criterios y sabiduría del culto persa Mouterises, cuando dialogaba
con Manuel II Paleólogo.
La palabra “universidad” es la última del discurso en su original italiano y de
ahí la importancia que da a la misma el Sumo Pontífice: “Redescubrirla
constantemente nosotros mismos es la gran tarea de la universidad”. Esto es para
el Santo Padre el “logos”, la vastedad de la razón.
Hace así referencia al verdadero mal que aqueja a Europa y a la universidad -que
es en definitiva el ámbito en que se plasmó la Europa cristiana- invitando a
redescubrir sus fuentes, a revitalizar sus raíces, a que no traicione su
identidad, como está sucediendo desde hace décadas y cuyos resultados están a la
vista.
Hay también en este aspecto una continuidad sustancial en el pensamiento en
materia de diálogo interreligioso entre Juan Pablo II y Benedicto XVI, en razón
de que la lectio se centra en la encíclica “Fe y Razón”, como ya se mencionara.
Benedicto XVI habló a una audiencia cristiana, que cree en la Encarnación, pero
que modernamente vive desencarnada del Logos (de Jesús, del Evangelio); es
decir, como si fuese atea y por lo tanto incapaz de dialogar y de fomentar un
diálogo. Está llamando a redescubrir la Universitas, origen del Occidente
cristiano; es decir, ese obrar con la razón, manifestado por el diálogo entre
razón y fe.
Esa inmensa tarea deberá incluir a las universidades pontificias, carcomidas por
profesores alineados con las corrientes teológicas progresistas que llevan a las
almas por el camino del ateísmo y hasta de la apostasía; enemigos dedicados en
tiempo completo a derrumbar la vida religiosa y a destruir la misión de refundar
una verdadera cultura cristiana como ejercicio de las más profundas actitudes
creativas.
Si no se redescubre la Universitas de la Iglesia, no habrá tampoco rescate del
clero católico, ni de la liturgia, ni de la doctrina -que es inmutable porque
solamente la Iglesia es depositaria de ella-, ni de la educación católica, ni de
la disciplina religiosa, ni de la práctica de todas la virtudes, ni del fomento
de la vida sacramental. Ni hablar mucho menos de la Contemplatio, que Guido II,
el Cartujo, define en la Scala Clastrialium como “un elevarse del alma por
encima de sí, permaneciendo como suspendida en Dios y saboreando las alegrías de
la dulzura eterna”.
No habría tampoco tripulantes fieles en la larga travesía de la barca de Pedro
por lo que queda de tiempo de su ya largo peregrinaje. Reinarían en consecuencia
los heterodoxos de todo tipo y en especial aquellos que quisieran ver a la
Iglesia reducida a un puro papel mundano asistencialista y, de ser posible,
atada a la autoridad de los gobiernos terrenales, como si Jesucristo hubiese
venido al mundo y a morir en la Cruz para instalarnos mejor o más cómodamente en
él, en lugar de anunciarnos que El había vencido al mundo, o que los enemigos
eran “el mundo, el demonio y la carne”.
El mensaje del Santo Padre debería ser tenido muy en cuenta por la facción de
los intrigantes habituales, para quienes toda obediencia al Papa es un obstáculo
insalvable a sus designios oscuros, de poca vida y corta aspiración.
El Evangelista dice que “en el principio era el Logos y que el Logos era Dios”.
Hay un encuentro entre el pensamiento griego y el mensaje bíblico que no es una
pura casualidad, sino que lo utilizó Dios para revelarse al modo humano, para
comunicarse a los hombres al modo de los hombres. ¿Como?: por medio de la
Palabra. La Encarnación es el Diálogo entre Dios y la Humanidad. Entre dos seres
intelectuales. Es el arquetipo de todo diálogo, en el que se deben fundar todos
los otros diálogos.
Benedicto XVI lo denuncia en uno de los principales párrafos de su clase: “Por
honradez, en este punto es preciso anotar que, en la tardía Edad Media, en la
teología se desarrollaron tendencias que rompen esta síntesis entre espíritu
griego y espíritu cristiano. En contraposición al así llamado intelectualismo
agustiniano y tomista, con Juan Duns Escoto comenzó un
planteamiento voluntarista que, tras sucesivos desarrollos, llevó al final a la
afirmación de que sólo conoceríamos de Dios la «voluntas ordinata». Más allá de
esta existiría la libertad de Dios, en virtud de la cual él habría podido crear
y hacer también lo contrario de todo lo que efectivamente ha hecho.”
La decadencia está marcada por una corriente “voluntarista” que termina por
poner dos voluntades en Dios de las cuales sólo conocemos una, que es la que
reveló, pero existiría otra voluntad imposible de conocer por la cual Dios
podría hacer las cosas exactamente al revés o contrarias a cómo las reveló. Si
se aceptara esto estaríamos frente a un Dios que es pura voluntad y amigo de
contradicciones. De aceptarse el absurdo, Dios podría revelar Mandamientos
exactamente contrarios a los conocidos por la Revelación. Se destruye en este
caso toda verdad y todo bien objetivo, toda moral y toda ética, la razón, el
sentido común y también el orden natural.
Se pone una tal trascendencia y diversidad en Dios, de manera que nuestra razón
y nuestro sentido de bien y de verdad no son más un verdadero espejo de Dios (se
rompe la analogía porque ya no se puede ir con seguridad de las creaturas a
Dios). Es interesante en el libro del Génesis comparar el proyecto de Dios con
el del diablo (el mono de Dios). Dios dijo: “hagamos al hombre a nuestra imagen
y semejanza” (la analogía es semejanza); en vez las palabras con las cuales la
serpiente tienta al hombre: "...seréis como dioses, conociendo el bien y el
mal", propone a los hombres un identificarse con Dios.
San Agustín y Santo Tomás de Aquino son claros exponentes de una filosofía del
ser realista, que permite explicar la suma trascendencia e inmanencia divina a
partir de un claro concepto de creación (creación ex nihilo) y de distinción de
las operaciones divinas internas (ad intra) y externas (ad extra) salvando por
un lado la distinción real entre Creador (ipsum esse subsistens) y creatura (id
quod habet esse participatum) por la cual nunca se los puede identificar (cosa
que sucede en el inmanentismo); y por otro lado dejando el camino abierto para
que el hombre se remonte a Dios desde las creaturas por la analogía del ser.
Ya desde el inicio de la lectio el Papa encara el tema del diálogo entre Fe y
Razón: “Sin duda, la universidad también se sentía orgullosa de sus dos
facultades teológicas. Estaba claro que también ellas, interrogándose sobre la
racionalidad de la fe, realizan un trabajo que necesariamente forma parte del
"todo" de la universitas scientiarum, aunque no todos podían compartir la fe,
por cuya correlación con la razón común se esfuerzan los teólogos. Esta cohesión
interior en el cosmos de la razón no se alteró ni siquiera cuando, en cierta
ocasión, se supo que uno de los profesores había dicho que en nuestra
universidad había algo extraño: dos facultades que se ocupaban de algo que no
existía, de Dios. En el conjunto de la universidad existía la convicción, que
nadie ponía en discusión, de que incluso frente a un escepticismo tan radical
seguía siendo necesario y razonable interrogarse sobre Dios por medio de la
razón y que se debía hacer en el contexto de la tradición de la fe cristiana”.
El Santo Padre hace referencia a la universidad (ciencias, es decir la razón); a
sus dos facultades teológicas (fe); a la correlación entre la fe y la razón
(tarea del teólogo); y por último a la cohesión interior en el cosmos de la
razón por el cual no se veía vano el interrogarse razonablemente sobre Dios
(afirmación que contrasta con todo ateísmo e indiferentismo religioso).
Benedicto XVI insiste en el diálogo como lo hace con la introducción del que
mantuvieran el emperador bizantino y el persa. Caratula ambas personas con
adjetivos positivos y aptos para el diálogo (docto, culto). La mención del lugar
del encuentro entre Manuel II Paleólogo y Mouterises fue Ankara, en la actual
Turquía, país con un movimiento islamista creciente; aunque hoy y por el momento
es moderado, debe destacarse que fue el primero en reaccionar después de la
clase del Papa.
La delicada visita del Santo Padre en noviembre a Turquía podría ser una
excelente ocasión para hacer un discurso claro sobre las relaciones entre Islam
y Cristianismo.
El diálogo entre el emperador y Mouterises tuvo lugar en una época donde los
ánimos estaban aún sensibilizados, porque doscientos años atrás habían terminado
las Cruzadas y existían causas más que suficientes para odios, resentimientos y
recelos; sin embargo hablan, y discuten hasta bruscamente; claro, uno era docto
y el otro era culto. El Papa dice expresamente en la lectio que tocará un solo
argumento y que es marginal en la estructura del diálogo entre el emperador
cristiano y el persa. Lo hará en el contexto del tema de fe y razón y serán
reflexiones personales.
Otro aspecto a mencionar es que utiliza un ejemplo que ya fue publicado por ese
profesor; es decir, fue dicho tiempo atrás y él solo lo cita, pero hay que
destacar que nadie se enojó en su momento con el profesor Theodore Khoury. Y
aquí es interesante señalar que el ejemplo de la discordia no fue nunca
identificado con el pensamiento del profesor Khoury. ¿Por qué entonces ahora
intentan identificarlo con el pensamiento del Santo Padre?
Es claro que el Papa usa el ejemplo citado para criticar primero todo tipo de
violencia en las religiones, en el cual entra el concepto de yihad violenta
-criticada también por los musulmanes fieles al mensaje (El Corán) y al
mensajero (Mahoma)- y todos los tipos de extremismos que existan como fruto de
interpretaciones desviadas de la religión.
Pero también su lectio denuncia al Occidente moderno -plagado de violencia- que
necesita como el Islam volver a sus orígenes para redescubrir ese diálogo entre
la fe y una auténtica razón abierta a lo trascendente.
Benedicto XVI parece entender la inmanencia como un proceso de alejamiento del
Logos de la cultura cristiana moderna, rompiendo la síntesis entre fe y
pensamiento griego purificado y potenciado por la revelación positiva divina
(“Logos”). Esta destrucción de la Revelación positiva con falsos postulados,
lleva a la humanidad a un estadio primitivo de no revelación por la tal
trascendencia divina, en la cual Dios ya no importa; indiferencia total porque
es mínimo e insignificante lo que de El podemos conocer. Así, el hombre se
vuelve regla de sí mismo y queda librado a su subjetividad.
El divorcio entre fe y razón o deshelenización se ha dado según el Papa en tres
oleadas:
La deshelenización se da primero en el contexto de los postulados fundamentales de la Reforma del siglo XVI. La fe revelada está condicionada por la razón. La teología reducida a un pensamiento humano. La fe es insertada en una estructura de pensamiento filosófico. Y con el principio de Sola Scriptura se intenta descubrir la fe primordial.
La teología liberal de los siglos XIX y XX acompaña la segunda etapa del proceso
de deshelenización, con Adolf von Harnack, como su máximo representante. Lo
mismo que se operó en el primer paso respecto a la fe en general ahora se
focaliza sobre la persona de Jesús. La idea ya no es encontrar la fe primordial,
sino el Jesús primordial (deshelenizado,
desmitologizado) para lo cual por principio niegan todo lo que es divino en El.
Es decir, atacan el misterio del Verbo Encarnado (sobre todo negando el aspecto
divino). Jesús sólo tiene un mensaje moral humanitario (En la Encíclica Deus
caritas est, Benedicto XVI distingue la caridad cristiana de la pura
filantropía).
Esta etapa de deshelenización está dominada por el surgimiento de la teología
liberal de los siglos XIX y XX, que tenía como su máximo representante a Adolf
Von Harnack, autor de la Escuela liberal desde los presupuestos del racionalismo
tardío, quien contribuyó a la antigua búsqueda del Jesús histórico.
El Santo Padre ya había hecho referencia a ese teólogo liberal, denunciando que
carece de fundamento la interpretación individualista de esa Escuela -sobre todo
en algunas conferencias de Von Harnack- del anuncio del Reino hecho por Cristo.
Afirma Benedicto XVI en su catequesis del 15 de marzo de 2006: “La Iglesia,
presencia de Cristo entre los hombres”: “En realidad, este individualismo de la
teología liberal es acentuado particularmente en la modernidad: en la
perspectiva de la tradición bíblica y en el horizonte del judaísmo, en el que la
obra de Jesús se enmarca a pesar de toda su novedad, queda claro que toda la
misión del Hijo hecho carne tiene una finalidad comunitaria: vino precisamente
para unir a la humanidad dispersada, vino precisamente para reunir al Pueblo de
Dios”.
Lo mismo que se operó en el primer paso respecto a la fe en general ahora se
focaliza sobre la persona de Jesús. La idea ya no es encontrar la fe primordial,
sino el Jesús primordial (deshelenizado, desmitologizado) para lo cual por
principio niegan todo lo que es divino en El.
La persona de Jesús (el Logos Encarnado) es sometida en definitiva a estudios
según los parámetros críticos kantianos; es decir, bajo la lupa de la razón
práctica (método histórico-crítico, que sirve para desmitologizar -palabra
derivada del alemán Entmythologisierung- a Jesús y desmitologizar el Evangelio).
La sola reducción de lo científico a la razón práctica es la autolimitación
moderna de la razón, que es inmanente (no abierta a la trascendencia).
Esta última oleada es para el Santo Padre la que se está difundiendo actualmente
y que consiste en el intento de destruir la síntesis de fe y razón que se dio
entre el helenismo y la Iglesia antigua, con el simple argumento de que fue el
resultado de una primera inculturación, que no debería ser vinculante a las
demás culturas. De esta manera se intenta volver atrás, buscando una especie de
inculturación original, con el objeto de descubrir el mensaje fundamental del
Nuevo Testamento y poder sí después inculturarlo nuevamente en los distintos
ambientes particulares.
El Santo Padre califica esta tesis como “torpe e imprecisa”, ya que lo que se
pretende romper no tiene el valor temporal de una “moda”, sino que corresponde a
la naturaleza del diálogo entre fe y razón y por lo tanto pertenece a la fe
misma y es válida para todos los tiempos.
“En efecto -afirma Benedicto XVI-, el Nuevo Testamento fue escrito en griego e
implica el contacto con el mundo griego, un contacto que había madurado en el
desarrollo precedente del Antiguo Testamento”. “Ciertamente -concluye el Santo
Padre-, en el proceso de formación de la
Iglesia antigua hay elementos que no deben integrarse en todas las culturas. Sin
embargo, las decisiones fundamentales que atañen precisamente a la relación de
la fe con la búsqueda de la razón humana forman parte de la fe misma y son sus
desarrollos, acordes con su naturaleza.”.
El problema del Occidente actual, que intenta reinterpretar al cristianismo,
olvidándose del Logos -es decir de la Palabra, de Jesús, del Evangelio- es de
alguna manera análogo a quienes pretenden subvertir el Islam y reinterpretarlo
de acuerdo a las necesidades de la agenda yihadista global, para justificar e
incitar la matanza de inocentes.
En un agudo comentario suscripto por el Dr. Luis María Bandieri -autor de muchos
escritos sumamente interesantes- en un mensaje difundido en Internet, titulado
“Cuando el diálogo es puro verso”, este intelectual afirma -con referencia al
conflicto suscitado por la lectio del Santo Padre-, que Benedicto XVI convocó a
un diálogo, tal como el desarrollado entre el basileus y el persa culto. “Un
diálogo -esto es, a través del logos- supone que los dialogantes tienen una
identidad, que no ocultan. Y esa identidad tiene que estar en claro, porque, si
no, ¿con quién estoy hablando? ¿Con un agente encubierto? Bandieri se hace estas
preguntas y afirma que “la clarificación de la identidad permite el respeto
mutuo. De otro modo hay ocultamiento y simulación”.
La evolución de los acontecimientos en las próximas semanas, permitirá
determinar quiénes están dispuestos a sentarse a la mesa del diálogo propuesta
por el Santo Padre y quiénes no.
Después de todo, los musulmanes amantes de la paz -la inmensa mayoría del Islam-
son los blancos permanentes del odio de las organizaciones yihadistas, como
demuestra la dramática situación en Irak, que amenaza expandirse a otras
regiones. Y hora es sin duda que dentro de la comunidad islámica mundial (Umma)
comiencen a generarse y reproducirse los anticuerpos que acaben con la infección
del terrorismo que amenaza -de alguna manera potenciado por la crueldad y los
errores del Occidente ateo y nihilista- contaminar al conjunto de mil
trescientos millones de almas.
Otra misión de la Iglesia Católica, de este Papa y de aquellos que lo sucedan,
será lograr el reverdecer del Occidente cristiano y la impregnación del
Evangelio a escala universal.
Es claro que nuestro combate no puede desarrollarse con las fuerza de las armas,
porque las fuerzas católicas están desarmadas y al borde de ser arrojadas
nuevamente a las catacumbas, sino con la oración y la acción que permitan
plasmar poco a poco la Restauración de la Cristiandad.
Cristiandad que tampoco podrá ser una realidad en la vida de las naciones, si no
se restaura también la Santa Iglesia Católica, cuya barca navega en aguas
turbulentas, cargada de saboteadores y polizones.
Vemos como esa nihilidad mencionada en algunos pasajes de este documento, tiene
como principales características la renuncia a la más alta concepción de la
vida, del orden, del honor, de la acción y del mismo combate.
Se impone por delante, en consecuencia, el mayor de los desafíos que ha
enfrentado la Cristiandad a lo largo de los siglos, porque la subversión ha
logrado plasmar la sustitución de lo
superior por lo inferior, y el desprecio por el Orden Social y todo principio de
autoridad en el mundo social e histórico de los tiempos actuales.
Ese desafío es "instaurar todas las cosas en Cristo", para forjar "la paz de
Cristo en el Reino de Cristo".
Esa es la enorme misión del combate heroico que nos espera en el futuro, porque
como decía Marcel de Corte: “Sobre nuestras espaldas descansa ya el aplastante
peso de la Naturaleza y de la Gracia desnudas, ofrecidas sin protección -salvo
la de Dios- a todos los asaltos de una civilización mecanizada. Esa fidelidad en
lo eterno, en la Naturaleza y en la Gracia, preparará la eclosión de una
civilización y de una cristiandad nuevas”.
El Santo Padre Benedicto XVI acaba de señalar en su lectio magistralis “Fe,
razón y universidad. Recuerdos y reflexiones”, cuáles son los primeros pasos a
dar para el despertar de una adormecida Cristiandad.
Buenos Aires, 25 de septiembre de 2006.
(*) Horacio Calderón es analista internacional, experto en Medio
Oriente y Africa del Norte y especialista en Contraterrorismo. El autor es
católico militante y ha publicado documentos como “El Aborto Inducido Prenatal”,
de gran difusión en sitios pro vida de Internet.
