
Septiembre de 2006
Por Edgardo Arrivillaga
No es inesperado que Benedicto XVI se haya colocado en la línea de fuego del
terrorismo islámico. El ensayo declamado, que se convirtió en un rápido
instrumento legitimador de lo bélico por parte de los creyentes islámicos, ya
fue difundido por el Vaticano. Sus líneas argumentativas ofrecen una articulada
exposición entre las raíces helénicas de las religiones monoteístas, el carácter
europeo del cristianismo, incluyendo sus variables reformistas, por último la
difícil articulación entre la modernidad científica y el logos perdurable que
propone una fe mezclada con la razón. Y eso es dinamita.
Seguramente son estas pocas líneas las que han movilizado a los interpretes del
Coran porque han entendido claramente el mensaje. Una religión que se expande
por vía de la espada y de la fuerza, omitiendo la agudeza de la razón no solo
pretende ser trascendente en si misma, hecho peligroso, sino que –carente de
toda responsabilidad moral porque es solo carismática - puede instaurar una
escueta variable de la idolatría. Si el islamismo actual es solo voluntad de
poder y los occidentales conocemos de esas cosas la propuesta se parece mas a la
excitación panteísta que a la proliferación de los mundos individuales,
sosegados, contemplativos. Paralelos.
Falto agregar demagogia de masas o inconsciente colectivo sabiamente manipulado
o el Estado nación teocrático como ideal de colectivización posible en Asia y
África en estos tiempos de dispersión global y el mensaje hubiese sido mas
contundente y político pero la exposición era esencialmente teologal y esta
bastante claro que viene a ofertarse como sutil respuesta a la bancarrota
intelectual que sufre el mundo moderno solo desafiado por la impenetrabilidad
islámica. Y no seamos ingenuos, por la abstracción islámica. Que lleva
directamente a la simple relativización de la vida en los términos actuales. El
suicidio islámico es una fantasía occidental, el heroísmo los condena de forma
apriorística y nacen para la muerte, es decir para el ser en la memoria. Los
intelectuales cansados de este lado del mundo no entienden la cosa.
Las manifestaciones anticatólicas en el mundo islámico como consecuencia del
documento del Papa no son una simple mala interpretación de gente inculta y algo
amargada por los bombardeos israelíes en el Líbano.
Son fenómenos antitéticos que establecen una respuesta contundente a un desafió
que propone el teólogo Ratzinger, antes que el Papa católico como reverso a la
expansión islámica en la conciencia cultural europea en los últimos veinte años.
Ratzinger hace tiempo que advierte sobre los fenómenos que toman en pinzas a la
civilización euroamericana: el emerger del dogma moderno como doctrina, España y
en su versión subdesarrollada la Argentina, son exponentes retorcidos y pigmeos
vanguardistas del mismo fenómeno y la dureza esclerosada pero demográficamente
creciente del islamismo que combina al nuevo leninismo revolucionario con la
ortodoxia religiosa en una operación simbólica que ya efectuó Stalin cuando
resucitó a la tercera Roma bizantina para hacer frente a las fuerzas luteranas,
católicas, alemanas, que se abatían sobre la URSS en el invierno europeo de
1941.
Fuerzas mezcladas con el paganismo nacionalsocialista del partido único alemán
que tenía indiscutibles elementos de añoranza por el Oriente, hecho que tendemos
a subestimar porque nuestra visión del tercer Reich, que solo duró diez años,
está representada por la textura del cine norteamericano y sus extremadas y
convencionales simplificaciones. Y el objetivo final de Hitler era la India, no
solo como posesión británica sino como elemento simbólico de retorno a la
estructura inicial. La estructura aria que venia de Persia y no exactamente de
los Nibelungos, divinidades menores con respecto a sus homólogos orientales.
Vikingos toscos. Y en el nacionalsocialismo latía también el suicidio como una
simplificada coartada de ser para la muerte. Y Fichte estaba sabiamente mezclado
con Von Salomón. Con los resultados conocidos.
Pero aquella( la de Stalin ) fue una operación político religiosa que
desvirtuaba los alcances del pacto Ribbentrop-Molotov que concebía de forma
infructuosa el realismo político de las cancillerías de forma cronológicamente
anticipatoria y por lo tanto inviable.
No existía la bomba nuclear como supremo disciplinador tecnológico de la guerra
y viga maestra de la construcción de un equilibrio viable. Frío. Pero con
temperatura regulada hacia abajo, no hacia arriba.
. Hoy el islamismo, feudal y revolucionario a la vez-las contrarrevoluciones
siempre lo son- es el nuevo terreno de confrontación entre el mundo occidental y
la periferia. En ese sentido cuando se indague dentro de unas decenas de años
las guerras en Afganistán- iniciadas por la URSS en 1978 -y la fallida
expedición americana en Irak advertiremos hasta que punto los atentados a las
torres el 11 de septiembre fueron una anécdota menor.
Tan imperceptible como los disparos de Sarajevo que según la leyenda histórica
instaurada provocaron la Primera guerra mundial, hecho manifiestamente falso.
En rigor de verdad los crímenes de los anarquistas eran frecuentes en ese
período. Los asesinatos de embajadores bastante usuales. Como lo es actualmente
el terrorismo de Al Quaeda que ya se había iniciado en 1990 al menos y que
buscaba un gran objetivo aéreo occidental una década antes de los
hiperestilizados atentados de septiembre.
Descubriendo analogías históricas que anuncian una gran confrontación ( y la
Primera Gran Guerra fue tan sorprendente en su totalidad de Nación en armas
combinada con tecnología hipermoderna como lo es la totalidad actual de la
religión islámica como factor de poder dislocado y a la vez coordinado por una
internacional no solo de contactos sino de creencias y tecnología bien digerida,
no hay Al Quaeda ni Hermandad Islámica eficáz sin Internet ) la decisión de
iniciar la guerra contra Serbia, se tomo en la ciudad de Potsdam el 5 de julio
de 1914 y fue propuesta por el conde Franz Von Hotzendor, jefe del Estado Mayor
austriaco –el equivalente de los neocons de Bush- en respuesta a la acción de
algunos agentes secretos serbios que se encontraban detrás de múltiples
asesinatos en toda Europa, en una versión elemental de la conexión Saudita con
los actuales irregulares afghanos del príncipe Osama Bin Ladem.
Ni el imperio, ni Austria, muchos menos los húngaros, querían esa guerra, pero
tanto el jefe de Estado Mayor como los planificadores militares sabían que había
un problema de esferas de interés tanto en Europa como en Oriente. Y que la
zarza ardiente de la violencia acosaba al imperio mas allá de sus intenciones de
expansión o contracción. Escenario bastante similar al actual con un grupo de
potencias, en Europa la mayor parte de ellas, que se reservan cierta
privilegiada neutralidad que recuerda a la estratégica neutralidad americana que
se prolongó hasta 1916 al menos. Los imperios no solo invaden, se defienden
atacando y alejando sus confines de vulnerabilidad.
Al extremadamente multicultural austro-húngaro le pasó algo bastante parecido a
lo que vemos actualmente aunque Noam Chomsky no sea Joseph Roth ni Robert Musil
para transmitirlo con pasión y se quede en la indignación abnegada de un tipo
que guarda el Viejo Testamento y una foto de una conejita de Playboy en el mismo
cajón de sastre.
Curiosamente la llamada cruzada actual en términos filosóficos esta planteada
desde el otro lado del espejo y lo que la izquierda progresista e iluminista
puede leer como algo parecido a la lucha entre el tercermundo expoliado y el
hemisferio norte prospero y colonizador no solo es falsa sino ahistorica. Y los
infantes de marina americanos que están en Irak no tienen la menor idea de
porque exactamente están allí. Son hijos del descrédito de Vietnam, del entierro
de los valores heroicos y no logran percibir lo que Lawrence definía con
exactitud la validez sutil e implacable del impulso heroico y cuando eso se
combina con el estado nación panteísta y la palabra Panteón asoma y asalta de
forma casi inconsciente en este análisis esta claro que lo que nos separa del
mundo islámico es algo mucho mas profundo de como tratan a sus hembras o el
fenómeno de la familia poligámica o un código penal religioso que viola los
Derechos Humanos que nosotros fingimos defender escamoteando la cosa cuanto
podemos, simplemente porque esta teología laica nos supera con sus perpetuas
contradicciones que nos llenan de autosatisfacción intelectual pero de muy
difícil cumplimiento.
Pero Ratzinger como teólogo, tal vez no como Papa-entre el trono y el altar
parece haber elegido la peligrosa totalidad del altar - lo que esta cuestionando
es la legitimidad de la jihad en el mundo moderno.
Porque de este lado del mundo no hay jihad que oponer a la jihad.
Posiblemente mas que trazarse algo tan barroco y excesivo como la
democratización del cosmos islámico, objetivo de muy difícil concreción habría
que impulsar en el seno del dialogo interreligioso una simple ley que vete la
autorización religiosa de los ulemas para bendecir la guerra santa.
Cosa deseable pero bucólica, volteriana, demasiado racional frente a la realidad
que debemos enfrentar en los próximos años. Lucha entre nuestro individualismo y
la despersonalización que se reencuentra en la periferia y se autoescamotea y se
realiza solo en el gran proyecto colectivo y anacrónico que los occidentales
hemos enterrado definitivamente en 1989. En Berlín.
Ratzinger un teólogo riguroso, una cabeza sutil que conoce los razonamientos de
la izquierda, del iluminismo y sus limites y del peligroso factor totémico de la
rebelión religiosa carismática y que es sustancialmente mucho menos peronista
que Juan Pablo II entendió muy bien el asunto.
Por eso se ha colocado exactamente en la línea de tiro.
