Septiembre de 2006
Por GEES
Benedicto XVI se ha reunido con los embajadores de estados musulmanes en
Castelgandolfo. Esta audiencia sólo tenía sentido tras la crisis provocada por
la furibunda reacción a su discurso en Ratisbona. La lectura de su nueva
intervención impresiona, una vez más, por su sentido histórico y por la claridad
y precisión de sus palabras.
Tampoco en esta ocasión ha pedido perdón. Ni siquiera hay referencia directa al
debate. Bien al contrario, su discurso se centra en aclarar, desde la estima y
el respeto, cuáles son los fundamentos del diálogo entre religiones y culturas
y, más en concreto, entre la Iglesia Católica y el Islam.
El Santo Padre vuelve a mencionar la importancia de la razón, si bien en
referencia al relativismo, que niega su dimensión trascendente y universal.
Retomado el principio doctrinal origen del problema, vincula un diálogo
"auténtico" a dos principios irrenunciables: la reciprocidad y el respeto a la
dignidad humana. No puede haber diálogo mientras los derechos de los cristianos
sean pisoteados cotidianamente en el conjunto del Islam, un auténtico "pogrom"
que está en el origen de la desaparición de las antiquísimas comunidades
cristianas, abocadas a emigrar siguiendo la estela de las judías. No puede haber
diálogo cuando se niegan los derechos humanos, se justifica la violencia y se
fomenta el fanatismo.
Frente a la Alianza de la entrega y el chantaje, Su Santidad exige un diálogo
basado en los valores trascendentes, la razón, la reciprocidad y el respeto a la
dignidad humana. No hay en sus palabras ánimo de contemporizar a cualquier
precio, sino de aclarar y precisar cuál puede ser el espacio común, en el caso
de que las autoridades musulmanas realmente estén dispuestas a ello.
