Septiembre de 2006
Por Luis María Bandieri
Estamos en el invierno de 1390 ó 1391, en el cuartel que el ejército bizantino
había establecido en Ankara. El basileus –emperador- Manuel II Paleólogo había
emprendido una campaña contra el sultán turco, Bayaceto, antes de que éste
atacara Constantinopla. El imperio turco había conquistado ya el imperio de los
serbios y sometido luego a Bulgaria. Amenazaba con reducir Bizancio a su sola
capital. Manuel II, un hábil político, emprendió ese ataque “preventivo” luego
de laboriosas gestiones diplomáticas ante las cortes de los estados italianos,
Francia e Inglaterra. Sólo le prestó apoyo efectivo el rey Segismundo de
Hungría. Manuel II debió replegarse y, a la larga, el impero quedó reducido tan
sólo a su capital, que resistiría hasta 1453.
En aquellos cuarteles de invierno, el basileus, un cristiano ortodoxo,
mantiene un diálogo con un sabio –un eugnomon, un hombre de buen consejo- de
origen persa, llamado Mouterises, de confesión islámica. Los dos hombres, el
emperador cristiano y el sabio musulmán, platican libremente acerca de sus
respectivas religiones. Manuel sostiene que no es posible lograr la conversión a
filo de espada –así se habían convertido los bosnios-, sino que debe obtenerse
mediante la persuasión. Añade que el profeta Muhammad, en un principio, cuando
militarmente más débil, había seguido este parecer, para cambiarlo luego, cuando
estuvo en condiciones de poder imponer su credo. El Dios cristiano, conforme la
enseñanza griega, es Logos. Actuar contra el logos, contra la razón, es renegar
de la naturaleza divina. En cambio, el Dios islámico es puro arbitrio, voluntad
pura. Son, pues, sustancialmente distintos. Mouterises, que también domina su
Aristóteles, replica que, al contrario, es el Islam, y no el cristianismo, el
que procede según medida –métron- y busca el justo medio. El cristianismo,
añade, según la enseñanza de Jesús, cae en la desmesura: hay que amar al
enemigo, poner la otra mejilla, abandonar a padres y hermanos (Lucas 14,26),
etc.. El Dios cristiano, a juicio del sabio persa, no resulta aquí muy lógico.
El emperador y el sabio se separan y, años más tarde, encerrado tras la murallas
de Constantinopla, el basileus habría de anotar lo que recordaba de este
diálogo, para él tan importante como las más importantes cuestiones de su
gobierno.
Estamos en el año 2006. La palabra “diálogo” campea por todas partes. La
incitación a comunicarnos es continua. Joseph Ratzinger, el papa Benedicto XVI,
en Ratisbona, situada en su Baviera natal, y desde la cátedra universitaria
donde gustaba enseñar, recuerda aquella antigua plática. La trae a colación para
reforzar su enseñanza de que la religión no debe imponerse por la violencia
–pecado, si se quiere, en que han incurrido en algún momento todas las
confesiones religiosas. Utiliza un texto abreviado de los recuerdos del
Paleólogo, donde las respuestas del sabio persa no constan. Y señala, como
teólogo que es, que el Dios cristiano es distinto del Dios islámico, tal como
había sostenido Manuel II.
¿Qué podía esperarse, razonablemente? . Un hombre culto del siglo XIV, oyéndonos
hablar todo el tiempo de diálogo y comunicación, y observando nuestras librerías
atosigadas de libros sobre el tema, habría supuesto que un sabio persa –o
egipcio o saudí- se habría levantado, como Mouterises, para oponer de su lado
sus razones. Incluso habría conjeturado que estos occidentales tan sabios y tan
eruditos, con la inmensa memoria de su computadoras, hubieran podido terciar en
el debate, echando mutua luz. Nada de esto pasó en la era del diálogo. Tiene que
rectificar, que pedir perdón, que golpearse el pecho y, quizás, arrastrarse por
el piso entre lágrimas de arrepentimiento. Los periodistas, que son los sabios
instantáneos de este tiempo, aseguran que el papa Ratzinger fue impolítico e
inoportuno. Puede ser, pero, ¿de qué quieren que hable un teólogo? ¿Del
renunciamiento de Riquelme?. ¿De los epigramas de D’Elía? ¿De los antecedentes
de Juanjo Alvarez? Cuando visito a mi hermana en su monasterio carmelita leo un
cartelito que dice: “En la casa de Teresa/Esta ciencia se profesa/O no
hablar/O hablar de Dios”. Esta cuarteta de la fundadora es dura para mí, que
no soy teólogo (Dios no lo permita), ni siquiera mal cristiano, y que preferiría
charlar de recuerdos familiares y bueyes perdidos. Pero debo aceptar que, si
ella ingresó en esa casa, es fundamentalmente para orar y no para otra cosa.
Supongo, también, que un papa teólogo debe hablar fundamentalmente de Dios,
aunque nos parezca raro al común de los mortales. Y que, hablando de Dios, puede
efectuar un distingo entre el Dios de su credo y el de otros credos. En
realidad, el papa Ratzinger convocó a un diálogo, tal como el sucedido entre el
basileus y el sabio. Un diálogo –esto es, a través del logos- supone que los
dialogantes tiene una identidad, que no ocultan. Y esa identidad tiene que estar
en claro, porque, si no, ¿con quién estoy hablando? ¿Con un agente encubierto?
La clarificación de la identidad permite el respeto mutuo. De otro modo hay
ocultamiento y simulación. Cada uno dice lo que el otro quiere oir, pero en lo
que el que habla no cree. Cada uno, pues, se reserva, más allá y en contra de
sus palabras, la facultad de actuar como le plazca. Parece que dialogamos, pero,
en realidad, estamos afilando en secreto las armas, mientras tiramos buenos
propósitos de la boca para afuera. En esta era de la comunicación rampante, nos
dice este episodio, el diálogo es puro “verso”.
