Octubre de 2006
Por Alberto Buela
Como desde nuestra primera juventud hemos leído todo lo que caía en nuestras
manos sobre Bolivia, además nuestro maestro José Luis Torres (1902-1965) siempre
nos hablaba del país del Altiplano, sobre sus hombres y sus cosas, cada vez que
viajamos allá sentimos que conocemos todo.
Pero no es así, cada viaje nos sorprende con algo inesperado. La última vez
cuando fuimos a visitar a nuestro querido amigo Andrés Solíz Rada y su exquisita
señora, nos sorprendió la más ordenada (sea por etnias o actividades) y
kilométrica manifestación que vimos en nuestra perra vida. Era la primera
manifestación por la nacionalización de los hidrocarburos en tiempos del Goñi
Sánchez Lozada.
En esta última del 3 al 8 de octubre, nos sorprendió la desmesura, aquello que
los griegos llamaban la hibris, que se tradujo como lo híbrido, como lo son
aquellos animales que como la mula no dan cría o aquellos actos humanos
infecundos.
La desmesura de dos muertos cocaleros en un parque nacional y la de dieciséis
muertos en Huanuni (Oruro) en un enfrentamiento entre pobres: mineros contra
cooperativistas.
Y con 18 muertos servidos a la mesa, el vicepresidente García, el típico
intelectual de la izquierda progresista se despacha un discurso por la
televisión sosteniendo, sin que se le mueva un pelo de su cabellera prolijamente
peinada a la moda, que hacía dos días él había estado allí y que había mandado
crear una comisión. Nos acordamos de Perón y aquella enseñanza suya: cuando no
se quiere hacer nada se crea una comisión.
Habló García Linera como si estuviera situado en la luna o en otro país, cuando
es él una de las cabezas del poder ejecutivo. Incluso tuvo el descarado tupé de
referirse a los derechos humanos del pueblo boliviano, tópico sagrado de la
ideología progresista.
Pero el hecho cierto es que la responsabilidad de esas muertes es del gobierno,
pura y exclusivamente. Hace ya ciento cincuenta años, mucho antes de la Guerra
del Pacífico, Juan Bautista Alberdi sentenció: Bolivia es un Estado imposible. Y
lo dijo a propósito de su error constitutivo garrafal: el Estado Unitario. Pero
eso es tema para otra meditación. Volvamos al tiempo de hoy donde el principal
problema es la incapacidad de los funcionarios bolivianos (políticos o de
carrera) para administrar los aparatos del Estado.
Y como mar de fondo de esta incapacidad manifiesta (el ministro de minería hizo
dieciséis reuniones con los cooperativistas y los mineros, García Linera, dixit,
y no pudo fijar una política), está el discurso indigenista del gobierno de
Morales, en donde habla “del indio ideal” a una Bolivia en donde los indios son
reales y los criollos (Morales incluido) son la mayoría de la población.
¿Quién puede estar en contra de Evo que vino a reemplazar un régimen corrupto,
falaz y descreído como el del muñeco de Goñi? Nadie o muy pocos.
El pueblo boliviano está en contra del mal gobierno de Evo, en contra de la
desmesura de García Linera, en contra de ese enfrentamiento ficticio entre
criollos y aborígenes.
Es por eso que es una ruindad que un gringo como Heinz Dieterich, vendedor de
recetas revolucionarias para “latinoamérica” como él dice, anuncie un golpe de
Estado para el 11 de octubre. Claro está, porque el 12 es el día de la raza, con
lo que los hispanocriollos festejaran doblemente.
Qué manera de tomar de boludos a los bolivianos y a los suramericanos en
general, de este gringo que viene a alentar una dialéctica que sólo existe en su
cabeza.
Hablar de cosas que cosas no son (revolución del 11 de octubre), y proponer
programas irrealizables como el de crear una economía latinoamericana (sic, El
Mundo, 8-10-06 p.10) cuando nos cuesta un Perú establecer pautas económicas
binacionales, es ser funcional al imperialismo que se dice combatir.
Lo que tendrían que hacer los bolivianos con ideólogos a la violeta como éste,
es darle una patada y echarlo a la mierda, porque los está tomando de imbéciles.
Pero claro, como es marxista no se lo puede tocar, como si no hubiera marxistas
que le han hecho y le hacen el juego al imperialismo.
En resumidas cuentas, nuestro balance de cinco días en Bolivia es que, más allá
de las buenas intenciones que pudiera tener el gobierno, éste no gobierna, y
así, al quedar en libertad la presión de los distintos lobbies, al no haber
gobierno, se resuelve con la muerte en las calles de la gente que lucha por sus
intereses concretos.
Que a Evo lo volteen de un golpe o lo dejen que se fría en sus propias
contradicciones eso no lo podemos saber ni nosotros ni nadie, pues en la caja de
Pandora la prognosis (la comprensión del futuro) quedó encerrada, pero lo que sí
podemos saber es que Bolivia necesita una constitución federal que contemple
además de la representación partidocrática una representación estamental que
defienda su diversidad cultural. Pero claro, esto es demasiado pedirle a la
dirigencia boliviana ganada por el discurso multiculturalista norteamericano
(García Linera), el discurso marxista-indigenista de Evo y el discurso
liberal-burgués de la oposición.
Bolivia no tiene hoy un discurso nacionalista y antiimperialista al mismo
tiempo, como el que supo tener con hombres como Carlos Montenegro o Augusto
Céspedes. Lo más parecido era Andrés Solíz Rada y Evo Morales lo echó.
