IRAK, INDICIOS, EVIDENCIAS, PRONÓSTICO

 

Octubre de 2006

Por Horacio Calderón (*)
 

El texto que tengo el agrado de presentar a continuación corresponde al capítulo Irak de la conferencia que sobre el tema: "Conflictos en el Cercano y Medio Oriente" se desarrollo el día 18 de octubre próximo pasado en el Centro Naval de Buenos Aires, con el auspicio de esa Institución.


Evento que fue organizado por la Asociación de Oficiales Retirados de la Infantería de Marina (AORIN).


Ocurre que el interés naval argentino por la zona no es nuevo.


La infantería de Marina se encuentra en Chipre, como fuerza de interposición, desde hace años.


Las aguas que van desde el Mar Negro hasta el Golfo Pérsico y sus teatros de guerra permiten que una imaginación inquisitiva se vuelque a su análisis. En un mundo global, la confrontación no se limita a defender con una empalizada los recursos naturales argentinos, que serán amenazados en el 2040, como sostienen algunos pensadores. Exige la puesta a punto de sensores que nos alerten de la situación mundial. Particularmente en zonas de guerra que pueden proyectarse con energía destructiva en el mundo, como ya ocurrió en el caso argentino. Por dos veces.


La encrucijada

La segunda escala de esta exposición nos lleva a la cuna de civilizaciones y de una historia milenaria como es Irak, uno de los países más ricos del Medio Oriente, hoy devastado, que se encuentra en un estado de guerra civil de baja intensidad, aunque en camino a convertirse en una confrontación total.

La tierra en la que florecieron las culturas sumeria, acadia, babilónica, asiria, persa, seléucida, parta y sasánida, está hoy habitada por árabes (75%-80%), curdos (15%-20%), turcomanos, asirios y otros (5%), y prevalece la religión musulmana (chiítas: 60%-65%; sunnitas: 32%-37%), mientras que cristianos y otras confesiones apenas superan un 3%.

Irak abarca 437.072 kilómetros cuadrados, y limita con Arabia Saudita (814 Km.), Irán (1.450 Km.), Jordania (181 Km.), Kuwait (240 Km.), Siria (605 Km.) y Turquía (352 Km.).

Las últimas estimaciones sobre su población (CIA, 2006; sitio del Gobierno de Irak) afirman que Irak cuenta con 26.783.383 habitantes, cifra que puede ser cuestionable, luego de las recientes acusaciones que se han hecho sobre el número de muertes acaecidas desde el inicio de la guerra en 2003.

En cuanto a los idiomas, se habla árabe, curdo (es oficial en las regiones donde prevalece la etnia), asirio y armenio.


Sintesis histórica

Como sucedió con muchos territorios que formaban parte del imperio Otomano hasta que este fue desmembrado, Irak fue ocupado por Gran Bretaña durante la I Guerra Mundial. Faisal Ibn Hussein, de la familia de los hachemitas, fue un de los grandes líderes de la Rebelión Arabe conjuntamente con el coronel inglés Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia. Faisal I fue proclamado más tarde rey de Irak, donde reinó desde 1921 a 1933, aunque el poder real estuvo ejercido por Gran Bretaña hasta el 3 de octubre de 1932, fecha en que el país fue admitido por la Sociedad de las Naciones como Estado independiente.

Faisal I fue el principal interlocutor árabe con dirigentes sionistas como Chaim Weizmann, con quienes mantuvo una relación plagada de hechos que fueron muchas veces motivo de controversias para los cronistas de la época y también para los historiadores.

Fue sucedido por su hijo, Gazi I, un monarca joven y muy hábil, pero de vida disoluta, que murió en un accidente automovilístico, aunque algunos historiadores atribuyen ese hecho a un complot británico.

Lo sucedió su hijo, Faisal II, pero como era niño al morir su padre, su tío Abdallah gobernó como regente hasta su mayoría de edad en 1953. Luego de haber formado una especie de reino unido con su primo Hussein de Jordania, con el objeto de contrarrestar lo que consideraban una amenaza panarabista encabezada por la República Árabe Unida -formada por Egipto y Siria bajo el liderazgo de Gamal Abdel Nasser-, Faisal II y su tío Abdallah fueron asesinados el 14 de julio de 1958 como producto de una conspiración liderada por el militar Abdul Qarim Qassim, quien se hizo cargo de la nueva República a partir de ese momento. Este militar fue a su vez asesinado en febrero de 1963 y fue entonces cuando el Partido Baath tomó el poder encabezado por el general Ahmed Hassan Al-Bakr y el coronel Abdul Salam Arif.


En febrero de 1963 Qasim fue asesinado y el Partido Socialista Arabe (Partido Baath) tomó el poder bajo el liderazgo del general Ahmad Hassan al-Bakr como primer ministro y el coronel Abdul Salam Arif como presidente. Este derrocó luego a Al-Bakr pero murió en un accidente de aviación en abril de 1966, siendo reemplazado por su hermano Abdul Rahman Arif, quien a su vez fue derrocado el 17 de julio de 1968 por un grupo de militares y civiles baathistas que reinstalaron en el poder como presidente y también del Consejo del Comando Revolucionario (CCR) al general Ahmed Hassan Al-Bakr, hasta que en julio de 1979 renunció a sus cargos en favor de Saddam Hussein, quien ya era el poder real en el país.


Durante el gobierno de Saddam Hussein, actualmente detenido, se sucedieron diversos hechos de enorme trascendencia regional e internacional:
Desde 1980 y hasta 1988 Irak libró una cruenta guerra con Irán por problemas territoriales.
Debe destacarse muy especialmente que Saddam Hussein fue secretamente alentado y apoyado por casi todas las potencias occidentales, que vieron en esto una oportunidad para neutralizar el creciente desafío regional del país liderado por el ayatolá Ruhollah Jomeini.
En agosto de 1990, Irak invadió Kuwait, país del que fue expulsado por una coalición de fuerzas encabezadas por los EE.UU., las que contaron con mandato de la ONU. Las fuerzas iraquíes fueron aplastadas durante una corta guerra de dos meses, pero el entonces presidente George H. W. Bush (padre) y sus principales asesores, consideraron inconveniente para la estabilidad regional derrocar a Saddam Hussein, a diferencia del actual presidente, George W. Bush, hijo del primer mandatario mencionado.


En el orden interno, el gobierno de Saddam Hussein ha sido responsabilizado de masacrar a opositores curdos con armas químicas, a musulmanes chiítas -especialmente en la región de Basora- y a drenar pantanos para expulsar a los habitantes árabes que vivían allí desde tiempos milenarios. También, de asesinar a opositores religiosos y políticos y a quienes -con razón o sin ella- fueron considerados traidores por su régimen.


La guerra, invasión de Irak y derrocamiento de Saddam Hussein

La invasión y ocupación de Irak -descartados los pretextos que intentaron justificar las acciones de la coalición aliada- estuvieron realmente basadas en razones de índole política, geopolítica, militar, psicológica, económica y financiera, que la Casa Blanca aún ahora se niega a precisar, mientras comienza a dibujarse en el horizonte global la silueta amplificada de un peligroso escenario, que sus analistas senior de inteligencia no perciben ni percibieron nunca y que tal vez no llegarán a hacerlo jamás.

Resulta imposible a la luz del Derecho internacional, del Derecho natural de gentes y de lo que enseña la ética objetiva, encontrar alguna justificación para las acciones que han llevado a la invasión y ocupación de Irak, so pretexto de la existencia en su arsenal de armas de destrucción masiva, o de contactos de su derrocado gobierno con la organización Al-Qaeda.

No se ha dado ciertamente en el caso iraquí el iustus modus que otorgue una legitimidad de origen y de ejercicio a esta guerra en curso, que no es justa en ningún sentido, sino todo lo contrario. Pero si por el camino del absurdo llegara a admitirse que la invasión a Irak tuvo desde su inicio legitimidad de origen, esto quedaría igualmente invalidado -conforme a la doctrina tradicional- por el hecho de que la legitimidad de ejercicio impone imperativamente que el uso del poder bélico no entrañe males mayores que aquello que se pretende reparar.

Quien les habla tuvo una prolongada relación de casi treinta años con la república de Irak, que además visitó en numerosas oportunidades desde 1979 a 1989 como huésped oficial de su gobierno. Puso así ser testigo del apoyo que casi todos los países occidentales -con EE.UU. y el Reino Unido a la cabeza- brindaron al régimen de Saddam Hussein en la dolorosa guerra de ocho años que su país mantuvo contra Irán.

La guerra cesó cuando ambos contendientes -Irak e Irán- estaban lo suficientemente desgastados y resultaba imposible mantener activa la maquinaria de guerra.

Fue entonces cuando Saddam Hussein, llevado casi hasta los altares por los poderes de Occidente, como una especie de “paladín” contra la amenaza islamista iraní, comenzó lenta pero inexorablemente a ser acusado de dictador cruel y sanguinario, asesino de kurdos y chiítas, aliado de Al-Qaeda y por último criminal de guerra.

No se trata aquí de efectuar una defensa de las acciones del derrocado régimen iraquí, sino simplemente señalar objetivamente el cinismo y la hipocresía de los actores protagónicos de primer orden a escala global que invadieron el país. Asimismo, la suma de acciones equívocas y erráticas que EE.UU. y sus aliados despliegan a lo largo y lo ancho de los países musulmanes, aumentando y potenciando el peligro terrorista que se pretende combatir.

La campaña en Irak, además de provocar la distracción de recursos civiles y militares valiosísimos, tanto materiales como humanos, en la proclamada guerra contra el terror, abrió las puertas a miles de voluntarios llegados desde países limítrofes, e inició un proceso que parece llevar a ese país a la guerra civil y a la desintegración territorial.

Decenas de miles de muertos civiles iraquíes, casi tres mil estadounidenses caídos en el campo de batalla, atentados con bombas que se han convertido en hechos cotidianos, secuestros seguidos de muerte, decapitaciones, fusilamientos, avalanchas provocadas adrede durante peregrinaciones religiosas, voladuras de mezquitas e iglesias y bandas de criminales organizados, son el resultado de una guerra cuyo verdaderos propósitos están muy lejos de ser admitidos por los máximos responsables de la ocupación de Irak.

La apreciación de quien les habla en cuanto a los motivos que condujeron a EE.UU. a atacar e invadir Irak, sigue siendo la misma de siempre:

Contar con una plataforma territorial de lanzamiento de un ataque contra Irán, con el objeto de derrocar al régimen de los ayatolá y colocar en ese país un gobierno proclive a apoyar los objetivos políticos, geopolíticos, económicos y la “guerra contra el terror” conducida por EE.UU.

Posicionar fuerzas militares suficientes para presionar al reino saudita a abandonar su ambigua política de entonces hacia el terrorismo islamista y a sumarse decididamente a la “guerra contra el terror”.

Enviar un mensaje directo a los países musulmanes y a aquellos que percibieron -luego del 11 de septiembre de 2001- que EE.UU. podía ser vulnerable y hacerles saber que puede derrocar con su maquinaria de guerra y la de sus aliados a cualquier gobierno que represente una amenaza a su seguridad nacional o a sus propios intereses globales.

La invasión y ocupación de Irak fue lanzada por la denominada “Coalición de los Dispuestos” liderada por EE.UU., el Reino Unido y España, basados en la falsa acusación de que el país árabe contaba con armas de destrucción masiva (ADM) listas para su despliegue y, además, que el gobierno de Saddam Hussein mantenía estrechos contactos con la organización Al-Qaeda.

Las investigaciones posteriores probaron que no existían tales ADM y que tampoco habían existido contactos entre el gobierno iraquí y miembros de la red Al-Qaeda.

Justo es decir -sin embargo- que el gobierno de Saddam Hussein realizó un pésimo manejo de las inspecciones ordenadas por la ONU, que tuvieron como objeto obligar a Irak a dar cumplimiento a las resoluciones del Consejo de Seguridad sobre la existencia de dichas ADM, al igual que misiles de alcance superior al autorizado.

Irak no llegó tampoco a certificar en tiempo y forma la destrucción de todas las AMD y / o componentes para fabricarlas, que en realidad se había concretado tiempo antes de la invasión; sea porque utilizó esa duda para disuadir a las fuerzas dispuestas a atacar Irak, sea por un gravísimo error de discernimiento sobre el alcance del peligro que se avecinaba.

Los invasores establecieron una denominada “Autoridad Provisional de la Coalición”, que administró el país hasta la transferencia de los manejos del Estado a un “Gobierno Interino” iraquí, acto que tuvo lugar el día 28 de junio de 2004, el cual gobernó bajo la “Ley Administrativa Transicional” (TAL, por sus siglas en inglés). El 30 de enero de 2005 y bajo el régimen de la TAL fue elegida una Asamblea Nacional Transicional. A partir de esas elecciones el “Gobierno Transicional Iraquí” (ITG, en inglés) tomó a su cargo la conducción del país, mientras que la Asamblea tuvo la responsabilidad de redactar el borrador de una Constitución permanente para Irak, el cuál fue aprobado el 15 de octubre de 2005 en un referéndum constitucional. Posteriormente, el 15 de diciembre de 2005 tuvo lugar la elección de un nuevo gobierno en Irak.


Las nuevas instituciones

La forma de gobierno de Irak es oficialmente una “democracia transicional”.

Las autoridades actuales son el Presidente Jalal Talabani (desde el 6 de abril de 2005; curdo, el primero de su etnia en alcanzar tan alto cargo), acompañado por los vicepresidentes Tariq Al-Hashimi (desde el 22 de abril de 2006, sunnita) y Adil Abd Al-Mahdi (chiíta) y el Primer
Ministro Nuri Al-Maliki (chiíta) y sus viceprimer ministros Barham Salih (curdo) y Salam Al-Zubai (desde 20 de mayo de 2006; sunnita).

El presidente y los vicepresidentes comprenden el Consejo Presidencial, mientas que el jefe de gobierno es el primer ministro.

El gabinete actual está compuesto por 37 ministros designados por el Consejo Presidencial, más el primer ministro y sus dos viceprimer ministros.

Los jueces de la Suprema Corte son designados por el primer ministro y confirmados por el Consejo Presidencial.


El pueblo iraqui

La primera conclusión a la que puede llegarse luego de más de tres años de presencia militar estadounidense y de sus aliados en Irak -más allá de lo ya manifestado- es que fueron totalmente subestimadas las letales consecuencias de la invasión y posterior ocupación del país.

El drama desencadenado con la invasión y ocupación de Irak sólo puede explicarse si se analiza la complicada trama elaborada por los arquitectos de la política exterior estadounidense, tendiente a diseñar un nuevo Medio Oriente, en el marco de la guerra real que se libra por el control del poder regional y global. Trama que tiene entre sus objetivos primarios y finales el control de una región que es también estratégica -por sus vastos recursos energéticos- para los intereses de otros actores protagónicos de primer orden que compiten con EE.UU. en la arena internacional -en casi todas las arenas-, tal el caso de China en la actualidad y potencialmente de la India en un futuro.

Los servicios de inteligencia estadounidenses procesaron y elaboraron sus análisis en base a informaciones falsas convenientemente manipuladas por iraquíes exilados que trabajaron como agentes dobles al servicio de la CIA, pero que en realidad respondían a Irán. Estas fuentes aseguraban que el pueblo iraquí recibiría con beneplácito el derrocamiento de Saddam Hussein y que no habría mayor resistencia. Así, el hábil Irán atrajo hacia un gigantesco arenal movedizo a las fuerzas militares de la Coalición y especialmente a EE.UU., librándose primero del odiado ex presidente iraquí y proyectando a los invasores hacia escenarios que desconocían, con el objeto de llevarlos a una situación de debilidad tal que no tuvieran otra posibilidad que sentarse a la mesa de negociaciones para negociar el futuro diseño del Cercano y Medio Oriente.

De hecho, el derrocamiento de Saddam Hussein ha llevado al poder en Irak -matices al margen-a la misma rama del Islam -la chiíta- que en su versión más extremista reina en Irán desde 1979, abriendo peligrosamente el camino para que el régimen de Teherán pueda extender su poder hasta las costas mismas del Mediterráneo. Luego de la victoria política obtenida por el Hizballah en la reciente guerra con Israel, esta hipótesis ha dejado de ser para Irán un sueño, ya que cualquier vuelco estratégico favorable en la situación mesoriental puede ayudar a concretarlo. De cualquier manera, la situación actual y las tendencias observadas permiten pensar en escenarios que pueden convertirse en una verdadera pesadilla para EE.UU, para el Estado judío, como también para los Estados árabes sunnitas de la región.

Lo grave de la primera etapa de la ocupación es que los EE.UU. -al margen de la sorpresa inicial sobre el surgimiento de la resistencia armada por parte de los partidarios del régimen depuesto- no quisieron (o no pudieron) reconocer que había una fuerza insurgente doméstica en progreso, que hacía uso de tácticas propias de los manuales de guerra de guerrillas. Tampoco -y eso es lo más grave-, que a la insurgencia local iban a sumarse cuadros duros de la Red Al-Qaeda, como también miles de voluntarios llegados desde países vecinos para combatir contra la Coalición; alineados en la estrategia de construir un califato islámico regional primero y global después, basada en la agenda mesiánica, milenarista y apocalíptica de Osama Bin Laden y los doctrinarios del yihadismo moderno.

Indudablemente, no solo se cometieron graves errores inicialmente, sino que tampoco hubo por parte de los EE.UU. capacidad o voluntad para ajustar la orientación de sus políticas y la toma de decisiones para la acción a medida que la realidad estallaba frente a los comandantes de sus fuerzas en el terreno.

En lo que al logro del declarado objetivo de la Casa Blanca de construir un régimen democrático “made in USA” concierne, debe concluirse que eso se ha convertido en una misión imposible, simplemente porque carece del poder político y militar para llevarlo adelante; entre otras razones por la situación de extrema debilidad en que se encuentra el mismo presidente George W. Bush de cara al escaso apoyo en los frentes interno e internacional. Hasta el mismo Anthony Cordesman, del Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales” (CSIS, en inglés) uno de los más grandes expertos en seguridad internacional, acaba de manifestar en un informe que “La idea de que Irak se convertiría de alguna manera en una democracia y ejemplo que transformaría a la región, fue desde el comienzo una patética fantasía neoconservadora”.

Al margen del estallido de una guerra civil sectaria en Irak, que por el momento es de baja intensidad, la realidad demuestra que las organizaciones terroristas y las milicias que son aceptadas de hecho -como los seguidores del clérigo Moqtada Al-Sadr-, responsables de las masacres diarias que se suceden sin solución alguna a la vista, han extendido su poder en todo el país. Lo grave es que el primer ministro Nuri Al-Maliki -respaldado por EE.UU.- está de hecho secuestrado por milicias como las del clérigo mencionado y otras fuerzas que no tienen ni la visión estratégica ni la grandeza para buscar soluciones integrales y no las que convienen exclusivamente a sus propias facciones.

Las tendencias que pueden observarse en cuanto a la espiral de violencia hacen realmente improbable cualquier solución práctica en los tiempos por venir, aunque el nivel de violencia no ascendiera de nivel hasta llegar a una guerra civil total como la ocurrida en los Balcanes, en el Líbano o hasta en el mismo Congo.

Las informaciones existentes sobre el aumento en el número de refugiados que huyen de Irak es otro factor explosivo a tener en cuenta, ya que la experiencia en otros teatros demuestra hasta que punto muchos campos en que estos suelen concentrarse se convierten en terreno fértil para el reclutamiento de nuevos voluntarios por parte de las organizaciones terroristas.

Teniendo en cuenta que EE.UU. no va a retirarse derrotado de la región, es dable esperar que puedan tomarse medidas que puedan de alguna manera mitigar los sufrimientos del pueblo iraquí, desacelerar y hacer descender la violencia, proveer a la reconstrucción del país, dar a la población la asistencia social de la cual carece y que solamente brindan las milicias, tal como ha sucedido en los casos de HAMAS en los Territorios Palestinos y con el Hizballah en el Líbano.

Pero para lograr todo eso, hacen falta seguridad y estabilidad.

Nuevamente y frente a las graves tensiones existentes, como en el caso de Irán, el futuro de la estabilización y reconstrucción de Irak es sin duda un objetivo con una baja probabilidad de ocurrencia.

 


(*) Horacio Calderón es analista internacional, experto en Medio Oriente y Africa del Norte y especialista en Contraterrorismo.


 


 

Portada