
Octubre de 2006
Por Edgardo Arrivillaga
Nacionalismo alternativamente dividido entre su apoyo a la OAS y al FLN.
Sin contradicciones mayores. Y a la búsqueda de un ser nacional
en ambos casos. Los históricos y los mas nuevos, a la "page", divididos
entre la Francia profunda y la Argelia revolucionaria, hoy casi neo
liberal, sin matices.
Lectores de Fanon o de Heikal o de Drieu o Barres o Camus que coincidían
con decisión en el lejano campo de batalla argelino de los años 60.
Una curiosidad argentina en la cual el componente militar subyace
todavía en ambos bandos, mas allá de las imbecilidades neopaficistas de
gente que ignora que el liceo Dámaso Centeno -escarnecido recientemente
por Nilda Garre y cuatro funcionarios desconocidos e intrascendentes -
fue creado para los huérfanos de la guerra del Paraguay.
Creado por la Argentina unitaria y mitrista disecada por José Maria Rosa
y allá a lo lejos Atilio García Mellid.
Lo cual no quita coraje alguno a la guerra del Paraguay ni a las
banderas de guerra allí tomadas y devueltas por la Argentina federalista
al propio Paraguay.
Cosa impensable en esta época de mercaderes ideológicos de cuarta
degeneración.
Lo cierto es que la batalla de Argel es una excelente película
testimonial, sobria y precisa que comienza detallando los atentados a
mansalva con bombas en los cafés y bulevares de Argel hasta que la
violencia supera al ministerio del interior y a la policía francesa.
A partir de ese momento se recurre al décimo Regimiento de
Paracaidistas, con cuadros que habían luchado contra los viets, muchos
habían sido sus prisioneros, conocían sus técnicas de encuadramiento.
La película narra prolijamente como se arma una célula guerrillera y
también como se la desbarata.
Es aleccionadora para cualquiera que desee conocer técnicas de guerrilla
urbana y contraguerrilla.
No es lacrimógena, es didáctica.
Y fue tan útil a los montoneros como a los grupos de tareas. No
lo olvidemos con blanda cara de mosquita muerta sin historia. La
Argentina del tiempo perdido era un país combatiente. Y la obra de
Pontecorvo fue tan plástica, expresiva y didáctica que fue funcional
a los dos bandos enfrentados en la larga guerra interior argentina
que se desarrolló entre 1968 y 1979 aproximadamente.
Ninguna película, ni las de Godard ni las de la crueldad religiosa e
impenitente del Bergman protestante tuvieron el carácter exasperante y
dialéctico y la sincronía de una enseñanza para una escuela de cuadros
como lo que produjo la obra de Pontecorvo.
Pino Solanas ni arrima.
Pontecorvo estaba mas cerca de Bresson en el electroshock que produce el
montaje y desmontaje de la operación terrorista y antiterrorista sin
retóricas taimadas ni prostitución de propaganda falsa.
Las diferencias metodologías y políticas con la situación argentina
que propone el film siguen siendo el subtexto en una textura plana y en
blanco y negro: en Argelia no hubo desaparecidos porque el ejercito
respondía a un gobierno constitucional, por lo tanto la justicia y la
policía funcionaban normalmente. Aun frente a una insurrección colonial.
Aunque no faltaron las tumbas clandestinas y los fusilamientos secretos.
Por los dos lados.
En Argelia hubo centralización de las actividades de represión en una
sola fuerza sin dispersión administrativa alguna.
Finalmente, en Argelia se combatía contra un enemigo con diferencias
esenciales, culturales, religiosas y otras, tan complejas como el hombre
de las mil identidades de la biblioteca infinita de Saramago.
El éxodo estaba a disposición de los franceses y de los harkis que
combatían en sus filas y cuyos hijos, repitiendo curiosamente el ciclo
argentino postperonista de los 60, embocarían la avenida compleja del
fundamentalismo por la identificación con un imaginario mas grande que
el presente.
Como todo imaginario.
El poder quedaba en aquel entonces a disposición del panarabismo de Ben
Bella y Boumedienne, cuyo poder salía de la boca enceguecida de los
fusiles jacobinos del tercer estado, no de la tontería ecolo-pacifista
entrerriana.
De Colon o Gualeguaychú.
En la Argentina se utilizaron los métodos franceses, como descubre la
ahijada intelectual de Vertvitsky en un meduloso trabajo de
cuatrocientas paginas arropadas de lugares comunes como si Jaime
Maria de Mahieu hubiese vivido en las Galápagos y no en Buenos Aires,
pero la situación se asemejó mas bien a una guerra civil.
Porque no era una guerra colonial.
Los dos hermanos Pontecorvo, el director de cine y el físico eran
comunistas ortodoxos. Sin duplicidades.
El físico colaboró con Fermi en el proyecto Manhattan, luego emigró a la
URSS, aliada americana, para ofrecer su conocimiento a Moscú.
La Batalla sigue siendo una excelente película aunque el desempeño
americano en Irak hace presumir que muchos no la han analizado realmente
todavía.
Pontecorvo era un hombre de mundo, concurría a encuentros artísticos y
muestras de escultura sin demasiadas ilusiones.
Como Feltrinelli podía llevar metafóricamente cordita o C4 en un
bolsillo de seda.
Sabia que la dos revoluciones-la nacional y la proletaria- eran
imposibles en la Europa de los setenta.
Que Jean Thiriant era tan imposible como Sartre. Y que el vencedor de la
contienda podía asemejarse a Raymond Aron o a Revel. O a Raymod Barre. O
a Peccei y el Club de Roma. En síntesis al Mercado.
Y que De Gaulle había sido el ultimo general europeo amante de Proust y
empleador de Malraux a la vez y que odiaba profundamente los
teléfonos.Porque lo interrumpían.
Después de cuarenta años de censura Francia permite la muestra de la
película didáctica.
Para los que nacieron después de 1973.
Los otros la saben de memoria con el método Braille.
