Noviembre de 2006
Por Víctor Eduardo Lapegna
En un documento que difundimos el pasado 18 de octubre al que titulamos “Apuntes
sobre los hechos del 17 de Octubre”, entre otras cosas, escribíamos lo
siguiente: “En este tiempo del devenir argentino en el que es muy escaso el
apoyo que en la opinión pública encuentran la política y los políticos, el hecho
que en el acto en el que participamos de un modo u otro cientos de miles de
personas - una multitud que en la Argentina del último medio siglo sólo pudieron
congregar Juan Perón y Juan Pablo II - demuestra que el peronismo sigue
siendo la identidad política mayoritaria del pueblo argentino”.
Ese dato de la realidad – “el peronismo sigue siendo la identidad política
mayoritaria del pueblo argentino” – contrasta con la inexistencia de un
Partido Justicialista (PJ) que exprese orgánicamente esa identidad política
popular mayoritaria.
La última vez que el peronismo habilitó una participación popular efectiva y
protagónica en el sistema de toma de decisiones políticas se produjo en 1988,
cuando los afiliados al PJ, en unas elecciones internas ejemplares por su
masividad, grado de participación y transparencia, consagraron la fórmula
presidencial que componían Carlos Menem y Eduardo Duhalde, sobre la que formaban
Antonio Cafiero y José Manuel De la Sota.
Pasaron desde entonces 18 años y en ese largo plazo poco y nada se hizo en
términos de hacer avanzar al peronismo de su etapa gregaria a su etapa orgánica,
como lo reclamaba el general Perón.
Vale considerar que también pasaron 18 años entre 1955 y 1973 y que ese lapso de
nuestra historia – que es el de la proscripción del peronismo y del exilio
impuesto al general Perón - tuvo como una de sus características la
inestabilidad política y la escasa gobernabilidad que eran capaces de reunir los
civiles y militares que se sucedían en la Presidencia de la Nación. Un factor
determinante de esa inestabilidad y débil gobernabilidad de aquel período
histórico fue que la identidad política mayoritaria del pueblo argentino no
pudiera expresarse en forma orgánica y participativa, a través de la actuación
de un Partido Justicialista dotado de legalidad y legitimidad.
Percibimos que, en estos 18 años pasados desde 1988 hasta hoy, mutatis mutandi
se reiteraron la inestabilidad y la escasa gobernabilidad debido a la misma
causa esencial: la ausencia de un Partido Justicialista dotado de legalidad y
legitimidad que exprese orgánicamente la identidad política popular mayoritaria.
Es cierto que en el decenio de las dos Presidencias de Menem hubo un alto nivel
de estabilidad política y gobernabilidad, pero no es menos cierto que, sobre
todo a partir de la derrota del Justicialismo en las elecciones legislativas de
1997, comenzaron a manifestarse signos de deterioro de esas dos cualidades.
Es que en los diez años del gobierno justicialista que presidió Menem, el
proceso abierto por las elecciones internas de 1988 no tuvo continuidad y
profundización a través de la reorganización del PJ y eso llevó, entre otras
consecuencias, a que la fórmula peronista en los comicios presidenciales de
1999, integrada por Eduardo Duhalde y Ramón Ortega y no surgida de elecciones
internas, fuera derrotada por la de la llamada Alianza, que encabezaban Fernando
De la Rúa y Carlos “Chacho” Alvarez.
Es sabido que desde entonces y hasta el año 2003, nuestro país ingresó en un
ciclo de inestabilidad política creciente y de gobernabilidad decreciente, cuyos
extremos fueron la renuncia de De la Rúa , el ciclo de cuatro presidencias
provisionales y los comicios del 2003 en los que hubo tres fórmulas
justicialistas diferentes y condujeron a la asunción de la Presidencia por
Néstor Kirchner, quien había salido segundo en las elecciones y obtenido apenas
el 22 por ciento de los votos.
Kirchner supo y pudo restablecer una forma y un grado de gobernabilidad merced
al ciclo de bonanza económica que le tocó en suerte y al decidido ejercicio del
poder presidencial sin límites ni escrúpulos que signan su mandato.
La imagen de poder que supo generar Kirchner también se sustentó en la sensación
de vértigo que instaló en gran parte del imaginario popular la gravedad de la
crisis del 2000, conducente a que esa porción de la opinión pública tendiera a
considerar que la continuidad de cualquier orden – bueno o malo – era preferible
al riesgo de un cambio que pudiera conducir a recaer en el abismo del año 2000.
Pasados tres años del gobierno Kirchner, algunos segmentos de esa opinión
pública que venía asumiendo posiciones a partir del miedo – sobre todo la clase
media de los centros urbanos – comienzan a considerar que la relativa bonanza
económica es un valor adquirido y, sobre todo desde la renuncia de Lavagna, que
ese logro no es del todo atribuible a la capacidad del gobierno y empiezan a
asumir una posición crítica hacia el gobierno, por caso en temas como la
seguridad o la calidad institucional.
La multitudinaria movilización a la Plaza de Mayo convocada por Juan Carlos
Blumberg, los episodios del Hospital Francés, las características que tuvo la
última jornada del 17 de octubre y sobre todo el resultado de las elecciones de
Misiones, mostraron que la invulnerabilidad del poder de Kirchner era sólo
aparente.
Dado que Kirchner sustentó su poder y su imagen de poder en la compra de
voluntades mediante el uso y abuso de los abundantes recursos públicos de los
que dispuso y dispone y en el miedo que generó con un ejercicio despótico del
mando, es probable que su actual situación de evidente vulnerabilidad avive la
reacción en su contra de vastos sectores del peronismo, hasta ahora sometidos o
perseguidos.
Si esa reacción se canaliza a través de la construcción de una organización
partidaria del Justicialismo cargada de legalidad y legitimidad, con dirigentes
dotados de autoridad y no sólo de poder y que posibilite una participación
efectiva y protagónica de todos sus afiliados, las elecciones presidenciales del
2007 podrán ser significativas.
De no ser así, si el voto popular se ve obligado a optar por candidatos
presidenciales que no son la expresión de partidos políticos dignos de ser
considerados tales – como es el caso de cualesquiera de los Kirchner, de Lavagna,
Carrió, Macri, Sobisch o López Murphy – y si la identidad política mayoritaria
del pueblo argentino, que es el peronismo, sigue sin tener una posibilidad de
expresión orgánica, las elecciones presidenciales del 2007 serán apenas una
anécdota y quien las gane, a corto plazo, se verá envuelto en la inestabilidad y
la falta de gobernabilidad.
