SIN UN PJ ORGANIZADO, EL GANADOR DE LA ELECCIÓN PRESIDENCIAL DEL 2007 CARECERÁ DE GOBERNABILIDAD

 

Noviembre de 2006

Por Víctor Eduardo Lapegna


En un documento que difundimos el pasado 18 de octubre al que titulamos “Apuntes sobre los hechos del 17 de Octubre”, entre otras cosas, escribíamos lo siguiente: “En este tiempo del devenir argentino en el que es muy escaso el apoyo que en la opinión pública encuentran la política y los políticos, el hecho que en el acto en el que participamos de un modo u otro cientos de miles de personas - una multitud que en la Argentina del último medio siglo sólo pudieron congregar Juan Perón y Juan Pablo II - demuestra que el peronismo sigue siendo la identidad política mayoritaria del pueblo argentino”.


Ese dato de la realidad – “el peronismo sigue siendo la identidad política mayoritaria del pueblo argentino” – contrasta con la inexistencia de un Partido Justicialista (PJ) que exprese orgánicamente esa identidad política popular mayoritaria.


La última vez que el peronismo habilitó una participación popular efectiva y protagónica en el sistema de toma de decisiones políticas se produjo en 1988, cuando los afiliados al PJ, en unas elecciones internas ejemplares por su masividad, grado de participación y transparencia, consagraron la fórmula presidencial que componían Carlos Menem y Eduardo Duhalde, sobre la que formaban Antonio Cafiero y José Manuel De la Sota.


Pasaron desde entonces 18 años y en ese largo plazo poco y nada se hizo en términos de hacer avanzar al peronismo de su etapa gregaria a su etapa orgánica, como lo reclamaba el general Perón.


Vale considerar que también pasaron 18 años entre 1955 y 1973 y que ese lapso de nuestra historia – que es el de la proscripción del peronismo y del exilio impuesto al general Perón - tuvo como una de sus características la inestabilidad política y la escasa gobernabilidad que eran capaces de reunir los civiles y militares que se sucedían en la Presidencia de la Nación. Un factor determinante de esa inestabilidad y débil gobernabilidad de aquel período histórico fue que la identidad política mayoritaria del pueblo argentino no pudiera expresarse en forma orgánica y participativa, a través de la actuación de un Partido Justicialista dotado de legalidad y legitimidad.
Percibimos que, en estos 18 años pasados desde 1988 hasta hoy, mutatis mutandi se reiteraron la inestabilidad y la escasa gobernabilidad debido a la misma causa esencial: la ausencia de un Partido Justicialista dotado de legalidad y legitimidad que exprese orgánicamente la identidad política popular mayoritaria.


Es cierto que en el decenio de las dos Presidencias de Menem hubo un alto nivel de estabilidad política y gobernabilidad, pero no es menos cierto que, sobre todo a partir de la derrota del Justicialismo en las elecciones legislativas de 1997, comenzaron a manifestarse signos de deterioro de esas dos cualidades.


Es que en los diez años del gobierno justicialista que presidió Menem, el proceso abierto por las elecciones internas de 1988 no tuvo continuidad y profundización a través de la reorganización del PJ y eso llevó, entre otras consecuencias, a que la fórmula peronista en los comicios presidenciales de 1999, integrada por Eduardo Duhalde y Ramón Ortega y no surgida de elecciones internas, fuera derrotada por la de la llamada Alianza, que encabezaban Fernando De la Rúa y Carlos “Chacho” Alvarez.


Es sabido que desde entonces y hasta el año 2003, nuestro país ingresó en un ciclo de inestabilidad política creciente y de gobernabilidad decreciente, cuyos extremos fueron la renuncia de De la Rúa , el ciclo de cuatro presidencias provisionales y los comicios del 2003 en los que hubo tres fórmulas justicialistas diferentes y condujeron a la asunción de la Presidencia por Néstor Kirchner, quien había salido segundo en las elecciones y obtenido apenas el 22 por ciento de los votos.


Kirchner supo y pudo restablecer una forma y un grado de gobernabilidad merced al ciclo de bonanza económica que le tocó en suerte y al decidido ejercicio del poder presidencial sin límites ni escrúpulos que signan su mandato.


La imagen de poder que supo generar Kirchner también se sustentó en la sensación de vértigo que instaló en gran parte del imaginario popular la gravedad de la crisis del 2000, conducente a que esa porción de la opinión pública tendiera a considerar que la continuidad de cualquier orden – bueno o malo – era preferible al riesgo de un cambio que pudiera conducir a recaer en el abismo del año 2000.


Pasados tres años del gobierno Kirchner, algunos segmentos de esa opinión pública que venía asumiendo posiciones a partir del miedo – sobre todo la clase media de los centros urbanos – comienzan a considerar que la relativa bonanza económica es un valor adquirido y, sobre todo desde la renuncia de Lavagna, que ese logro no es del todo atribuible a la capacidad del gobierno y empiezan a asumir una posición crítica hacia el gobierno, por caso en temas como la seguridad o la calidad institucional.


La multitudinaria movilización a la Plaza de Mayo convocada por Juan Carlos Blumberg, los episodios del Hospital Francés, las características que tuvo la última jornada del 17 de octubre y sobre todo el resultado de las elecciones de Misiones, mostraron que la invulnerabilidad del poder de Kirchner era sólo aparente.


Dado que Kirchner sustentó su poder y su imagen de poder en la compra de voluntades mediante el uso y abuso de los abundantes recursos públicos de los que dispuso y dispone y en el miedo que generó con un ejercicio despótico del mando, es probable que su actual situación de evidente vulnerabilidad avive la reacción en su contra de vastos sectores del peronismo, hasta ahora sometidos o perseguidos.


Si esa reacción se canaliza a través de la construcción de una organización partidaria del Justicialismo cargada de legalidad y legitimidad, con dirigentes dotados de autoridad y no sólo de poder y que posibilite una participación efectiva y protagónica de todos sus afiliados, las elecciones presidenciales del 2007 podrán ser significativas.


De no ser así, si el voto popular se ve obligado a optar por candidatos presidenciales que no son la expresión de partidos políticos dignos de ser considerados tales – como es el caso de cualesquiera de los Kirchner, de Lavagna, Carrió, Macri, Sobisch o López Murphy – y si la identidad política mayoritaria del pueblo argentino, que es el peronismo, sigue sin tener una posibilidad de expresión orgánica, las elecciones presidenciales del 2007 serán apenas una anécdota y quien las gane, a corto plazo, se verá envuelto en la inestabilidad y la falta de gobernabilidad.

 


 

Portada