ANÁLISIS SOBRE EL JUICIO Y ASESINATO DE SADDAM HUSSEIN

 

Enero de 2007

Por Horacio Calderon *


Introducción

Resulta realmente una tarea difícil para quien escribe estas líneas, el realizar un análisis objetivo sobre el juicio llevado a cabo contra Saddam Hussein Abd Al-Majid Al-Tikriti (Saddam Hussein o simplemente Saddam para la opinión pública internacional), habida cuenta que visitó Irak en seis oportunidades -desde 1979 a 1989- como huésped oficial de los gobiernos del recientemente ahorcado ex presidente y de su predecesor, el fallecido general Ahmed Hassan Al-Bakr.

Y que, además, en la última de tales visitas, escapó milagrosamente a una captura y probable asesinato, por parte de funcionarios de la inteligencia militar de un gobierno sumido en una paranoia febril que hacía ver enemigos por doquier (miembros de la familia gobernante salvaron la vida de quien escribe estas líneas), en uno de los episodios más dramáticos que le tocaron vivir en más de tres décadas de viajes a países del Medio Oriente.

Los detalles de este último episodio quedan a disposición de aquellos medios de prensa o estudiosos que lo soliciten, aunque puede adelantarse que fue el resultado de una falsa información proporcionada a la embajada de Irak en Buenos Aires (casi seguramente por un envidioso miembro de la colectividad árabe), acusándolo de pertenecer a un servicio de inteligencia extranjero.


Breve historia de Irak

Como sucedió con muchos territorios que formaban parte del imperio Otomano hasta que este fue desmembrado, Irak fue ocupado por Gran Bretaña durante la I Guerra Mundial. Faisal Ibn Hussein, de la familia de los hachemitas, fue un de los grandes líderes de la Rebelión Árabe conjuntamente con el coronel inglés Thomas Edward Lawrence, más conocido como “Lawrence de Arabia”. Faisal I fue proclamado más tarde rey de Irak, donde reinó desde 1921 a 1933, aunque el poder real estuvo ejercido por Gran Bretaña hasta el 3 de octubre de 1932, fecha en que el país fue admitido por la Sociedad de las Naciones como Estado independiente.

Faisal I fue el principal interlocutor árabe con dirigentes sionistas como Chaim Weizmann, con quienes mantuvo una relación plagada de hechos que fueron muchas veces motivo de controversias para los cronistas de la época y también para los historiadores.


Fue sucedido por su hijo, Gazi I, un monarca joven y muy hábil, pero de vida disoluta, que murió en un accidente automovilístico, aunque algunos historiadores atribuyen ese hecho a un complot británico.

Lo sucedió su hijo, Faisal II, pero como era niño al morir su padre, su tío Abdallah gobernó como regente hasta su mayoría de edad en 1953. Luego de haber formado una especie de reino unido con su primo Hussein de Jordania, con el objeto de contrarrestar lo que consideraban una amenaza panarabista encabezada por la República Arabe Unida -formada por Egipto y Siria bajo el liderazgo de Gamal Abdel Nasser-, Faisal II y su tío Abdallah fueron asesinados el 14 de julio de 1958 como producto de una conspiración liderada por el militar Abdul Qarim Qassim, quien se hizo cargo de la nueva República a partir de ese momento. Este militar fue a su vez asesinado en febrero de 1963 y fue entonces cuando el Partido Baath tomó el poder encabezado por el general Ahmed Hassan Al-Bakr y el coronel Abdul Salam Arif.


En febrero de 1963 Qasim fue asesinado y el Partido Socialista Arabe (Partido Baath o Baas, que en lengua árabe significa “Renacimiento”) tomó el poder bajo el liderazgo del general Ahmad Hassan al-Bakr como primer ministro y el coronel Abdul Salam Arif como presidente. Este derrocó luego a Al-Bakr pero murió en un accidente de aviación en abril de 1966, siendo reemplazado por su hermano Abul Rahman Arif, quien a su vez fue derrocado el 17 de julio de 1968 por un grupo de militares y civiles baasistas que reinstalaron en el poder como presidente y también del Consejo del Comando Revolucionario (CCR) al general Ahmed Hassan Al-Bakr, hasta que en julio de 1979 renunció a sus cargos en favor de Saddam Hussein, quien ya era el poder real en el país.


Algunos breves comentarios sobre el origen del “baasismo” y su doctrina política

Las diversas visitas a este milenario país arriba mencionadas permitieron conocer muy profundamente la arena política, económica y militar iraquí, como asimismo la manera en que el régimen del asesinado ex presidente de Irak fue lenta pero progresivamente abandonando la doctrina heredada de los fundadores del Partido Baath o Baas, encabezados por el político y pensador cristiano de origen sirio, Michel Aflak.

La figura política del ex líder egipcio Gamal Abdel Nasser y el fracasado proceso de unidad entre Siria y Egipto, había enfrentado a las corrientes nasseristas y antinasseristas, que finalmente resolvieron sus diferencias de manera cruenta, estableciendo liderazgos opuestos basados en Damasco y Bagdad. Parecía que el tiempo no se había detenido, desde aquellos tiempos -siglos atrás- en que las distintas dinastías enfrentadas rivalizaban para colocar a dichas ciudades como capitales eternas de sus respectivos califatos.


Paradójicamente, la corriente disidente contraria a Michel Aflak y a los restantes fundadores del baasismo tomó el poder en Siria y obligó a estos a refugiarse en Bagdad, donde imprimieron su sello indeleble al partido político que sostuvo en el poder a Saddam Hussein, respaldando su gestión hasta el final de su gobierno e, incluso ya de manera póstuma, prometido vengar su muerte en la horca.


Luego de la primera visita realizada a Irak, durante la última etapa del ex presidente Ahmed Hassan Al-Bakr, este analista pronunció una conferencia en una institución cultural de la ciudad de Buenos Aires, en la que afirmó que el entonces vicepresidente Saddam Hussein adquiriría en breve un importante protagonismo en su país y en todo Medio Oriente.
 

Meses después, el viejo general Al-Bakr -quien ya había perdido todo poder en su país-, presentó muy discretamente su renuncia indeclinable, asumiendo la presidencia de Irak su segundo Saddam Hussein.
Algunos de los miembros prominentes del grupo fundador del baasismo iraquí permanecieron de alguna manera cercanos al régimen, siendo el más notorio de ellos el cristiano de origen sirio Tarik Aziz, ex viceprimer ministro y ex canciller, también detenido por las fuerzas de ocupación del país encabezadas por EE.UU.
Michel Aflak continuó siendo una figura muy respetada por el régimen de Saddam Hussein, cuyas editoriales publicaron las obras de este pensador, como asimismo las de otros pensadores afines al régimen gobernante. No obstante, careció de todo poder político y murió en París en 1989, conservando hasta hoy -si no fue demolida- una estatua en la ciudad de Bagdad.


La “era” Saddam

Durante el gobierno de Saddam Hussein, se sucedieron diversos hechos de enorme trascendencia regional e internacional: Desde 1980 y hasta 1988 Irak libró una cruenta guerra con Irán por problemas territoriales.
Debe destacarse muy especialmente que Saddam Hussein fue secretamente alentado y apoyado por casi todas las potencias occidentales, que vieron en esto una oportunidad para neutralizar el creciente desafío regional del país liderado por el ayatolá Ruhollah Jomeini, inspirador del extremismo islamista de signo chiíta, pero admirado por seguidores de todas las ramas del Islam, que perduró hasta el surgimiento de la organización Al-Qaeda de Osama Bin Laden.


En agosto de 1990, Irak invadió Kuwait, país del que fue expulsado por una coalición de fuerzas encabezadas por los EE.UU., las que contaron con mandato de la ONU.

Las fuerzas iraquíes fueron aplastadas durante una corta guerra de dos meses, pero el entonces presidente George H. W. Bush (padre) y sus principales asesores, consideraron inconveniente para la estabilidad regional derrocar a Saddam Hussein, a diferencia del actual presidente, George W. Bush, hijo del primer mandatario mencionado.


Durante los primeros días de dicha guerra, las poblaciones civiles israelíes fueron atacadas por misiles de medio alcance que causaron víctimas y un profundo daño psicológico a los habitantes de dicho país.
Posteriormente, ya en 2003, Irak fue invadido por una coalición de fuerzas encabezadas por EE.UU. Gran Bretaña y España, entre otros países, bajo el falso pretexto de que su régimen contaba con armas de destrucción masiva y, además, que mantenía estrecho contacto con la organización terrorista Al-Qaeda; pretextos que se probaron fueron falsos y que tuvieron como objeto exclusivo encubrir los verdaderos propósitos que motivaron la cruenta campaña militar contra dicho país árabe.


En el orden interno, el gobierno de Saddam Hussein ha sido responsabilizado de masacrar a opositores curdos con armas químicas, a musulmanes chiítas -especialmente en la región de Basora- y a drenar pantanos para expulsar a los habitantes árabes que vivían allí desde tiempos milenarios. También, de asesinar a opositores religiosos y políticos y a quienes -con pruebas o sin ellas- fueron considerados traidores por su régimen.

Además, el asesinato sistemático de opositores, incluyendo miembros de su familia, como el ex brigadier general y ex ministro de Industrias e Industrialización Militar, Hussein Kamel Hassan y su hermano, casados con dos hijas de Saddam Hussein, quienes se habían exilado en Jordania y regresado luego con la promesa de que sus vidas estaban a salvo gracias al perdón de su entonces suegro y presidente.


Con el correr de los años el régimen iraquí fue dominado por la egolatría de su líder y un estado de paranoia permanente, que el mismo Saddam Hussein contribuía a aumentar día a día; también por el ascenso al poder de sus hijos Qusay y Uday, quienes establecieron en el país un “reino del terror” y finalmente murieron a manos de fuerzas estadounidenses, luego de ser delatados por un miembro de su propia tribu.


El Juicio

Los conceptos que contiene la introducción a la etapa vinculada al Gobierno de Saddam Hussein, deben resultar asimismo suficientemente claros, para intentar un abordaje objetivo sobre el perfil del gobierno títere de EE.UU., encabezado por el chiíta Nuri Al-Maliki, válido del gobierno iraní y respaldado por el denominado “Ejército del Mahdí”, liderado por el clérigo extremista Moqtada Al-Sadr.


No se trata de absolver a Saddam Hussein de sus crímenes, sino de trazar al menos un apretado perfil de quienes lo procesaron, condenaron y asesinaron; nadie puede -apelando al libre juicio y al sano razonamiento- afirmar que la etapa judicial y su escabrosa culminación fueron producto de algo más que el producto de mentes sedientas de fanatismo y deseos de venganza.


Mucho menos absolver de su complicidad en la farsa judicial y el ahorcamiento de Saddam Hussein al mismo Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, quien en materia de política exterior es responsable de acciones que constituyen una verdadera vergüenza para el llamado “mundo civilizado”.


El nombre del joven, ascendente y peligroso líder iraquí de la rama chiíta, cuyo nombre fue vitoreado segundos antes del ahorcamiento de Saddam Hussein, por algunos de sus fanáticos seguidores, quienes aullaban: “Moqtada, Moqtada, Moqtada”, es una parte importante en el equilibrio del poder en ese país. Vale además decir que los sectores vinculados tanto el Primer Ministro Nuri Al-Maliki, como a Moqtada Al-Sadr, son responsables directos de los escuadrones de la muerte de la secta chiíta que cometen a diario decenas y a veces hasta centenares de crímenes de civiles inocentes, en el marco de un programa de “limpieza étnica” que solo puede encontrar alguna comparación con lo sucedido en los Balcanes y en las guerras africanas a fines del siglo pasado.


Jamás tal situación hubiera sido posible, sin la catastrófica situación en que ha sumido a Irak la invasión de los EE.UU., convirtiendo al país en un arenal sanguinolento y en el campo propicio de reunión y entrenamiento en combate de casi todos los grupos terroristas vinculados a la red Al-Qaeda.


Además, sin lugar a dudas, de convertir al gobierno de Irak en rehén de los partidarios del régimen clerical chiíta de los ayatolás; país al cual se encaminan a atacar, para lo cuál invadieron previamente Irak, partiendo de la suposición -alentada por la reconocida ineficiencia de la inteligencia estadounidense- de que sus fuerzas serían recibidas como libertadores del pueblo iraquí.

Es en este marco que se inició y desarrolló el juicio criminal contra Saddam Hussein y algunos de sus principales lugartenientes, plagado de irregularidades y convertido en una verdadera farsa que no podía tener otro final que la macabra “ejecución” observada durante las últimas horas.


Proceso “judicial” que a ojos vista de los principales analistas internacionales, no guardó las normas del debido proceso a un personaje que al ser derrocado detentaba, además de la primera magistratura del país, la comandancia en jefe de las Fuerzas Armadas y una enorme concentración de funciones.


Asesinatos de miembros del equipo de abogados defensores del ex presidente Saddam Hussein, presiones permanentes sobre el tribunal y los camaristas que lo juzgaron y condenaron, violación de leyes internacionales y domésticas, como también la designación de jueces que pertenecían a organizaciones contrarias históricamente a Saddam Hussein.

 

El caso más notorio es del Dr. Rauf Rashid Abdul Rahman, el juez jefe de la Primera Cámara Juzgadora del Alto Tribunal iraquí, quien había sido sentenciado a muerte por el mismo acusado, que permite impugnar la parcialidad del aparato judicial acusador.


Además, hay otras cuestiones de fondo -tal vez discutidas por algunos juristas- que deben señalarse como parte de la “farsa” por la cual fue sentenciado a muerte y ahorcado Saddam Hussein:


Si debe agregarse otro patético detalle que vulnera los principios morales fundamentales de la ley islámica, pero desde el punto de vista del derecho positivo también el de las mismas leyes de Irak, es que el día elegido contra reloj por el Primer Ministro Nuri Al-Maliki para asesinar a Saddam Hussein, fue el de la festividad sagrada de Eid Al-Adha, coincidente con la finalización del peregrinaje a la Meca de los fieles musulmanes una vez en la vida, como lo ordena uno de los cinco pilares del Islam. Una verdadera bofetada en la cara de los fieles musulmanes.
Los últimos trámites debieron realizarse frente a numerosos obstáculos constitucionales, entre los que se contaba la oposición a la pena de muerte por parte del presidente iraquí, el curdo Jalal Talabani; instancia solucionada porque si bien el primer mandatario se oponía a firmar la ejecución de la sentencia de muerte de Saddam Hussein, no impuso tal objeción para evitar que esta se concretara.


Condena a muerte y ejecucion de Saddam Hussein en la horca

Saddam Hussein fue así ahorcado en medio de pullas dirigidas por miembros de las milicias de Moqtada Al-Sadr, quienes integran “escuadrones de la muerte”.


Ello incluyó la filmación de los últimos momentos del condenado, que fue realizada por la cámara del teléfono celular de alguno de sus verdugos, difundida por Internet, lo cuál permite observar sin lugar a dudas la falta absoluta de respeto en torno a alguien próximo a morir, por parte de sus verdugos, quienes además bailaron una danza macabra en torno a su cadáver.


Dichos milicianos terroristas no sólo asesinan a miembros de familias sunnitas inocentes, sino también a opositores de otras sectas chiítas como las de la “Brigada Al-Badr”, separadas por intereses que hacen a la lucha por el poder y al reparto de las regalías petroleras, especialmente en la región de Basora, que son convenientemente “distribuidas” por el gobierno central en Bagdad.


El bochornoso juicio y todos los aspectos vinculados al grotesco asesinato de Saddam Hussein en la horca -que debe reconocerse el condenado enfrentó con valentía, entereza y dignidad- hacen sin duda responsable por igual al gobierno de Irak, especialmente a su primer ministro Nuri Al-Maliki, como asimismo al gobierno de los Estados Unidos de América, que con sus acciones ha sumido a la región del Medio Oriente en un gigantesco “criadero” de fanáticos terroristas.


Queda bien claro para cualquier analista independiente la participación que el movimiento de Moqtada Al-Sadr ha tenido al menos en la etapa final de la vida y asesinato de Saddam Hussein.


Dicha situación, sumada a una serie de acciones que son producto de propósitos inconfesables y de errores estratégicos y tácticos por parte de los EE.UU. y sus aliados en el Cercano y Medio Oriente, son sin lugar a dudas responsables de la masacre de cientos de miles de civiles inocentes, desde Afganistán a Irak.


Debe quedar muy clara la posición de quien escribe estas líneas, sobre la necesaria corrección de rumbo en la lucha contra toda forma de terrorismo, global, regional y doméstico, si realmente se tiene como objetivo la neutralización de este flagelo y su progresiva convergencia con el crimen transnacional organizado.


EE.UU. y sus aliados han colocado al mundo y a países como la Argentina en una situación de altísimo riesgo, frente a lo cuál se requiere una inmediata reacción de las autoridades nacionales, de la dirigencia política y de la comunidad toda, con el objeto de enfrentar las amenazas que se perfilan en el durísimo horizonte del año 2007 que comienza.


*Experto en Medio Oriente y Africa del Norte
 


 

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