EN LA ARGENTINA ACTUAL NO HAY VERDADERA DEMOCRACIA POR QUE NO EXISTEN PARTIDOS POLÍTICOS NACIONALES

 

Febrero de 2007

Por Víctor Eduardo Lapegna


En la Argentina de hoy, cuando faltan apenas ocho meses para las elecciones presidenciales de octubre, no existen partidos políticos nacionales que merezcan el nombre de tales y ofrezcan a sus miembros la posibilidad de debatir y decidir acerca de las plataformas y candidatos a proponer a los votantes y es por eso, entre otras razones, que en nuestro país no rige un auténtico sistema democrático.


Ciertamente, una de las condiciones esenciales de cualquier sistema democrático es la vigencia del ejercicio efectivo del derecho de los ciudadanos a elegir a los gobernantes mediante el voto libre, en comicios periódicos y transparentes y ese requisito, mal o bien, entre nosotros se viene cumpliendo desde octubre de 1983.


Pero también son condiciones esenciales de un sistema democrático que funcionen partidos políticos formados por ciudadanos que comparten unos principios a los que buscan realizar por los medios que marcan la Constitución y las leyes vigentes y que los afiliados a esos partidos políticos puedan ejercer de forma plena y efectiva el derecho a definir sus plataformas y principios y a elegir en comicios internos a sus dirigentes y a los candidatos que esos partidos propongan en las elecciones generales.


A poco que se observe la actual realidad argentina, se constata que no existen esos partidos políticos nacionales en el “oficialismo”, ni en la “oposición” y los pseudo partidos políticos virtuales que usurpan ese lugar tampoco respetan el derecho de los ciudadanos a fijar sus principios, a designar a sus dirigentes y a consagrar a sus candidatos mediante elecciones internas libres.


Desventuras de un ciudadano “kirchnerista”

Un primer ejemplo lo brinda la tendencia política principal que expresa al oficialismo “kirchnerista”, que pareciera ser el llamado Frente para la Victoria, el cual no constituye un partido político que se ajuste en lo más mínimo a lo que Constitución Nacional, las leyes vigentes y el más elemental sentido común definen como tal.
¿Cuáles son el Estatuto, la Carta Orgánica, la Plataforma, el Programa o los Principios del Frente para la Victoria?. ¿Quiénes son sus afiliados, registrados en padrones presentados a la Justicia Electoral, junto con las fichas de inscripción?. ¿Cuáles sus estructuras orgánicas, quienes son sus autoridades y, si existen, cómo fueron elegidas?. ¿Cuál será el procedimiento democrático para que designe sus candidatos para las elecciones generales?.


Ni el propio matrimonio presidencial podría dar respuesta a estas preguntas por el simple hecho que el Frente para la Victoria no es un partido político y si algún ciudadano quisiera afiliarse a él por compartir la acción del gobierno que preside Néstor Kirchner acompañado por la senadora Cristina Fernandez de Kirchner, no podría hacerlo por que ese partido político no existe.


Desventuras de un ciudadano “lavagnista”

Para un segundo ejemplo podríamos tomar como referencia a otro ciudadano imaginario, en este caso que no simpatice con la gestión kirchnerista y juzgue oportuno apoyar con su militancia político – partidaria a Roberto Lavagna, el ex ministro de Kirchner que aparece ahora como su opositor.


Ha de convenirse en que no podría hacerlo puesto que Lavagna, aunque sea avalado en sus afanes presidencialistas por algunos dirigentes de la Unión Cívica Radical y del Partido Justicialista, carece de un partido político propio.


Por ende, para aportar a la candidatura presidencial de Lavagna, nuestro ciudadano imaginario debería afiliarse a uno de esos dos partidos. Tal vez pudiera hacerlo a la UCR dado que, más mal que bien, aún tiene existencia legal y legítima como partido político nacional. Le sería más difícil afiliarse al PJ. Tendría que encontrar a Ramón Ruiz, interventor judicial de ese partido en el orden nacional y lograr que aceptara su ficha de afiliación, lo que se haría problemático si el delegado de la jueza María Servini de Cubría sospechara que el aspirante a afiliado es un opositor al “kirchnerismo”.


Pero aún si se incorporase a alguno de los dos partidos políticos nacionales que incluyen a fracciones pro lavagnistas, nuestro empeñoso ciudadano no llegaría a tener ni arte ni parte algunos a la hora de definir el programa o plataforma a presentar en las elecciones o a definir las fórmulas. Está visto que de eso se encarga Lavagna por sí y ante sí.


Desventuras de un ciudadano “macrista”

Tomemos ahora el caso hipotético de un ciudadano que prefiera oponerse al gobierno de Kirchner adhiriendo las propuestas de Mauricio Macri.


La primera dificultad de ese ciudadano “macrista” sería poder discernir cuales son esas propuestas dado que el accionista de SOCMA y presidente de Boca no es, precisamente, un tribuno de la plebe capaz de exponer con algún garbo sus propuestas y como bien señala Jorge Asís, es casi imposible recordar nada de lo que haya dicho Macri inmediatamente después de haber escuchado sus palabras.


Pero supongamos que nuestro personaje hace caso omiso de esa dificultad y persiste en su intención de sumarse a las filas de Macri y creamos posible que encuentre algún local del PRO (confieso no tener la menor idea de lo que significa ésta sigla con la que se identifica el “partido” de Macri), llene la ficha y se torne así en uno más de los afiliados de ese conglomerado.
Aunque ahora el ciudadano “macrista” forme parte de la huestes del PRO, no parece que vaya a encontrar un espacio en el que debatir el programa y la línea política de su partido y menos aún que pueda participar el sistema de toma de decisiones que consagre - si ello sucediera – la candidatura presidencial de Macri y la de quienes serán los otros candidatos (por caso, a gobernador de Buenos Aires o jefe de gobierno porteño).


Desventuras de un ciudadano “carriocista”

Para terminar, imaginemos ahora a un ciudadano que en este como en todos los casos anteriores, podría ser también una ciudadana, no sea que quede incumplido el cupo femenino que ese ciudadano o ciudadana guste, en sentido político, de Elisa Carrió (dando por cierto aquello de que “sobre gustos no hay nada escrito”, no ha de ser aquí que escribamos sobre ese gusto político específico).
Si encuentra algún local del ARI (confieso que tampoco recuerdo el significado de la sigla), da con alguien que le acerque la ficha de afiliación, la llena y logra que se la reciban y así queda registrado/a en los padrones partidarios; no va a tardar en comprobar que el “igualitarismo” y el “basismo”, tan presentes en los discursos y declaraciones periodísticas (son más abundantes las segundas que los primeros) de la Carrió, en la práctica no son las normas que rigen en la vida interna del partido.


¿Alguien recuerda si hubo algún debate político público en el ARI antes o después de las defecciones de dirigentes importantes de ese partido que se pasaron con armas y bagajes al “kirchnerismo” (el caso más notorio es el de Graciela Ocaña, de la que la Carrió gustaba decir que era una “hormiguita” y que ahora mutó a “pingüina”)?


Tampoco recordamos que haya habido alguna elección interna que consagrara a Elisa Carrió como candidata presidencial del ARI.


El carácter virtual del oficialismo y la oposición

Creemos que lo dicho hasta aquí muestra que los agrupamientos políticos nacionales del oficialismo y de la oposición tienen un carácter más virtual que real.
La relación de los Kirchner, Lavagna, Macri o Carrió con los ciudadanos – incluso con aquellos que pueden tener la vocación de militar políticamente en su favor – no se expresa en lazos y estructuras de carácter orgánico y margina a los seguidores de esos liderazgos de toda posibilidad de incidencia en el sistema de toma de decisiones sobre la orientación política a seguir o las candidaturas a proponer.


Sucede que el oficialismo y esa oposición no son partidos políticos sino corrientes de opinión y por serlo, quienes las integran lo hacen de un modo informal, frívolo, voluble y sujeto a la mayor o menor adhesión que puedan suscitar en sus seguidores los Kirchner, Lavagna, Macri o Carrió con los mensajes que emiten a través de los llamados medios de comunicación, que se dirigen a esa nueva especie que Giovanni Sartori definió como “homo videns”.


Esa relación inorgánica y sólo virtual de los dirigentes con los dirigidos – quienes quedan en total pasividad y carecen de todo poder real de decisión – lleva a establecer un sistema político clientelar que, a nuestro modo de ver, es aún más perverso y dañino que el que se forja mediante la entrega de dádivas materiales a los más pobres.


No era ese el caso de Raúl Alfonsín, quien accedió a la Presidencia haciendo un uso inteligente de los medios de comunicación pero, ante todo y sobre todo, merced a que llegó a ejercer la conducción de la Unión Cívica Radical, después de una larga, dura y democrática batalla interna y a que supo gobernar dando participación a ese partido que él conducía.


Tampoco fue el caso de Carlos Menem, quien ganó su candidatura presidencial en 1988 en unas elecciones internas del Partido Justicialista que fueron un ejemplo de democracia partidaria que no se había dado nunca antes y tampoco se repitió después.


En esas elecciones internas y en las elecciones generales de 1989 contra el candidato radical, Eduardo Angeloz, Menem estableció un contacto personal y directo con millones de argentinos, siendo esa una de las bases principales de su victoria.


Ese modo de ejercicio de la conducción de Alfonsín y de Menem se fue deteriorando y así como la UCR (una sigla que todos sabemos lo que quiere decir) fue entrando en una crisis de representatividad creciente como partido político nacional respecto del nivel que tuvo entre 1983 y 1985; el PJ (otra sigla cuyo significado todos conocemos) no repitió nunca más el procedimiento de elecciones internas que practicó en 1988 y tampoco avanzó en lo que Juan Domingo Perón demandaba, que era pasar de la etapa gregaria a la etapa orgánica.
También debe señalarse que la vasta disconformidad social con el sistema político institucional - cuya expresión extrema fue la consigna “que se vayan todos” instalada en diciembre de 2001 - no pareciera haberse traducido en una voluntad de mayor participación activa en la vida político – partidaria, sino más bien todo lo contrario.


En especial en los grandes conglomerados urbanos, lo que se percibe es una marcada renuencia de los “ciudadanos de a pie” a incorporarse y participar en los partidos políticos, sean estos los tradicionales (sobre todo el PJ y la UCR) o los nuevos que nacieron en torno de liderazgos personales y acerca de cuyo carácter más virtual que real ya hicimos referencia (Frente para la Victoria, PRO, ARI, Recrear, etc.).


Incluso las nuevas modalidades de agrupamiento y participación social para incidir en el sistema de toma de decisiones políticas (piqueteros, asambleas barriales, etc.) que, en especial en torno de la crisis del 2001, alcanzaron una fuerza significativa, en los últimos años pasaron a languidecer en algunos casos hasta casi desaparecer (las asambleas barriales porteñas), en otros a convertirse en apéndices del gobierno (los movimientos piqueteros oficialistas) y en otros a tornarse instrumentos de partidos políticos de izquierda (PO, PCR, etc.) de una nula o irrelevante representatividad y peso electoral.


Esa atonía de la participación social en la acción política de los últimos años, contrasta con el alto grado de politización de la sociedad que se registró entre 1965 y 1975 y entre 1982 y 1987, en especial entre en los sectores juveniles de la clase media urbana.


Las cuotas de impaciencia, ideologismo y cierto oportunismo presentes en las ideas y las conductas de no pocos actores de esa politización, combinadas con la derrota política sufrida por las tendencias radicalizadas del peronismo en la década de 1970 y el fracaso de las ilusiones depositadas en la aptitud transformadora del proyecto alfonsinista que se hicieron del todo evidentes a partir de 1987; llevaron a que la mayoría de los partícipes en aquellos procesos fueran ganados por la frustración, el desencanto y el apartamiento de toda actividad política, en tanto que una minoría, sobre todo en los estratos dirigentes, adoptó el cinismo como norma de conducta e hizo de la política una rentable profesión.
El resultado de esas evoluciones (¿o involuciones) fue una paulatina sustitución de la densidad de organización, compromiso y participación propia de los partidos políticos, por la inorganicidad y labilidad de los compromiso y la participación que corresponden a corrientes de opinión afines por liderazgos personales (Kirchner, Lavagna, Macri o Carrió) que operan, esencialmente, a través de los medios de comunicación; una tendencia argentina que se corresponde con una evolución similar que se verifica en la cultura mundial de este tiempo, en el que avanzan la deconstrucción, el no lugar, el pensamiento débil y la pérdida de sentido.


El PJ y la UCR siguen siendo los únicos partidos políticos nacionales reales

En contraste con este panorama, aunque debilitados y hasta cierto punto cantonalizados, el justicialismo y el radicalismo siguen siendo los dos únicos partidos políticos reales de alcance nacional que existen en el país, lo que parece especialmente válido en la que podríamos llamar la Argentina interior.


Una muestra simple pero significativa de ese aserto es el hecho que en casi todos los pueblos y ciudades del país subsistan los locales en los que funcionan las unidades básicas del justicialismo y los comités del radicalismo y que cada día haya peronistas y radicales que abren y cierran esos locales, se reúnen en ellos (aunque fuera para jugar al truco) y desde ellos interceden cada día con las diversas estructuras del Estado para dar respuesta a las demandas insatisfechas de los vecinos (remedios para este, un pasaje para aquel, un empleo para otro).


Esa acción política cotidiana, extendida en todo el territorio de la Argentina profunda (que incluye al conurbano bonaerense y al de otras grandes urbes como Rosario, Córdoba o Mendoza), es la que le sigue dando un grado importante de vitalidad al Partido Justicialista y a la Unión Cívica Radical, más allá de las palabras y de las acciones de quienes aparecen como sus principales dirigentes.


Una presencia de la que carece la oposición virtual que encarnan Lavagna, Macri o Carrió y que, en el caso de los Kirchner, se limita casi exclusivamente al sometimiento que imponen desde la Casa Rosada a las restantes estructuras de gobierno del Estado (municipios, gobernaciones, legislaturas, etc.) que, dado el sistema económico unitario que es el que realmente rige en la Argentina, dependen en mayor o menor grado de la “generosidad” del presupuesto público nacional para poder atender sus necesidades.


El peronismo ante Kirchner, las elecciones de octubre y después...

Nos parece evidente que el respaldo y la adhesión que obtiene Kirchner de parte de gobernantes y dirigentes del Justicialismo en la Argentina interior sólo responde al poder que detenta el presidente por la magnitud de los recursos públicos de los que dispone y su obstinado rigor en utilizarlos a su arbitrio, a fin de mantener su poder.
Resulta así que en el Justicialismo real - que registra grados diversos de vida partidaria en los distritos, pero que en la mayor parte de ellos cuenta con una fuerte inserción de masas – prima una matizada oposición a Kirchner.


Hay quienes, en grados y con formas diversas, se ubican en una oposición disimulada, implícita y casi oculta y entre sus emergentes más notorios cabe mencionar a José Manuel De la Sota, Juan Carlos Romero, Rubén Marín o Eduardo Duhalde, a los que se deben añadir la mayor parte de los dirigentes sindicales que se distancian de Hugo Moyano y buena parte de los intendentes peronistas. Otros se permiten asumir una oposición dura y explícita por no tener a su cargo compromisos de gobierno – son los casos de Carlos Menem o Ramón Puerta – o porque supieron construir en sus distritos una solidez financiera que les permite asumir una neta independencia política respecto del gobierno central, que es el caso de Adolfo Rodríguez Saa.


Frente a ellos se encolumnan sectores del Justicialismo que, con sus más y sus menos, apoyan a Kirchner, sea por convicción (entre otros, ese el caso de Carlos Kunkel y los dirigentes, militantes y activistas que, como él, proceden de la “tendencia” y encuentran la posibilidad de reverdecer las propuestas “setentistas”); por mero oportunismo y ambición de seguir ocupando espacios en el sector público, aún renunciando a la propia historia (aquí la lista es tan larga que preferimos omitirla); por un criterio pragmático que les lleva a considerar que en la realidad presente Kirchner encarna la única posibilidad de que el Justicialismo siga en el gobierno (también aquí nos privaremos de hacer nombres) o por formar parte de su familia directa o indirecta (su esposa Cristina, su hermana Alicia, Julio de Vido, Carlos Zannini y otros componentes del núcleo “pingüino” santacruceño).


A nuestro juicio, si por arte de birlibirloque se hicieran elecciones internas en el Partido Justicialista, si se diera la posibilidad igualmente remota de que en ellas se respetaran las normas básicas de ecuanimidad y transparencia (limpieza de padrones, control del uso de medios de información y recursos, posibilidades iguales para todos de designar fiscales, etc.) y las dos tendencias descriptas compitieran formando sendos bloques unificados anti y pro Kirchner, es posible que los opositores al actual presidente de la Nación ganaran esas elecciones internas.


Pero a la luz de la realidad actual esa perspectiva es casi inexistente y por lo tanto, dado el cuadro de situación presentado, una visión realista lleva a inferir que lo más probable es que Kirchner (sea Cristina o Néstor) sea quien gane las elecciones presidenciales de octubre, aunque esa victoria se asiente en la debilidad estructural del régimen democrático en la Argentina.
Queda por ver si el o la Kirchner que surja como presidente de la Nación en esas elecciones es capaz de ejercer cierta gobernabilidad democrática, aún no teniendo un partido político nacional que lo sustente.
Para medir la viabilidad de esa perspectiva conviene tener en cuenta los antecedentes históricos más recientes, partiendo del gobierno de Alfonsín quien,  aunque se apoyó en la UCR que conducía, no pudo llegar a completar su mandato y debió abandonar el gobierno en medio de la crisis hiperinflacionaria de 1989.


Menem, que llegó a su primera Presidencia con una altísima carga de legitimidad a partir de haber sido el vencedor en las internas del PJ en 1988, aunque ganó su reelección en 1995 por más votos que en 1989, al no haber consolidado a la estructura partidaria del peronismo como base de sustento de su gestión, no pudo lograr que el candidato del PJ para las elecciones del 2003 surgiera de elecciones internas y aceptó encabezar una de las tres fórmulas que presentó el Justicialismo, con los resultados por todos conocidos.
En cuanto a la debilidad del breve gobierno que presidió Fernando De la Rúa, entre otros factores, se debió a que carecía de un partido que le diera sustento.


Vale reiterar el interrogante acerca de las posibilidades de Kirchner (Cristina o Néstor), después de octubre de 1997, para ejercer un grado suficiente de gobernabilidad democrática, sin tener un partido político nacional que merezca el nombre de tal como base de sustento, a la luz de estos antecedentes.


Si la actual senadora por la Provincia de Buenos Aires, después de ganar en las elecciones de octubre, es quien se hace cargo de la Presidencia; es posible que Néstor se haga cargo de liderar la construcción del partido político nacional que apoye la acción de gobierno de su esposa, como parecen aconsejarlo algunos kirchneristas explícitos (Kunkel) o implícitos (Horacio Verbitzky).
Si así fuera, queda por ver si Néstor Kirchner procura hacer esa construcción esencialmente en base a las corrientes variopintas que componen el transversalismo “progresista” del Frente para la Victoria.


En este caso, dado que es poco factible que se pueda mantener en estado de hibernación al Partido Justicialista, es válido presumir que habría de producirse una convergencia de las diversas fuerzas y tendencias del peronismo que se niegan a resignar su identidad y no se sientes representadas por el “progresismo” del Frente para la Victoria, con lo cual podría darse el caso de que Cristina Fernandez de Kirchner fuera apoyada en la gestión presidencial por el transversalismo “progresista” organizado por su esposo pero debiera afrontar la oposición del Partido Justicialista.


Cabe señalar que las estructuras que componen el núcleo “progresista” del Frente para la Victoria no parecen ser hasta ahora una base de sustentación política demasiado sólida, según se puede inferir del hecho que se haya tenido que recurrir a la precandidatura de alguien tan poco progresista como Daniel Scioli para disputar con posibilidades de éxito la decisiva batalla electoral bonaerense.


Otra posibilidad es que Néstor Kirchner, después de las elecciones presidenciales de octubre, decida ponerse al frente de la normalización del Partido Justicialista a nivel nacional, gane unas elecciones internas y llegue a la Presidencia del Consejo Nacional del peronismo para, desde ahí, emprender la tarea de armado de un Frente para la Victoria amplio y orientado hacia la izquierda, pero con eje en el PJ, alternativa esta que choca con varios obstáculos.


Uno es la escasa disposición que parece tener Néstor Kirchner para asumir en plenitud y sin cortapisas la identidad peronista al grado que se requiere que lo haga quien pretenda acceder a la Presidencia del PJ mediante una elección interna.


Otro es el riesgo que implicaría para él exponerse a lidiar en una elección interna del PJ en la que debiera confrontar, por presentar una hipótesis, con la candidatura alterna de José Manuel De la Sota apoyado por un frente de dirigentes en el que estuvieran Duhalde, Menem, Romero, Rodríguez Saa, Marín y otros.


Aún con la ventaja que implicaría tener a su favor el manejo de los voluminosos recursos y los poderosos resortes del gobierno nacional que presidiría su esposa, no nos parece que sea esa una apuesta que NK vaya a estar dispuesto a bancar.


Como fuere, de la respuesta que la vida termine dando a estas incógnitas, en buena medida depende la posibilidad de que en la Argentina se pueda llegar a construir un verdadero sistema democrático y así realicemos la esperanza incumplida que renació en 1983.


Buenos Aires, 6 de febrero de 2007
 


 

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