Marzo de 2007
Por Edgardo Arrivillaga
El empalagoso discurso del joven presidente Kirchner tuvo sus momentos.
El mejor de ellos cuando explico con aire conspirativo que Duhalde, pero también
Rafael Bielsa había sido de la partida -
lo que en su momento había provocado interés en ámbitos carcelarios y navales pese a que el presidente no dio detalles sobre el asunto -le propusieron liquidar definitivamente el tema de la micro guerra civil de los años 70 con el simple expediente de constitucionalizar las leyes de Punto Final y Obediencia debida siguiendo la política duhaldista que amnistió, de forma simultanea, a los caras pintadas y al fallecido Gorriaran Merlo.
Lejos de dar una explicación cargada de retórica nacional republicana digna de
un Malraux -Julio Donato Barbaro falto a la cita, ocupado cerrando programas
políticos de peronistas opositores en la provincia de Santa Fe -el presidente
sonrió con aire desacartonado y pícaro y desechando todas las argumentaciones
propias de un estadista medianamente desenvuelto en el supremo arte argentino de
vender buzones improvisó con la cara traviesa de un pequeño busca de café de
barrio.
Cerro los deditos-notable la blanca y afusolada blandura de dedos en un hombre
tan alto – y confesó: “les dije que me dejaran hacer las cosas a mi, que me
dejaran aunque sea...aunque sea un pequeño retorno político", confesó con
simplicidad al explicar porque había desechado tomar medidas que enterrarían
para siempre el hacha de guerra ideológica en el país.
La esencial simplicidad del Kirchner verdadero.
La misma que le ha hecho desarrollar galteriadas con el Uruguay y una política
exterior tan errática que su mujer y probable sucesora, Cristina apoya los
intereses de la socialdemocracia israelí vinculada a Hillary Clinton mientras
que los paleo montoneros agazapados en distintas áreas del estado, luchan
titánicamente a su vez por la inevitable reivindicación de la patria Palestina,
como si muy en el fondo fueran la expresión de gobiernos diferentes.
Y tal vez lo sean demostrando que en un tiempo de certezas y los retrospectivos
70 fueron tiempos de certezas y de fe y de autos de fe inquisitoriales que
llevaban fatalmente a la muerte - las familias políticas no son siempre
consanguíneas aunque las elegidas, las que uno concretamente elige, terminan por
tener mayor peso que las propias y heredadas.
Y en esa línea de análisis si analizamos con objetividad los gestos y dobles
sentidos las alusiones finales a Perón solo fueron un lapsus que buriló una
cierta inconsecuencia.
El resto de la pieza oratoria fue el simple y auto satisfactorio y algo meloso y
explicativo balance que las reparticiones elevan rutinariamente a la Jefatura de
Gabinete exaltando los propios logros, colocando las falencias o las simples
imposibilidades administrativas en verbos expresados en potencial con frases tan
obvias como que el Ministerio de Defensa lucha por el mantenimiento de la paz en
el mundo, en verdad pocos ministerios de defensa confiesan que luchan por el
recrudecer de las guerras y con el toque monocorde de las plumas de Zanini y el
cortar y pegar de las secretarias de Alberto Fernández.
Verdaderas heroínas de la síntesis de un discurso de balance cargado de espesa
sangre administrativa y de alguna forma casi hasta con un extraño toque de
crisantemo y despedida.
¿Kirchner se va realmente? Al menos transmite esa sensación.
Afuera la lluvia, que obligaba a evacuar a la gente atrapada en los
subterráneos, por temor a su electrocución ponía de relieve que si bien algunos
indicadores subrayan que la economía sale a los ponchazos y manotazos del
infierno argentino, Apocalypto, no esta desterrado del todo en el amable país de
las promesas.
El cuadro en el hemiciclo parlamentario era el de una familia pequeña que se
sucede a si misma, un peronismo expectante que todavía busca afanosamente su
Octavio refundacional y una oposición mansa y aburrida no demasiado diferente de
la Comisión de Asesoramiento Legislativo procesista cerraban con un toque acerbo
la viñeta.
Nadie gritó Kirchner –Perón un solo corazón.
Solo un enorme pingüino de plástico enfrentaba con ecológica gallardía los
sesenta milímetros de lluvia que se abatieron como un tsunami contra la ciudad
