BAUDRILLARD EL DESILUSIONISTA

 

Marzo de 2007

Por Luís María Bandieri


Ha muerto Jean Baudrillard, uno de los pensadores y provocadores más interesante de estos tiempos posmo.

La reflexión de Baudrillard parte de la relación del hombre con los objetos en una sociedad de consumo. El sujeto, despojado de cualquier otra dimensión, se convierte en un consumidor obsesivo de las mercaderías que el sistema de objetos arroja al mercado. Este es el único sentido, la única dirección o señal de identidad de la sociedad actual y de la consiguiente alienación a la que induce. Hasta aquí, podría decirse, nada diferente del joven Marx. Lo que agrega Baudrillard es que los objetos que el consumidor persigue no valen o adquieren sentido por su valor de uso o por su valor de cambio (en cuyo universo de escuela económica clásica quedó, al fin y al cabo, enredado Herr Karl). Los objetos valen en cuanto símbolos de status, en cuanto marcan diferenciación social (esto lo toma de Thorstein Veblen). Nada vale por lo que sirve o por lo que cuesta sino por el lugar simbólico donde me coloca en las cambiantes jerarquías de la posmodernidad. Ese valor confiere realidad; es lo único que confiere realidad. Todo lo real es producido por el sistema de objetos y todo lo producido por el sistema de objetos es real. El campo de la realidad se estrecha en torno a las pantallas donde los objetos son expuestos como señuelos de la simbología de status. Resulta una aglomeración, una plétora de signos, que en definitiva reemplazan a las cosas, a eso que antes se llamaban "las cosas". La realidad "real" queda así disuelta en una hiperrealidad virtual, que Baudrillard llama "simulacro" y cuyo lugar de manifestación son los media. En estos últimos la referencia a los simulacros se realiza mediante una cháchara constante (el silencio, anota nuestro autor, está proscripto de la tele). Los simulacros del amor, de la pasión, del sexo, de la política, de la economía, de la generosidad, de la intimidad, de lo sacro, cubren nuestra vida de consumidores ininterrumpidos y nos hacen perder, definitivamente, la realidad del amor, de la pasión, del sexo, etc.

¿Cómo salir de esta cueva hiperreal por donde desfilan los simulacros en pantalla? Baudrillard, desilusionista escéptico, no lo dice. Insinúa, me parece, que en el culmen de lo hiperreal irreal, el sistema de objetos se hundirá en su propia insubsistencia y la realidad, tal vez, vuelva entonces por sus fueros. A mí me parece que, entonces, ya no habrá nadie capaz de reconocerla.

(vea también "Jorge Asís, la cuota árabe")

 


 

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