Marzo de 2007
Por Edgardo Arrivillaga
El golpe militar del 24 de marzo de 1976 cumplió su tercer aniversario. No es un error de computación o tipográfico como se decía antes.
Mal enterrado por Alfonsín y Menem pero enterrado con una democracia
notablemente participativa que permitía que gente como Luis Eduardo Duhalde,
actual secretario de Derechos Humanos de K, trabajara para la SIDE de Anzorreguy
o que el ex colaborador de Bernardo Neudstadt y asesor de General Motors Miguel
Bonasso preparara un libro sobre Yabrán pagado por el gobierno de entonces el
gradualismo alfonsinista y el inesperado viraje menemista colocaron a los
argentinos en esos curiosos hiatos de participación colectiva y hasta de
pacificación.
Un espíritu europeo de reconciliación franco-alemana parecía restablecerse en el
país y salvo los excesos de Balza, un demagógico militar político o alguna
distraída formación naval con gestos corporativos destinados a exorcizar el
pasado para sepultarlo en beneficio de la unidad interna del futuro nadie se
preocupaba realmente ni socialmente del golpe de Estado mas allá de los
ejercicios espirituales de rutina.
Los que habían cobrado en pesos uno a uno con el dólar disfrutaban sus
indemnizaciones y los otros regresaban del exterior y en algunos casos hasta
permanecían en un país que parecía sorprendentemente maduro hacia su propia
historia. Los presos purgaban la condena social y algunos abogados se ocupaban
de la pelea jurídica con mucha convicción pero desesperanzada ilusión.
Era un país que parecía haber dejado de cultivar luchas por envejecidos linajes,
recetas y mermeladas antiguas con sabor a ice-cream paleo marxista o perdedoras
historias de Pedro Páramo.
Todo esto terminó con la llegada del hombre del pequeño retorno, del pequeño
vuelto político, el héroe que estuvo detenido apenas unas horas por estar
cercano a una columna montonera que, casualmente en esos minutos y en esas
horas, fue aniquilada casi en su totalidad.
Un libro sobre los traidores en la izquierda revolucionaria acaba de aparecer y
conviene revisarlo y hacer su critica porque pone de relieve lo irrebatible. La
traición en la guerra interna se parece al filicidio o al fratricidio pero no
deja de ser una lucha entre clanes, mafias y gente que pertenecen a la misma
tribu. Son traidores el clan pero no a la Nación porque los clanes ya
prácticamente la han pulverizado en una feudalización fragmentada.
Esos traidores son básicamente portadores como recordaba alguien conocedor del
mundo indio en los últimos días, del espíritu de Malinche, la princesa azteca
que permitió la victoria de Hernán Cortés desatando la guerra entre mayas,
toltecas, tlascaltecas y otras tribus.
Sin Malinche, la victoria española no hubiese sido posible pero Malinche
descubrió lo esencial, había que dividir a los hermanos que la habían sojuzgado
y aterrorizado y disciplinado totalitariamente para lograr la victoria de los
mas fuertes y unificar algo que terminaría por ser algo parecido a la creación
de un Estado.
El malinchismo-que en México, exactamente de donde vienen los montoneros que hoy
están en el poder, con esa extraña carga de progresismo francés y democracia
liberal pronorteamericana kennedyana -se ha extendido como una epidemia mucho
mas peligrosa que el dengue o el mal de chagas en la política argentina casi en
su totalidad.
Todos los miembros de la izquierda revolucionaria sobrevivientes, en su mayor
parte provenientes de formaciones peronistas, curiosamente antiperonistas a la
vez, son los Malinches de turno que dieron origen al mito de la mujer
genitalmente rajada –cruzada con el enemigo y, por lo tanto, eternamente
sojuzgada y culpabilizada por las tribus derrotadas que volvieron mas tarde,
mucho más tarde, ya de la mano del PRI y no del PRO.
Milagros de la democracia de masas de los primeros años del siglo pasado.
Nilda Garre es un buen ejemplo de mujer rajada y es natural entonces que su
culpabilidad la lleve a seguir las directivas de Horacio Vervitsky –un macho
rasgado también él – y a hacer buena letra en un gobierno que oscila de forma
permanente entre Miami y Caracas.
Los fastos que veremos en las próximas horas y que unificaran a las divididas
organizaciones de Derechos Humanos que ya olvidaron con prontitud la
desaparición de López conmemoran el proceso del 24 de 1976 iniciado hace solo
tres años, en la era K.
Poco tienen que ver con el verdadero proceso hecho de guerrilla, sabotajes y
crueldades inevitablemente necesarias por ambos bandos que se disputaban solo
militarmente y con escasa percepción política el poder estadual en una
dialéctica culpabilizadora y llena de sacrificio y redención que los argentinos
creíamos haber sepultado para siempre.
Hasta que llego K, nuestra nueva Malinche rasgada.
