Marzo de 2007
Por Luis María Bandieri
Serguéi Yuliévich, conde Witte, que vivió entre 1849 y 1915, fue uno de los
tantos que transitaron de la gloria mundi al sepulcro ignoto. Hoy,
trayéndolo a la memoria, nos permitirá enhebrar algunas reflexiones sobre el
“Terror legal”. El conde Witte fue ministro de Finanzas y luego, por un breve
período, primer ministro del último zar autócrata de todas las Rusias, el
desdichado Nicolás II Romanov. Un modernizador, un progresista decimonónico
provisto, además, de fino sentido político. Se lo considera el impulsor de la
entrada de Rusia en la era industrial y su nombre está adscripto al tendido del
Transiberiano, una hazaña ferroviaria. Propició las inversiones extranjeras,
especialmente francesas, en el naciente sector fabril. Se le debe, a ese fin, la
entrada del imperio zarista en el patrón oro. Estos datos no deben inducirnos a
la creencia –fomentada por la posterior historia oficial soviética- de que la
Rusia del siglo XIX era un reducto de barbarie y oscurantismo, poblada por
mujiks borrachos y cosacos azotándolos con el knut, donde brillaron solamente
algunas luces, como las de nuestro conde. En puridad, los zares del siglo XIX
(Alejandro II, Nicolás I, Alejandro III, Nicolás II) transformaron a Rusia en
una gran potencia económica. Impulsaron la industria, la agricultura y el
comercio, así como la instrucción pública. Realizaron, incluso, una revolución
social desde arriba, con la supresión de la servidumbre por Alejandro II en
1861. Bajo estos autócratas, la poesía, la novela y la música rusas llegarán a
su cenit. Pero este salto adelante de Rusia sacó a flor de piel una
contradicción agazapada en toda su historia, como ya había ocurrido cuando la
modernización brutal de aquel maximalista que fue Pedro el Grande. Esa
contradicción opuso, de una parte, la exigencia de colocarse a la altura del
resto de los países adelantados y, de la otra, las fatalidades y singularidades
de la propia Rusia. La misma contradicción acabará por hundir, en el siglo XX,
al imperio soviético, uno de los más breves de la historia (1917-1991). Aquella
voluntad autocrática zarista de transformación chocó con otra voluntad –que con
el tiempo y la adquisición del poder habrá de revelarse no menos autocrática: la
del nihilismo revolucionario, de metodología terrorista. Dostoievski la pintó en
“Los Demonios”, especialmente a través de su personaje Stavrogin, cuyo
modelo vivo fue el nihilista Nechaev, autor del primer manual del terrorismo: el
“Catecismo Revolucionario” -que solía hojear con fruición el Che Guevara.
El terrorista, rezaba esta catequesis, es un poseído por la revolución y la
revolución consiste en destruir lo que existe de cualquier modo, bajo el signo
del odio. “No tenemos más que un plan negativo: la destrucción despiadada.
Renunciamos a elaborar las condiciones de la organización futura, como
incompatible con nuestra actividad”, escribía Nechaev con implacable
franqueza. El anteúltimo emperador, Alejandro III (1881-1894), frente a aquel
desafío, adopta el expediente de reprimir y destruir como una opción que anula
el edificar y transformar que había impulsado su antecesor. En ese tiempo se
organiza la Ojrana, la policía política encargada de vigilar y aniquilar al
terrorismo. Y esta organización, con ser poderosa, se revela luego insuficiente.
Entonces, hay que hacer la guerra al terrorismo con sus mismos métodos. La
reacción le respira en la nuca a la revolución y el contraterror trata de
empalmarle el paso al terror. ¿Relato ya conocido? Por cierto. Ya veremos cómo
nuestro conde Witte, al que hemos dejado un poco olvidado a fuerza de recordar
la circunstancia histórica, tiene algunas cosas importantes que decirnos al
respecto.
Aunque signifique dar un rodeo, debemos evocar brevemente el escenario
internacional que le tocó atravesar a los zares Romanov del siglo XIX. Salvo
Alejandro I, líder exitoso de la resistencia nacional ante Bonaparte y luego amo
de Europa con la Santa Alianza (habrá que esperar a Stalin para encontrar
reproducida una situación semejante), los sucesores debieron enfrentar fracasos
y reveses en la expansión del imperio. Una guerra infortunada en Crimea; la
derrota de Alejandro II en su marcha sobre Estambul; las derrotas humillantes
ante los japoneses bajo Nicolás II y, finalmente el derrumbe de los ejércitos
rusos en la Primera Guerra Mundial, preludio de la Revolución de Octubre.
Son episodios en la lucha global entre tierra y mar. Inglaterra no había
prestado su adhesión en 1815 a la Santa Alianza, cortándole así las piernas al
intento de organizar Europa desde los imperios ruso y austriaco. A fines del
siglo XIX, la Gran Bretaña y los EE.UU., potencias marítimas, observan con
preocupación el despliegue ruso por China y el sudeste asiático. Había que
frenarlo de alguna manera. Por ello, Japón entró al siglo XX obteniendo, por
influencia del presidente norteamericano Teodoro Roosevelt, un tratado de
alianza con la Gran Bretaña para el caso de que su territorio fuera objeto de un
ataque por parte de Rusia. Con las espaldas bien cubiertas, pues, la flota
nipona, comandada por el almirante Togo, acorraló a la pesada flota rusa en
Puerto Arturo y la diezmó sin esfuerzo(1).
Mientras tanto, el almirante Kuroki batía en la desembocadura del Yalú,
frente a la costa de Corea, a la flota auxiliar de la marina imperial. En
tierra, los ejércitos del zar fueron arrollados por los infantes japoneses en la
batalla de Mukden. En San Petersburgo, el 22 de octubre de 1905, una pacífica
manifestación de obreros, encabezada por el pope Gapón, marchó al Palacio de
Invierno para pedirle al padrecito zar que intercediera a fin de obtener mejores
condiciones de vida. Fueron ametrallados por las tropas de guardia,
inaugurándose desde allí un quiebre de la lealtad del pueblo a la autocracia.
Los bolchviques ensayaron por su parte la revolución, donde se distinguió –a
pesar del fracaso- un joven de 25 años llamado León Davidovich Bronstein, alias
Trotsky. Fue entonces cuando se produjo el episodio del “Potemkin”, acorazado
que se encontraba frente a Odesa para impedir que la huelga metalúrgica en esa
ciudad se saliese de madre. La tripulación se amotinó por los malos tratos de la
oficialidad y lo nauseabundo del rancho. Los huelguistas, mientras tanto,
ganaron las calles en Odesa, entregándose a matanzas y saqueos. Un regimiento de
cosacos, en represalia, sembró cadáveres sobre los cadáveres.
El conde Witte, primer ministro por entonces, trataba de apagar los incendios.
En la conferencia de paz de Portsmouth, luego de la derrota ante Japón,
consiguió condiciones muy ventajosas para su país –hasta el punto que al saberse
el magro resultado obtenido estallaron sangrientas sublevaciones en Tokio.
Presidía la conferencia Teodoro Roosevelt, el de la política del “gran
garrote” –big stick policy-, el hombre a quien Darío llamó el Cazador y el
Riflero, y que recibió como premio el Nobel de la Paz, insólita distinción para
alguien con cuatro quintos de Nemrod ...(2)
También Witte intentó ordenar la política interna. Se convocó a la primera Duma
–o Parlamento- en lo que parecía ser el fin o, por lo menos, una atenuación de
la autocracia. Al mismo tiempo, se deportó al extranjero a los cabecillas
bolcheviques. Pero Witte no pudo resistir la embestida de los autocráticos
“fundamentalistas” y allí terminó su carrera política.
Un episodio de esa carrera, que lo relaciona con la redacción de los ficticios
“Protocolos de los Sabios de Sion”, merece consignarse. Según algunos, el
objetivo de los falsarios fue socavar la influencia del Conde Witte sobre el zar
Nicolás II. La mujer de Witte era de origen judío, y corría el rumor de que por
ello nuestro conde favorecía a los judíos de Rusia, que sufrían persecuciones y
progroms. No es muy clara la posición de nuestro conde respecto del trato
discriminatorio a los judíos. En 1903, junto con otro ministro del Zar, Plehve,
un notorio judeófobo, reciben al periodista austriaco Teodoro Herzl, que acaba
de fundar el sionismo político y llega para explicarles por qué el Zar ortodoxo
debe apoyarlo. Witte le espeta, brutalmente, que al anterior emperador,
Alejandro III, le había comentado que si seis o siete millones de judíos fuesen
empujados para hundirse en el Mar Negro, no se habría sentido mayormente
afectado, pero como había que resignarse a vivir con ellos, que se fuesen a
Palestina u otro hogar equivalente le parecía muy bien. Sea como fuere, los
enemigos de Witte hicieron todo lo posible por desacreditarlo ante la familia
imperial. Con ese fin se habrían publicado los “Protocolos”. Aparecieron por
primera vez en Rusia en 1905, poco antes de la primera revolución bolchevique y
de la convocatoria a la primera Duma, acontecimientos a los que se ha hecho
referencia más arriba. Pretendían convencer al Zar de que detrás de la corriente
reformadora se escondía un complot judeo-masónico. La "prueba" de esa conjura
fueron los “Protocolos”(3) .
Witte dejó unas “Memorias” muy interesantes. En su primer capítulo nos entera
que el atentado terrorista que cobró la vida del el zar Alejandro II, en 1881,
inició una represión gubernativa, bajo su sucesor Alejandro III, sirviéndose de
organizaciones en la sombra destinadas a combatir el terrorismo por medio de
procedimientos clandestinos y criminales. Fueron sugeridas por una memoria
juvenil del mismo Witte –de la cual se muestra, al redactar las Memorias,
treinta años más tarde, sinceramente arrepentido- constituyéndose entonces en
San Petersburgo una sociedad secreta, la “Santa Hermandad”, irradiando muy
pronto a las demás grandes ciudades rusas, incluso Moscú, con misteriosas
representaciones en las grandes metrópolis del extranjero. Estaba destinada,
según Witte, a “combatir a los revolucionarios con sus propias armas,
particularmente por medio de una organización oculta que tuviera por objeto
contestar a cada manifestación terrorista con un contragolpe de igual
naturaleza”. “Porque tratar de vencer al enemigo empleando todas las
fuerzas de la máquina del Estado –agrega- es lo mismo que querer aplastar una
partícula de polvo con una maza”. Se requiere, pues, echar mano de
formaciones clandestinas que puedan enfrentar al terrorista en su mismo terreno
y con sus mismos métodos.
(1)En esa batalla, conocida como la de la bahía de Tsushima, participaron dos acorazados gemelos que los astilleros italianos Ansaldo habían construido para la Argentina, enfrentada entonces con Chile. Al firmarse la paz con los “Pactos de Mayo” de 1902, se decidió, como parte de los acuerdos, vender esos buques, ya bautizados como “Moreno” y “Rivadavia”. Tanto Rusia como Japón, ya prontos a irse a las manos, los pretendían. Se prefirió al Japón por el peso de nuestros vínculos “especiales” con la Gran Bretaña, aliada del último. Los buques navegaron hacia su destino convoyados por fuerza inglesas, para evitar un ataque preventivo ruso. El “Moreno” pasó a llamarse “Nisshin” y el Rivadavia fue rebautizado “Kashuga”
(2)Fue Rubén Darío quien lo pintó “con un algo de Washington y cuatro
de Nemrod”, el rey cazador babilonio. Con menos poesía, pero igual eficacia, hoy
Chávez llama a Bush “míster Danger”, personaje de “Doña Bárbara”, la novela de
Rómulo Gallegos. Con méritos paradójicos parecidos a don Teodoro, cabe señalar a
otros dos Nóbeles de la Paz: Menahem Begin, ex terrorista del Irgun, en 1978 y
Yasser Arafat, líder de la OLP, en 1994.
(3) La clase ilustrada
rusa no los consideraba auténticos; en todo caso, útiles para la lucha
intestina. La difusión internacional de los “Protocolos” se debe a un artículo
laudatorio publicado en The Times en 1920, bajo el título “The Jewish Peril”, El
Peligro Judío. En 1921, otro periodista de The Times descubre un panfleto del
francés Maurice Joly, dirigido contra Napoleón III, titulado “Diálogo de
Maquiavelo y Montesquieu en los Infiernos”. Hay párrafos enteros que,
convenientemente adaptados, se repiten en los “Protocolos”. Lo curioso es que
Joly era masón, y su familia paterna de origen judío veneciano. Su texto,
paradójicamente, sirvió para denunciar un supuesto contubernio judeo-masónico.
Por otra parte, quien más seguramente aparece como el falsario, un tal Mateo
Golovinsky, luego de 1917 se convierte en bolchevique, asesora a Trotsky (de
origen judío) y muere galardonado con la orden de Lenín (también con antepasados
judíos en su línea materna). En fin, recordemos que el trabajo más sólido
realizado en nuestro país con la finalidad de demostrar la falsedad de los
“Protocolos” se debe a don Leopoldo Lugones, ya en su etapa nacionalista.
