Precios, dejà vú en Buenos Aires, primer escalón del conflicto social.

Mayo 2007

Por Claudio Uriarte



"No están entregando". Esta frase, repetida entre los trajines de vendedores de quioscos y supermercados a los pedidos de consumos populares tan elementales como bizcochos, carne, cigarrillos y leche, terminó resonando en la mente de esta cronista con un fechado inequívoco: la endiosada (por otros motivos, claro) década del 70. No hay oferta, lo que no quiere decir que no haya demanda: góndolas llenas de vacío (y no del corte vacuno argentino popularmente conocido como tal) lo muestran en los supermercados. O la versión pudorosa, la pretensión de que el mercado, de algún modo, sigue funcionando: en las góndolas usualmente rebusantes de carne vacuna del Coto del Spinetto, uno puede encontrarse de pronto con estantería tras estantería de pescados y mariscos.
¿Una promoción especial, un cambio en la estrategia de comercialización?. Nada de eso: a falta de carne, bueno es llenar la falta con un lote de pescado (o lo que fuere). Desabastecimiento. Eso es lo que está ocurriendo en la Argentina, y nada casualmente después del intento del gobierno de pactar precios máximos para los bienes de consumo, en un intento de frenar la caída del poder adquisitivo de los salarios y, por lo tanto, de parar la inflación. Pero la inflación se dispara igual de la mano que pretende retenerla. A falta de oferta, suben la demanda y los precios. Hay nuevas rondas de negociaciones, atribuciones de culpa varias y cálidas palmeadas en la espalda de que, esta vez, todo saldrá bien. Nadie lo cree: los precios que se dispararon no bajan, porque son los precios que hacen que la maquinaria del mercado pueda funcionar... y la maquinaria sigue girando Ocurrió durante el tercer gobierno de Juan Perón, pese a las tremebundas tiradas de Gelbard contra los "especuladores" y los "agiotistas".
Y es claro. Ningún jugador de poker revelará lo que tiene hasta que su contrincante lo haga. Una negociación de precios se parece bastante a una partida de poker, o a esos pintorescos regateos de bazar que hacen las delicias de los comerciantes del Oriente Medio. Se gana por cansancio, por trampa, o por necesidad de llegar a una tregua. Pero es una guerra, cuyos huecos de productos invisibles en las góndolas son prueba de su existencia demasiado visible, entre un gobierno, generalmente interesado en ganar unas elecciones -o, en peores condiciones, de garantizar cierta paz social- y los productores. No obstante, poco termina allí. Detrás de las góndolas vacías fácilmente aparecen evocaciones, acusaciones y fantasmas de grandes complots, cuyos blancos serían los consumidores y un gobierno insuficientemente fuerte, y cuyos beneficiarios unos pocos señores inescrupulosos e irresponsables con su comportamiento dentro de la sociedad en su cunjunto. El gobierno de Alfonsín, con sus patéticas negociaciones con los entonces llamados "capitanes de la industria", también fue exponente y víctima de esa representación.
Cuando aparecen "especuladores" que "apuestan con el hambre del pueblo" y agilizan la máquina de la inflación, la violencia nunca anda lejos. Puede mostrarse primero en la indignación televisada de los consumidores, en las explicaciones insuficientes de los carniceros, o en números de popularidad en caída libre para determinados sectores, pero basta con un asalto a un camión repartidor de mercaderías -asalto bastante popular, asalto bastante montado- para que se pise el primer escalón del conflicto



 


 

Portada