Mayo 2007
Por Edgardo Arrivillaga
Cuando el flamante presidente de Francia, Nicolás Sarokozy asumió sus funciones
en el ministerio del Interior paso su primera noche en un puesto de comando de
un auto de policía estudiando las conexiones entre los sistemas informáticos de
las patrullas y el cerebro central del ministerio que estaba a su cargo. Era una
demostración clara de que este hijo de húngaros que nunca visito su patria de
origen, no solo es un hombre de la nueva Europa, en verdad la vieja, escapada
del social imperialismo colonial soviético, no solo apuntaba a la eficacia sino
también a la identificación y a la responsabilidad.
Buen ejemplo para los encargados de la seguridad argentina que no solo no saben
manejar una simple arma corta de puño sino que carecen totalmente de idea alguna
sobre el funcionamiento de un grupo de fuerzas de seguridad actuando en el
simple espacio de la conjuntez. Y la necesidad de seguridad de los nacionales
franceses ha hecho ganar a Sarkozy por encima de la seguridad de los recién
llegados.
Pero ya lo sabemos, la Argentina es diferente.
Y es cierto Another Country argentina es tan diferente que la victoria del
francés, enfrentado a sus compañeros del viejo gaullismo y al propio presidente
Chirac, apenas fue rozado por uno minutos por las rechonchas mejillas de
Cristina Kirchner en su breve estadía en Paris, en donde la princesa que quería
vivir, dedico toda su adulación y seducción sojera exactamente a la candidata
que acaba de perder.
La hija del coronel católico y traficante de armas por cuenta del estado francés
en Senegal, Eduard Royal.
Esta es la tercera y catastrófica derrota argentina en materia de política
exterior.
La primera fue Kerry, la segunda Ratzinger y habría que analizar también en que
medida las apuestas argentinas por Evo Morales y Tabare Vázquez pueden realmente
catalogarse como victorias o simples semiderrotas en una final que solo acepta a
los vencedores –¿el Brasil? ¿Venezuela ? -y desprecia a los oportunistas, a las
almas sensibles y bellas y a esa buena gente que cree que los intereses en
política exterior tienen algo que ver con las mutables afinidades partidarias.
No hay peor socialista que otro socialista cuando se trata de armar sociedades
que siempre son, entre ellos, con responsabilidad limitada, muy limitada en
verdad y en ese sentido tal vez la victoria de Sarko puede ser una buena noticia
para la Argentina que viene y un pésimo mensaje para los Taianas, los Parrilli,
los Kunkel y todos esos gastados guerrilleros que leían los clásicos editados
por Spivacow y que han quedado desterrados del mundo real entre 1989 y 1992
fecha de la autodisolución inteligente y casi indolora del ultimo imperialismo de
matriz asiática, es decir cimentado en la ideología y en un ineficiente sistema
de creencias laico-estatal basado en las grandes obras publicas en torno del
Volga.
Sarkozy ha ganado bien pero al mismo tiempo ha pulverizado a las huestes
feudales de Le Penn con la misma lógica con que Miterrand asesinó al partido
comunista francés con el simple expediente de darle responsabilidades
gubernamentales en áreas criticas y sobre todo sociales minando sus propias
bases electorales.
El nacionalismo del viejo De Gaulle, traicionado por el enarca Giscard, Sarkozy
no lo es, su competidora si, vuelve curiosamente de la mano de este húngaro pero
con la misma concepción gaullista en materia de política exterior, acercamiento
a Rusia pero alineamiento con el Occidente real.
Esto es el Occidente combatiente y no las retorcidas y algo melifluas
contorsiones nacional-neutralistas que tenían sentido lógico en los 70 y 80 con
los tanques rusos a cinco horas de Paris pero escasísima viabilidad en el nuevo
siglo. Así lo ha entendido también el Papado que, una vez mas, fusiona imperio
con potencia militar para desgracia de esas minorías étnicas de travestís y
transexuales que pululan en ese tardío destape cultural que llega a los países
mas atrasados como España y la propia Argentina pero que cuentan poco en la
sociedad desarrollada del futuro.
En realidad Sarkozy debe completar la operación de refundar al gaullismo
esposándolo con una economía de mercado moderna y competitiva y a la vez
convertir a la Unión Europea en una Unión de Patrias activas contra la
burocracia cosmopolita y proteiforme de Brúselas y ese será su mayor desafío.
Otros serán impulsar finalmente un ejército europeo, sin Francia operación
imposible y consolidar un tríptico inteligente entre Paris, Berlín y Londres
para negociar con Rusia y destrabar el complejo problema turco a un paso del
golpe de estado laico militar de los hijos de Kemal Ataturk contra el golpe de
estado del islamismo haraposo que serpentea sus violentas llagas entre Ankara y
Estambul.
El apoyo de Rotchschild al candidato vencedor no fue casual.
No es cierto, como dicen los amanuenses locales o gente con cerebro y pilosidad
trasplantada como el efímero Carlos Ruchauf, que con Sarkozy haya ganado
solamente la derecha como gemían ayer los intelectuales que se barrican en
Pagina12, reducto postergado y monárquico de un pasado comunista que no existe
mas salvo en el imaginario del Frente para la Victoria-Refundación Comunista.
Intelectuales como Andre Gluksman, quien visito la Argentina durante el mismo
proceso para estudiarlo y cuestionarlo, nacionalistas como Max Gallo, un experto
en temas napoleónicos desde el socialismo nacional francés, es un heredero de
Rene Capitant y libérales ultracentristascomo Alain Minc y hasta gente tan
popular como el actor Gerard Derpardieu y el todo terreno Bernard Tapie han
votado por el.
Segolene Royal era una bella mujer para irse de vacaciones con ella en algún
lugar reservado y caro.
Para conducir la única potencia nuclear latina en un mundo en guerra los
franceses han preferido a un hombre que fue cinco años ministro del interior,
conoce la parte oscura de la política-básicamente el presupuesto- y tiene
competencia para manejarse en la jungla que a todos nos espera en la compleja
trama del multiculturalismo, la internacionalización de la mano de obra, la
fluctuación del capitalismo hacia lugares de alto rédito intransigente.
Es la nueva cara del nacionalismo francés y hasta en sus aspectos más liberales
es la cara de la nueva –vieja Europa- que proyecta su influencia sobre los
residuos del neutralismo setentista.
En la Argentina este triunfo se hará sentir y la derecha puede dejar de llorar
las alquimias postizas de Aznar y Berlusconi y olvidar por unos momentos a las
madres ravioleras de la plaza lluviosa.
Ya saben exactamente a donde mirar.
Paris puede ser nuevamente faro de Europa.
