Antes que Cristina, lo intentaron Reston, Nicolaides y Bignone

Septiembre 2007

 


Las concertaciones resultan, de acuerdo a una norma no escrita de la Argentina presidencialista, el recurso al que apelan los gobiernos débiles, o escasos de iniciativa. Como candidata a Presidente, Cristina de Kirchner circunscribe su plataforma a la concreción de ese gran acuerdo nacional. Un antecedente muy interesante es la concertación que intentó 'el Proceso' luego de la derrota en Malvinas, relato reconstruido en detalle por Juan Bautista Yofre en su flamante "Fuimos Todos". Aquí algunos fragmentos:

 POR JUAN BAUTISTA YOFRE | 22/09/2007 | 10:16

CIUDAD DE BUENOS AIRES (Fuimos Todos). Durante los años del gobierno militar muchos periodistas, si no todos, conversaron con los militares. No había otra forma de enterarse de lo que ocurría y de lo que habría de ocurrir. 'El Gordo' Ricardo Flouret fue uno de los más consultados y de los más respetados. "No parece militar", dijo una vez un viejo político, y tenía razón. Tenía la lucidez suficiente para escuchar las más duras críticas de los civiles hacia el gobierno y gozaba de una virtud no usual en los hombres de la política: era severo en sus juicios consigo mismo.

 

Por su departamento de Carlos Pellegrini 1343, durante los años más duros del Proceso, pasaron los más variados dirigentes. Desde Vicente Saadi a Raúl Alfonsín y desde Carlos Menem a Carlos Sánchez Sorondo. A su casa fue a buscar refugio el periodista Rodolfo Fernández Condal cuando se dio cuenta de que lo perseguían, pero no llegó a tiempo.

 

El año de Malvinas lo encontró comandando la VII Brigada de Infantería y con sus correntinos se llegó hasta Río Gallegos dispuesto a saltar a las islas. No hubo tiempo, o decisión de parte del comandante del Teatro de Operaciones. Intuyó desde el comienzo que la ocupación de Malvinas había sido mal preparada y peor ejecutada.

 

Pero consideró que, a pesar de las miserias de sus superiores, el Ejército había peleado, y peleado como pudo, con lo que tenía. Sus vivencias en el exterior y la permanente opinión de su hermana Teresa, embajadora de carrera, lo llevaron a la conclusión inmediata de que los "aliados" no serían los aliados y los países ignorados de ayer eran los grandes amigos del momento. Consideró que la Junta Militar había sido "intelectualmente subdesarrollada" y que no había entendido "nada de nada" de lo ocurrido.

 

Conocía muy bien a Bignone, porque trabajó bajo sus órdenes en la Secretaría General del Ejército; nunca lo respetó intelectualmente y menos aún por su ciega afinidad con la gestión económica de Martínez de Hoz. Y sabía que Nicolaides no era el jefe del Ejército más indicado para el momento de crisis. De todas maneras, sus críticas no eran personales. Eran institucionales y fueron atendidas por varios generales de brigada y oficiales de más baja graduación. Fue la contracara, si se quiere, del general Miguel Mallea Gil.

 

El lunes 9 de agosto (N. de la R.: de 1982) se realizó en el Colegio Militar una reunión de generales de infantería para considerar los futuros ascensos de coroneles. En realidad, Flouret no quería ir, pero se negaba a dejar solos a los "generales de Malvinas" Parada y Jofré.

 

Antes de asistir decía que estaba en "comunicación" con otros camaradas "para abrir los brazos para cuando se caiga todo". Su nombre estaba "en el aire para algo", tanto es así que hasta Corrientes se largaron a verlo un reconocido productor televisivo y un empresario periodístico famoso para ofrecerle "ayuda y dinero".

 

"Yo no estoy proclamando otro golpe. Sí creo que los enormes problemas impedirán, obstaculizarán, una salida electoral. Propongo un gobierno de coalición que prepare al país para entrar en una época de estabilidad", dijo antes de ir al cónclave.

 

La reunión de generales fue presidida por los generales de división Llamil Reston y Luis Santiago Martella, había una decena de generales de brigada (Ruiz, Podestá, Piotti, Menéndez, Filips, Garay, Lucena, Jofré, Fernández Torres y Flouret). En el léxico de la época se decía que algunos eran los que tenían "los fierros".

 

Reston, ministro del Interior, comenzó hablando de la situación política (N. de la R.: aqui comienza el relato sobre la comida de generales relatada por Flouret, apuntes del autor del 10 de aoto de 1982). "Se mostró muy pesimista sobre la situación actual y dijo que el presidente Bignone le ha indicado que debía lograr una 'concertación' con los políticos, pero que ninguno de ellos le 'da pelota'. Que no van al Ministerio del Interior. Además dijo que 'no hay nada para concertar... lo único que tengo es la fecha de elecciones'.

 

"El ministro del Interior expresó que 'el gran poder donde se desarrolla el proceso de subversión es en las Fuerzas Armadas, porque las mismas se encuentran en un estado total de despelote interno. Las Fuerzas Armadas están subvirtiendo todo".

 

"Reston y Martella dejaron la impresión de estar derrotados, sin ninguna reacción frente a la situación del país. (Aquí intervino otro participante de la conversación con Flouret que contó que el día anterior, a las 11, había estado con Martella quien le comentó que estaba muy deprimido, que tomaba pastillas para dormir y que no había aceptado ser jefe del Cuerpo II).

 

"Reston expuso su conocida teoría de la división del mundo en áreas de influencia después de la cumbre de Yalta (1945).

 

"Flouret respondió que eso era estar de acuerdo con la teoría de la 'dependencia'. Que después del '45 habían ocurrido varios hechos que podían contradecir esta teoría, como ser Vietnam y Cuba. También, la recuperación del poder sobre el petróleo por parte de los árabes, poniendo en jaque a las potencias occidentales. 'Yalta no corre si se decide construir un país'."

 

Luego, Flouret dijo que había que "decirle la verdad al país; que los soldados pelearon; que la participación de los Estados Unidos al lado de Gran Bretaña fue fundamental", Reston respondió que "no era conveniente".

 

Flouret afirmó que "si no se dicen estas cosas se destruye al Ejército, porque no se puede explicar que el Ejército se rindió inmediatamente en Puerto Argentino. Reston reconoció que se había rendido a las dos horas de lucha". Él era de la opinión que la cúpula del Ejército "estaba en el aire, administrando la crisis".

 

Otro punto de disidencia fue el tratamiento de la deuda externa. Flouret le pidió a Reston que entendiera que "ellos (los acreedores) habían cambiado los términos con que se asumió la deuda externa". Pero Reston dio la sensación de no entender el planteo porque comentó que "la deuda venía de antes".

 

"Sí, pero las condiciones las cambiaron ellos", volvió a repetir Flouret.

 

En cuanto a la relación con los Estados Unidos, Flouret dijo que la política "feminoide conduce a una trampa". Y Reston ponderó la actuación de Aguirre Lanari.

 

Flouret, luego contó que la Armada está muy dura con Estados Unidos a nivel general y que eso coincidía con el pensamiento mayoritario del Ejército, menos la cúpula y Bignone.

 

Cuando Reston le preguntó qué se podía hacer con Washington, Flouret propuso retirar al embajador y los agregados militares de Washington y sacar la delegación militar norteamericana del 2º piso del Edificio Libertador.

 

Terminada la cena, Flouret retornó en compañía de (Mario) Menéndez y (Omar) Parada. Les aconsejó que si ellos no mandaban una nota pidiendo ser juzgados junto con todos los generales que habían participado en la toma de decisiones los iban "a cagar miserablemente".

 

Menéndez explicó que su situación se iba a aclarar con el informe que estaba redactando. (El otro participante en la reunión dijo: "Escuchame, a esos papeles no te los va a leer nadie").

 

El martes 10 de agosto, Reston fue a almorzar a lo de Fernando De la Rúa y otros dirigentes políticos de centro, acompañado del general auditor Carlos Cerdá. Los diálogos del encuentro castrense de la noche anterior fueron narrados por el ministro, seguramente con el ánimo de generar algún tipo de adhesión.

 

Reston transmitió una visión pesimista sobre el momento que se vivía, y aludió al escaso contacto que tenía con los dirigentes políticos representativos y las dificultades que encontraba para concertar una salida, producto de un estado de ánimo generado por la pérdida de Malvinas. (N. de la R.: Esta información salió como nota por Noticias Argentinas firmada conjuntamente por Roberto García y el autor el 11 de agosto de 1982. García habia hablado esa mañana con Reston).

 

Fue entonces que algunos generales de brigada, entre ellos Flouret, transmitieron la preocupación de que desde el poder "se estaba administrando la derrota, que no había signos vitales, que se perdían banderas y que no era necesario decir toda la verdad al país". A juicio de Reston, estas observaciones indicaron que los generales de brigada parecían imbuidos en "corrientes tercermundistas", las que se agravan por una presunta hipótesis de no pago de la deuda externa.

 

"El Proceso no se puede rifar, mucho menos permitir un incendio", dijo Reston. Por lo tanto, sin que desde su cartera se establecieran medidas, admitía que vería con satisfacción que en los grandes partidos prosperaran las iniciativas moderadas. De un modo u otro descartaba de sus planes a las corrientes más críticas de los grandes partidos, fundamentalmente al alfonsinismo y a casi todas las tendencias gremiales del peronismo. (...) Los comensales políticos creyeron entender en las palabras del ministro que, en el futuro, debían ser ellos quienes indicaran a la autoridad militar la fórmula para una concertación política, ya que desde el núcleo del poder se carece de elementos e ideas para forjar un acuerdo.

 

(...) Reston finalmente consideró ante los políticos que la reunión militar podría tener alguna trascendencia "cuando ésta fuera convenientemente narrada al comandante Nicolaides".

 

Así lo hizo, aunque primero habló con Bignone y luego con Nicolaides. El 24 de agosto, Flouret fue castigado con quince días de arresto, sanción que terminaría con su retiro del Ejército. La causa fue "excederse inmoderadamente en el uso de las expresiones empleadas para formular sus apreciacione sobre la vida institucional del país". Sin ser un hombre de izquierda, Flouret terminó apretado por una visión que, al momento de la derrota en Malvinas, fue vista como de izquierda.

 

Tras el incidente, en la intimidad, hasta Galtieri habló. El 2 de septiembre, cerca del mediodía, el ex presidente estaba al tanto de lo que había sucedido en la cena de los generales de infantería y creyó ver una posibilidad de volver al ruedo. Comentó que estaba dispuesto a ponerse el uniforme y actuar.

 

"Aquí me ve", dijo, corriendo la cortina con su mano izquierda, tomando un vermouth, "ahora si me llaman me voy al Comando, me siento y tomo medidas, incluso también la Presidencia de la República. Pero, ¿con el apoyo de quién? ¿Cómo está Patricios y Granaderos?", preguntó. Y luego agregó: "Además la política económica que se debe aplicar tiene que ser dirigista, no hay solución. También arreglar con un sector de la dirigencia sindical". (N. de la R.: Minuta de la entrevista del autor con Galtieri, 2 de septiembre de 1982).

 


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