La vuelta –es solo una forma de expresarlo, como para estar a tono con las primeras planas de los diarios y un sinnúmero de análisis políticos— de Eduardo Duhalde a escena, no ha dejado de sorprender a una legión de personas, más o menos informadas que, en rigor, no han sabido leer o interpretar la realidad. Porque cuando uno se sorprende de algo obvio, convirtiendo su sorpresa en lo único verdaderamente sorprendente, es que ha estado mirando otro canal o de viaje en otro planeta. Quienes en verdad no salen de su asombro por el retorno del ex–presidente —según parece programado para después del 11 de diciembre— puede decirse que pecan de ingenuos, en el mejor de los casos, o no entienden nada en la peor de las hipótesis.
“El Cabezón”, como le llaman algunos de sus seguidores o pares dentro del justicialismo, no abandonó nunca esa escena a la que ha anunciado que volverá. Bien miradas las cosas, Duhalde desapareció temporalmente de los lugares que solía frecuentar por efecto de una derrota contundente: la que le propinó el kirchnerismo en las elecciones legislativas del 2005 en la provincia de Buenos Aires. Claro que desaparecer no significa dejar de lado la política para cuidar a los nietos.
Duhalde, a semejanza de Alfonsín, Menem y Kirchner —para citar tres ejemplos paradigmáticos— son hombres que no podrían vivir sin la política. Le dedican a la misma 24 horas diarias y no piensan sino en correspondencia con los códigos que le son propios. De la misma manera que una victoria los entona, una derrota —por categórica que resulte— no los doblegará al extremo de obligarlos a dar las hurras correspondientes y dedicarse a otros menesteres.
Quien fuere el taita del peronismo bonaerense por espacio de una década, cuando menos, mal puede volver al espacio que nunca dejó. En este orden de cosas no hay que confundir, pues, vuelta a la política con pérdida de poder. Lo que le pasó a Duhalde tiene que ver, exclusivamente, con una fenomenal capitis dminutio de su poder y de su autoridad en el lugar menos imaginado: la provincia de Buenos Aires, que todos suponían —equivocadamente como quedó demostrado hasta el hartazgo en aquellos comicios de hace dos años— era un feudo alambrado y a prueba de cualquier intruso que deseara desafiarlo.
Resultaba tan inconcebible la idea de que Néstor Kirchner pudiera desalojarlo en la forma que lo hizo en el 2005 que, cuando sucedió, Duhalde debió meter violín en bolsa, llamarse a silencio y, con la cola entre las patas, retirarse a cuarteles de invierno, No estaba muerto, como tampoco lo estuvo Carlos Menem en el 2003, pero por más que ahora se empeñe en buscar el protagonismo de antaño, no lo conseguirá. ¿Por qué? La razón es elemental y expresarla no apunta a desmerecer su figura, ni mucho menos: Duhalde fue hasta el 2003, claramente, y hasta el 2005, supuestamente, una de las personalidades excluyentes de la política argentina en términos del poder que detentaba.
Solo Menem estaba varios escalones más arriba y, así y todo, no pudo impedir que se considerara —si con razón o sin ella es harina en otro costal— el “candidato natural del peronismo” en 1999. Su fuerte —el que le permitió sobrellevar la derrota de ese año y recuperar su prestigio hasta aterrizar, por vía indirecta, en la presidencia en el 2002— siempre había sido el mismo. Fuera de la provincia de Buenos Aires Duhalde era uno más entre sus pares justicialistas, pero como jefe indiscutido de aquella se convertía automáticamente en primus inter pares.
Todo esto hasta que el santacruceño que él, contra la opinión de no pocos de sus íntimos, catapultó a la Casa Rosada por odio y temor a Menem, lo dejó en el peor de los lugares luego del 2005. Casi sólo y humillado —no ganó en ninguno de los distritos del Gran Buenos Aires, ni siquiera en Lomas de Zamora— debió aceptar el papel de vencido que se hace el distraído.
Fue por eso que simuló estar más allá de la derrota, aunque, claro, no lo estaba. Para colmo de males buena parte de los diputados que la lista encabezada por su mujer logró sentar en la cámara baja se le dieron vuelta a la primera de cambios, seguidos por los intendentes que le habían sido fieles inclusive en su disputa —vaya si ardua— con el riojano.
Duhalde demostró en estos años ser un pésimo estratega: se enteró del Pacto de Olivos en el mismo instante que creyó que lo habían convocado a la quinta presidencial para disputar un partido de tenis; perdió contra Fernando de la Rúa luego de cometer un error en la campaña tras otro y, finalmente, creó al monstruo patagónico que terminó por devorarlo cuando tenía a su lado a un ministro, Roberto Lavagna, que en ese momento no solo tenía mejor imagen e intención de voto que el santacruceño sino que le hubiera sido leal. Además ha sido un político poco valeroso en los trances difíciles. ¿Alguien se imagina, por ejemplo, a Carlos Menem recortando medio año de su mandato por dos muertos en el Puente Pueyrredon? Con estas características, sin tropa y sin una imagen positiva razonable, ¿qué puede hacer ahora? La respuesta admite matices.
Por de pronto Duhalde tiene una vocación incansable de cara a la cosa pública, medios suficientes, tiempo y, lo que es tan importante como lo dicho más arriba, nada que perder pues el bien más preciado de la política argentina —el control sobre la principal provincia— ya no forma parte de su bagaje personal. Siendo así puede resultar un adversario de cuidado al momento en que Cristina Kirchner —si gana en octubre— sufra un revés estratégico y su autoridad —y la de su marido— se convierta en un tembladeral.
“Negro” —como le dicen sus íntimos— está convencido de que una crisis de envergadura sobrevendrá en los próximos dos años, poco más o menos, y que Cristina Fernández no está a la altura de las circunstancias como pasa transformarse en el piloto de tormentas que el país necesitará entonces. De modo tal que si desde el 2005 en adelante no tuvo más remedio que desensillar hasta que aclarase, ahora —convencido de que al final del túnel se vislumbra una luz de esperanza— ha vuelto a ensillar.
No es, ni mucho menos, el todopoderoso Duhalde de años ya desaparecidos, pero, por reflejo de lo que fue, mucha gente —incluido el matrimonio Kirchner— no deja de mostrarse inquieta al saber que el ex–gobernador y ex–presidente ha vuelto a repartir su currículum, por si hiciese falta.