Por Vicente Massot
La sola idea de que el gobierno de los Estados Unidos haya esperado con paciencia oriental la asunción de Cristina Fernández para hundirla, o poco menos, con un misil dirigido a la línea de flotación de su buque insignia, es algo tan inverosímil, dado el nivel de relaciones entre las dos administraciones, que el mayor misterio del escándalo protagonizado por Antonini Wilson no es saber las motivaciones que pudieron tener un fiscal y un juez del estado de la Florida, en Norteamérica, para obrar como lo hicieron, sino las razones de la reacción entre histérica e irresponsable que tuvieron —ni bien conocida la noticia— la flamante presidente y sus principales escuderos. Porque no hay demasiados interrogantes que develar respecto de la posición que tomaron los miembros de la justicia en aquel estado norteamericano. Era lo que debían hacer, dado la independencia que existe allí entre los distintos poderes.
La primera de las hipótesis, aún en el caso —ciertamente disparatado— de creer que en EEUU no hay división estricta y respetada de poderes, carece de consistencia por una causa elemental: si el enemigo fuese Néstor Kirchner, durante cuyo mandato se produjo el escándalo de las valijas, qué sentido tendría destapar la olla apenas 3 días después del juramente de Cristina Fernández. En tren de montar un complot, lo lógico hubiera sido enderezar toda la fuerza de las pruebas contra Néstor Kirchner y no contra su mujer. Si alguien verdaderamente cree que Estados Unidos estaba interesado en gestar una operación basura —como la denominó CK— el blanco obligado debió ser su marido y no ella, porque desairar a Bush en Mar del Plata, las relaciones intimas con Chávez y el permiso a éste para ocupar el estadio de Ferro y responderle al presidente de EEUU —entonces en la vecina Republica Oriental del Uruguay— no fueron decisiones de Cristina sino de Néstor.
En principio parece ridículo que Kirchner —tan luego él— haya necesitado, casi desesperadamente, 800.000 dólares para sufragar gastos de campaña. La discrecionalidad en el manejo de los fondos estatales —sobre todo con una administración que tiene sobrados méritos para ser considerada una de las más corruptas de nuestra historia— no se corresponde demasiado bien con el riesgo de traer al país una suma de dinero insignificante si se la compara con el presupuesto en negro que maneja. Además, aún si se le hubiese acabado la caja al kirchnerismo, ¿qué le costaba dar una orden para que los pasajeros del avión pasasen por la aduana como si fuesen dueños de casa?
Si fuese así, Cristina podría, tranquilamente, haber tomado distancias del caso, prometiéndole todo el apoyo a la justicia americana y asegurándole que estaba dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias respecto de la investigación. Hizo, en cambio, exactamente lo contrario, dando lugar a que se piense en su complicidad. Por eso, cabe considerar una tercera posibilidad: que el matrimonio sí haya sido parte de la operación y que, ante la inminencia de una acusación formal, haya decidido disparar hacia adelante.
Si bien la presente es una especulación, a esta altura del partido Néstor y Cristina Kirchner deben conocer el fondo de la cuestión y seguramente imaginan sus alcances. Si mañana Uberti, De Vido o la misma Cristina cayesen en la volteada y fuesen acusados en base a las declaraciones de Antonini o los agentes venezolanos, un manto de sospecha mayor del que ya existe caería sobre el santacruceño y su mujer. Por tanto, qué mejor en un país como la Argentina —tan propenso a creer que nuestro males son, las más de las veces, producto de conspiraciones foráneas— que plantear la dicotomía operación basura del imperialismo yanqui vs política soberana de los argentinos.
Las consecuencias podrían resultar impredecibles por el hecho de que se encuentra de por medio la justicia americana y hasta allá no llega el poder de los Kirchner. Para colmo de males el caso también involucra al gobierno venezolano —donde ha tenido una trascendencia mayor que en la Argentina— y si verdaderamente se comprobase que fue plata negra que Chávez le mandaba al Frente para la Victoria, la que traía Antonini en su valija, Washington no dejaría pasar la oportunidad para cobrarse viejas deudas.
Los Kirchner piensan que es posible continuar indefinidamente con el plan que está en ejecución desde mayo del 2003 y, en la medida que una catástrofe de carácter mundial en términos económicos no se anteponga en su camino, el rumbo —exitoso, además— seguirá siendo éste. Si el precio es pelearse con Uruguay y Estados Unidos, entonces no dudarán un instante en hacerlo. Pero no porque sean presa de un sentimiento chauvinista o porque su decisión se deje influenciar por los viejos tópicos izquierdistas de los sangrientos años setenta, sino porque el síndrome de King Kong —que todo lo puede— es común a marido y mujer.
