LA ALQUIMIA

 

Por Gerardo Josè Gonzalez

 

La baja Edad Media, la de Tomás de Aquino, desplegó una suerte de ciencia sintética, que mezclaba materia y espíritu, ciencia y religión, buscando saltos cualitativos.

La piedra filosofal, el homúnculo, la eterna juventud, el acceso directo a Dios.

 

El enciclopedismo primero, el positivismo después, la arrinconó en el olvido de las locas intenciones.
Pero la Argentina de hoy la resucita.

Que Roberto Lavagna, Secretario de Industria del Raúl Alfonsín en 1985, se transfunda al kirchenismo es obra de alquimia política.

 

El Maestre alquímico mayor es Alfonsín, por supuesto.
Supo cocinar la retórica lebensoniana con el sartrismo de posguerra, el yrigoyenismo blando de Balbín, con los socialismos portugués y español.
Nunca puso el mercurio en la marmita.

Alquimió con los militares en 1982, con al sindicalismo, con Lavagna, con Aldo Rico.

 

Su opera magna fue el Pacto de Olivos, lleno de homúnculos crípticos, como el Consejo de la Magistratura, los decretos de urgencia y la jefatura de gabinete, invenciones esótericas que nadie, con buena formación en Derecho Constitucional, logró entender jamás.

 

Su invención de senectud fue la candidatura presidencial de Roberto Lavagna, que partió el viejo partido de Alem en dos: los pasados a Kirchner y los alquimistas.

 

Pero en estos días su golem filosofal se pasó de la alquimia al positivismo político, arreglando vaya a saber Lavagna qué cosas.

 

Con lo cual nuestro Gagliostro de Chascomús está obligado a un prodigio inimagable para sostener su fama de sabiduría oculta. Estemos atentos, no está muerto aún.

 

Entretanto, Kirchner, otro alquimista, pero de diferente generación, calienta un crisol donde fundirá una amalgama de bajo hierro, plomo, carbón, bronce y un poco, muy poquito, de argentum. El oro, como es sabido, se fue del país.

 

Siguiendo este hilo de razón, retornaremos, políticamente, a la baja Edad Media, la de Carlomagno, donde toda oposición fue aniquilada.

 

Cuando escucho la palabra democracia, me vienen ganas de sacar el revólver, dijo un hombre de medios.
Esto que vivimos es rosista, prealberdiano, por parangonar.

Roca, Irigoyen, Perón, pelearon duramente con oposiciones que terminaron venciéndolos.

 

Pero, como hubo dictablandas en la Argentina, ahora tenemos un agujero negro que se traga todo lo que se le aproxima.
Se acabó la república. ¡Ave, César!
Es, en gran parte, opus alfonsinista.

¡Oh, Democracia, esto hemos hecho en tu nombre!

 

Veinticinco abriles cumplió la niña y así termina, puta arrastrada que nadie desea encamar, disculpando el lunfardismo.

 


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