Por Gerardo Josè Gonzalez
La piedra filosofal, el homúnculo, la eterna juventud, el acceso directo a Dios.
Que Roberto Lavagna, Secretario de Industria del Raúl Alfonsín en 1985, se transfunda al kirchenismo es obra de alquimia política.
Alquimió con los militares en 1982, con al sindicalismo, con Lavagna, con Aldo Rico.
Su opera magna fue el Pacto de Olivos, lleno de homúnculos crípticos, como el Consejo de la Magistratura, los decretos de urgencia y la jefatura de gabinete, invenciones esótericas que nadie, con buena formación en Derecho Constitucional, logró entender jamás.
Su invención de senectud fue la candidatura presidencial de Roberto Lavagna, que partió el viejo partido de Alem en dos: los pasados a Kirchner y los alquimistas.
Pero en estos días su golem filosofal se pasó de la alquimia al positivismo político, arreglando vaya a saber Lavagna qué cosas.
Con lo cual nuestro Gagliostro de Chascomús está obligado a un prodigio inimagable para sostener su fama de sabiduría oculta. Estemos atentos, no está muerto aún.
Entretanto, Kirchner, otro alquimista, pero de diferente generación, calienta un crisol donde fundirá una amalgama de bajo hierro, plomo, carbón, bronce y un poco, muy poquito, de argentum. El oro, como es sabido, se fue del país.
Siguiendo este hilo de razón, retornaremos, políticamente, a la baja Edad Media, la de Carlomagno, donde toda oposición fue aniquilada.
Roca, Irigoyen, Perón, pelearon duramente con oposiciones que terminaron venciéndolos.
¡Oh, Democracia, esto hemos hecho en tu nombre!
