Por Pilar Rahola
Me atrevo a pensar que es la boina de Ingrid Bergman, en Casablanca.
Aun así, la película fue buena.
Michael Curtiz la hizo birlándole la historia a Howard Hawks y el guión en períodos de huís clos satírico, del inolvidable Mankiewicz.
Paradójicamente esa boina coqueta de la presidenta en las calles de Paris preanuncia la catástrofe argentina que se acerca pero también esa velocidad de traiciones, mascaras, puñales y previsibles devaluaciones que se intercambian en un stacatto de olvidadizos y a la vez asombrosamente veloces tiempos de comedia.
Cristina era Ingrid Bergman en las calles de Paris ; pero a la vez algo de Michelle Morgan y detrás de la Casablanca de utilería , se podía ver el claro desgarro de un proyecto político contaminado de leyenda decadente.
Muy al contrario, Cristina, como otras políticas de su tiempo, ha descubierto que el poder no está reñido con la feminidad, y ha enterrado para siempre ese gusto thatcheriano que marcó a las mujeres poderosas de otras épocas. Es femenina, le encanta la moda, gasta como cualquier mujer rica, tiene estilo propio, y además tiene poder. Eduardo Zaplana, en versión femenina, y con más gusto. Hasta aquí, la boina de la presidenta sólo es, pues, otro complemento de su muy generoso armario y un símbolo de su estilo.
Pero ¿y si fuera una prenda con más connotaciones, quizás con más lecturas? ¿Es plausible imaginar que Cristina se pone la boina -típicamente revolucionaria, en lectura iberoamericana- por pura casualidad estética? Pasaba por París, se manifestaba por Ingrid, y le cayó la boina del Che, justo cuando la referencia son las FARC colombianas. Pueden pensar que mi capacidad de buscar lecturas alambicadas es excesiva, y censurarme por ello.
La boina, pues, para muchos de sus seguidores, y en esa manifestación, es algo más que un complemento, es pura semiótica. Boina aparte -o con la boina puesta-, la presencia de Cristina Fernández en París es un acto político de naturaleza ambigua y, por ende, poco confiable. Por supuesto, es muy loable que la presidenta de Argentina se preocupe por la liberación de otra mujer política, brutalmente secuestrada desde hace seis años, y, según todos los indicios, encadenada día y noche a un árbol, con una salud precaria y una depresión grave. Pero la cosa ya no resulta tan loable cuando esa misma presidenta se pronuncia de forma comprensiva con las FARC, juega al equívoco permanente e incluso se rodea, en sus mítines más recientes, de los sectores de la extrema izquierda argentina más violenta.
Manifestarse en París a favor de Ingrid Betancourt, y previamente presentarse en Buenos Aires flanqueada por Hebe de Bonafini o por el líder piquetero Luis D´Elía -responsable del asalto violento contra los manifestantes agropecuarios, en su reciente huelga-, ambos defensores acérrimos de las FARC, deja la credibilidad por los suelos. O, lo que es peor, se envía el torticero -y perverso- mensaje de que las FARC tienen la misma naturaleza legítima que el presidente de Colombia.
A diferencia de Lula da Silva, o de Michelle Bachelet, que han practicado una inteligente y seria prudencia en todo este conflicto, y nunca han sido cazados en un renuncio a favor del terrorismo colombiano, la actitud de los Kirchner es manifiestamente panfletaria y, en consecuencia, favorable a una mirada comprensiva del fenómeno terrorista. Siendo Argentina un país tan importante en la región, resulta deplorable el papel ambiguo y, por ende, cómplice que está desempeñando, de la mano de su dirigencia.
