Informes de inteligencia provenientes de Costa Rica y de documentos recientemente desclasificados por el Departamento de Estado norteamericano dan cuenta de una prolongada estadía de miembros de las FARC en territorio costarricense, entre los cuales estaba Raúl Reyes, subjefe de esa organización y muerto últimamente por tropas colombianas en territorio ecuatoriano. En dicho informe se revela los detalles de una reunión celebrada por Reyes y Phil Chicola, entonces director para asuntos andinos de EE.UU. entre el 13 y 14 de diciembre de 1998, en la cual, el comandante guerrillero hizo una declaración bastante controversial, afirmando que la cocaína era el único producto que tenía ventajas competitivas en el mercado mundial. Y, si bien las FARC no estaban envueltas en el tráfico de drogas, admitían que cobraban impuestos de los grandes distribuidores del alcaloide.
Estas asombrosas revelaciones, dignas de un libreto cinematográfico, emergen del operativo realizado el 1º de marzo pasado contra el campamento de Reyes y la incautación de su computadora personal que, como una “Caja de Pandora”, ha principiado a revelar todo tipo de implicancias que, para nosotros los bolivianos no pasarían de lo anecdótico, si no tuviesen una intima relación con una de las cadenas más productivas del país, cual es la del narcotráfico. Ese tema, con inusitada frecuencia golpea nuestras puertas, nuestros sentimientos y nuestra conciencia nacional. Esa cadena que va desde la siembra, el cultivo y consumo de coca, hasta la metamorfosis de esa inocente hoja verde, en la aterradora diosa blanca.
Como en todo proceso de una cadena productiva, el éxito radica en optimizar su rendimiento: desde su inicio, hasta la entrega del producto final. En el eslabonamiento de la madera por ejemplo, la eficiencia debe manifestarse desde el corte del árbol, hasta el mueble del carpintero. Algo similar surge con la cadena productiva del aceite, donde la eficacia debe primar desde el cultivo de la soya, hasta el producto embotellado. Empero, como en todos los emprendimientos comerciales en que ha participado el estado boliviano hubo siempre atisbos de mamada, sean estos petroleros, mineros, agropecuarios etc. Con mayor razón, si en ellos existe una gran afluencia de dinero y la corrupción se impone sobre la eficiencia. Seria justo reconocer entonces, que en la riesgosa industria agroquímica, siempre llevaremos las de perder. Más aún, si en ella el gobierno no podría darse jamás, el lujo de decretar una prohibición para exportar.
No es difícil deducir que una gran parte de materia prima para el comercio que señalan las FARC, está saliendo de Bolivia. El propio Chávez se encargó de enaltecer la calidad de la pasta que le era enviada por su colega boliviano. La producción anual de coca es de 6 toneladas por hectárea. El área de cultivo de coca actual es de 30.000 Has. Por tanto, la producción de coca está en el orden de las 180.000 toneladas anuales (180 millones de kilos). Lo que los bolivianos no masticaremos, ni consumiremos, ya sea en desayunos escolares o simples matecitos, en los próximos mil años. Por consiguiente, alguna fuga debe existir, hacia la cadena narcoproductiva.