Por Acab
Chávez acaba de postular, con la exuberante imaginación y verbalismo que lo caracteriza, cambiar la usual denominación de América Latina, aplicada al territorio que nace en el río Bravo y se extiende hasta la Tierra del Fuego y una porción del continente antártico, según las reivindicaciones de algunas naciones, la Argentina entre ellas.
Chávez alcanza, con este tema, una cumbre entelequial, tan antigua y debatida como la conquista –esa es la única palabra real- de América por Europa.
Cinco potencias Europeas conquistaron América: España, Portugal, Inglaterra, Holanda y Francia, siguiendo la cronología.
Al ocupar, desde puntos costeros, los inmensos territorios del bien llamado Nuevo Mundo, encontraron poblaciones. Los ibéricos se dieron más al mestizaje que los otros europeos: dieron la generalmente llamada raza criolla.
Casi simultáneamente comenzó el gran negocio de la captura de africanos por parte de Inglaterra y Holanda, generalmente compartido con los caciques costeros del continente donde el Hombre nació. Los esclavos de piel negra fueron importados según las necesidades de mano de obra de las colonias. Los mayores contingentes fueron a dar a los estados sureños de USA y el Brasil y a las costas e islas del Mar Caribe. Las colonias europeas de la costa noreste de América del Norte rechazaron visceralmente el mestizaje con los indios preexistentes y más con los esclavos africanos.
Pero los portugueses lo aceptaron gozosamente, como lo consigna de modo insupe- rable un dicho colonial: “Branca para casar, negra para trabalhar, mulata para follar”.
La “pureza” racial norteamericana engendró el apartheid y la extraordinaria empresa del Estado de Liberia, fallido por excelencia. Los “afroamericanos” siguen sin integrarse a la sociedad central, pasados cuatro siglos.
Los cien años corridos entre 1750 y 1850, acotan una etapa de integración y separación de las tres “razas”, para usar términos genéricos orientativos. Las colonias, al independizarse de las potencias europeas fundantes, dan respuestas nacionales disímiles a los problemas de la integración-exclusión de las tres “razas”.
Venezuela carece de negros, excepto los del Ocumare de La Costa.
Chávez es mestizo de hispanos e indios.
San Salvador de Bahía es una enorme ciudad toda negra, la mayor del mundo fuera de África. Las tribus se distinguen aún hoy fácilmente.
Complica el tema racial las dos corrientes migratorias europeas: la de la conquista y la de los siglos XIX y XX.
La Argentina, Uruguay los estados brasileños de Rio Grande do Sul, Paraná, San Pablo y Minas Geraes son blancos recientes unidos a los aristócratas de origen portugués.
Analizar la mezcla racial país por país llevaría veinte páginas.
Retornando a la idea central, Chávez, líder de un mestizaje criollo puro, colonial, propone reivindicar la raíz indígena.
No hay casualidad en que Méjico y Perú sean las naciones donde las universales civilizaciones precolombinas desplegaron –en completo aislamiento- su riqueza.
Cuando Hernán Cortés conquista Tenochtitlán, era la ciudad mayor del mundo, más habitada que Pekín.
La propuesta chavista merece dos objeciones:
-La cultura de nuestros paises no es predominantemente indígena, sino europea, de las oleadas antes mencionadas. Los pueblos precolombinos se mestizaron con los conquistadores, o, en las zonas sin provecho económico, mantuvieron su pureza, como en Bolivia.
-Amerigo Vespucci fue un cartógrafo italiano que terminó dando nombre al inmenso continente, sin otro mérito que haber trazado un valioso mapa costero.
Erra mal, muy mal, Chávez, porque lo que existe al sur del río Bravo debiera llamarse Colombia Mestiza, para acoger las misturas complejas de las tres razas.
Por el loco genovés que, trazando una ruta hacia el Oriente, tropezó con un inmenso continente.
Y por la tumultuosa y maravillosa mezcla de razas que sucedió a su aventura.
Y, por contraste, con el hecho gigantesco del nacimiento y consolidación del país que decidió nombrarse como los Estados Unidos de América. No del Norte, sino del continente entero, y que hoy es el Imperio del Mundo.
Chávez rechazó la raíz ibérica, pero mantiene, por razón de marketing, el nombre de pila de Vespucci.
La denominación de América Latina, predominante, es invento francés.
Fue ligereza bélica contra los emigrantes sajones del Norte.
Pero Napoleón Bonaparte vendió la Louisiana a los sajones, con lo cual la pretensión latina se disolvió estratégicamente.
Si, desde Méjico hacia abajo, somos hijos de la conquista ibérica, el nombre es Iberoamérica, que acoge a los países de habla castellana y al Imperio del Brasil.
Los italianos, latinos por antonomasia, recién llegaron a fines del siglo XIX, a los EE.UU y a nuestras repúblicas menores.
Cito de memoria a un poeta peruano.
Aquí yace Manango,
pura cepa americana.
Su padre nació en la China
Y su madre es africana.
Porque la tercer crítica a Chávez es su atlantismo. Olvida a los que emigraron del Pacífico.
