Abril de 2009
Estas anticipaciones de Nielsen demuestran que no hay nada nuevo bajo el sol. Obama es un Roosevelt para consumo interno y una extraña mezcla de Carter y Kennedy para el exterior. Demuestra prudencia ,realismo, y da sensación de sensatez.
Obama entregó los manuales secretos de la CIA y fue como releer la vieja doctrina de la guerra de guerrillas del Che Guevara pero vista desde el otro lado .El manual de operaciones de interrogatorios de la OAS iluminista no era diferente.El de la KGB ,oráculo también previsible en ese campo , no lo conocemos aún.
Los países que interesan a Obama son México- ya hay grupos de reflexión americanos pensando en la semiocupacion de es país , el Brasil,verdadero partner de la pax americana en la región,El Salvador y Chile. Colombia pasa a un segundo plan porque gano la guerra contra las FARC y Venezuela esta limitada por una retórica antiimperialista que lo hace recurrir a un librillo de Eduardo Wilson Galeano,un ex colaborador del Marcha uruguayo ,es decir británico, frente a sus genuinos compradores petroleros.Perú interesa por su vinculación con China-Japón y como Chile por su estrategia de llegar al sostenido desarrollo comercial con el Pacifico.
La Argentina y el Uruguay son países europeos,de escasa relevancia y una anfibología doctrinaria en el caso argentino que lo ubica siempre en la atipicidad solitaria. Con el supremo agravante de que en la ultima reunión de embajadores en Palacio San Martín en donde se los convoco a vender y aprender mejor ingles ,nadie les pidió siquiera una opinión de corto plazo sobre la reunión panamericana que se acaba de concretar.Es cierto que Cristina rindió examen oral y escrito ante el flamante y comprensivo Obama, pero hay escasas posibilidades de que la haya tomado demasiado en serio.
por James Neilson
En todas las cumbres americanas el tema dominante es la relación, siempre problemática, de Estados Unidos con la parte sureña del hemisferio, del país más poderoso y más rico del planeta con una treintena, si incluimos a los caribeños de la Mancomunidad Británica, que se saben económicamente atrasados y cuentan con instituciones políticas que, sobre todo en los hispanohablantes, son por lo común precarias. La cumbre de Trinidad y Tobago no será una excepción, aunque la novedad supuesta por la presencia del "carismático" y, para muchos, exótico Barack Obama, permitirá algunas variantes. Así y todo, es de prever que, como ya es tradicional en estas reuniones, el presidente norteamericano procure convencer a sus homólogos del sur de que los considera muy importantes, que quiere aprender de ellos y que da a entender que en su administración está incubándose un "plan" que, sin obligarlos a hacer nada concreto, los ayudará a superar sus dificultades, mientras que por su parte algunos latinoamericanos lamentarán una vez más que el destino de la región no se encuentre entre las prioridades de Washington. Que éste haya sido el caso últimamente debería ser motivo de alivio, ya que para merecer tal lugar la región tendría que competir con el Medio Oriente, Afganistán, Pakistán, Somalia y Corea del Norte, además de otros países o conjuntos un tanto más respetables como China, Rusia y la Unión Europea, pero por razones psicológicas comprensibles la supuesta falta de interés de los norteamericanos en América Latina duele. Puesto que Obama se ha acostumbrado a pedir perdón al interlocutor extranjero de turno por los pecados que a su juicio cometieron sus antecesores en la Casa Blanca, ya se ha comprometido a prestar más atención a lo que ocurra al sur del río Bravo. No tiene más opción.
A la luz de lo que está sucediendo en México, país que a juicio de algunos en Washington corre el peligro de transformarse en un "Estado fallido", o sea, una tierra de nadie regenteada por delincuentes o locos, a Obama no le quedará otra alternativa que la de preocuparse en serio por las vicisitudes de los vecinos del sur. Huelga decir que no le convendría permitirse demasiadas ilusiones. A través de los años, muchos presidentes norteamericanos han prometido "dar prioridad" a América Latina. Por desgracia, los resultados de sus esfuerzos por asegurar que la región no saliera del camino que en su opinión le sería apropiado no han sido muy felices. La Alianza para el Progreso de John F. Kennedy costó mucho pero logró poco, las intervenciones anticomunistas de Richard Nixon y Ronald Reagan contribuyeron a hacer del guerrillero una figura romántica y facilitaron la irrupción de una serie de dictaduras militares brutales, y a pesar de algunos éxitos coyunturales parecería que la lucha contra la droga ha fracasado, en buena medida porque demasiados norteamericanos están dispuestos a gastar cantidades enormes de dinero para drogarse.
En cuanto a los intentos repetidos de persuadir a los latinoamericanos de lo ventajoso que les sería manifestar más entusiasmo por el capitalismo liberal, distan de haber brindado los frutos previstos. Por lo demás, la crisis económica actual ha desprestigiado el modelo norteamericano: si bien sigue siendo incomparablemente más productivo que cualquiera en América Latina, por ahora cuando menos los funcionarios de Estados Unidos carecen de la autoridad moral e intelectual para dar lecciones a sus equivalentes de países más pobres. Según Luiz Inácio "Lula" da Silva, Cristina de Kirchner y muchos otros, Estados Unidos es responsable de la crisis internacional y por lo tanto le corresponde compensarlos por las pérdidas que ha provocado. Los norteamericanos podrían contestar diciéndoles que el crecimiento robusto de los años últimos se debió principalmente al aporte de sus consumidores, de suerte que sería injusto pedirles más sacrificios, pero sorprendería que se pusieran a polemizar sobre quién es el máximo culpable del desaguisado que se ha producido. A lo sumo, advertirán nuevamente acerca del peligro planteado por la tentación proteccionista, lo que no les serviría para nada ya que virtualmente todos los mandatarios de la región coinciden en que el proteccionismo es malo pero que en su caso particular tienen pleno derecho a defenderse contra "invasiones" de bienes extranjeros. Además de afirmarse en favor de la libertad de comercio, los presidentes que están reuniéndose en Trinidad y Tobago juran ser demócratas convencidos, pero ello no obstante la mayoría quiere que Cuba -mejor dicho, su régimen- se reintegre cuanto antes a la familia regional. Tal postura puede atribuirse a la propensión general a solidarizarse con dictaduras -siempre y cuando sus jefes hagan uso de una retórica que no sea obviamente derechista- que están en conflicto con Estados Unidos no porque en el fondo aprueben la violación sistemática de los derechos humanos por "revolucionarios", sino porque les brinda un pretexto irresistible para oponerse a la superpotencia cuyas pretensiones les resultan urticantes.
Hace algunos días, Obama trató de complacerlos atenuando el embargo a la isla, pero parecería que pocos lo creen suficiente. Estados Unidos ha cambiado mucho desde los años cincuenta del siglo pasado cuando, para júbilo de los progresistas latinoamericanos, los hermanos Castro y sus amigos se apoderaron de Cuba. La elección de Obama oficializó, por decirlo así, que es un país multiétnico. Ahora cuenta con decenas de millones de ciudadanos de origen "hispano" o "latino" que son tan patrioteros como los "anglos", pero la transformación así supuesta no ha modificado radicalmente el viejo estereotipo del yanqui, acaso bienintencionado pero irremediablemente torpe e incapaz de entender la mentalidad ajena, que sigue imperando en estas latitudes.
