

Por Edgardo Arrivillaga

Escrita en agosto del 2004 cuando Chávez consolidaba su poder político esta nota se actualiza con el desarrollo de la polémica en torno a la UNASUR que alcanzará su punto de implosión en la reunión que se celebrara en Bariloche el próximo 28 y en la cual Chávez jugara el rol de Frankenstein y el Brasil- verdadero oponente y a la vez socio complementario de los Estados Unidos en la región-sigue las máximas del testamento de Richelieu.
Vale la pena que les proponga una relectura del asunto mas allá de algunos datos estilísticamente dramatizados y una situación internacional que se ha modificado profundamente en solo cinco años.
El resultado de las elecciones venezolanas debe ser analizado en términos estratégicos, geopolíticos y de influencia regional, abandonando el matiz de utopía más o menos democrática que envuelve a las luchas sociales que llegan a soluciones paritarias que, en general, tienden más a la división de sus países más que a la unidad, simplemente porque la base social ya esta irremediablemente fracturada.
El triunfo de Chávez consolidará una vasta plataforma antinorteamericana en el subcontinente y dará alas a los sectores de izquierda que pugnan por superar a los partidos nacionalistas estatales surgidos en los ‘40 (el peronismo argentino es uno de ellos), pero también, de alguna manera, a las expresiones superspetites en Bolivia, Perú y Brasil, intentando suplantar el esquema desarrollista de alianza de clases por uno más agresivo de simple confrontación y enfrentamiento. Ayuda a esta operación la africanización de Latinoamérica, la profundización de su crisis política y la globalización de sectores transnacionales que, como el narcotráfico o la acción de la criminalidad organizada, insinúan sus costados globalizadortes desde la economía marginal; también la gradual desaparición de la clase política democrática y liberal, surgida en los años ’80, y la consolidación del golpismo popular, hijo directo de las puebladas hispánicas antiliberales que no necesitan actualmente del poder militar para desarrollarse, lograr sus objetivos y, finalmente, alzarse con el triunfo.
La crisis “partidocrática” es continental y en la Argentina da origen a un Blumberg, mientras que en Venezuela, al pintoresco coronel de la verborragia del autodidacta; pero la enfermedad es exactamente la misma: la crisis de los artefactos parlamentarios y la búsqueda de los profetas más o menos desarmados.
El segundo aspecto de la cuestión es el triunfo de la diplomacia brasileña; tanto Lula cuanto sus aliados argentinos, Eduardo Duhalde y el inevitable doctor Alfonsín, son los ganadores objetivos de la contienda y operaran por izquierda para consolidar el frente antinorteamericano lusitano que en una segunda etapa negociara con Estados Unidos desde una posición de fuerza que pilotea el Brasil y que tiene objetivos bien precisos: la negociación bilateral del MERCOSUR con el ALCA, la obtención de un puesto permanente en el Consejo de Seguridad y la posibilidad de convertirse en el país llave de la subregión para todo el siglo XXI. La Argentina quedaría, entonces, en una posición secundaria. Los políticos argentinos, carentes de estrategia sólo podrán acompañar pasivamente esa inmensa tarea de la diplomacia lusitana que tangencialmente se convierte en nexo militar y social con África y con el mundo árabe -Haití es un ejemplo y los acuerdos militares con África y Egipto son la otra intersección del asunto-, y donde se revela que el presidente Chávez no es exactamente Castro sino más bien el ala izquierda del lusitanismo imperial, desarrollista y tercermundista en Sudamérica.
El tercer punto es que Estados Unidos puede soportar muy bien a otra sociedad dividida cerca de su territorio (ya lo han hecho repetidamente durante todo el siglo pasado), con la condición de que Petróleos de Venezuela siga constituyendo la reserva estratégica que compense tanto una agudización de la crisis en Medio Oriente cuanto una crisis mayor en el sistema de aprovisionamiento energético ruso que, compartido con Gran Bretaña, manifestará algunos puntos de interrogación en los próximos cuatro años, fecha límite tanto para el consumo cuanto para las reservas.
El cuarto punto es que tanto Bolivia, cuanto Chile, Perú, Ecuador y Colombia sufrirán los desarrollos de los movimientos indigenistas que, financiados por Chávez y en algunos casos simplemente por el narcotráfico, apuntarán a impulsar una salida al mar de Bolivia, a fracturar los Estados nacionales democráticos y liberales y a balcanizar adecuadamente la zona .
Por su parte, el factor Malvinas puede integrar esta vasta operación de implosión, ya que los países más perjudicados serán en primer lugar Colombia y luego Chile, que quedará aislado por la presión de factores que conspira contra su integridad nacional. Es probable, entonces, que acentúe su acercamiento con Gran Bretaña para paliar la defección ritualmente democrática del socio norteamericano preocupado por la agenda interna y la agenda medioriental, por Rusia y China. Ya el traslado del comando estratégico aéreo de Inglaterra a Italia preanuncia los nuevos posicionamientos y también las prioridades que subyacen detrás del llamado “multipolarismo”; y no es improbable en este esquema que China refuerce sus relaciones con el largo país cuchillo trasandino.
En el campo de las luchas sociales se está creando una brigada internacional latinoamericana de piqueteros y movimientos bandeirantes varios; estos se potenciarán, aceptarán las reglas democráticas y liberales cuando les convenga, pero intensificarán su presión social para ganar espacios de poder, obtener beneficios políticos de sus movimientos nacionales y, simultáneamente, conformar una coordinadora de piqueteros y fuerzas sociales a escala subcontinental. Serán apoyados por los movimientos antiglobalizadores y también por las fuerzas del narcotráfico, que deberán reposicionarse sobre los nuevos actores sociales que pretenden sepultar a los Estados nacionales heredados de la vieja América Latina antihíspanica del pasado; un narcotraficante inteligente debe buscar hoy un líder piquetero o a algún sociólogo medianamente indigenista, ya que los egresados de Harvard quedaron atrás.
Otra lección de la resultante venezolana, al margen de su difícil gobernabilidad, que a Chávez hacia adelante y no hacia atrás, es que la Argentina carece de una política exterior propia y que sus representantes democráticamente nacionales en la pléyade de veedores internacionales -básicamente Duhalde y Alfonsín- son simplemente un extraño subproducto de la cancillería brasileña; otro detalle interesante es que tanto la Vieja Europa cuanto la Nueva Europa rumsfeldiana han tenido un perfil extraordinariamente bajo en el desarrollo electoral, ya que las masacres en África los han cautivado más.
Finalmente, hay que tener en cuenta que la Iglesia Católica venezolana ha denunciado presurosamente las presiones y los intentos de fraude, así como las compras de votos. Con un Papa exangüe y en extinción física es evidente que tanto Roma cuanto Israel mantienen intactos sus resortes estratégicos a medio y largo plazo; Chávez no conviene a los segundos, debido a su apertura hacia mundo árabe más radicalizado, y el actor católico, por su parte, no puede convalidar un triunfo político que divide como un yatagán a la sociedad venezolana y que la prepara para una guerra civil y política de baja intensidad.
