Después de Cavallo


El editor de esta publicación – que es un buen amigo y el que me tentó a transformar en artículos periodísticos unos apuntes para la reflexión entre compatriotas con ideas e historia similar - me pide que nuevamente le acerque un trabajo enfocado en los acontecimientos de las últimas semanas en Argentina, los que bautizó antes que "Noticias
" La Tormenta Perfecta.

Es difícil, y también es un desafío interesante. No quiero ser un columnista, describiendo lo que pasa esta semana en la economía; hay muchos, y algunos buenos. Prefiero unirlo con lo que escribí a principios de diciembre del año pasado, que se publicó como Reflexiones al pie de la horca: para plantear lo que yo pienso que debe hacerse para que nuestro país vuelva a crecer, a dar trabajo y alguna esperanza a su gente.

Creo que hay claves en lo que escribí hace más de ocho meses para ayudar al análisis. Tanto en aquello que entiendo acerté: el agotamiento de la política de Machinea encaminada a conseguir la confianza de los inversores, malgrado el entonces reciente "blindaje"; la irresistible proyección de Cavallo - a pesar de la resistencia que despertaba en vastos sectores políticos - como el único al que se veía capaz de plantear alternativas posibles. Y también en lo que me equivoqué, al subestimar la dificultad de desarrollar políticas activas en el marco de la actual situación argentina y mundial.

Pocos meses después, el 8 de mayo, escribí otro ensayo que Harry bautizó La guerra del superministro: ahí fui puramente descriptivo. Percibía la probabilidad de la derrota del protagonista, pero no quería contribuir a ella aunque fuera en mínima parte. Sus consecuencias las iban a sufrir todos los argentinos.

El título que yo elegí para este artículo adelanta un juicio. El experimento Cavallo - ministro y solución del gobierno De la Rúa - ha fracasado. Es difícil considerar terminado a quien tuvo intervenciones decisivas en 1981, en 1991-96 y nuevamente ahora, pero no parece posible que pueda elaborar una nueva estrategia con un espacio político mucho más reducido y con su imagen de ogro/salvador incomparablemente más desgastada que hace sólo cuatro meses.

Y el fracaso de su estrategia es evidente. No se mide por el costo humano de sus medidas; lamentablemente no es un argumento definitivo para los mercados, como las bajas no lo son en la guerra. Después de todo, la desocupación no fue insoportable para los que no la sufrían. Y los comunicadores siempre están dispuestos a llamar "costo político" o, con ironía sangrienta, "estatismo residual" a los jubilados.

No, el fracaso surge de la contradicción entre lo que se ve forzado a hacer y lo que él mismo empezó a ejecutar al asumir su ministerio. El "déficit cero" puede ser - hoy es - necesario, pero en ningún libro de economía se dice que es reactivante. Y lo que podía ser una opinión plausible cuando comenzó la gestión Machinea: -"Los inversores volverán a tener confianza en la Argentina cuando vean que desciende el déficit fiscal" suena en nuestra situación como una frase hueca o una estupidez a la que se aferran por ideología o interés quienes la repiten.

Porque el default, la imposibilidad de pago de la deuda pública, no es una opción casi indolora como livianamente la presentan algunos políticos, pero tampoco ha sido alejado por las medidas de Cavallo. Lo afirmo no desde mis conocimientos básicos de economía, inferiores a los suyos, sino en la simple capacidad profesional de analizar balances y flujos de fondos, con la que todos los decisores de bancos, fondos de inversión y organismos internacionales cuentan en sus equipos. Para los analistas, es altamente improbable - digan lo que digan sus gobernantes - que la Argentina pueda pagar en los próximos años los 20 mil millones de dólares que le requerirá mantener el nivel actual de su deuda = déficit cero. Y por lo tanto, con la lógica de los mercados, los inversores se están comportando, prudentemente, como si el default fuera inevitable.

La lucha política argentina, que acelera los tiempos casi tanto como lo hacen los mercados, no permite avizorar su futuro. El ministro Cavallo aún hoy es el candidato preferido de muchos de los agentes económicos locales para ordenar la prevista renegociación de la deuda y, quizá, la salida de la convertibilidad (destino de Petain, para quien quiso ser De Gaulle). Probablemente, lo elegirían como el hombre para dar la dura y necesaria discusión con el otro gran acosado, Brasil. No tiene talento diplomático, pero si sabe lo que quiere en términos del rol argentino en esa relación, y ninguna de las otras figuras de primera línea del gobierno parece saberlo. Pero sin duda hay un servicio que va a prestar: Como sucede con los conductores militares, el análisis de sus errores es valioso para quienes deban, en el futuro cercano, asumir sus responsabilidades.

Él ha reconocido, hasta donde puede hacerlo, el pecado de soberbia; cabe señalar también que, curiosamente similar en esto a Menem, cultiva un estilo de poder absolutamente personal, ajeno a la formación de organizaciones; es un estilo exitoso ..., mientras la Fortuna lo acompaña. Mas allá de esto, afirmo que el error clave fue no acertar con el objetivo principal.

Porque creo firmemente, como Cavallo mismo y como alguien tan poco sospechoso de populismo como Juan Alemann, que la Argentina tiene una economía viable y potencialmente próspera. Considero que su estructura productiva, en particular el agro y la petroquímica, es moderna, para el nivel de los países emergentes. Y si buena parte de su clase empresaria está todavía desubicada con relación a las exigencias del mundo globalizado, las recetas darwinianas que le aplica la realidad son válidas.

Si esto es así, quedan redimensionados problemas reales que sirven como chivo expiatorio en discursos supuestamente apolíticos de técnicos y comunicadores: la ineficiencia del Estado, los privilegios de la clase política, aún la corrupción no son peores que en otros países que no están por eso al borde de la catástrofe social. Los obstáculos específicos que enfrentamos son tres: 1) La inminente quiebra o convocatoria de acreedores del Estado argentino – lo que se llama incorrectamente el problema de la deuda "externa". 2) Un peso atado a un dólar excesivamente alto con relación a otras monedas. 3) Una recesión de más de tres años que errores y vacilaciones del gobierno transformaron en depresión.

(Lo sé: el desempleo masivo y el desamparo de los excluidos son más graves para la sociedad y ante Dios que estos "problemas". También, y en el plano puramente económico, la competitividad argentina no se resuelve con sólo variar el tipo de cambio, y hay que eliminar muchas distorsiones que los propios gobiernos, nacional y provinciales, crean. Y por supuesto, los compromisos fundamentales de un gobierno en serio son la reforma y la refundación del Estado, y la inversión y transformación educativa. Pero mantengo que no hay la más remota posibilidad de empezar estas tareas desde el poder político, si no se resuelven o por lo menos se encaran los tres problemas inmediatos que mencioné).

Pero Cavallo percibió esto, sin duda. ¿Cuál fue entonces su error? Con las limitaciones de todas las respuestas simples, puede decirse que fue darle la prioridad al segundo problema: el atraso cambiario. Estaba convencido que su prestigio en el mundo le permitiría obtener fuentes de financiamiento, para cubrir el déficit fiscal. Probablemente, como "padre" de la convertibilidad tenía aguda conciencia - que nunca confesará - de sus rigideces; y la mayoría de los economistas internacionales sostenían y sostienen ese diagnóstico: que las dificultades de la Argentina surgen de aferrarse a un tipo de cambio rígido. El ya decía en 1992 que de la convertibilidad se salía por arriba, cuando la tasa de incremento de la productividad argentina superase a la de EE.UU. Como eso no había sucedido, ideó un complejo mecanismo en dos pasos: introdujo al euro como respaldo parcial – a futuro - en la ley; y diseñó un "factor de empalme" que opera como si el peso ya hubiera sido fijado equivalente por mitades al dólar y al euro ... en 1998.

Las historias de la guerra están llenas de ejemplos de ese error particular: la maniobra técnicamente compleja, con resultados limitados o dudosos, que no justifican su costo. (El caso más reciente que los historiadores comentan fue el desarrollo y utilización de las bombas V-2). Entiéndase bien, yo creo correcto introducir el euro y flexibilizar la convertibilidad; dije en su momento que era un paso importante para recuperar una moneda nacional que no fuese un vale por un dólar. La equivocación fue de oportunidad, y, sobre todo, la importancia que le dio en su esquema.

Pues no era ése el problema fundamental, y Cavallo debió haberlo visto: las exportaciones argentinas siguieron subiendo el año 2000, con el tipo de cambio supuestamente atrasado. Las medidas sólo corrigieron en un 8 % el valor del peso. Pero aún una hipotética devaluación mayor controlada – si fuera posible – no cambiaría la dramática situación de nuestro país: Porque el comercio exterior sólo es responsable por un 15 % del total de la economía. Por supuesto, Argentina debe incrementar sus exportaciones y su peso en su propio Producto Bruto, debe entrar agresivamente al mercado mundial, pero esa es una tarea de años y su crisis es ya.

Actualmente, el mercado interno representa el 85 % de nuestra economía, y este es el factor clave de la crisis. "Es la recesión, estúpidos!" parece gritar la realidad a los argentinos, parodiando el lema de campaña de Clinton. Durante 42 meses, con caída del Producto Bruto interno, cada vez mayor desocupación, disminución de la demanda, retracción de la inversión nos está diciendo que entramos en una depresión como no se conocía en Argentina desde 1930, y quizá antes.

Pues las consecuencias no se reflejan sólo en el empobrecimiento de los argentinos. La recesión también ha disminuido el valor de las inversiones extranjeras directas hechas en la década del ‘90, con la única excepción de las dirigidas exclusivamente a la exportación, petróleo, minería. Hoy las empresas telefónicas, las centrales eléctricas, las automotrices, aún la mayoría de los bancos y las AFJP valen en conjunto mucho menos que hace seis años, en la medida que sus utilidades dependen de un mercado interno cada vez más pauperizado. Esto ayuda a explicar la dureza de la lucha de intereses que estamos presenciando.

También aquí está la causa del cada vez más abultado déficit fiscal, a pesar de los ajustes constantes. Es necesario recordar que déficit fiscal es la diferencia entre gastos y recaudación? Por cierto, en la década del ‘90 aumentó el gasto primario sin un beneficio social equivalente; por cierto, la evasión impositiva es muy alta. Ambas cosas deben ser corregidas, con un trabajo concienzudo y paciente. Pero imaginemos que pudiera hacerse por un solo decreto de necesidad y urgencia; que los intereses de la deuda pública - que suman no menos de cinco veces lo que pueda atribuirse generosamente al gasto ineficiente y a la evasión juntos - descendieran a niveles del Primer Mundo; el déficit fiscal seguiría aumentando si la actividad económica y las ganancias disminuyen y con ellos la recaudación impositiva.

Entonces, el problema inmediato de la insolvencia del estado sólo puede encararse en este marco. El default, si y cuando llegue - concertado o no - siempre tendrá consecuencias dolorosas, pero no serán diferentes en naturaleza a las que ya estamos sufriendo, porque los mercados financieros lo han anticipado y nadie nos presta. No vale fantasear con una ayuda internacional que vendría porque la Argentina representa el 25 % de la deuda de los países emergentes (cierto) y el contagio causaría una hecatombe (dudoso), o porque el Secretario de Defensa yanqui quiere instalar una base antimisilística en El Bolsón (más dudoso). Una hipotética solución financiera ideal, que nos permitiera volver a endeudarnos, nos dejaría en igual situación antes de tres años, si se no se modificasen las otras variables de la economía. Los banqueros nunca prestan a un deudor que no muestre que puede ganar dinero; el déficit cero no basta.

Y entonces qué?

Este artículo comenzó como un bosquejo de análisis crítico de la actual gestión Cavallo; ciertamente lo merece el hombre que edificó un importante poder político - y una significativa base electoral - a partir de su condición de técnico y una política económica coherente y flexible. No hay muchos ejemplos en el mundo y ninguno en nuestro país. Por eso su fracaso tiene lecciones a dar.

Pero en realidad más interesante es su soledad; es decir, comprender porqué la crisis que vivimos no ha producido todavía en la sociedad argentina diferentes propuestas concretas, que traten de dar respuestas a los distintos intereses de los sectores sociales y grupos económicos atrapados en ella.

Quienes ostentan una pseudo ortodoxia liberal - que sería mirada con escepticismo en la Universidad de Chicago - se aferran a un principio válido: el mercado - es decir, los inversores individuales - asigna recursos más eficientemente que un hipotético planificador estatal, para afirmar que no se necesita políticas activas y que el sector privado se bastará para reactivar la economía, ... si tan sólo disminuyese el gasto público, nadie protestase violentamente, Alfonsín se callara la boca y/o Cavallo no pusiera nerviosos a los operadores. Que esto se mantenga, en presencia de la evidencia de los últimos años y de la experiencia mundial - las políticas identificadas con Greenspan en primer término - y que no se propugnen ni siquiera medidas eficaces para salvaguardar los intereses de los titulares de bonos argentinos (los "acreedores externos" a los que este sector de técnicos querría supuestamente defender) demuestra la capacidad de la ideología - a veces máscara del prestigio o el poder personal - para cegar a estudiosos por otro lado competentes.

El arco progresista, tanto el centro-izquierda en el gobierno (bueno, se supone) como la izquierda tradicional y los nuevos contestatarios (Carrió, Farinello, etc.) muestran una lamentable esterilidad: su protesta social es elocuente y sin duda sincera, su denuncia de la corrupción (hoy no tan enérgica) cumple una función necesaria, pero no ofrecen opciones reales para enfrentar la crisis actual. No quiero ser injusto, hay propuestas interesantes y válidas; en particular, pienso en Claudio Lozano, a quien, de acuerdo o no, encuentro que vale la pena escuchar. Pero en ningún representante de este pensamiento, y menos en el gobierno, se encuentra lo que implicaría una política gubernamental diferente a la actual: la suma de apoyo popular, sectores sociales e intereses económicos que la conviertan en algo diferente a un discurso electoral.

Los técnicos del peronismo, el que está menos desorganizado de lo que aparece y no tiene prejuicios ideológicos para sumar, todavía no han metabolizado la revolución que Menem provocó en su cosmovisión tradicional. Los que tienen responsabilidades en gobiernos provinciales están trabajando seriamente y a veces con gran eficacia, pero dentro de esquemas convencionales. La realidad es que todavía no se escuchan muchas propuestas innovadoras de ese origen. La que se ha hecho más conocida en los últimos tiempos - cuyos impulsores no son sólo peronistas - y que plantea el "abandono ordenado" de la convertibilidad es, a mi entender y por los motivos expuestos, una respuesta inadecuada, no más eficaz que el "factor de empalme" de Cavallo en el mejor de los casos, y que puede conducir a la dolarización voluntaria que ya tuvimos en los ‘80 en el peor.

Sin embargo, es desde el peronismo, y motivado por su necesidad de defender los intereses provinciales, donde ha surgido una idea que contiene el germen de un instrumento de reactivación posible. Me refiero a la propuesta de que la Nación emita un bono para las provincias, que evite reducir o postergar los pagos a los empleados públicos y a los proveedores. Lo que se está proponiendo en realidad es la emisión de una cuasi moneda de carácter federal, que no provocaría en la sociedad el rechazo de los bonos compulsivos (Empréstito 9 de Julio) de infeliz memoria porque serían alternativa a los menos aceptados bonos provinciales.

Nuevamente, entendámonos bien: la propuesta que aquí tomo implica efectos equivalentes a la emisión de moneda, limitada simplemente en que conviviría esta cuasi moneda con el peso, que seguiría respaldado en su valor por el dólar. Estimularía la demanda, porque al circular en las provincias iría a parar a las manos de los sectores más pobres, sin capacidad de ahorrar, y de empresas locales, sin acceso al crédito. Otro efecto posible, por supuesto, que los argentinos conocemos bien, es la inflación. Frente a ello, hay que tener claro que "políticas reactivantes" no es otro nombre de un Papá Noel que salve a la vez a los desocupados, los empresarios fundidos, los senadores que finalizan su mandato y los asesores políticos a los que cancelan su contrato. Para que no terminen en otro desastre, deben ser administradas con seriedad fiscal; si Mr. Greenspan - que alguna experiencia tiene en aplicarlas - está demasiado ocupado para encargarse de supervisarlas en nuestro país, tenemos funcionarios que han demostrado, precisamente en algunas provincias, su capacidad de hacerlo ("codo duro" que le dicen).

Es necesario también decir que no hay soluciones únicas ni mágicas? La recesión puede ser salvada, si se la enfrenta como una situación de la economía real, y no como un eco de fantasmas ideológicos: los fundamentalistas del mercado, los sindicalistas inescrupulosos, los políticos corruptos, los periodistas. Los otros dos obstáculos inmediatos, uno, la rigidez del tipo de cambio está hoy más cerca de la solución; tan es así que las principales barreras a nuestras exportaciones ahora son las paraarancelarias. La insolvencia del estado no puede tratarse frívolamente, como plantea Terragno, pero tampoco debe permitirse que se transforme en un cuco; repito, ya estamos sin crédito; y los argentinos debemos tener presente que el arreglo al que inevitablemente se llegará, después de presiones que debemos aprender a minimizar en sus efectos, no va a ser neutro en términos de nuestra estructura productiva, y de su propiedad. Esto quiere decir que algunos intereses se perjudicarán y otros se beneficiarán, y lo menos que un gobierno debe hacer es negociar para que el costo para la nación en su conjunto sea el menor. Espero que tampoco sea necesario decir que un país con un mercado que crece tiene mejores cartas. De los laberintos se sale por arriba.

25 de julio de 2001
Abel B. Fernández

 

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