NUESTROS AÑOS FELICES

 

Los días de la anarquía, de la insurrección y de los terrorismos intercambiables. Remembranzas de los felices años de plomo.
En los últimos años 70, la historia oficial decía que los argentinos éramos "derechos y humanos" de no ser por el "accionar terrorista" de la "subversión marxista" y los "lógicos anticuerpos" que ella generaba en la sociedad.
En los años del alfonsinismo, la historia oficial no cambió, salvo que ahora se atribuían las culpas a unos perversos "dos demonios" (militares, guerrilleros) destruyendo la pacífica convivencia de una sociedad civil impoluta. Luego vino otra versión: sólo los militares "genocidas" eran culpables.
En estas dos cartas de un militante peronista de los 70, esos muros de Berlín de la historiografía comienzan a caer ante la evidencia de una no tan larvada guerra civil.

Buenos Aires, final de 1999

Estimado compañero:

Este fato del 2000 es heavy, como dicen los pibes ahora. Un año con 3 ceros (y no importa si el milenio empieza justo el 1/1/00 o el 1/1/01), en el calendario de la cultura más obsesionada con la idea del tiempo lineal, con principio y fin (herencia judía, que compartimos con los hermanos islámicos y ortodoxos, pero que la llevamos mucho más lejos al abandonar el aspecto religioso formal), justo cuando esa cultura se ha extendido y/o infiltrado por todo el planeta... Es inevitable que tenga una carga mítica muy grande.

Encima, para los argentinos tiene una connotación más. El Viejo le puso su marca al tema: "Unidos o dominados", "Mensaje a los jóvenes del año 2000",... Y ya seas peronista, gorila o progre (gorila culposo) no podés dejar de sentir un eco en tu mente. Pensándolo bien, vos y yo, como viejos adictos a la ciencia-ficción, tenemos claro el origen de un tercer estrato en ese amontonamiento de imágenes: el año 2000 fue el símbolo de todas las fantasías del Mundo del Futuro que la literatura desde Verne, Wells y Bellamy, y después el cine y la TV han ido proveyendo por más de un siglo.

Todo esto me ha puesto a pensar en la primera parte de nuestras propias vidas cuando vos y yo y algunos miles de tipos, tuvimos una aventura amorosa con la revolución. Y lo más raro, me ha dado ganas de escribir.

A lo mejor, vos tenés dudas con el término; algún viejo conocido gruñiría que él estaba contra la revolución, por la restauración del Hombre. Pero casi todos los que hicieron revoluciones en serio creían que estaban restaurando algo, Lutero, el cristianismo bíblico, Robespierre, las virtudes cívicas, y esos son los que terminan haciendo las transformaciones más inesperadas. Perón no quería hacer una revolución social en el ’45, quería pararla, ¿y qué te parece que fue lo que hizo?

También podés decir que nuestra generación no hizo, ni emprendió en ese momento cambios socioeconómicos. Admitido, pero yo pienso que – aunque no lo supiéramos - ya en la Argentina que vivimos de jóvenes no se podía cambiar la sociedad deliberadamente desde el control de un Estado centralizado, que era lo que llamábamos "tomar el poder". Cuando ya el 80 por ciento de la población no son campesinos cultivando la tierra, lo único que conseguís con la militarización del Estado es esa cosa patética, mezcla de empleo público y mercado negro, que lograron en el Este de Europa y en Cuba.

En realidad, nosotros estábamos enamorados de la idea de la revolución, que desde los ’60 estaba de vuelta de moda en el mundo, y en la Argentina mezclamos la racionalidad bolche y el romanticismo fascista en distintas proporciones según las recetas de, por ejemplo, Ortega Peña. El peronismo tenía la cosa personalista en el liderazgo de Perón, que las organizaciones racionalizaron con un discurso coránico (ya sabés, Perón como síntesis abarcadora de la sabiduría universal y/o avatar de Mao en América). Como argentinos, había un elemento chanta inescapable, y los más lúcidos lo sabíamos; recuerdo al inefable (...) diciendo hace 30 años en una mesa del Tortoni "Miren compañeros, no sé si vamos a hacer la revolución, pero que vamos a hacer un quilombo... !".

El quilombo lo hicimos, y no salió como pensábamos. Pero uno se acuerda que todos íbamos a ver "La Batalla de Argelia" en el Lorraine, con las mismas torturas y masacres que después tuvimos en vivo. Claro, la película terminaba con el triunfo de las masas argelinas, pero allí tampoco siguió como soñaban. Y no me podés decir que es mejor que te degüelle un musulmán fundamentalista que tener que escuchar un discurso de De la Rúa.

Sabés, creo que un impulso de lo que estoy diciendo tiene que ver con el rescate de lo que uno vivió, frente a la historia oficial. Porque enterate: nosotros luchamos por la democracia, los derechos humanos y el boleto estudiantil (la versión alfonsinista de los dos demonios fue vetada). Vos te acordás que al principio de los ’70 la democracia era una trampa burguesa, gorila y/o judeosionista, según en cuál organización militabas; y derechos humanos eran una consigna del ala moderada de los homosexuales.

Ojo, quedan todavía tipos de más de 40 años sin amnesia, pero no hubo discusión a fondo de nuestra historia, sino el aferrarse a los recuerdos de cada uno. Para los erpianos supervivientes, o los montos que no se hicieron alfonsinistas o menemistas, los derrotaron los militares y listo. Esto es más honesto, pero igual de equivocado; a la revolución en los ’70 la derrotó la realidad antes de empezar; los militares se metieron y terminaron una guerra civil que había empezado bastante antes. (La etapa final y más loca de la guerra comenzó, para mí, cuando la guerrilla empezó a matar gremialistas).

Está bien, la guerrilla en serio fue sólo una parte pequeña de la militancia. Aún en la Tendencia, unos pocos cientos tomaron los fierros de las decenas de miles que iban a los actos. Pero, todos esos miles de jóvenes reivindicaron la lucha armada, y ningún político de los "partidos populares" se animó a atacarla abiertamente porque habría restado votos, hasta que el Viejo llegó al poder y decidió que la guerrilla era intolerable.

Si aún yo, que había analizado con vos algunos años antes que el fracaso de Tupamaros mostraba la inviabilidad de la guerrilla urbana en el Cono Sur, y que lo que pasaba por Patria Peronista me entusiasmaba tan poco como la Patria Socialista, en algún momento me sentía incómodo y me preguntaba si en Guardia al no elegir las armas mostrábamos lucidez o cobardía... Hoy parece muy loco, y después muchísimos inocentes pagaron un precio horrible por ese juego a la guerra. No reivindico las estupideces criminales de guerrilleros, militares, políticos e intelectuales. Pero la lucha es parte de la existencia humana, y el heroísmo, el sacrificio y el respeto al que combate tienen sentido aunque ese enfrentamiento en particular no lo tenga. El final feliz es una exigencia de Hollywood que se ha infiltrado en el pensamiento político; yo prefiero la idea griega de la tragedia: el hombre que quiere conocer y enfrentar el dolor que le reserva el destino – casi siempre, las consecuencias no queridas de sus propios actos - y que los argentinos la asumamos, y no lloriqueemos por las macanas que nos hicieron otros, los malos.

Buenos Aires, 2000

Estimado compañero:

¿Te acordás que hace un año te prometí un balconeo de nuestras vidas al 2000 y te lo empecé a mandar? Bueno, el famoso 2000 me está resultando un año como todos los otros: estoy ocupado viviendo y no tengo tiempo para escribir. Pero sigo creyendo que algún testimonio uno debe dejar, y me siento de nuevo a ver qué encuentro en mi cabeza.

Recuerdo que le di mucho espacio al tema de la lucha política, la guerrilla y la represión en esa carta, por varios motivos: uno, que en un sentido generacional es lo más importante que nos pasó hasta ahora; y también porque en el resto del mundo es lo que más se tiene presente cuando se piensa en la Argentina (además de los temas realmente importantes como el fútbol y el tango). Pero sobre todo, es lo que le queda grabado más hondo a uno, y que lo tengo que rescatar: escapando de la cana después de mi primer 17 de octubre (vos también estabas), avanzando en la lluvia algunos años después el 17 de noviembre del ’72, escuchando con un escalofrío en febrero del ’73 –"awe" en inglés es la única palabra que encuentro apropiada para describir lo que sentí; yo, que estaba enfrentado políticamente a los montos, que lo había conocido de vista a Fernando y que tenía una relación cordial pero para nada admirativa con Juan Manuel-- a 30.000 pibes coreando en Atlanta "Abal Medina, Abal Medina, la sangre de tu hermano es fusil en la Argentina". Hay algo más allá de la política cuando uno se recuerda gritando en Gaspar Campos "¡La vida por Perón!"

Además escribiendo me di cuenta que lo que decía se puede aplicar a esa otra herida en la memoria: la Guerra de Malvinas. Y ahí nuestra participación como generación no fue mayor que la de cualquier otra. Evidentemente, son dos las cosas que los argentinos debemos asumir: la facilidad para engancharse en locuras, y la tendencia a buscar unos "culpables" que no tienen nada que ver con el resto de nosotros; en realidad, son características del homo sapiens, pero me parece que las tenemos un poco acentuadas.

Hay una evaluación ética, si querés, que siento la necesidad de hacer, porque se me ocurre que en diez o quince años puedo estar mostrando esta carta "fin de milenio" a mis hijos (cuando la empecé tenían 4 y 3!): Hay grados en el error y en el crimen. Por ejemplo: matar a un dirigente político o gremial está mal según la moral cristiana y casi siempre es una equivocación, pero no puedo menos que clasificarlo como un gaje del oficio; matar a un pobre cana o a un colimba, que no sacó su arma antes, es muy jodido; todavía peor es poner una bomba que mata sin discriminar; y la tortura, tenés que ser muy especial para recurrir a eso como método. Como todas esas cosas han sido consecuencias habituales del accionar político en este tiempo cuando se recurrió a los fierros, también está, como decía antes, la responsabilidad intelectual de quien elige o apoya la lucha armada, pero eso no cambia lo que lleva en su conciencia el que toma el arma, la bomba o la picana.

Bueno, ya me saqué de encima el tema de la justificación y la condena; uno es todavía lo suficiente cristiano para poder eludirlo. Pero no pienso – ni quiero – encontrar ahí el tema central de nuestras vidas: el juicio moral de una acción consciente es un componente necesario, pero no es todo lo que puede decirse sobre ella. Por otro lado, la militancia política me dio experiencias que valoro, que me han formado y en buena parte son yo, pero esa militancia tenía fines que le daban sentido fuera de ella, o se convertía – lo vi - en una parodia de sí misma. (Una reflexión cristiana, y también, puede ser, budista, pero que surge de los hechos fríos de la realidad: la vida es una sucesión de experiencias, de vivencias, pero si sólo es eso, si no hay un yo o un Ello que les da un sentido se transforma en una condena destructiva y aburrida. O como decía el general: "No debería nacer un hombre que no tenga una causa noble por la cual luchar". Buena consigna)

En otros términos, al accionar político tenés que evaluarlo con criterios políticos, además de juzgarlo con valores morales y, porque no, estéticos. Entonces, empiezo por lo evidente: toda nuestra generación – incluida por supuesto la parte que tenía uniforme militar y se creyó el discurso justificativo de la represión – fue derrotada. En el caso de nosotros, los peronistas (distinguiéndolos de marxistas y fachos con inclinaciones populistas, que en la realidad a menudo se mezclaban en la misma agrupación) que tomamos seriamente el planteo revolucionario, teníamos grandes diferencias en discurso, métodos y proyectos, pero nos unía un supuesto ideológico, mezcla de Sorel y Max Weber: asumíamos que un liderazgo personal real y concreto – el de Perón – al expresar la voluntad y la conciencia histórica de nuestro pueblo, acumularía el poder necesario para transformar la sociedad en un sentido más justo y para potenciar a la Argentina en tanto nación. Necesariamente, tanto los foquistas de la FAP y los montos peronistas, como los que cuestionábamos a las organizaciones armadas (Guardia, CTP, etc.) y los que las enfrentaban (CNU, CdeO), coincidimos en apostar a que la calidad de la conducción política iba a superar los obstáculos materiales, como por ejemplo los originados en la estructura socioeconómica del país y en las arterias del conductor. Perdimos.

En eso nos unimos a las otras variantes locales del sueño revolucionario, y, fijate, a todas las revoluciones ideológicas de nuestro siglo: el leninismo, y las que surgieron enfrentándolo y tomaron mucho de él: el fascismo italiano, el nazismo alemán, y las otras. Todas fracasaron, como filosofía y como proyecto de poder. (Las revoluciones en el mundo colonial – incluso China – fueron esfuerzos nacionales, con el barniz ideológico de moda en el momento. El renacimiento islámico todavía está en ciernes, pero lo que es seguro es que no tiene que ver con las ideologías de Occidente).

Ahora, sería fácil pensar que diciendo: "Perdieron", se dice todo. Es un dato importante, porque no es casual, pero no es todo lo que importa. Acordate que, como decía Kipling, el triunfo y la derrota son dos impostores y un hombre debe saber mirarlos a la cara. Para mí, es más importante la evaluación a la que llegué hace bastantes años: para el ser humano, es mejor que esas revoluciones ideológicas hayan sido derrotadas. A pesar que todavía me queda algo de admiración y nostalgia por la voluntad de tomar la historia entre las manos, las sociedades y los estados que se formaron eran asfixiantes y con tendencia al suicidio. Cierto, dieron algunos buenos soldados, pero no sirve una sociedad que tiene que estar permanentemente en guerra para no ser insoportable.

Creo que no es un prejuicio personal decir que la misma condena no alcanza al peronismo: el planteo de sociedad que tiene es mucho menos rígido y "totalitario" que las ideologías europeas, y tiene una concepción muy clara de la política como instrumento de conducción social, que les faltaba a las que ponían toda su idea del poder en el "ordeno y mando" del Líder o del Partido. Además, la relación de Perón y Evita con sus descamisados tenía un elemento básico de ternura, que yo no encuentro en ningún otro ejemplo de liderazgo que conozca.

(Aquí me siento forzado a hacer un aparte: tengo bastantes años para recordar claramente, aunque sea como chico, la Argentina de Perón y Evita, la de antes del 55. Por eso no necesito que me la cuenten: la felicidad real del pueblo peronista y la sensación de una nación libre y orgullosa, estaban acompañadas por una profunda y rencorosa división en la sociedad. Nuestro país estaba dividido en dos partes que se odiaban; y pagamos un precio alto por eso.)

Esa es otra historia: no podés evaluar nuestra revolución, la de fines de los ’60 y principios de los ’70, por la Argentina que existió entre el ’45 y el ’55, que perduraba en la memoria del pueblo y en el mito de los militantes. La revolución en que participamos tenía mucho que ver con nuestros sueños, los de quienes fuimos jóvenes en esos años; y su desnaturalización con nuestros errores: Montoneros, que empezó a usar el asesinato como método de lucha interna, y los "ortodoxos", que tratamos de dar continuidad al liderazgo de Perón con el liderazgo de Isabelita, saltando así de lo arriesgado a lo absurdo.

¿Sabés? Esto está sonando como el discurso que me irrita cuando lo leo, en lugar de ser el que lo escribe: una lúcida y verbosa destrucción de ideales caídos, casi como un regodeo en el fracaso. Además, y peor, no contesta a una pregunta importante que vos me hacías en tu respuesta a mi carta anterior: "¿Qué pasa con la gente y con la Argentina?"

Sobre el discurso, no es así: si el combate es parte de la vida, el triunfo y la derrota vienen con el paquete. Seguro, como experiencia el triunfo es más agradable, pero para no marearte tenés que recordar que tiene la derrota adentro (ver un poco de historia). Al final de tu vida, vas a ver que el Universo te ganó (es más grande, más viejo y más duro que vos) pero va a valer la pena si le peleaste bien.

Y por la gente, dos cosas: antes que nada, no estafarla (primum no nocere, decían los clásicos); se la ha jodido de muchas formas, y algunas de las peores las hicieron idealistas bien intencionados pero boludos (también, ver un poco de historia), y entonces considero una obligación moral ser lo menos boludo posible, lo que en política significa tratar de ser consciente de las consecuencias. La otra cosa: se puede hacer mucho por la gente y por nuestro país, aún desde la política: sólo que tenés que tener claro que ni Marx, ni Mussolini, ni Keynes, ni Lyndon Larouche, ni siquiera Perón te pueden dar una receta (lo que no quiere decir que no te den buenas ideas; por caso yo sigo sosteniendo que el humanismo peronista es un buen planteo, si no se lo confunde con una revelación divina, completa y sin errores).

Un ejemplo en un campo del que entiendo un poco: aunque tenga sentido en una discusión teórica de economistas, ser proteccionista o defender el libre comercio es para un gobernante igualmente estúpido. Uno tiene que evaluar si puede y debe promover una actividad determinada, y tomar en cuenta que todos los instrumentos que elija, que pueden incluir aranceles altos, tienen costos.

Es deprimente pasar de la revolución a la promoción industrial, pero es el precio de divorciarnos de lo que Koestler, creo, llamaba la Diosa-Perra Revolución. Hoy, la política es tratar de hacer cosas concretas, y ver si nos acercan a algunos sueños válidos; creo que perdimos, básicamente, confianza en que los sueños se realizan, pero no estamos necesariamente más lejos – ni más cerca – de esos ideales. Simplemente, acercarse va a depender no sólo de la política que se aplique (ese fue el engaño oculto de la ideología) sino también de la habilidad y la prudencia con que se lleve a cabo.

Moralmente, si la política sirve para que haya menos desempleo, menos mortandad infantil, un país con logros e ilusiones, no importa que también sea una fuente de trabajo, un medio de ascenso social y un campo para la batalla de egos. Lo duro es que ahora sabemos que estas últimas cosas las será seguramente, y ayudar a conseguir las primeras depende de que uno sea sincero en el compromiso, eficaz en la acción y además tenga mucha suerte. Bueno, por lo menos la política también va a seguir siendo un combate.

Un abrazo,

Abel

 

Buenos Aires, ya en el 2001.

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