DE SCHOKLENDER A FRATICELLI

DOS ILUSTRES FAMILIAS ARGENTINAS

Por Claudio Uriarte

NOTICIA: Dos crímenes argentinos, dos asesinatos que, si bien parecen opuestos absolutos, merecen el título de paradigmáticos, sintomáticos y en el fondo clásicos de la Nación: el estrangulamiento de la joven de 15 años Natalia Fraticelli en el pueblo santafesino de Rufino, aparentemente por su madre Graciela y con complicidad de su padre Carlos, en mayo de 2000, y la muerte a golpes del ingeniero Mauricio Schoklender y su esposa Cristina por sus hijos Sergio Mauricio y Pablo en otro mayo más lejano, esta vez de 1981, en el barrio de Belgrano, en Buenos Aires.

Un parricidio, un filicidio: cualquier imaginación mínimamente inquisitiva se siente tentada a construir estos crímenes como tesis y antítesis (o al menos como postulado y negación). Algo de eso hay, pero sólo cuando se examinan los casos con cierta profundidad, y también con atención a las cámaras de ecos en que se constituyen respecto a situaciones, dramas, tragedias y dilemas más amplios. El impacto y repercusión en la atención y la opinión pública de un crimen privado nunca es inocente, ya que traiciona los problemas irresueltos que ese crimen agita en la psicología de las masas. Y, si se los mira bien, lo primero que salta a la vista en los crímenes de Schoklender y de Fraticelli es que ambos se construyen y cometen en nombre de la defensa de la Ley, o de una idea de Ley.

DRAMATIS PERSONAE (I): Carlos Fraticelli, para empezar, era juez en lo penal de Rufino, y algunos lugareños lo apodaban "el loquito" porque en su celo justiciero casi robespierriano llegó a procesar a 45 personas en seis meses. Verdaderamente, este hombre debería encabezar un Comité de Sanidad Pública, aunque -o precisamente por eso mismo- su aspecto físico y su gestualidad sugieran a un resentido fanático lleno de vicios inconfesables, de los que su afán puritano sería mera contracara expurgatoria. El magistrado de 47 años combina de manera ejemplar lo afeminado y lo siniestro: mientras parece por momentos un tranquilizante y mediocre psicoanalista de señoras -o bien un maestro de Cuarto Grado de Primaria sexualmente ambiguo, que manosea a sus alumnos varones-, también es dueño de la frialdad esencial que le permite decir, al salir de una clínica después de un supuesto intento de suicidio, que carece de evidencias sobre la inocencia de su esposa, y aludir a la muerte de su hija adolescente como al "hecho".

Teóricamente, el suyo era un matrimonio ideal, al menos según puede juzgárselo desde Rufino. Los dos eran católicos practicantes. La mujer, Graciela Dieser, no sólo participaba de diversas obras de caridad, sino que además cumplía el ideal de la esposa conservadora, limitándose al rol de un ama de casa dócil, totalmente obediente y sumisa al marido. Hacia afuera, y con sus dos hijos adolescentes, componían de modo bastante convincente el cuadro de la familia tipo. La imagen tenía un defecto menor: el mayor de esos hijos, Franco, de 17 años, era adoptado; mientras Natalia -ese trágico oxímoron de la elección de nombre-, que nació después, de manera complicada y luego de muchos fracasos de la pareja en engendrar naturalmente un hijo, presentaba algunas anomalías de conducta. Sin embargo, la familia Fraticelli tenía quizá un solo defecto evidente, en el hecho de que se sospechaba que ambos cónyuges se eran respectivamente infieles. No obstante, incluso eso caía dentro de lo convencional y previsible, para tratarse de un largo matrimonio de clase media media de la edad de los cuarentaypico: el juez se entretenía con su secretaria; el ama de casa, con su kinesiólogo.

DRAMATIS PERSONAE (II): Ahora, lo que al principio parecería exactamente el caso opuesto (pero sólo porque los mismos elementos aparecen distribuidos al revés). El ingeniero judío de clase media alta urbana Mauricio Schoklender era un homosexual que además era un traficante de armas; su esposa Cristina Silva era una ninfómana que se acostaba con el menor de sus hijos, el adolescente Pablo, y consumía alcohol y psicotrópicos a granel.

MUERTES PARALELAS (I): El 30 de mayo de 1981, los cuerpos ensangrentados a golpes de cadenas y barras de metal de Mauricio y Cristina Schoklender aparecieron en el baúl de su automóvil. Sus hijos, Sergio y Pablo, intentaron una fuga, pero fueron hallados, y pese a sus historias de un ajuste de cuentas por otros traficantes de armas -y a las irregularidades que dominaron la detención y procesamiento de ambos hermanos, en pleno Proceso militar-, la evidencia a favor de su culpabilidad resultó abrumadora.

MUERTES PARALELAS (II): El 20 de mayo de 2000, Natalia Fraticelli apareció estrangulada, con una bolsa de plástico en la cabeza y restos de somníferos en su organismo. El cadáver no presentaba ningún signo de violencia sexual, ni de resistencia contra un agresor: la muerte y la doncella se habían reunido sin lucha. El cuerpo amaneció en el dormitorio de la chica en la casa de sus padres, en San Juan al 350 en Rufino, provincia de Santa Fé. Inicialmente se especuló con una intromisión externa, pero la falta de toda evidencia de robo o violación de domicilio contrajeron velozmente el radio perimetral de sospechados al circulo más intimo de la adolescente (vale decir, a sus padres). Al mismo tiempo, la investigación de rutina sacó a la luz detalles que empañaron la imagen de familia ideal de los Fraticelli: el hecho de que Natalia sufría de un leve retraso mental y que el juez consideraba que eso le era perjudicial para progresar en su propia carrera; que el matrimonio no consideraba a Natalia en sus planes de largo plazo y que incluso la relegaban a la habitación más incómoda de la casa; que el juez manipulaba psicológicamente a su mujer -ya desestabilizada por la ingesta masiva de píldoras para adelgazar, porque Fraticelli la acosaba diciéndole que debía estar tan flaca como su secretaria-amante, a la que postulaba como modelo- y el hecho de que en una anterior oportunidad, cuando la hija había estado internada por una supuesta meningitis, se sospechó que la habían saturado de tranquilizantes, quizá para provocarle la muerte. Un dato abona esta hipótesis: que -en esa misma ocasión, y cuando la chica estaba perfectamente viva- Fraticelli preguntaba obsesivamente en voz alta a quienquiera que quisiera escucharlo "a dónde la vamos a enterrar".

LEX DURA LEX: Schoklender y Rufino son crímenes en nombre de la Ley, o por lo menos de una interpretación fundamentalista -y un tanto psicótica- de la Ley. El primer caso presenta a dos hermanos que matan a unos padres anárquicos para restablecer una idea de familia, que es la base del orden; incluso, durante su larga condena, Sergio, el hermano mayor, y aparente ejecutor material de los crímenes, llevará ese fervor legalista a emprender la carrera de Derecho y graduarse de abogado. El caso de Rufino parece diferente, pero sólo porque ocurre en una clase social más baja, y porque las figuras de víctimas y victimarios aparecen distribuidas al revés. La ley de ascenso pequeñoburgués del juez parecerá extraña, y más basada en el narcisismo personal y en el caretismo social que en las conveniencias prácticas: no se entiende muy bien por qué la tragedia de tener una hija discapacitada podría inhibir su progreso. Sin embargo, Fraticelli es Fraticelli (el juez es el juez), y su implacable ley espartana dicta que su hija deficiente debe morir. Quizás él no sea personalmente el asesino, pero parece encarnar una figura aún más temible, peligrosa e insidiosa: la del psicópata, la del inductor del crimen. Nuevamente el móvil es la restauración de una idea de familia, de orden. "Natalia no entraba en la idea que ellos tenían de una familia normal", es una frase que se repitió frecuentemente sobre esta pareja tan singular. Ultimo pero de ningún modo menor, la coincidencia de vocaciones entre el juez filicida y el parricida convertido en abogado no debería considerarse casual.

LA PATRIA EN CUESTION: Las muertes paralelas de Mauricio y Cristina Schoklender y de Natalia Fraticelli no serían crímenes argentinos -asesinatos nacionales-; no serían clásicos de la Patria ni trascenderían el agradable y algo superficial encanto de una simetría narrativa borgeana si no encontraran ecos colectivos más hondos y trágicos en la historia reciente. Ya que el parricidio y el filicidio fueron dos momentos sucesivos e interdependientes de la dialéctica de los años '70: primero, el asesinato de los padres por los hijos (con las guerrillas de ERP y Montoneros); luego, el asesinato de los hijos por los padres (con la dictadura del Proceso de Reorganización Nacional). Irónicamente, esa guerra civil entre generaciones terminó en la eliminación de la figura que en teoría era más fuerte: la del padre. Ya que su despliegue fue una verdadera operación de pinzas: si en un caso el Padre era asesinado por los hijos, en el otro él se autodestruía en su condición de tal, asesinando a quienes representaban el testimonio tangible de ella. La idea de Patria como remitencia trascendental colectiva del vínculo sanguíneo terminó, por consiguiente, en cuestión. Y -como veremos enseguida- también en estos casos de trató de asesinatos en nombre de una Ley perdida, y en contra de una transgresión.

ACCION: La guerrilla -perenne juvenilia amateur de la experiencia militar profesional- empezó matando contra regímenes ilegítimos como los surgidos de las dictaduras militares y la proscripción del peronismo, para luego hacerlo contra un "peronismo realmente existente" que contradecía su ideal de un Estado justo. Inmersa en esta deriva -que pronto la precipitó a la arbitrariedad lisa y llana-, la guerrilla se lanzó a una espiral operativa crecientemente demencial y suicida que la llevó a objetivar como blancos hasta policías de barrio y políticos retirados. Irónicamente lograron así la compactación del Enemigo y de las fuerzas en oposición, precisamente lo contrario de lo que recomienda el ABC de toda práctica revolucionaria, que es la división y neutralización del oponente y sus fuerzas -generalmente superiores en aritmética inmóvil-.

REACCION: Seguidamente, y capitalizando sobre esta dinámica, los militares, como respuesta exponencialmente aumentada, mataron contra una insurgencia que parecía
amenazar la existencia de cualquier Estado.Como creían en las guerras preventivas, mataron incluso contra todo aquello que pudiera parecerles que tenía, en el futuro, semillas de una insurgencia.
La decisión llevó a la disolución de las cadenas de mando -o a la existencia de varias en forma paralela,que es lo mismo- y a la feudalización del poder según espacios físicos.El resultado -por la liquidación del monopolio de la violencia que supone un Estado-fué la eliminación práctica de cualquier Estado.

ACTORES: Los protagonistas de esa confrontación compartieron una identidad esencial de clase media: tanto los Montoneros como el ERP surgieron y se rebelaron contra la clase de profesionales un tanto declinantes que habían apoyado las represiones y las proscripciones (y que en realidad eran los padres biológicos de los militantes), mientras la respuesta de ésta última vino por sus reclamos de orden, vehiculizados de modo dominante a través de partidos de la clase media (como la Unión Cívica Radical del Doctor Ricardo Balbín) a una oficialidad que también se nutría mayoritariamente de la clase media. La novela Diario de la Guerra del Cerdo, que Adolfo Bioy Casares publicó en 1969, y que intuyó de modo hiperamplificado la confrontación violenta entre generaciones que estaba ocurriendo en Europa en esa misma época, anticipó también de manera sagaz la guerra civil de la clase media que se libró en la Argentina por vía de la confrontación entre parricidio y filicidio en los años '70.

COARTADAS: La mera relación cronológica de estos hechos debería bastar para demoler los tres mitos principales en que se los ha encerrado, y que se inspiran en una izquierda, una derecha y un presunto centro. El primero, y de la izquierda: que la guerrilla defendía la democracia y los derechos humanos, cuando en realidad despreciaba a la democracia como "burguesa" y "formal" y solamente vindicó los derechos humanos luego de haber sido derrotada. Segundo mito, esta vez de la derecha: que debió reprimir ante la amenaza de ataque al Estado, cuando el verdadero objeto de los golpistas fue destruir un Estado peronista permanentemente puesto en jaque por su propio Poder Sindical y las formaciones especiales. El tercer mito, del presunto centro, es más difícil de liquidar, hasta que se lo contrasta con el pasado de su enunciador. Se trata de la llamada "teoría de los dos demonios", por la cual los '70 habrían sido el resultado irracional de la confrontación entre intolerantes de la izquierda y la derecha. La teoría parece mantenerse, pero sólo hasta que se advierte que los radicales -sus enunciadores- militaban entusiastamente en las filas de la segunda, por lo cual la tesis funciona como mera coartada del enunciador. Quizás los '70 no hayan sido una guerra civil en regla, pero sí al menos su metáfora.

INDICIOS, EVIDENCIA CIRCUNSTANCIAL: La relación entre parricidio privado y filicidio público vuelve a mostrarse por la delatora diagonal psicótica que practica Sergio Schoklender a través de su extraño maridaje con Hebe de Bonafini, por el cual el asesino privado de sus padres y la madre de los militantes públicos asesinados se adoptaron mutuamente, en una relación donde los dos se funden como conciencia moral más alta, trascendentalista y cuasi-fundamentalista de la sociedad. Juntos son dinamita, y eso literalmente. El caso trasciende la mera patología, ya que la posibilidad de ese maridaje incestuoso se encontraba en las bases fundacionales de las Madres de Plaza de Mayo. Las Madres -esas señoras ravioleras y apolíticas convertidas de pronto heroicamente a la más pura militancia antiimperialista- siempre fueron un fenómeno muy interesante, sobre todo si uno partía -para tratar de entenderlas- de la pregunta de porqué no hubo Padres de Plaza de Mayo. Una primera respuesta es que las Madres tuvieron proyección precisamente por ser quienes eran: madres ravioleras, inofensivas y desarmadas señoras gandhianas de Flores y del Conurbano a quienes nadie con la mínima noción del impacto de las acciones en la opinión pública se hubiera atrevido a atacar. Su operación, en otras palabras, era la clásica treta del débil. Sin embargo, y si esto es verídico, la respuesta de fondo a la pregunta por la ausencia de los padres es que las Madres salieron a proteger a sus hijos contra el filicidio consumado por la acción directa, la indiferencia cómplice o la mera mariconería cobarde, machista y "muchachista" de los padres. Al defender a los parricidas contra los filicidas, constituyeron en la práctica un movimiento feminista de izquierda avant la lettre -e ideológicamente un amago de matriarcado-. Las pruebas pueden leerse oblicuamente en su propio discurso, más precisamente en su permanente ambivalencia y en el fondo funcional contradicción ideológica entre la defensa de los derechos humanos de los hijos-militantes y su simultánea reivindicación de la Revolución, que implica negación de la universalidad de los derechos humanos para quienes se considera opresores.

LA PRUEBA POR LA NEGATIVA: Actualmente, esta suerte de paradójica militancia muy contemporánea de lo retrospectivo, donde el principal foco de acción es la busca del dominio de un campo de batalla donde lo que chocan son interpretaciones antagónicas de la memoria social, intenta clonarse a futuro a través de la agrupación Hijos. A primera vista, esto invierte la operación: se trata, después de todo, de los hijos de los desaparecidos, que reclaman conocer el destino de estos últimos. Sin embargo, la operación sigue allí, ya que los padres de esos hijos están muertos, y por lo tanto estos hijos se convierten en sus propios padres. Y el juego a retrospectiva traiciona su actualidad y aún más su apuesta y proyección a futuro: se trata de construir la tradición y antecedentes desde los cuales una cierta idea historicista de futuro parezca históricamente inevitable.

MASCARAS, DISFRACES: La ideología puede deducirse rápidamente de las generaciones: vistos desde una filosofía de la historia ingenuamente progresista -como fue en buena parte el marxismo- el parricidio es de izquierda -por suprimir el pasado- mientras el filicidio es de derecha -por suprimir el futuro-. Naturalmente, esto no es así en los hechos: el austríaco Joerg Haider es más nuevo, joven y moderno que Marx, y los fascismos importantes siempre contaron con el entusiasmo incondicional de los jóvenes; habría que acabar con la superstición historicista de que lo nuevo, por el solo hecho de ser nuevo, es bueno. Sin embargo, la novedad y la juventud revisten de un aura remozada y atrayente a lo anterior. Hoy, con Hijos, los hijos huérfanos de los parricidas relevan a sus abuelos en el culto pagano por la reaparición de los muertos. Que el objetivo sea imposible no invita a abandonar la empresa, sino que, por el contrario -y como en los viejos cuentos de hadas- multiplica su atractivo.

NO HAY DERECHOS: Tras el Proceso, la relación entre filicidio público y privado está aún por aparecer, pero parece inquietantemente próxima en un país donde un joven tiende cada vez más a ser culpable hasta que se demuestre lo contrario. Vale decir que en la Argentina no hay derechos humanos consensuados, sino interpretaciones recortadas de ellos que en el fondo siguen siendo prototipos de aparatos de Estado, que siguen librando larvados conatos de guerra civil entre sí. El caso Fraticelli, dentro de este contexto, parece la traducción privada de la posible multiplicación social de los justicieros y de la justicia por propia mano que defienden medios subversivos de derecha. O sea, del neofascismo que considera recomendable la liquidación del monopolio de la violencia -porque en el fondo desea acabar con el Estado, al que considera demoliberal y corrupto-, y que encuentra un perverso punto de unión con el hiperliberalismo cuando el principio de supervivencia de los más aptos autoriza a un juez a eliminar a su hija sólo por ser deficiente mental.

QUIEN ES EL ASESINO: Los casos del patibulario juez Fraticelli y del carcelario abogado Schoklender, de la guerrilla levantada en armas contra la ilegitimidad y la represión ilegal en nombre de la legalidad, tienen en común su vocación de restaurar una Ley general. Ahora bien, cuando hay tantas vocaciones de restauración de la legalidad, pero al mismo tiempo las interpretaciones de la Ley a ser restaurada son tantas, tan distintas, tan contradictorias y confrontacionales entre sí, el cuadro sugiere que esa Ley se ha disuelto en los hechos: la interpretación y ejecución privada de la Ley constituyen una afrenta a su misma noción, que demanda para sí la universalidad del imperativo categórico kantiano. Al mismo tiempo, esas interpretaciones y prácticas privatizadas de la Ley tienden a confundir ésta última con la ejecución de un principio mosaico de Justicia, cuando la Ley verdadera tiene menos que ver con el castigo sistemático al crimen percibido que con el establecimiento de unas normas de limitación a los poderes públicos y conductas privadas que garanticen un cierto equilibrio dentro de una naturaleza humana irredimiblemente imperfecta.

FIN: Los crímenes en nombre de la Ley delatan la ausencia de ésta última. Y sin Ley, la figura del Estado -ese principio de realidad general, ese resguardo contra la psicosis social- existe sólo precariamente en la conciencia de los individuos -que es donde más importa-. Los crímenes de Schoklender y de Fraticelli son la demostración apolítica de semejante crisis política.

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