REBELION EN LA GRANJA AMERICANA

La globalización se sostiene en gran medida por el aparente éxito que ha tenido en ciertos países. El principal modelo es Estados Unidos. Pero allí mismo el fenómeno está creando una reacción contra el centrismo neoliberal del presidente Bill Clinton. Factores tales como un sindicalismo en aumento, la "argentinización" del país, la destrucción de los pequeños productores agropecuarios, la problemática relación con México, un nuevo sistema partidario, y un futuro de bloques comerciales conforman el mapa de ruta para explicar los motivos y el poder de quienes sufren y pierden en el corazón del nuevo mundo global.

Por Torcuato Di Tella

En los Estados Unidos las actitudes hacia la apertura al comercio internacional y el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, según sus siglas en inglés) han estado endureciéndose últimamente. Uno de los episodios más impactantes desde el punto de vista de la opinión publica fueron las protestas, cuyo hito culminante fueron las de diciembre de 1999 en Seattle, que impidieron el funcionamiento normal de la cumbre de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Podría haberse esperado una acción de grupos minoritarios o extremos, desde los defensores del medio ambiente o los que condenan el comercio con países donde se violan los derechos humanos, hasta los anarquistas o "gays" que por algún motivo se interesan en estos temas. Pero lo significativo fue que entre los 50.000 manifestantes estaba nada menos que el presidente de la central sindical AFL-CIO, el combativo John Sweeney (en su cargo desde 1996), y los dirigentes y muchos afiliados de sus principales gremios, entre ellos los siderúrgicos capitaneados por George Becker; los United Auto Workers, con su presidente Stephen Yokich; los Estatales (American Federation of State, County and Municipal Employees, AFSCME), dirigidos por Gerald McEntee; y los camioneros, o Teamsters, representados por Jimmy Hoffa jr, hijo y sucesor reformado del famoso -- y poco "transparente" -- jefe de ese gremio. En el ambiente caldeado de esas concentraciones el estatal McEntee se vio empujado a denunciar vivamente al "corporate capitalism", usando una fraseología ya casi olvidada por los dirigentes sindicales.

También estaban presentes diversos delegados de los productores rurales, especialmente aguijoneados por el Institute for Agriculture and Trade Policy, de Minneapolis, dirigido por Mark Ritchie; y el sindicato de los asalariados rurales, United Farm Workers. La situación de los granjeros se ha vuelto cada vez más critica, y para muchos observadores locales contrasta con la que se ve en Europa, y eso que en ambos lugares reciben protección arancelaria. Algunos teóricos de la economía dicen cosas como que "los Estados Unidos ya no necesitan de la agricultura, y rápidamente la están dejando de lado". Otros, en cambio, consideran que la agricultura familiar fue y sigue siendo base de la vida comunitaria en la aún amplia Norteamérica de las pequeñas y medianas ciudades, donde viven de ella no sólo los agricultores (menos del 5% de la fuerza de trabajo) sino una cantidad de gente dedicada al comercio, el transporte, y los servicios. El poder de los grandes conglomerados comerciales o productivos es cada vez mayor, incluso en el campo, en parte por las continuas fusiones de megaempresas, y porque no existen políticas alternativas de apoyo a los pequeños productores.

Es cada vez más claro que las grandes corporaciones transnacionales, sobre todo aquellas basadas en los Estados Unidos, necesitan contener el alto costo de la mano de obra local, apelando sea a los inmigrantes o bien a los productores baratos del exterior, que les provean de insumos necesarios. De esta manera adquirirían "competitividad", palabra que se ha convertido en un ídolo al que muchos están dispuestos a sacrificar todo un modo de vida que los Estados Unidos han desarrollado en más de un siglo, de relativo igualitarismo y alto nivel de vida para los trabajadores, lo que implica comunidades vivibles, baja criminalidad y marginalidad, y solidaridad comunitaria. La reacción contra el abandono de todo concepto social ante la competencia por disminuir los costos está produciendo, entonces, una reacción tanto por izquierda como por derecha, que es necesario seguir de cerca para evaluar las posibilidades de continuación del ciclo globalizante.


El amigo mexicano

Respecto a los camioneros, tanto los trabajadores como los dueños están muy preocupados por el compromiso asumido por los Estados Unidos al aprobar el tratado del NAFTA en 1994, de abrir sus rutas a la entrada de camiones mexicanos a partir precisamente del inicio del año 2000. Piensan que no pueden competir, pagando sueldos de unos 18 dólares la hora, con los que vienen del sur y que sólo reciben dos dólares. Apelan entonces a una serie de subterfugios, algunos parcialmente justificados, como el peor estado de los equipos mexicanos. Pero hay un limite a este tipo de argucias, y es necesario apelar más directamente a que se apliquen medidas preventivas, o sea proteccionistas. Por diversos lados se levantan pedidos de ese tipo, a menudo apoyados por la legislación existente, o por decisiones gubernamentales. Así, por ejemplo, la proyectada construcción de un gran puente sobre la bahía de San Francisco ha actualizado una reglamentación por la cual en los contratos por obras públicas, cuando se usan fondos federales hay que dar preferencia al producto de fronteras adentro, una forma de "compre nacional" que no goza del beneplácito de la OMC, y que es pasible de ser impugnada ante ese alto tribunal.

En este panorama, las actitudes hacia el NAFTA son simplemente parte de las reacciones ante la apertura general de la liberalización del comercio. México es una economía muy pequeña respecto a los Estados Unidos, siendo su PBN apenas el 4,3% del de su vecino, pero la integración es muy fuerte, ya que implica la eliminación total de las trabas, salvo en lo referente a los flujos de mano de obra. Además, el NAFTA es simbólico de lo que podría ser una ampliación a todo el continente, o sea el llamado AFTA (o ALCA en español), proyecto que parece estar condenado al fracaso, pero sigue siendo una bandera de los mayores entusiastas de la globalización.

El hecho es que las exportaciones de México a los Estados Unidos ya estaban aumentando antes de la firma del tratado y siguieron haciéndolo de manera exponencial, pasando entre 1988 y 1999 de 22.000 millones de dólares a 130.000, tanto que casi asusta a los mismos mexicanos por las reacciones que saben están generando. Este comercio en buena medida es de las "maquiladoras", empresas en muchos casos de propiedad extranjera, que importan gran parte de sus insumos. Aun no han conseguido generar un efecto de "encadenamiento" con el resto de la economía, pero sí afectan al empleo en la zona de la frontera, que se ha expandido mucho, aunque a sueldos muy bajos, incluso más bajos que en el promedio de la industria mexicana y desde ya bajísimos para standards yanquis.

El sector agrícola mexicano es una fuente inagotable de mano de obra barata. Ese sector, que emplea todavía al 20% de la fuerza de trabajo, contribuye con sólo 5% a su PBN. La entrada de trabajadores mexicanos a los Estados Unidos, legalmente registrados, comenzó a adquirir volumen hacia los años 70, ante la demanda de las grandes empresas agrarias californianas que no podían conseguir otra mano de obra a precios que les fueran convenientes. Hacia ese entonces entraban unos 65.000 mexicanos por año, cifra que subió al doble en los años 80, y a 250.000 anuales entre 1991 y 1996, habiéndose registrado un máximo de 940.000 permisos otorgados en el año 1991 (no necesariamente usados ese mismo año). Para los trabajadores norteamericanos estas cifras son preocupantes. Carla Hills, en su momento la Representante Comercial de los Estados Unidos (USTR), argumentaba que las exportaciones de los Estados Unidos al resto del mundo (incluido pero no sólo México), incrementadas por la apertura comercial, crearían muchos empleos. Pero con este mismo criterio, las importaciones, que más o menos siguen a las exportaciones, eliminarían empleos, de manera que el efecto quedaría compensado. Lo que no queda compensado es el nivel salarial con que se producen los bienes que se importan a los Estados Unidos, y que inducen una importante rebaja en los niveles salariales de los trabajadores poco calificados en ese país (los cuales a menudo son a su vez extranjeros, o afroamericanos). De todos modos, es necesario distinguir entre el impacto de la afluencia de migrantes del exterior, que es en fin de cuentas limitado, y el efecto de los bajos niveles de vida con que se generan los bienes que vienen de afuera, que tiene esencialmente un efecto mayor y que podría no tener límites si el comercio se abriera totalmente.

Es cierto que la economía norteamericana nunca ha estado muy volcada al comercio internacional, como lo ha estado clásicamente la inglesa. Pero la cifra aumenta, habiendo pasado el porcentaje formado por el total de ese comercio (exportaciones más importaciones, pero sólo en bienes), del 19% del PBI en 1987 al 24% en 1995. Extrañamente, para México las cifras son mucho más altas, habiendo saltado del 30% aproximado en que se encontraba a fines de la década de los 80, hasta el 58% en 1995.Es como para preguntarse: ¿quién se beneficia más de este comercio, los Estados Unidos o México?

Por su parte, al menos, el movimiento sindical de los Estados Unidos, así como el de Canadá , está decididamente opuesto a la apertura comercial, sea con México o con el resto del mundo, y su exasperación lo ha llevado a participar como actor principal en las protestas de Seattle. Por lo tanto, estos disturbios no son un episodio de malhumor pasajero sino el comienzo de algo que puede traer mucha cola. Como es sabido, Clinton consiguió la aprobación del tratado del NAFTA en 1994 basándose sobre todo en votos republicanos, pues la mayoría de su propio partido se le opuso. Quizás la respuesta a la paradoja de "quién se beneficia", no se deba dar en términos de países, sino de sectores sociales. 


Sindicalistas de EE.UU… ¡Uníos!

Durante las discusiones acerca de entrar o no en el NAFTA, que llevaron un par de años, se dio una intensa campaña, basada no sólo en lo que se pensaba, o temía, que iría a ocurrir, sino en lo que se había observado en el tema de las maquiladoras, que ensamblan y sólo pueden exportar de nuevo al país del norte, o sea, no pueden vender en su propio mercado. En sesiones organizadas en Cleveland, Ohio (prácticamente la capital del Rust Belt, la región "desindustrializada" de Estados Unidos) por el Comité de Recursos Humanos y Trabajo del Senado, se pudo tomar el pulso al descontento local.

Las quejas acerca de la pérdida de empleos fueron, por supuesto, muy generalizadas. Se criticó a los empresarios que se mudan (en general los medianos y grandes, los pequeños no están en condiciones de hacerlo), pero se reconoció el peso de su argumento: "Nos gustaría mantener los empleos aquí, pero si lo podemos hacer por 2$ en México, no podemos darnos el lujo de pagar 10$, 16$, 17$ aquí… ¿Qué quieren que hagamos?". Es significativo dentro de ese panorama el caso de Kenny Lortz, presidente de la seccional ("Local") 336 de los United Auto Workers. En su intento de mantener la producción, consiguió el apoyo de sus afiliados para reducir notablemente las condiciones de trabajo, salarios, seguros médicos, escalafón, y otros beneficios. La empresa, en el proceso de concentración y reducción, se estaba mudando a la más barata Charleston, donde pagaría sueldos de 6$, pero según el sindicalista eso sería sólo una etapa de su eventual migración a México. Ejemplos de este tipo se pueden reproducir al infinito, con ribetes dramáticos, como los de más de un trabajador que se suicidó, u otro que al conseguir un empleo en un lugar muy distante, tuvo que dejar su familia, y vivir en un motel donde pasaba el tiempo en la pequeña sala, hasta que se ligó con una mujer local. Otra persona, una mujer negra jefa de familia con un hijo (situación mayoritaria en su grupo), que perdió un buen empleo industrial de años, pasó por una etapa de desocupación, pero ahora dice que está "fantásticamente bien" porque "trabajo 80 horas por semana, en dos empleos, uno en [una ONG] y otro en una clínica. No puedo enviar a mi hijo a la universidad con un sólo empleo. Pero aun así, no sé si va a conseguir un trabajo al terminar sus estudios". ¿Será éste un ejemplo de la "Argentinización" que en los años ochenta un ex Secretario de Comercio de Nixon, Peter Petersen, pronosticaba como enfermedad que, habiendo ya destruido a nuestro país y a Gran Bretaña, amenazaba a los Estados Unidos?

En esas sesiones se volvieron a oír entonces las lamentaciones de los sectores sindicales, y una variada reacción de grupos agrarios, que reaccionaban de manera muy particularista ante los efectos de la futura liberalización del comercio internacional, o contra la que ya había ocurrido ante la paulatina caída de barreras. De hecho, como ya se ha dicho, la economía norteamericana ha continuado expandiéndose, pero de manera internamente muy heterogénea. Aunque los grupos empresarios citan a menudo actitudes favorables de sus trabajadores, o de ciertas pequeñas empresas orientadas a llenar nuevas oportunidades exportadoras, el hecho es que de manera casi totalmente monolítica el sindicalismo se sigue oponiendo a la apertura, como ha quedado evidenciado en los sucesos de Seattle, aduciendo que se sigue perdiendo empleos buenos, reemplazados por otros "basura". La amenaza de mudarse al exterior, o el argumento de que es preciso competir o morir, sirve para disciplinar a la fuerza de trabajo, estancando cuando no disminuyendo sus condiciones de vida.   


Las políticas de clase no han muerto

Por cierto que todo el conjunto de grupos irritados ante el NAFTA no es lo mismo que la sociedad norteamericana en su totalidad. Pero la opinión pública también acompaña a esas actitudes, como lo demostró una encuesta realizada por USA Today/CNN/Gallup poco antes de la cumbre de Seattle, que mostró que el 59% de la población de los Estados Unidos cree que el actual sistema de libre comercio en general es malo para los trabajadores, mientras que sólo el 35% lo apoya. Quizás por eso el conocido defensor de los intereses del consumidor, Ralph Nader, afirma que "la energía que se vio en Seattle va a llegar hasta main street America". Y en diversos ambientes se extiende la actitud, propuesta por el congresista de Ohio, Dennis Kucinitch, de que las autoridades locales, hasta el nivel municipal, deberían encargarse de tomar directamente represalias contra los países o las empresas que exploten el trabajo infantil, atenten contra el medio ambiente, o cometan otras infracciones.

En la izquierda del Partido Demócrata, la antipatía ante la extrema liberalización del comercio propuesta por las autoridades financieras internacionales también es muy grande. Tom Hayden, diputado estadual de California, ex activista antibélico de los años 60 y luego funcionario de la estructura local del partido, se ha declarado entusiasmado con lo ocurrido en Seattle, distinguiendo la existencia de posiciones diversas dentro de esa masa de manifestantes. Y Dick Gephardt, jefe de la bancada Demócrata en la Cámara de Representantes, es conocido por su inclinación hacia soluciones proteccionistas para los problemas económicos del país. Esos problemas existen, y son bastante intensos, a pesar de las buenas cifras de crecimiento del producto per cápita y del empleo. Esto es porque el sector más bajo de la población (en buena parte formado por hispano-americanos y negros) sigue debatiéndose en condiciones muy precarias, aparte de la discriminación de la que son objeto.

Lo más extraño y absolutamente inesperado del caso, fue que el propio presidente Bill Clinton, en la siguiente reunión de altas autoridades internacionales y de la misma OMC en Davos, Suiza, en enero 2000, dijo sentirse básicamente de acuerdo con los manifestantes de Seattle, salvo con algunos sectores violentos y anarquistas. Clinton manifestó que "the American people have had enough" (traducido perdería su impacto) con la apertura comercial. Hay quienes piensan que dijo esto para canalizar el apoyo a su partido --y hacia su vicepresidente y delfín, Al Gore-- de precisamente los dos grupos más significativos del "electorado natural" Demócrata: los sindicatos y las Organizaciones No Gubernamentales (ONGS).

En sus declaraciones en Davos, Clinton se vio obligado a comprometerse a que en el futuro las negociaciones internacionales se harán en consulta con el movimiento obrero y con las ONG's. Pero las consecuencias de la llamada de atención de Seattle alcanzaron incluso al FMI y al Banco Mundial. El presidente del Banco Mundial, James Wolfensohn, reconoció en febrero que las protestas de Seattle "no eran sólo algo que un grupo de izquierdistas (radicals) salidos de un campamento de militantes había tramado para imposibilitar nuestras deliberaciones". En definitiva, advirtió, "sin encarar el problema de la pobreza no habrá manera de tener crecimiento sostenido porque la inestabilidad social lo va a matar".  


Comercio e inmigración cada vez menos libre

Esto es claro en América Latina, pero es preciso ver con más detenimiento lo que pasa del lado norteamericano. Allí la resistencia a la liberalización del comercio se extiende, por supuesto, a la inmigración desde países vecinos, legal o no. Por un lado, es cierto que Estados Unidos necesita trabajadores dispuestos a contentarse con un magro salario y realizar las tareas más fatigosas. Pero es innegable que los recién venidos contribuyen a disminuir el nivel de vida de los trabajadores yanquis, y sobre todo a apagar su militancia a causa de la precariedad del empleo, un fenómeno cada vez más marcado, la contracara de la expansión económica.

El "consenso" de los economistas norteamericanos acerca de la globalización ha sido hasta ahora que los efectos del comercio exterior no son tan grandes, y que en todo caso solamente rebajan el nivel de vida de los trabajadores no calificados, quienes, en un circulo vicioso, son en gran parte extranjeros o sus hijos (y negros) . Pero cada vez se oyen más voces en disidencia, en el mundo académico y en círculos sindicales y políticos. Para tomar un ejemplo del mundo laboral, en el Sur de California el sindicato de pintores tiene 3.000 afiliados, pero hay otros 6.000 afuera, casi todos inmigrantes recientes, muchos de ellos indocumentados, cuyos empleadores los amenazan por supuesto con la deportación si se unen al sindicato. De hecho, las empresas obtuvieron en 1986 una ley que les daba, justamente, el derecho de ser órganos de aplicación de las disposiciones contra los inmigrantes no documentados. En ese momento la AFL-CIO apoyó la medida, pero ahora se ha dado cuenta de que ella significó una debilitación del sindicalismo, que perjudica a todos los trabajadores, legales o no, inmigrantes o yanquis. La actitud de los sindicatos está cambiando, de su anterior postura de lavarse las manos respecto a la explotación de los recién llegados, a una nueva estrategia de organizarlos para defender en conjunto el salario de todos. 


El retorno de los sindicalistas de siempre

La nueva actitud del sindicalismo está simbolizada por el nuevo presidente de la AFL-CIO, el ya mencionado John Sweeney, quien es objeto de una verdadera corte por parte de intelectuales y políticos de centro izquierda norteamericanos. Fue recién en 1999 que el movimiento obrero comenzó a contrarrestar la tendencia decreciente de su masa de afiliados, que desde el 26% de la fuerza de trabajo en los años 50 había bajado hasta el 14%, o el 10% si se considera sólo el sector privado. En el área estatal la agremiación es mayor, en parte porque los políticos tienen allí más influencia, e impiden las medidas antisindicales que son materia diaria en las empresas privadas, especialmente las medianas y chicas. Claro está que hay además un gran sector de cuentapropistas, o que tienen sólo uno o dos ayudantes, en servicios de todo tipo, donde el sindicalismo no tiene un campo de acción natural. Están también los que tienen una ocupación part time, que forman el 17,5% del total de la fuerza de trabajo empleada en el país (y el 40% en el muy próspero Silicon Valley). Por último, en Estados Unidos la "fuerza de trabajo" incluye a los granjeros, propietarios de empresas, y sus altos y medios empleados. Todos estos grupos deben ser eliminados del cálculo para llegar a una idea realista de la penetración del gremialismo en la clase obrera y la baja clase media estatal. Para hacer una estimación más realista del peso sindical hay que tener en cuenta que lo que puede llamarse clase media, estatal o privada, autónoma o dependiente, forma al menos una mitad de la población del país. De ellos casi nadie es sindicalizable, salvo algunos sectores de empleados estatales o de servicios. Asimismo, hay que eliminar al amplio grupo de gente que trabaja por cuenta propia, o que lo hace en relación n de dependencia, pero en muy pequeñas empresas con dos o tres personas. Eliminando entonces a los sectores que están de hecho fuera del alcance del sindicalismo, que en total deben ser unos buenos dos tercios del total de la fuerza de trabajo, resulta que una cifra corregida de la penetración del sindicalismo debe multiplicar por 3 la cifra del 14% antes mencionada, o sea que alcanzaría casi un 50%, lo que está lejos de representar la desaparición de su influencia, hecho que a veces esgrimen los analistas. Es cierto, eso sí, que su fuerza relativa se ha visto disminuida, y que el total de afiliados a la AFL-CIO, que en los años 50 había llegado a unos 15 millones de personas, se ha mantenido más o menos estancado (aunque con grandes cambios cualitativos), a pesar del aumento de la población. En definitiva, sumando y restando, es un hecho que el sindicalismo sigue siendo un factor de peso en la política norteamericana, aunque no pueda hablar por todo el país, y por lo tanto debe desarrollar estrategias inteligentes para conseguir aliados que le permitan influir de manera más directa a las esferas de poder. Eso fue lo que supo hacer durante los años del New Deal, que transformaron al país, pero que le falló cuando intentó de bloquear la aprobación del NAFTA.

En diversas áreas, el sindicalismo está revelando un nuevo dinamismo. Durante el año 1999 hubo nuevas afiliaciones por 450.000 personas. A esto debe restarse las pérdidas por diversos motivos, entre ellos la desindustrialización, que sigue su curso y ya ha liquidado a regiones enteras del país, sobre todo en el llamado Rust Belt (los estados de Pennsylvania, Ohio, Illinois, y Michigan) aunque está muy lejos de haber devorado ya a todo el país o a su base productiva. El resultado neto para los sindicatos fue un aumento de unos 100 a 200.000 miembros en 1999. Esto revirtió una de tendencia vigente desde hace muchos años, y también se expresó en la acción política, por ejemplo en la derrota de la "Proposition 226,1" del estado de California, que hubiera limitado severamente la capacidad de los sindicatos de organizar o financiar campanas políticas, cosa que hacen usualmente, casi siempre en favor del Partido Demócrata. Por otra parte, la imagen que el público en general tiene del sindicalismo ha mejorado, de un 35% de opiniones positivas en 1993 a un 39% en 1999, mientras que la imagen negativa descendió del 34% al 23%. Estos datos son aun más favorables entre los jóvenes. 


Un partido de los trabajadores

Entre los dirigentes y activistas sindicales es casi imposible encontrar simpatizantes Republicanos. La mayoría de los sindicales votan por los Demócratas. A ese nivel, sin embargo, quienes prefieren a los Republicanos son un número no despreciable, en parte por los flujos y reflujos de la política. De particular importancia fueron, en los anos ochenta, los Reagan Democrats, en buena medida católicos atraídos por el aura "populista" del ex actor de cine e incómodos por el excesivo liberalismo (izquierdismo, en el sentido norteamericano de la palabra) de los candidatos Demócratas, sobre todo en temas culturales como el derecho al aborto. De manera más estructural, aquí también opera la tendencia de los blancos pobres a derechizarse ante la competencia, que ven como amenaza, de los negros y los inmigrantes hispánicos. En ese sentido, se puede decir que el conflicto racial es uno de los principales factores que explica la ausencia de un partido socialdemócrata en los Estados Unidos. El fin de la Guerra Fría, por otra parte, está produciendo un realineamiento en términos de clase, más parecido al de los tiempos de Rooselvelt, inclusive más marcado, porque los muy derechistas Demócratas sureños han sido reducidos a su mínima expresión, abandonados por su electorado local blanco, que se ha volcado a los Republicanos a causa de las campañas demócratas por los derechos de los negros. Pero el problema sigue siendo el mismo, el predominio de quienes financian a los partidos hace difícil una política de cambio social.

En este campo pueden darse convergencias extrañas, porque también en el sindicalismo -- por no hablar de los granjeros -- la orientación proteccionista es cada vez más abierta. El jefe de la bancada Demócrata en la Cámara Baja, el ya mencionado Dick Gephardt, participa claramente de ellas. Y el dirigente del Sindicato del Automotor (United Auto Workers), Stephen Yokich, que en sólo tres empresas nuclea a 400.000 trabajadores, se declaró recientemente sorprendido de no haber visto a ningún precandidato presidencial en las protestas de Seattle. En efecto, la convergencia en esa ciudad de los sindicatos más importantes más una multitud de grupos de la Nueva Izquierda culturalista es señal de que algo está cambiando en los Estados Unidos.

De hecho, la resistencia contra el NAFTA en el Partido Demócrata siempre ha sido muy grande, tanto es así que la aprobación del tratado fue realizada contra la voluntad de una mayoría de los representantes legislativos Demócratas. Sin embargo, ninguno de los dos principales precandidatos para las internas Demócratas --Al Gore y Bill Bradley-- se había declarado contrario al NAFTA. Pero Gore --que tiene el apoyo sindical-- se prepara, sin propalarlo demasiado, para tomar medidas protectivas, si no proteccionistas, de amplios sectores de la actividad nacional, lo que le ha valido el acceso a las arcas sindicales, siempre muy bien dotadas.

El malestar en ciertos sectores populares de los Estados Unidos se basa en que, a pesar del incremento del producto bruto y la disminución del desempleo, el nivel de vida de los más pobres ha estado estancado, y hoy 45 millones de personas carecen de cobertura médica. Durante la década del 90, mientras el ingreso familiar del quintil superior aumentó en 15%, el del inferior se congeló en unos 13.000 dólares por año, suma con la que es muy difícil tener una vida decente. A pesar de esto, o en parte debido a ello, la participación electoral es muy baja y está distribuida de manera totalmente desigual, mucho menor en los sectores pobres, para quienes se hace a menudo difícil ir a los comicios, realizados, por razones supuestamente religiosas, en días laborables. Un reflejo significativo de este hecho es que en recientes negociaciones colectivas entre los United Auto Workers y la Daimler-Chrysler, el sindicato obtuvo que en los días de elecciones presidenciales se les dé feriado pago a los trabajadores, cosa que fue concedida, pero produjo una airada reacción, tanto en otras empresas como en círculos Republicanos. Estos saben que la medida los va a perjudicar, no sólo por la incrementada concurrencia de un sector organizado y bastante conscientizado de la clase obrera, sino porque muchos militantes sindicales estarán disponibles para las tareas de convencer a la gente a último momento de ir a las urnas, o de ser acarreados a ellas..

En algunos sectores de la Derecha -- sobre todo el que algunos denominan "populista", abusando quizás del término -- las reacciones contra el NAFTA y la globalización en general son también muy fuertes, basadas en un nacionalismo que objeta la excesiva influencia de los inversores extranjeros en la economía nacional. Ocurre que el ahorro interno en la economía de los Estados Unidos ha sido prácticamente cero desde hace años, lo que obliga a basarse en el ahorro externo para las inversiones. También el déficit del comercio internacional es muy grande, como por años lo fue el fiscal, de manera que al final resulta que los Estados Unidos son el país más endeudado (hacia el exterior) en todo el mundo.

Este tema se ha compensado en alguna medida por los amplios superávits fiscales que, después de mucho tiempo, comenzaron a aparecer durante la presidencia de Clinton y que ahora suscitan agudas discusiones sobre cómo emplearlos. Pero la presencia masiva de productos extranjeros -- empezando por los muy visibles autos japoneses -- y la propiedad foránea de muchas empresas, está afectando a la opinión pública centrista y nacionalista de derecha. Incluso el muy moderado Paul Krugman dice que la opinión de que "la creciente propiedad extranjera de bienes norteamericanos es una amenaza a nuestra soberanía [...] se tendía a descartar como claramente tonta, cuando nosotros éramos los que queríamos invertir en otros países. Ahora que esa situación se revirtió, el argumento parece más sólido".  


El fin de la affluent society

Es significativo cómo los Estados Unidos, siendo un país que a comienzos de siglo ostentaba altos índices de igualdad social (relativamente hablando, se entiende), se han convertido en uno de los que más desigualdades y pobreza crónica presentan dentro del circulo de los altamente industrializados. Los ingresos medios familiares del 5% superior eran en 1979, 10 veces más altos que los del 20% inferior; diez anos más tarde, la proporción pasó a ser de 16 a 1, y en 1999 de 19 a 1. En lo respectivo a riqueza, o sea propiedades, el 1% superior posee el 40% de los bienes, mientras que en 1976 sólo tenia el 19%. La situación es lo suficientemente inquietante como para que nada menos que Alan Greenspan, el presidente de la Reserva Federal, diga que este nivel de desigualdad plantea "una fuerte amenaza a nuestra seguridad". -

También comienzan a haber cambios de posición sobre los efectos de la apertura comercial. Esto ocurre incluso entre gente muy central del Establishment, como Joseph Stiglitz, Economista en Jefe de Banco Mundial (e investigador de la insospechable Hoover Institution), para quien "los controles sobre (la movilidad del) capital son admisibles, aunque dependiendo sobre todo de las circunstancias". Además, Stiglitz considera equivocado creer que la liberalización y la privatización eran la fórmula para el crecimiento económico", así como que lo único que se necesitaba era "una estabilidad de corto plazo, un presupuesto equilibrado y [una dependencia de] los indicadores macroeconómicos". El desastre económico ruso es una de las principales incógnitas para quienes confiaban en los beneficios de la liberación de las fuerzas del mercado. Su efecto en ese país ha sido aumentar el índice de "pobreza" del 2% al 50% de la población. Eso sí, Stiglitz admite que aun no ha emergido una nueva estrategia. Por su parte, en su último libro Paul Krugman también se abre a la necesidad de controlar la movilidad de los capitales, a pesar de los peligros que involucra, pues las alternativas pueden ser peores. Desde ya reafirma sus conocidos principios keynesianos acerca de la necesidad de estimular la demanda, aun apelando a un poco de inflación, y barre las teorías del supply side reaganiano, a las que de manera poco amable considera "un conjunto de ideas tontas que ha pretendido el nombre de "supply side economics".

El actual malestar que se nota tanto en los Estados Unidos como en Europa se debe en gran parte a que la posición semimonopólica industrial y de privilegio que han tenido por mucho tiempo se ha deteriorado. La movilidad del capital, basada en las revoluciones tecnológicas en el campo de las comunicaciones, es el actor principal, héroe o villano, en el escenario actual. Sus amenazas de votar con los pies, yéndose a donde lo traten mejor, parecen volver impotentes a los gobiernos, aun a los más poderosos, como el de los Estados Unidos, si bien los del Japón y de otros países que siguen su modelo se le pueden enfrentar --y algo también pueden hacer los europeos--, como resultado de factores extraeconómicos.

Es aun temprano para poder decir cuáles van a ser las políticas que las diversas áreas económicas van a seguir para evitar los efectos negativos de la globalización, que provocan cambios súbitos en el mercado disponible para los productores nacionales, provocando crisis de desocupación o de precarización y deterioro de las condiciones de trabajo. Hay quienes dicen que el remedio es aplicar "más de lo mismo" y que una liberalización aun mayor de los movimientos del capital y una apertura total al comercio redundará, a la larga, en beneficio de todos. Esto es bastante utópico, y es más probable que se termine en una nueva era de controles gubernamentales, incluyendo un cierto proteccionismo, pero a nivel regional, no nacional. 


Comercio en bloques

Cuando los Estados Unidos y Europa tenían la primacía tecnológica y la movilidad del capital aun no era lo que llegaría a ser, ellos podían darse el lujo de estar relativamente abiertos al resto del mundo, porque de todos modos las importaciones que entrarían no tendrían mucho peso. Los Estados Unidos eran el principal acreedor del mundo, y lo que ellos invertían en el exterior era mayor a lo que lo que recibían como inversiones externas. Ahora eso cambió, prácticamente en el curso de una década (la de los 80), y Estados Unidos se convirtió en el principal deudor internacional y en receptor neto de inversiones extranjeras. El juego de la libertad de comercio, entonces, ya no tiene los mismos resultados que antes, y las presiones proteccionistas son lógicamente mayores. Ya antes, cuando el Commonwealth Británico se vio en dificultades ante la crisis del 30, sancionó en los Convenios de Ottawa la preferencia aduanera imperial, dando el adiós no sólo al patrón oro sino al libre comercio.

Hay una fuerte posibilidad de que el futuro económico esté signado por un mundo dividido en grandes bloques, cada uno de los cuales actúe de manera relativamente proteccionista, no tanto como para contentar a todos los grupos de interés pero suficiente como para disgustar a los teóricos del libre comercio. Lester Thurow afirma, en La guerra del siglo XXI: la batalla económica que se avecina entre Japón, Europa y Estados Unidos, que a la larga, el regionalismo puede ser un proceso positivo en el mundo. El comercio libre dentro de las regiones y el comercio administrado entre regiones bien puede ser a la larga el camino que lleve a un comercio mundial más libre. Pasar de las economías nacionales a una economía mundial es una tarea simplemente demasiado grande. Es necesario dar primero pasos intermedios más pequeños, y los bloques comerciales combinados con el comercio administrado bien pueden ser precisamente ese paso intermedio necesario.

El proteccionismo, bestia negra de la economía neoliberal expresada entre otros foros en el llamado "Consenso de Washington", se está fortaleciendo en los más diversos ambientes. Los teóricos del neoliberalismo lo lamentan, y amenazan a sus lectores que de no tomarse medidas heroicas y rápidas, el lobo nos alcanzará. Si esto es así, entonces habrá que prepararse para convivir con ese animal. El animal es feroz, y cuando está mal amaestrado ha hecho estragos, sobre todo en América Latina (no así en los tigres asiáticos, ni en los casos históricos de los Estados Unidos, Alemania y Japón) . Pero en la realidad el proteccionismo, aplicado de manera dosificada, debe ser visto como un factor más, una variable a tener en cuenta en un sistema de múltiples ecuaciones con numerosas variables. Hoy la fundamentación intelectual del proteccionismo es más sólida que en el pasado, mientras que los argumentos a favor del comercio libre son a menudo exagerados. En teoría, los intereses norteamericanos serían más beneficiados en un mundo de comercio libre, evitando la tentación de adoptar una "políticas de estrategia comercial". Desgraciadamente, esto no es lo que va a ocurrir, por dos razones. Una es que los otros actores importantes del comercio mundial están utilizando esas mismas "políticas de estrategia comercial" -- la protección japonesa a las supercomputadoras, y la promoción europea de la industria aérea -- aun cuando hacen más daño que bien. La otra razón es que la adopción del comercio libre depende de un acceso recíproco a los mercados, algo que se vuelve muy difícil de mantener políticamente si hay una amplia y creciente percepción de que uno de los principales actores sigue reglas distintas (Japón, of course). Lo que es necesario preguntarse es cómo y porqué los Estados Unidos, que se cuidan bastante de la apertura comercial al resto del mundo, han entrado en un connubio tan estrecho con México, sabiendo que la heterogeneidad de las dos economías dificultará grandemente su funcionamiento integrado. Es como para preguntarse quién gana con esto, y quién pierde.   


Panorama desde el puente

Actualmente Estados Unidos vive un acontecimiento nuevo, que puede ser equivalente a las luchas por los derechos civiles de los años 60. Se trata, claro está, de la apertura al comercio internacional, incluyendo por supuesto al NAFTA. El tema es complejo, pero es capaz de levantar niveles de pasión y de entusiasmo similares a los de la generación pasada. Los Estados Unidos se han visto favorecidos por una larga expansión económica en esta última década, en parte motorizada por las innovaciones tecnológicas. Sin embargo, los efectos internos, como ya hemos visto, han sido muy diferenciados. No es sólo que algunos se benefician más que otros, lo que no sería demasiado grave, sino que amplios sectores populares se han visto violentamente perjudicados, convulsionando su tradicional modo de vida. Es desde esos sectores que puede venir la protesta. Ya está comenzando, con fenómenos como los de Seattle y el continuado activismo sindical.

Se puede decir entonces que la crucial aprobación del NAFTA (sancionada en 1993 contra una mayoría de la bancada Demócrata) implicó una seria ruptura de ese partido. Sus efectos no pueden menos que hacerse sentir en el mediano plazo. Como ocurre a menudo, la primera escaramuza puede parecer episódica. Se puede notar que el sindicalismo sigue apoyando a Al Gore --delfín de Clinton, símbolo de la reordenación Demócrata-- por su mayor compromiso con medidas favorables al sindicalismo. ¿Estaremos ante los inicios de un nuevo sistema partidario? Habrá que subirse bien alto al puente del Río Bravo para observar cuidadosamente en que dirección se dirigen los pájaros que vuelan sobre esa región.  


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