EL ARMAGEDON NEOTERRORISTA, BUSCA ANIQUILAR LA NUEVA ERA DEL CONOCIMIENTO Y LA GLOBALIZACION, ATACÁNDOLA CON SUS PROPIAS ARMAS

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Luis Fernando Calviño y Víctor Eduardo Lapegna IMPRIMIR regresar a la página anterior


En las últimas décadas del siglo XX se produjeron transformaciones esenciales que establecieron un completo cambio de época en la evolución mundial, de alcances y profundidad equivalentes a los que implicó el tránsito desde la sociedad primitiva (recolectora, cazadora y pescadora) a la sociedad agraria y de ésta a la sociedad industrial.

Como sucede con todo cambio esencial, las transformaciones propias de esta nueva época provocaron oposición y resistencia en no pocos sectores y personas que, en algunos casos, adoptan posiciones retrógradas, en el sentido en que pretenden volver atrás en el proceso de la evolución, comportamiento similar, mutatis mutandi, al que adoptaran los movimientos utopistas que, a inicios del siglo XIX, buscaban frenar la primera revolución industrial y evitar las alteraciones en toda la realidad que traía consigo.

A nuestro juicio, el absoluto e innegociable rechazo al cambio de época y a sus consecuencias es la matriz esencial de la voluntad que inspira al neoterrorismo que produjo los atentados del martes 11 de setiembre.

Contra ese neoterrorismo, una coalición de naciones que lidera Estados Unidos y tiene una vastedad ecuménica nunca antes vista se lanzó, lleva a cabo una nueva guerra más mundial que ninguna de las que la antecedieron.

Somos conscientes de las enormes diferencias que hay entre la realidad del siglo XIX y la del siglo XXI y no pretendemos incurrir en la errónea simplificación de equiparar lo sucedido en tiempos de la primera revolución industrial con lo que ocurre hoy en el mundo globalizado de la sociedad del conocimiento, nueva etapa de la evolución a la que Manuel Castells llama "era de la información".

También intuimos que el conflicto que hoy angustia al mundo es novedoso en muchos aspectos esenciales y queremos hacer nuestro aquello de "ante lo nuevo, pensar de nuevo", sabia actitud que Jorge Castro suele aconsejar que se adopte.

Hechas estas salvedades, debemos decir que el recurso al pensamiento analógico nos resulta un instrumento imprescindible en la búsqueda del discernimiento de la verdad, mediante la indagación de la novedad de los hechos que nos presenta el conflicto que hoy sume al mundo en la angustia y a muchos de sus moradores en la perplejidad.

Aplicando al tiempo ese pensamiento analógico, queremos unir los albores del siglo XIX con este inicio del siglo XXI, que algunos consideran que en verdad comenzó el 11 de setiembre, con el ataque a las Torres Gemelas y al Pentágono.

Presumimos que así podremos entender mejor, en la modesta medida de nuestras posibilidades, la magnitud de los peligros que se ciernen sobre toda la humanidad por estos días que, según creemos, van a marcar de modo profundo la vida cotidiana de todos en los tiempos que comienzan a partir de ahora.

El "Luddismo" y la Revolución Industrial, el Neoterrorismo y la Globalización

"Señor: se me ha informado que usted es dueño de algunas de esas detestables máquinas (...). Sepa usted que, si no son retiradas a fines de la próxima semana, encomendaré a uno de mis lugartenientes que las destruya (...) y si tiene usted la audacia de disparar contra cualquiera de mis hombres, ellos tienen ordenes de asesinarlo a usted e incendiar su casa".

Esta amenaza, firmada en 1812 por Ned Ludd en su condición de "General de los Ejércitos Justicieros", estaba dirigida a uno de los propietarios de los talleres industriales de hilandería instalados en los condados ingleses de Nottingham, Leicester y Derby.

Lo reproducimos como muestra del nivel de violencia que alcanzaron las protestas sociales que tuvieron lugar en Inglaterra, primero entre 1811 y 1812 y luego entre 1814 y 1816, conocidas genéricamente como movimiento "luddista", en referencia al nombre de aquel "General de los Ejércitos Justicieros" que fue uno de sus primeros líderes.

El "luddismo" congregó a tejedores artesanales que fueron excluidos del ciclo económico del que hasta entonces formaban parte, cuando no pudieron competir con la reducción de costos que trajo aparejado el maquinismo, propio de la revolución industrial que por entonces implicaba un cambio cualitativo absoluto en la evolución histórica.

Como forma de resistencia a esa transformación que les perjudicaba, los tejedores artesanales que condujo Ludd se dedicaron a destruir las máquinas textiles de aquellas primeras empresas industriales y la magnitud de esos estallidos fue tal que el gobierno de Londres debió enviar a unos 20 mil soldados para poder aplastarlos

El "luddismo" y otros alzamientos igualmente violentos - como los que se produjeron en la ciudad francesa de Lyon - formaron parte de la reacción de algunos segmentos socioculturales al cambio epocal que implicó la revolución industrial.

Esa reacción se expresó en movimientos a los que, genéricamente, se llamó "utópicos" o "utopistas", que postulaban impedir el avance y la consolidación de la nueva era de la evolución y proponían un imposible retroceso de la historia, conducente a establecer una mítica arcadia en el presente, a la que emparenta el mito "rousseauniano" del buen salvaje.

Una vertiente no violenta de esa oposición "utópica" al cambio de época fue la expresada, entre otros, por Fourier, Owen y Saint - Simon.

Otra variante fue la del "luddismo" y otras corrientes semejantes, que apelaron a la violencia como medio de imposición de su "utopismo".

Carlos Marx - que suele ser visto por la opinión pública como el más feroz crítico del sistema capitalista, siendo que fue también uno de sus panegiristas más elocuentes - libró una polémica constante e inmisericorde contra aquellos a los que calificaba con desprecio como "socialistas utópicos".

Les censuraba por la inútil pretensión de volver atrás la historia con el vano intento de suplantar al capitalismo por el sistema al que Marx llamaba "comunismo primitivo" y les enrrostraba querer sustituir, con ensoñamientos románticos y difuminados actores sociales, a ese proletariado que su "socialismo científico" presentaba como portador del futuro en la lucha de clases, a la que consideraba el motor de la historia.

Si es cierto que Marx erró en todos sus pronósticos históricos esenciales y que el "socialismo científico" que fundó, como bien dijera Octavio Paz, no pasó de ser "una creencia que se cree ciencia"; no es menos cierto que sus críticas a los que él llamaba "socialistas utópicos" se confirmaron en la realidad y que la historia, como no podía ser de otro modo, impuso un completo fracaso a esos intentos de los utopistas por impedir la continuidad de la revolución industrial y el establecimiento pleno de las transformaciones que trajo al mundo, sea que lo buscaran con formas pacificas o violentas.

Pero eso no empece reconocer que su experiencia inspiró a movimientos posteriores, como los llevados a cabo por las organizaciones obreras, que enfrentaron las grandes y nuevas injusticias que trajo consigo la revolución industrial.

Combinando luchas y negociaciones, esos nuevos movimientos supieron aprovechar las posibilidades generadas por el enriquecimiento general de la sociedad que produjo la economía de mercado en los siglos XIX y XX, para lograr elevar la calidad de vida y de trabajo, establecer y hacer cumplir los derechos laborales y, en general, asegurar una vida más libre, más digna y mejor para todas las personas.

Las Armas de la Crítica y la Crítica de las Armas

Admitimos que podría llevar a error querer comparar, sin los imprescindibles matices, a los movimientos de resistencia y crítica a la revolución industrial y al capitalismo que hubo en el siglo XIX y se prolongaron en el siglo XX, con las críticas y la resistencia a la era del conocimiento y la globalización que se expresan en este inicio del siglo XXI.

Sobre todo si se tiene en cuenta, que es lo debido, cuan pocos han de ser en el mundo de hoy los que no tengan facturas a pasar a la era de la globalización y la revolución tecnológica en general y al llamado "american way of life" ("estilo americano de vida") en particular.

El amplísimo espectro de los críticos a la realidad que vivimos, en el que también estamos los autores de este artículo, va desde Juan Pablo II a Leonel Jospin; desde el paleo marxismo del séquito de viudas y viudos de la URSS, al cuasi fascismo de algunos partidos nacionalistas europeos; desde Felipe Gonzalez a Carlos Menem; desde el movimiento obrero de la Argentina, los Estados Unidos y casi todo el mundo a Georges Soros y Michel Camdessus; desde las diversas tiendas de ecologistas y "globalofóbicos" a los empresarios de bienes y servicios de la llamada economía real.

Por eso es preciso distinguir ya que, como decía un personaje de Pepe Iglesias, "una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa".

Puestos a ello debe tenerse como por completo diferente a la actitud de quien reconoce el curso de la evolución e intenta intervenir en el proceso de la historia buscando mejorar la vida de las personas, con quien pretende imponer "el fin de la historia" y no mediante el recurso de la excesiva difusión de un inofensivo escrito de raíz post - hegeliana como el de Francis Fukuyama, sino con acciones terroristas como la del martes 11 de setiembre.

Bien puede decirse que la distancia que hay entre quienes nos reconocemos críticos de no pocos aspectos de la globalización y del "american way of life" y el neoterrorismo, es incluso mayor que la que separaba a los "luddistas" y otros movimientos similares de los muchos y diversos críticos que alzaron sus voces e interpusieron su acción ante los errores y horrores que trajo a la humanidad la revolución industrial.

Este neoterrorismo del siglo XXI, animado por una voluntad que le lleva a combatir sin límites ni espacios para la negociación a esta fase de la evolución en proceso de establecimiento, de igual manera que quiso hacerlo Ned Ludd respecto al cambio de época que a él le tocó vivir en su tiempo, si a través de Osama bin Laden o cualesquiera otro dirigente hubiese querido enviar un ultimátum a George W. Bush antes del atentado terrorista del 11 de setiembre, bien podría haberlo presentado en términos muy similares a los de la amenaza del "General de los Ejércitos Justicieros" de 1812, que transcribimos antes.

Al presentar las semejanzas que encontramos entre el terrorismo contra el que el mundo está hoy en guerra y el "luddismo" de las primeras décadas del siglo XIX, sólo tratamos de mostrar que en uno y otro cambio epocal hubo quienes se opusieron al ingreso en la nueva era y quisieron frenar y hacer retroceder al proceso histórico, apelando a una alta dosis de violencia.

Pero admitimos que esa comparación, llevada al exceso, puede inspirar interpretaciones equívocas, del tipo de aquellas sobre las que advertía Thomas Carlyle que, según creemos recordar, fue quien escribió que si alguien de un pasado remoto leyera en un libro de historia del siglo XIX que "Napoleón Bonaparte aplastó a los ejércitos austríacos en la batalla de Austerlitz", tal vez creería que el general corso era en realidad un gigante que pisoteó a miles de soldados.

Ante la eventualidad de que se incurra en una lectura asaz literal de la relación observada entre uno y otro fenómeno histórico, pudiera corresponder presentar algunas precisiones acerca de las diferencias entre lo que sucediera en algunos condados de Inglaterra y algunas ciudades de Francia a comienzos del siglo XIX y que no llegó a impedir el establecimiento de la revolución industrial, con lo que acaece hoy en el mundo entero y que no es imposible que imponga modificaciones esenciales en la vida cotidiana de todos los habitantes del planeta, cuyo sentido dependerá del resultado de esta guerra que está comenzando y cuyo final no nos parece que vaya estar muy cercano.

La Amenaza Irrealizable del "Luddismo" y el Armagedón Factible del Neoterrorismo

Nunca antes de ahora, los sectores que se opusieron y resistían los cambios de época advenidos en la evolución, pudieron utilizar los instrumentos que proporcionaba el nuevo ciclo histórico para combatirlo con alguna posibilidad de éxito.

Por caso, aún los más extremos entre los seguidores del General de los Ejércitos Justicieros que ejercían la violencia destructiva contra las máquinas que representaban a la nueva época que se proponían retrogradar, no podían ir más allá de romper telares, quemar fábrica y asesinar empresarios con los medios a su alcance, que no eran novedades generadas por la revolución industrial.

No era poco y así lo prueba el hecho que, para enfrentar a ese movimiento, fue preciso que Londres debiera recurrir a la acción represiva de la respetable cantidad de 20 mil soldados. Pero también es cierto que bastó ese contingente militar para terminar con el "luddismo" y sus operaciones violentas.

No parece ser este el caso de los seguidores de bin Laden y otras redes similares, que están muy lejos de dedicar su capacidad de violencia a romper computadoras, atacar empresas de telecomunicaciones o matar a operadores financieros, por mencionar algunos ejemplos de los instrumentos generados por esta nueva era de la globalización y la revolución tecnológica a la que se proponen aniquilar.

Antes bien, lo que hacen es utilizar con extraordinaria aptitud los más novedosos recursos informáticos, crear empresas de sofisticados medios de comunicaciones por ellos controladas y hacer circular sus cuantiosos capitales a través de los complejos circuitos diseñados por la actual ingeniería financiera; todo eso para llevar a cabo operaciones tan tremendas como las del martes 11 de setiembre.

En otros términos, el neoterrorismo muestra una notable aptitud para utilizar los medios que proporciona esta nueva fase de la evolución para atacarla en sus bases y buscar su completa reducción a la nada.

En ese plano, si el uso de aviones de pasajeros secuestrados como proyectiles provocó lo que provocó, imagínese los efectos que tendrían atentados en los que se usara el armamento nuclear que en una porción significativa, desde el fin de la Guerra Fría y el colapso de la URSS, está mucho menos sujeto a controles institucionales de cierta certeza, como los que - sin mengua de su despotismo e ineficacia - llegaban a ejercer quienes, hasta 1991, imperaron desde el Kremlin.

Otra amenaza no menos aterradora es que los neoterroristas lleven a cabo ataques masivos mediante el uso de los diversos medios de guerra química y biológica que fueron desarrollados por los avances científico - tecnológicos de las últimas décadas y que, según la información conocida, también podrían estar a su alcance.

Por último, pero no por eso menos grave, el recurso a la guerra informática podría llegar a generar verdaderas catástrofes que van muchísimo más allá del daño o destrucción de las computadoras personales que puede provocar un virus introducido en Internet y aún del acceso a informaciones secretas que sean eventualmente utilizadas para los planes del neoterrorismo.

Por caso, puede citarse el efecto que podría resultar de una interferencia en los sistemas de informática y telecomunicaciones que se utilizan para el control del tráfico aéreo y terrestre, los que permiten la operación segura de plantas nucleares e hidroeléctricas y tantas otras similares.

Para medir los efectos que ataques informáticos y electrónicos perpetrados sistemáticamente por el terrorismo podrían ocasionar en miles de millones de seres humanos, basta pensar la creciente y constante presencia que tienen en nuestra vida diaria, de forma directa e indirecta, diferentes artificios generados por el desarrollo científico - tecnológico.

Una de las paradojas de este tiempo es que tal vez como nunca antes el género humano muestra un constante y generalizado "abandono confiado a otras personas, que pueden garantizar la certeza y la autenticidad de la verdad misma", como escribió el Santo Padre en la encíclica que aquí citamos.

Esa confianza - que es un acto de fe, aunque quien la manifieste sea agnóstico o ateo - es la de quien sube a un avión, a un automóvil o a un ómnibus, por mencionar tres ejemplos banales, sin saber a ciencia cierta como y porque funcionan ninguno de esos artefactos y sin conocer quien tendrá la responsabilidad de conducirlos, pero ese desconocimiento no mengua su "abandono confiado" y dice bien el Santo Padre que "la capacidad y la opción de confiarse uno mismo y la propia vida a otra persona, constituye unos de los actos antropológicamente más significativos y expresivos" .

Decimos que ese comportamiento es paradojal debido a que tal confianza ciega coexiste, incluso en las mismas personas, con "una difundida desconfianza hacia las afirmaciones globales y absolutas, sobre todo por parte de quienes consideran que la verdad es el resultado del consenso y no de la adecuación del intelecto a la realidad objetiva" .

No nos atrevemos a presentar una hipótesis acerca del efecto que la guerra en la que estamos entrando pueda tener respecto de este relativismo, pero parece muy posible que los ataques del neoterrorismo vayan a mellar aquel generalizado "abandono confiado" que ya parecen no sentir una parte significativa de los pasajeros de aviones.

En síntesis, el "luddismo", como otros movimientos semejantes que pudieron haberle precedido en otros cambios epocales, nunca estuvo siquiera cerca de poder poner en riesgo la perspectiva de que la revolución industrial marcara la nueva etapa de la evolución.

No nos parece que pueda decirse lo mismo con igual grado de certeza respecto del objetivo del neoterrorismo de aniquilar la fase de la globalización y de la revolución tecnológica, perspectiva que no estaría muy distante en el cuadro de completo caos producido por la magnitud de las pérdidas humanas y materiales y el clima general de miedo e incertidumbre que el neoterrorismo podría provocar.

Como se ve, es muestra de peligrosa ceguera y de una tendencia suicida que evoca la de los terroristas que cometieron los atentados del martes 11, atribuir a "orgullo nacional herido", "afán de venganza" o "patrioterismo demagógico" el llamado que hiciera el presidente George W. Bush a una guerra contra la amenaza terrorista.

Vencer cuanto antes algunas batallas en esa guerra y continuarla hasta la victoria es, en verdad, una necesidad ineludible e impostergable a poco que se quiera evitar o limitar en todo lo que esté a nuestro alcance la posibilidad de que seamos todos víctimas de ese Armagedon que propone el neoterrorismo.

Buenos Aires, 28 de setiembre, 2001

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