¿DAR DE BAJA COMO GALLEGO?

por Luis María Bandieri

Imagino a mi amigo Andrés Amil, que se nos fue hace algunos años, buen argentino, buen radical y orgulloso de su estirpe gallega, llegándose hasta el estudio, como solía, para someter al juicio atento y benévolo de mi hermano Atilio y de mí, una carta redactada más o menos de este modo:

 

A don Manuel Fraga Iribarne

Presidente de la Xunta de Galicia,

Ilustrísima cabeza de todos los gallegos, en la terra o en la diáspora

Presente

Los aquí nacidos, descendientes de los llegados desde aquella verde tierra del otro lado del charco oceánico, nos dirigimos a su excelencia cargados de inquietud. No nos alteran, por cierto, esos chistes que corren por nuestro medio, donde nos ponen como brutos insignes e ignorantes supinos. Sabemos, don Manolo, que tales chascarrillos nacen de la envidia hacia nuestra tranquila y cejijunta sabiduría, crecida junto al lar, quizás con pocas letras, pero con mucha enjundia. Al fin y al cabo, el único rey de vuestro suelo que mereció el calificativo de Sabio, don Alfonso X de Castilla, verseaba en gallego. Admitamos, tan sólo por seguir la corriente, que se nos tilde de tarugos. De lo que nunca se ha dudado, en cambio, es de nuestra astucia, de nuestra sagacidad, de nuestra proverbial cazurrería. A un gallego que se planta en el lugar que se ha ganado no se lo puede apartar como a un florero. A cada zorrería sabe infligir otra más complicada y al fin el enemigo que se atreva con estos celtas tan particulares cae en confusión, porque cree estar de vuelta cuando aún no ha partido y supone que el gallego no se ha movido cuando ya lo ha envuelto. Una escritora española, para más no oriunda de la terra, resume bien este genio galaico: dice que cuando se encuentra con un gallego en una escalera, nunca puede saberse si está subiendo o bajando. Pues bien, don Manolo, he aquí que a nuestro actual presidente, de conspicuo origen gallego, como usted sabe, se lo tacha constantemente de lerdo, cansino y confundido. Otro latinoamericano de raíz gallega, Fidel Castro, lo declaró, directamente, inexistente. Y los caricaturistas parecen complacerse en representarlo aturdido. Todo esto contribuye a que nuestro pueblo esté tan contribulado como su jefe constitucional. Usted, don Manolo, que tanto ha escrito sobre teoría política y tanto ha contribuido a ella en la práctica, comprenderá que, seguramente, nada de esto se corresponde con la realidad. Si quien está a la cabeza de un gobierno no tiene piel de paquidermo -y a la del gallego no suele faltarle esa dureza-, habrá quien quiera, despiadadamente, hacer tientos con ella,. Pero usted también sabe, excelencia, que en la política no existe el ser sino el parecer: lo que aparenta toma el lugar de lo que es. Y la apariencia, por aquí, es que nuestro presidente de estirpe gallega no da pie con bola. Por eso, en la zozobra, nos dirigimos a usted. En atención al prestigio astucioso de la estirpe y -claro está- de forma provisoria, mientras se disipan, como seguramente ocurrirá, estas torpes habladurías, estos díceres sin fundamento, le pedimos, excelencia, que le dé de baja como gallego.

Esto habría escrito mi buen amigo Andrés Amil, si la Santa Compaña no lo hubiera llamado antes a integrar su larga e inacabable procesión. Por la copia

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