EL TOPO EN EL LABERINTO

por Edgardo Arrivillaga

Federico Bartfield es un hombre rollizo, corpulento con la cara rosada del buen bebedor de alcoholes fuertes y los gestos imperiosos que le quedaron de su pasado como cadete en el Colegio Militar de la Nación, en el arma de artillería, en la cual revista como subteniente de reserva.


Después se dedicó a la diplomacia y tuvo destinos importantes, varios en Italia, que signarían su futuro, alguno en Venezuela, donde alternó con los adecos y los copeis y luego el brutal y deslumbrante descubrimiento del Este de Europa y de los negocios de fábula que pueden tejerse en ese cruce de caminos que se apretujan en la península balcánica.
Las simpatías de este argentino antiperonista lo acercaron, curiosamente, a Milosevic, pero también a Ceasescu. Bucarest como Bosnia lo deslumbraron pero no solamente por la calidad exquisita de la producción artesanal que allí persiste y que los diplomáticos atiborran en sus containers. Lo deslumbró la posibilidad de hacer dinero en esos sitios exóticos del mundo en los que el paraíso socialista -en verdad nacional-socialista- por lo menos en el caso de Rumania y Yugoeslavia permite a los extranjeros hacer diferencias con poco.

Su enemigo inevitable, mas por cuestiones de dinero que de raza, religión o pasado histórico fue Croacia, su catolicismo, su germanofilia de teutones del sur del hinterland materno y su vocación irredentista que los llevó primero a la secesión, luego a la guerra, por último a la liberación.

Bartfield fue el hombre que denunció a la cancillería argentina la existencia de armamento argentino en Croazia. Quería cubrir sus propios negocios pero también echar una palada de tierra sobre el prestigio ditelliano que le molestaba. Sin saberlo y luego de haber consultado con Federico Brook, otro argentino, otra personalidad curiosa la de este escultor autoexiliado en Roma que supo desempeñarse como vicepresidente de asuntos culturales del poderoso Instituto Latinoamericano creado por Fanfani, primero de la mano de López Rega, luego de la de Alfonsín, de quien es amigo personal, los dos resolvieron jugar al modelo de desarrollo social que les atraía mas. El del socialismo real con dinero tangible. Y las cosas no les fueron mal.


Pero la denuncia no surtió el efecto esperado por Bartfield, inglés por sangre, como Brook, quien fue trasladado a la Argentina instalándose en los muelles sillones -en general lo son- del Consejo de Embajadores.
Esperaba otro cargo, otro puesto, algo que cambiara el gusto amargo de la tierra propia por una realidad mas colorida y sobre todo más redituable. Moscú, tal vez?
Estuvo cerca. Su próximo destino fue Pekín o Beijing, otros amigos de Ceasescu y de Milosevic y amigos también de una estructura a la cual estaba ligado desde los setenta y que incluía a rumanos, yugoslavos y naturalmente chinos antisoviéticos lo ayudaron.

El viejo hombre de Arezzo le había dado la mano, revestida de buenas joyas, Arezzo es tierra de elaboración de oro y de sedas, pero le había dado algo mucho más valioso, el placet para las tierras del Este, donde había negocios entre América del Norte, Sudamérica y los intereses europeos de viejo perfil nobiliario.

Aceptó la propuesta y sin vacilar se dedicó al trabajo. Las noches romanas quedaban atrás, con sus largas y conmovedoras cartas recogidas en una interminable documentación clasificada por los carabineros y una comisión especial del senado italiano, en la cual aparece reiteradamente la firma de Bartfield, al pie de una prosa un poco ditirambica y sthendeliana.

Bartfield es el hombre que abrió el caso del juego de las armas. Y su cable secreto, cifrado, apuntado directo al corazón de la causa croata es el primer fuego rojo que alertó a la cancillería argentina.

Ahora apunta directo al futuro de Carlos Menem.

volver