Una mirada sobre Marcos, Tirofijo y Arafat

EL EGOISMO DE LOS HEROES

por Marcos Aguinis

Un campesino disputando la hegemonía guerrillera en la selva colombiana, un comandante mediático promovido por el uso de las computadoras y un barniz de filosofía existencialista adquirida en la Sorbona y un veterano combatiente de las luchas palestinas son los elementos que utiliza Aguinis para diseccionar el culto del héroe con perfiles nitszcheanos. De una forma oblicua, Aguinis sostiene que tanto el subcomandante Marcos, como Tirofijo y Yasser Arafat defienden sus causas desde un presunto pacifismo redentor para sus pueblos, pero cuando tienen la concreta posibilidad de negociar la paz sus egoísmos de poder, les impiden concretar soluciones en donde las armas no sean la tesis fundamental e indispensable del triunfo. Las reflexiones del autor implican una crítica a las historias entrecruzadas de mastines de la guerra que se revelan filosófica y psicológicamente ineficaces para encontrar las soluciones que propone la paz. La activación del polvorín medioriental con su correlato de víctimas diarias actualiza las inquietudes de Aguinis y su natural desconfianza hacia la violencia retributiva. O hacia toda violencia, simplemente.


Son tres personalidades relevantes en conflictos de ardua solución. Aunque se les puedan marcar diferencias de método y de carácter, el mexicano Marcos, el colombiano Tirofijo y el palestino Yasser Arafat tienen importantes aspectos en común. Sus analogías, a mi juicio, pueden sorprendernos con claves que suelen pasar inadvertidas. En efecto, los tres han conseguido un marcado relieve en los medios de comunicación y se han convertido en el emblema de sus respectivas causas. Los tres suscitan odio y amor. Los tres concentran las expectativas de millones de personas y de países, tanto próximos como distantes de su específica geografía.

Los tres son hombres de acción. Los tres son duros y maximalistas en sus demandas. Y los tres, sin embargo, han tenido gestos de apaciguamiento que generaron sorpresa y júbilo. Pero, cuando estaba próxima la conquista de sus objetivos largamente acariciados, volvieron a las anteriores formas de combate: Marcos retornó a la selva de Chiapas, Tirofijo ordenó nuevos asaltos y matanzas, Arafat desenfrenó la segunda intifada.

¿Cómo se explica?
 A luz y sombra solo se presentan con su atuendo símbolo: pipa y pasamontañas para Marcos, uniforme de fajina para Tirofijo y traje militar para Yasser Arafat. No los cambian ni en las reuniones de paz ni en los encuentros informales. Parecieran dormir con ellos, como si fuesen algo más que una armadura, como si temiesen dejar de ser quienes son si aparecieran ataviados de otra forma. Debemos empezar por darle importancia al mensaje implícito que significa la apariencia. Y la apariencia que lucen se refiere al combate, no a la paz ni a la tediosa administración de la república. Su irrupción en el mapa sociopolítico estuvo vinculada con la guerra no convencional llamada guerrilla o terrorismo. Sus victorias necesitaron y necesitan de la sorpresa y también de la crueldad.

Sus tropas no fueron numerosas al principio, pero aumentaron gracias a la perseverancia de sus acciones. No sería lo mismo un subcomandante Marcos sin máscara, o un inclemente Tirofijo sin ropa de fajina, o un Arafat vestido de civil. Estarían emitiendo un mensaje distinto del que sostuvieron desde su aparición en el escenario mundial, y no provocarían una excitante asociación con sus respectivas leyendas.


Entre la cultura indígena, el pasamontañas y la pipa.

Aureola del mito, el subcomandante Marcos parecería el más atractivo, joven y culto de los tres. Añadió a su lucha armada la difusión electrónica de las demandas indígenas. Ganó la simpatía de una vasta población pensante en Europa y América Latina. Dio un magistral golpe de efecto, y recogió la adhesión de multitudes, cuando dejó las armas y realizó una marcha triunfal sobre la capital de México. Los zapatistas llenaron la Plaza del Zócalo, doblegaron la resistencia del Congreso a recibirlos con la mayor solemnidad y consiguieron que el presidente de la República, Vicente Fox, manifestara su comprensión por las demandas que traían. El paso siguiente podía ser la concreción de los viejos sueños, lo cual generaba esperanzas y curiosidad. Pero una cosa es exigir lo que no se tiene y otra es ponerlo en la desgastante realidad.
¿Cómo funcionaría la antigua cultura indígena en el México moderno, en caso de conseguir la completa autonomía y reivindicación?
Porque la antigua cultura, entre otras características, mantiene a la mujer en un plano subalterno (como todas las culturas antiguas) y entra en colisión con los avances tecnológicos.Para graficarlo de una manera extrema podríamos decir que no sería fácil trabajar en un hotel internacional y, al mismo tiempo, vivir de la caza.

Entonces, cuando estaba a punto de lograr lo que anhelaba -y toparse con el inesperado desafío de poner en práctica lo soñado-, el subcomandante levantó campamento y regresó al lugar de donde había venido.

Ahora continuará su lucha, interminable, porque siempre encontrará justificativos para expresar el descontento y no asumir la tarea de ponerle fin desde la compleja realidad.Continuará, como el Zorro, enmascarado y distante, con la aureola del mito alrededor de su imagen.


Ambición de poder como blanco.

Combate en el infierno, Manuel Marulanda, Tirofijo, consiguió que el presidente Andrés Pastrana, antes de asumir, fuera a visitarlo en su territorio, con un gesto que evidenciaba la importancia decisiva que ese hombre tenía para el futuro del país. Luego prosiguieron otros encuentros a cargo de delegados, e incluso del propio presidente. El deseo de poner fin a una matanza fratricida que lleva extenuantes décadas movilizó a la opinión pública mundial. Se excitaron la prensa y cientos de funcionarios internacionales; figuras que desde hacía tiempo manifestaban simpatía por esa guerrilla, como Gabriel García Márquez, podían confirmar que Tirofijo anhelaba la paz, además de la justicia. Las conversaciones avanzaron con fluctuaciones, pero con el anhelo mayoritario de superar los años de desencuentro mediante amnistías, correcciones sociales y la incorporación de las organizaciones guerrilleras al sistema democrático. Pero, cuando las conversaciones lograban progresos sustantivos, en los que se evidenciaba la decisión de concretar importantes satisfacciones, los guerrilleros lanzaban nuevos y devastadores ataques.
¿Qué sucedía?
Que la ambición de Tirofijo y sus hombres no se limita a obtener mayor justicia social, transparencia política y progreso humano, sino que aspira a tomar el poder de Colombia.

Las negociaciones responden a un objetivo táctico; nada complacerá del todo al severo Tirofijo que no sea imponer su voluntad absoluta. Quiere lo imposible y, como no lo obtiene, se siente con derecho a continuar la lucha, aunque Colombia y el continente se conviertan en el infierno. "Cuanto peor, mejor."


La guerra como medio de vida, lejos del Estado.

La nueva intifada, esta modalidad de exigir lo imposible para que siga una indefinida lucha armada se expresa con toda su luminosidad en el caso de Yasser Arafat.
Lidera la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) desde 1967 y se hizo temible por sus atentados contra ómnibus escolares, aldeas, aviones, barcos, aeropuertos y deportistas. En 1971 estuvo cerca de hacerse con el poder de Jordania, lo cual provocó como enérgica respuesta del rey Hussein una matanza de palestinos: el llamado Septiembre Negro.

Arafat huyó al Líbano, donde contribuyó a aumentar el caos, y tras la invasión israelí huyó a Túnez. Cuando se produjo la Guerra del Golfo, cometió el error de aliarse con Saddam Hussein, lo cual significaba su ocaso definitivo, porque hasta el mundo árabe lo miró con fastidio. Fue entonces permeable a las propuestas conciliadoras del israelí Simón Peres, que concluyeron en los acuerdos de Oslo. Peres convenció a Yitzhak Rabin y empezaron las esperanzadas conferencias entre israelíes y palestinos. Se intentó crear confianza mutua con una escalonada sucesión de medidas a fin de superar el estéril enfrentamiento, porque se había logrado algo fundamental: el reconocimiento recíproco, que desembocaría en la creación de un Estado palestino que prosperaría junto al Estado de Israel (no en el lugar de Israel, como se pretendía hasta entonces). En la última reunión de Camp David, el primer ministro israelí, para sellar la paz, decidió ofrecerle más de lo que su gobierno y parlamento nunca hubieran estado dispuestos a ceder; ni siquiera lo hubiera ofrecido el pacifista Rabin.

Pero Arafat, rechazó el triunfo diplomático. Significaba el fin de su carrera heroica, significaba terminar la guerra y concentrarse en la construcción de un Estado. Ya no sería el líder del mundo árabe que aparece en la prensa mundial, ya no sería el emblema de millones de musulmanes fanatizados: sería el presidente de un país más, donde no cabría el recurso de echarle la culpa de todos los males a su vecino regional.

Entonces eligió patear el tablero. El primer ministro Barak había fracasado, pero Arafat estaba exultante gracias a ese mismo fracaso.
Días después lanzó una nueva intifada. Ahora se siente como pez en el agua; de vez en cuando hace declaraciones de cordero, pero su decisión es continuar la guerra. La paz solo le traería hastío y dificultades. Por ello liberó a los terroristas presos, mantiene relaciones con las organizaciones Hamas, Jihad y Hezbollah sin pretender imponer su autoridad para que cesen los ataques a Israel. No nos equivoquemos. Si aún no existe un Estado palestino, es porque su inminente nacimiento fue saboteado por Arafat en Camp David. La inmensa mayoría de Israel, incluso, Ariel Sharon, acepta su creación. Arafat, en cambio, prefiere ser como el mítico Saladino, aunque esto sea anacronicamente imposible. No le quedan muchos años y prefiere morir con las armas en la mano, no como el administrador de un pequeño país.


Marcos, Tirofijo y Arafat no entienden otro tipo de heroísmo que no sea el de una eterna multiplicación de cadáveres. En su imaginario histórico las pequeñas necesidades de las gentes quedan definitivamente atrás.


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