Las esquirlas mortales del tango.

por Luis María Bandieri


El último libro de Roberto Aizcorbe, "La Burla de la Realidad", lleva una faja engañosa. En ella se lee: "filosofía del tango". Pero si uno se adentra en las páginas creyendo encontrar algunas reflexiones de segundo grado o una nueva vuelta de tuerca sobre los mensajes que contienen las letras clásicas del género -algunas de las cuales se reunen al final del volumen- saldrá confundido y conmovido.


Porque Aizcorbe desenvuelve y amplia en el libro su peculiar metafísica del mal. El tango, en todo caso, le sirve para confirmar sus conclusiones, pero la filosofía que allí se expone, por lo menos a la primera lectura, no trata de lo tanguero, sino de lo maligno en la vida. Nuestro autor parte de las conclusiones a que llegara en su anterior libro, "La Gran Eficacia del Mal" (Occitania, Buenos Aires, 1995). Para Aizcorbe, toda acción desenvuelta en el universo, y especialmente la interacción humana en nuestro aislado planeta, es fuente del Mal. El mal anida en el cambio, que lleva en su mochila sólo carga de penurias; por otra parte, ese mal revierte en toda acción destinada a cancelarlo. Resulta el efecto no intencional y multiplicado de las tentativas de curarlo. Este curioso universo al que pertenecemos parte de un mal absoluto, el caos originario, con su homogeneización total y uniformizadora. El big bang resulta, pues, la historia térmica de una evasión frustrada de aquella cárcel cuya "firme trama es de incesante hierro", según el verso borgesiano. La explosión nos sacó del caos e impulsó un cosmos donde rigen lo heterogéneo, la interacción y el conflicto. Pero la interacción conflictual reintroduce el mal y el cosmos, parece, marcha hacia otro caos final, es decir, hacia una recaída en el Mal absoluto. El mal está en el origen, el transcurso y en el final, y todo intento de esquivarlo nos lleva, por otros atajos, hacia aquella autopista desdichada. El Bien, invirtiendo la fórmula escolástica, resulta una privación (pero una privación imaginaria, virtual, nunca lograda) del mal. El Bien, para decirlo tangueramente, resulta siempre "el dolor de ya no ser".

Aizcorbe confronta y confirma las conclusiones atroces de esta filosofía con las letras del tango. Rehabilitando el anuncio de la faja, podríamos decir que carea la filosofía del mal con la filosofía del tango...y consuenan. Los versos del tango, para nuestro autor, traducen nuestra única metafísica nacional válida, expresada de modo irregular y clandestino. Las historias del tango (parejas a la intemperie en medio del fracaso, nostalgias del amor que no tuvo lugar ni existe, apego desesperado de perdedores a una ciudad que rechaza y hunde, etc., etc.) se reducen a mostrar que el espectáculo de la vida puede resultar aún más aburrido y obsceno que los reality shows de la televisión. Aizcorbe descubre en sus letras lo ilusorio del deseo, el engaño de la libertad, la trampa del amor. En este canto de sucesivas camadas de inmigrantes atraídos por el espejismo de las ciudades doradas, Jaujas de cuenteros del tío y Trapalandas de trapalones, se rasgan los velos de toda ilusión, hasta la de la rebeldía, que implica la idea de que las cosas pueden cambiar y enderezarse a partir de un nuevo comienzo. La huella del lodo discepoliano discurre por otra vía que la rebeldía del rap, la morriña del fado, o la malinconia de la canzonetta, aunque en algo se parezcan. Parece que el tango va un poco más allá, porque descubre, desde su observatorio suburbano, no sólo los males en el mundo, sino el íntimo y profundo mal del mundo mismo. Aizcorbe utiliza el ariete del tango, sobre todo, para derribar la objeción del amor, que se levantaría contra su imagen del mal eterno, multiforme y ubicuo. El amor -"tu canto es el amor que no se dio"- es apenas, nos dice, una máscara dulzarrona del poder, una forma poetizada de la esclavitud.

Alguien podría preguntarse -y, de hecho, alguna crítica del libro se ha detenido, perpleja, en este punto, sin alcanzar a superarlo- qué hacer, si el mal es omnipresente e imborrable, y el bien, apenas una nostalgia y una ilusión. Guido Ceronetti, afín a nuestro autor en más de un punto, emite una respuesta aplicable: "la diferencia entre un sadiano y un Perfecto cátaro es que el segundo no intenta imitar el horror que ha comprendido, sino alejarlo de sí y atenuar en torno a él sus funestos efectos".

Libro difícil aun para quien esté familiarizado con las letras tangueras, muestra otra vez a Aizcorbe llevando a sus lectores por los caminos más altos y difíciles. No se sale incólume de su lectura.

Roberto Aizcorbe, "La Burla de la Realidad-tangosofías", Occitania, Buenos Aires, 2001.


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