La perla negra de la Segunda Guerra

Escriben soledad tibiletti y diego vasko

El cine bélico se está reinventando. El soldado Ryan, La delgada línea roja, 13 días y ahora Pearl Harbor,  volvieron a contar heroicas batallas ocurridas medio siglo atrás. Todas tienen un mismo eje en común, la falta de autocrítica y la típica exacerbación del nacionalismo patriótico que sustento el American Dream.

Las guerras son impopulares, tiene olor a muerte y nunca solucionan –por completo- los conflictos. Por eso muchas veces se necesitan excusas, chivos expiatorios para poder ingresar al teatro de operaciones. Como en la lucha libre, cuando uno de los que está golpeado en el ring, le toca la mano a su compañero, y lo habilita a meterse en el combate. Para muchos historiadores, como el caso de Gore Vidal (VER LA CONTRAHISTORIA), el entonces presidente Franklin Delano Roosevelt sabía de la invasión japonesa al puerto hawaiano de Pearl Harbor, pero asegura que prefirió soportar un ataque de dos horas que dejó 2433 muertos, 1778 heridos, además de las pérdida de 188 aviones para de esa manera involucrar a Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial.

Al día siguiente del bombardeo, Roosevelt pronunció un mensaje en el Congreso, que tocó el lugar más sensible del pueblo estadounidense: su orgullo patriótico. "Ayer, 7 de diciembre de 1941 –una fecha que pervivirá en la infamia- los Estados Unidos de América fueron súbita y deliberadamente atacados por las fuerzas navales y aéreas del Imperio de Japón". El plan había funcionado.

A escasos meses de cumplirse el 60 aniversario de ese ataque nipón, la industria cinematográfica hollywoodense decidió recrear, fiel a su estilo, la historia del bombardeo. Claro que para que eso pueda ser digerido por el gran público y no quede en el documental, tuvo que meterle un triángulo amoroso entre dos amigos aviadores y una enfermera, además de las clásicas exacerbaciones nacionalistas. Igual que pasó en los últimos estrenos que recuperaron el cine bélico: Rescatando al Soldado Ryan, La delgada línea roja y 13 días, revitalizaron una época que ya puede ser vista con ojos de historiador, aunque es imposible ir contra la propia naturaleza de los realizadores estadounidenses.

El séptimo arte tiene –generalmente- la extraordinaria capacidad para retratar un hecho en pocas horas, así puede contar vidas y largos períodos históricos: capacidad de síntesis. No es el caso de este film que dura 183 minutos, mientras que los japoneses tardaron una hora menos en hacer de Pearl Harbor, una leyenda.

Para el megaestreno, la productora Walt Disney invirtió cinco millones de dólares, lo que constituye, la premiere más ostentosa de la historia del cine. La velada se llevó a cabo a bordo del portaviones John C. Stennis que estaba ubicado en el mismísimo lugar donde ocurrió el ataque. Entre los dos mil invitados, estaban los protagonistas de la película y cerca de 50 sobrevivientes. Varias bandas militares le pusieron música al evento, también hubo paracaidistas que pintaron el cielo y aviones de guerra que dibujaron piruetas.

La película, que no escapa a la habitual propaganda pro estadounidense, será modificada para su exhibición en Japón y Alemania. Términos como "sucios" con los que se alude a los nipones, no caerán muy simpáticos en la tierra del sol naciente. El productor del film, Jerry Bruckheimer dijo al respecto: "En realidad, es una cuestión de perspectivas. Ellos tienen cierto punto de vista y nosotros tenemos otro". Y agrega de manera un tanto provocativa: "Teníamos a los japoneses presionados porque habíamos reducido sus ingresos de petróleo y hierro. Ellos dependían de nosotros porque el 90 por ciento de su petróleo, así como de su poderío industrial, venía de Estados Unidos, y solamente les quedaban 18 meses de reservas, por lo que tenían que hacer algo".

Dos escenas refuerzan y comprueban que siguen creyendo en el American Dream, aunque como dijera John Lenon en 1970, "Dream is over..., sólo que algunos todavía no se dieron cuenta o insisten en revitalizar una utopía decadente.

* Roosevelt, sentado en su silla de ruedas ante sus generales, imagina la venganza a Japón. Uno de los militares al escuchar la idea del ataque a Tokio dice que es una locura imposible de lograr, sin embargo el primer mandatario -imposibilitado de caminar- logra pararse por si solo y con una frase célebre calla a su compatriota: "Nada es imposible".

* La segunda imagen impactante por su alto contenido patriótico, no esta a cargo justamente de un estadounidense sino, del Comandante en Jefe de la Armada Imperial de Japón, almirante Isoroku Yamamoto. Esta escena se produce cuando un subalterno le dice que el ataque fue un éxito. La respuesta, elaborada con la habitual paciencia oriental, fue la perla del film: "Sí, triunfamos. Pero hemos despertado un monstruo que estaba dormido".

La polémica como negocio editorial

LA CONTRAHISTORIA

"Los productores no tienen la más mínima idea de lo que trataron de contar, y tampoco tienen ningún interés en relatar la verdad histórica ni muchos menos descubrir sus aspectos incómodos. Es una película dictada solamente por motivaciones comerciales, que trata de aumentar el público del Soldado Ryan que trajo un reimpulso del cine bélico", dispara el escritor Gore Vidal, que acaba de editar una novela histórica, La edad de oro, donde retoma la idea de R.B. Stinnett en Day for Deceit, sobre el ataque a Pearl Harbor y la responsabilidad de Roosevelt.

"El presidente se había dado cuenta de que el pueblo hacía tiempo que se oponía a la intervención armada. La preocupación por Hitler y sus aliados era generalizada, pero faltaba casi totalmente la voluntad de pasar a la acción", afirma Vidal, que además de escribir, es comentarista televisivo y un empedernido polemista. Y agrega una frase contundente: "Sin esa masacre, a la que el presidente calificó de infame, pero que él mismo provocó, no se habría producido la intervención al lado de Inglaterra".

Gore, que nació en West Point bajo el nombre de Eugene Luther Vidal, a los 17 años se alistó en el Ejército para combatir en la Segunda Guerra y luego tradujo esa experiencia en Williwaw. Su fascinación por la historia de su país no terminó ahí. Realizó una serie de crónicas de ficción sobre la historia de Estados Unidos con Washington, de 1967, Lincoln, de 1984 e Imperio, de 1987. Incluso en la década del sesenta, fue candidato a senador, pero los votantes prefirieron que dedicara todo su tiempo y esfuerzo a rebatir verdades históricas y a generar contrahistorias.

volver